Pu-Yi

Muchos personajes convertidos en “marionetas” hubo a lo largo de la Historia. De todos estos, el Emperador Pu-Yi al frente del Imperio Chino y posteriormente de Manchukuo, fue el títere de mayor peso porque pasó de estar sometido a la Corte de la Dinastía Qing, para continuar siendo un colaborador de Japón en la Segunda Guerra Mundial, hasta finalmente volverse en una herramienta del Partido Comunista Chino de Mao Tse-Tung en plena Guerra Fría.

Caída de la Dinastía Qing

Hsuan Tung, más conocido como Aisin-Gioro Pu-Yi, nació el 7 de Febrero de 1906. Al ser el hijo del Príncipe Chun II del Clan Aisin-Gioro, estaba destinado a convertirse en el cabeza de su familia y estirpe, sin sospechar que el azar le depararía un destino mucho más inesperado.

Pu-Yi como Emperador de Manchukuo.

La noche del 13 de Noviembre de 1908, unos eunucos al servicio de la Emperatriz china Zishí, arrancaron a Pu-Yi de las manos de su madre, por aquel entonces un bebé de dos años, para subirlo a un palanquín y bajo la más absoluta discreción recorrer las oscuras calles de Pekín hasta la Ciudad Prohibida. Como el clan Aisin-Gioro era el más cercano en el linaje ante la falta de descendencia real, Pu-Yi se convirtió en el hijo adoptivo del Emperador Tung Che (fallecido en 1874, fecha muy anterior al nacimiento de Pu-Yi) y de Guang Hsu (también fallecido en 1908). La aprobación contó con nueve madres en la corte, siendo la principal Lung Chu, y las cuatro esposas viudas. Así pues, Pu-Yi fue elegido candidato para ser el nuevo Emperador de China.

El 2 de Diciembre de 1908, el pequeño Pu-Yi, con sólo dos años y diez meses de edad, fue nombrado Emperador de China y sentado en el Trono del Dragón del Salón de Alta Armonía de la Ciudad Prohibida. Durante la ceremonia que incluyó un homenaje de la guardia de corps del palacio y otro de la administración interna del Trono de la Armonía Central, Pu-Yi, todavía un niño para aquello, se negó a presidir tales actos diciendo “¡No quiero!, ¡quiero volver a casa!”; a lo que su padre contestó “¡Estate quieto!, ¡no durará mucho!, ¡pronto habrá pasado todo!”. Aquella última frase de “¡no durará mucho!” que todos oyeron y fue llevada de boca en boca se tomó como un mal augurio para la monarquía.

Tres años fueron los que Pu-Yi vivió en la Ciudad Prohibida como Emperador de China y en sus residencias diseminadas por todo el país, sin enterarse como era lógico a causa de su edad, de todos aquellos acontecimientos que tenían lugar en la nación. Tras la muerte de la Emperatriz madre Zishí, la siguiente Emperatriz Lung Yu se convirtió en la principal madre adoptiva del pequeño y en su más destacada protectora. Pero por aquel entonces la Dinastía Qing estaba desprestigiada tras la corrupción, la pobreza del pueblo y la permisividad con las potencias extranjeras que desde la Guerra de los Bóxers (1900-1901) oprimían con sus tasas a China. A causa de la delicada situación estalló la Revolución China de 1911 que pedía el derrocamiento de la Dinastía Qing y la instauración de una república democrática. Incapaz de hacer frente a los revolucionarios, la Emperatriz Lung Yu, entre sollozos y lágrimas, tuvo que llegar a un acuerdo con los republicanos y abdicar a cambio de que la familia imperial fuese respetada. De esta manera, el 12 de Febrero de 1911, la Emperatriz Lung Yu firmó el edicto de abdicación por el pequeño Pu-Yi. Acto seguido fue proclamada la República de China y Sun Yat-Sen elegido Presidente, quién pactó con la depuesta Dinastía Qing el Tratado de la Buena Voluntad consistente en que el Emperador mantendría su título a nivel simbólico, sus propiedades, guardia personal, servicio, criados y una subvención anual pagada por la República, incluyendo la visita de sus mandatarios que se dirigirían a él con el habitual protocolo.

Reclusión en la Ciudad Prohibida

Con toda clase de lujos y ventajas que no tenían los demás chinos en el Imperio, lo cierto fue que Pu-Yi se convirtió en un Emperador condenado en vida a permanecer recluido tras la Ciudad Prohibida sin poder estar en contacto con otros niños ni hacer las cosas que le hubiese gustado hacer como a cualquier chico de su edad. Era un niño que lloraba a menudo a causa de los insoportables protocolos imperiales y la servidumbre en extremo de aquellos que le rodeaban, incapaces de mostrarle afecto como cualquier pequeño hubiese necesitado. Su infancia transcurrió con frustración e inquietud, pues al fin y al cabo Pu-Yi era un niño curioso, ansioso por conocer y descubrir el mundo exterior que había detrás de los muros de la Ciudad Prohibida, una meta aparentemente fácil, pero para él casi imposible de alcanzar. Como con otros niños jamás pudo disfrutar, a excepción de sus primos o eunucos con los que jugaba al escondite, sus verdaderos amigos fueron los camellos de las cuadras, las hormigas que subían y bajaban por los troncos de los cipreses del jardín o los grillos y gusanos a los que depositaba en recipientes de porcelana para cuidar y alimentar. Ser Emperador dentro de la República era como vivir en una cárcel de riqueza.

El pequeño Pu-Yi recién coronado Emperador.

Jamás Pu-Yi supo que estaba llevando una vida de lo más parasitaria a costa del sudor del pueblo. Aunque de mayor se arrepentiría por ello, él no podía saber la verdad porque su condición de niño se lo impedía y porque nunca había visto el mundo exterior tras las murallas de la Ciudad Prohibida. Ignorando que miles de pequeños morían de hambre, felizmente creía que todos los niños de China al igual que él comían en la abundancia. Dentro de la Ciudad Prohibida los cocineros preparaban diariamente para Pu-Yi y la Emperatriz Lung Yu alrededor de cien platos distintos que eran presentados en seis grandes mesas. El derroche era igual con la vestimenta, ya que el Emperador obligatoriamente debía llevar un traje distinto cada día, que eran diseñados con antelación en 28 confecciones distintas.

Respecto a la educación que Pu-Yi recibió fue de lo más mediocre y retrasada en comparación con la que estudiaban otros niños en China. Por ejemplo en la materia de historia únicamente se le enseñó los gloriosos tiempos de la Dinastía Qing, las supuestas hazañas de su abuelo Tung Che y leyendas mitológicas de dioses y espíritus. En lo que más hincapié hicieron sus profesores fue en la literatura tradicional y filosofía con libros como Trece Clásicos Confucianos, El Libro del Gran Saber o Antología de Aforismos Paternos, obras que le parecían realmente aburridas, a excepción de la novela infantil que sí le autorizaron leer de Alicia en el País de las Maravillas o cuentos de fantasmas. El método de estudio también fue de lo más pésimo, ya que como sus maestros no podían obligarle a estudiar debido a su condición de Emperador, simplemente le hacían repetir una y otra vez los mismos textos con la esperanza de que se quedara en su cabeza. Sin embargo esta estrategia no sirvió para que aprendiese prácticamente nada, ni siquiera el manchú, la lengua de su etnia. Con el único profesor con el que sí retenía las cosas era con Chen Bao-Chen, uno de los pocos con capacidad crítica en la corte que despertaba las pasiones de Pu-Yi. Nunca se le adiestró en matemáticas, biología o geografía, ni siquiera hasta que fue mayor supo en qué zona de China se hallaba la Ciudad Prohibida.

A quién más le gustaba incordiar Pu-Yi de pequeño era a sus eunucos. Normalmente les hacía azotar para su divertimento personal o les obligaba a comer suciedad del suelo con tal de echar unas risas. Una de sus travesuras favoritas era salir corriendo de improviso durante las procesiones porque los eunucos solían ir detrás siguiendo al Emperador, por lo cual al no poder alcanzar al pequeño se chocaban entre sí y provocaban el desorden. Otra vez el niño cogió una escopeta de aire comprimido y desde el exterior se puso a disparar contra los dormitorios de sus eunucos haciendo agujeros por todas las paredes. Hubo incluso una ocasión en que Pu-Yi hizo vestir a dos eunucos de oficiales de la República, con su uniforme, casco y tahalí, lo que les valió ser castigados por los responsables de las normas a 200 azotes. Ni siquiera su eunuco Chang Chien-Ho se escapaba de sus bromas, el más querido por él.

El pequeño Pu-Yi en la Ciudad Prohibida.

Tras llevar casi siete años en el Trono del Dragón, Pu-Yi empezó a conocer ciertas cosas del mundo exterior, en especial de los acontecimientos que sucedían en la República gracias en parte a su profesor Chen Bao-Chen, quién siempre le mantenía al tanto de las cosas que sucedían. Una de las cosas de las que se enteró fue la autoproclamación del Presidente Yuan Shih-ka’i como nuevo Emperador de China, algo que no fructiferó porque Sun Yat-Sen decidió hacerle la guerra para conservar la República, campaña que resultó breve debido a la muerte por enfermedad del nuevo monarca. Sin duda el profesor Chen Bao-Chen era el único amigo en el que Pu-Yi podía confiar porque con él podía hablar de cualquier cosa con total libertad sin miedo a los protocolos de la corte. No obstante la persona a la que más quería en la corte era su nodriza Wang Momo, una chica joven que le amamantó con el pecho hasta los 9 años de edad.

Cumplidos los 12 años, Pu-Yi empezó a comportarse con más responsabilidad. Con esa edad empezó a leer libros que hasta entonces no le habían permitido como novelas de caballería, diarios de la Dinastía Ming o prensa sensacionalista de la República. Pronto se aficionó por la literatura y decidió hacerse escritor, probando para ello escribir una serie de relatos de aventuras que envió a periódicos y diversas publicaciones fuera de la República, aunque con otro seudónimo para no ser reconocido. No obstante su carrera como escritor falló porque jamás le publicaron a nada a excepción de una vez que decidió hacer trampa y plagió un poema de la Era Ming que sorprendentemente se el escapó a un editor del periódico Deng Huei-Lin y lo publicó.

Un adolescente Pu-Yi, mucho más maduro, posa a la cámara.

Inesperadamente en 1917, Chang Hsun, gobernador y general de Kiangsu, sublevó a sus tropas de Hdsuchu y Yandchou y organizó en Pekín un golpe de Estado que derrocó a la alcaldía republicana con el fin de resucitar a la Dinastía Qing. Los soldados de Chang Hsun irrumpieron en la Ciudad Prohibida y obligaron al pequeño Pu-Yi a reconocerle a él como líder de la recién restaurada monarquía. Aquel proceso fue conocido como el período de la Restauración, ya que Pu-Yi durante un breve espacio de tiempo volvió a ser nombrado Emperador de todos los chinos, mientras las calles de nuevo se llenaban de banderas amarillas con el dragón, la gente se ponía atavíos Qing de ropa y muchos se colocaban coletas manchús artificiales en la cabeza. Sin embargo todo fue un espejismo porque cinco días más tarde el Ejército Republicano se presentó a las puertas de Pekín y bombardeó la Ciudad Prohibida. Justo en ese momento Pu-Yi fue testigo del primer ataque aéreo de la Historia de China cuando un avión arrojó tres bombas sobre la Ciudad Prohibida, explotando la primera en la Puerta de los Nobles Antepasados donde hirió a una persona, la segunda en un estanque de los Jardines Imperiales y la tercera en la Calle Oeste, aunque por suerte el Emperador salió ileso tras ponerse a salvo bajo el Palacio del Crecimiento Espiritual después de escuchar la alarma aérea. Al día siguiente, cuando el fuego de la fusilería rodeó la Ciudad Prohibida, los hombres de Chang Hsun se retiraron y huyeron de Pekín, pudiendo las tropas republicanas liberar la Ciudad Prohibida. Todo hubo acabado a los 12 días. Para fortuna de Pu-Yi, las autoridades de la República olvidaron lo ocurrido y siguieron manteniendo sus buenas relaciones con la Dinastía Qing.

Reginald Fleming Johnston, un escocés doctorado en literatura por la Universidad de Oxford, se convirtió en el profesor de inglés de Pu-Yi y en el único extranjero con acceso libre a la corte imperial. El pequeño Emperador conoció a su mentor británico el 4 de Marzo de 1919, quedando maravillado por su cabellera castaña y ojos azules que jamás había visto. Pero fue su voz y la manera de enseñar por fin cosas útiles, fue lo que dejó a Pu-Yi entusiasmado con su nuevo profesor. Desde el primer momento nació una amistad eterna entre ambos que sin duda cambió la vida del Emperador. Pu-Yi, todavía un adolescente, resultó tan cautivado por la cultura occidental transmitida por Johnston que quiso imitarle en todo. Primero empezó con elegir un nombre inglés, el de “Henry” Pu-Yi en honor al Rey Enrique VIII de Inglaterra, y luego en vestirse con ropa de Occidente que le fabricó el sastre de Johnston, básicamente trajes estilo “gentleman” ataviados con corbatas, relojes de bolsillo con cadena, gemelos, anillos y unas gafas tras serle detectada miopía. También los muebles de algunos aposentos fueron cambiados por decoración europea y se hizo baldosar con parqué el suelo del Palacio del Crecimiento Espiritual. Incluso Pu-Yi se llegó a aficionar por la música inglesa cuando llevó a la banda de músicos militares a tocar un concierto en la Ciudad Prohibida. La moda más polémica introducida por Johnston fue cuando Pu-Yi se cortó la coleta para peinarse como los europeos, lo que despertó una profunda indignación en la corte, aunque poco a poco los miembros de esta también se la fueron suprimiendo. La influencia de Johnston sobre el Emperador fue tal, que pudo disfrutar de ciertos privilegios como quedarse a solas con Pu-Yi sin vigilancia de eunucos y adoptar el nombre distinguido según la nobleza china de “Che Dao (Meditador de la Verdad)”.

Reginald Fleming Johnston con Pu-Yi en la Ciudad Prohibida.

Una de las anécdotas más curiosas en la vida de reclusión a la que estaba sometido Pu-Yi, fue cuando solicitó que instalaran un teléfono en la Ciudad Prohibida, algo que al principio se negó la corte, muy reacia a la modernidad, aunque al final se terminó tendiendo una línea. Feliz con su teléfono, Pu-Yi se dedicó a buscar números en la guía telefónica y a llamar al azar para gastar bromas a los habitantes de Pekín. Entre sus víctimas estuvieron el actor Ya Hsiao-Lu de la Ópera de Pekín, un acróbata y un famoso restaurante para el que encargó comida a una dirección falsa. Normalmente cada vez que se presentaba como el Emperador, nadie le creía y le colgaba creyendo que era un bromista. Sin embargo en una de sus habituales llamadas telefoneó al famoso poeta Hu Shih, quién asombrosamente fue el único que le creyó cuando dijo al otro lado de la línea que era el Emperador. Sin saber que decir, Pu-Yi invitó a venir a la Ciudad Prohibida a Hu Shih y para su sorpresa el humilde poeta aceptó la propuesta y al cabo de unos días se presentó ante el Emperador, con quién mantuvo un interesante debate sobre poesía.

Monarquía dentro de una República

Al cumplir Pu-Yi los 15 años de edad en 1921, las cuatro viudas del anterior Emperador Guang Hsu, decidieron que era hora de buscar esposa al pequeño monarca. Por aquel entonces a Pu-Yi no le interesaban lo más mínimo las chicas y lo cierto fue que al saber que tendría que casarse se sintió frustrado. El método para elegir esposa consistió en presentarle cuatro fotografías de candidatas a las que ni siquiera pudo distinguir en la imagen si eran guapas o feas, por lo que rodeó en un círculo con un lápiz a la que consideró que tenía un mejor sentido del gusto para vestir. Sin él saberlo escogió a una niña de 12 años llamada Wen Hsiu, lo que provocó la ira de Duen Kang, la viuda del anterior Emperador, ya que ella era partidaria de otra candidata llamada Wan Rung. A raíz del incidente Pu-Yi cambió su elección y marcó a Wan Rung, aunque de nuevo se encontró con el problema de la otra viuda Ching Yi que prefería a Wen Hsiu y se negó a aceptar la unión. Para resolver el enfrentamiento entre las viudas, Pu-Yi finalmente se vio obligado a casarse con las dos, tomando a Wan Rung como esposa y a Wen Hsiu como concubina.

La boda de Pu-Yi con Wan Rung y Wen Hsiu fue celebrada por todo lo alto los días del 29 de Noviembre al 3 de Diciembre de 1921. Todas las calles de Pekín fueron atestadas de soldados y policías de la República que participaron en la ceremonia con una orquesta militar y tres unidades de caballería con 72 estandartes. Grandes personalidades de China visitaron la Ciudad Prohibida para bendecir al Emperador y a la nueva Emperatriz Wan Rung como Chang Dzo-Lin, Wu Pei-Fu, Chang Hsun o Tsao Kun, incluyendo representantes de las embajadas de Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Japón, Rusia, Alemania, Italia y Austria. Los regalos fueron igualmente espectaculares como el que hizo el Presidente de la República, Li Yuang-Hung, compuesto por cuatro jarrones, dos clases de satén, una cortina y rollos con dibujos; o el del antiguo Presidente Hsu Che-Chang que incluía 20.000 dólares en metálico, 28 piezas de porcelana y un tapiz bordado con un dragón y un ave fénix.

Wan Rung, esposa de Pu-Yi y Emperatriz de China.

Después de su boda, la más grande ambición del Emperador Pu-Yi se convirtió en la de escaparse de la Ciudad Prohibida para poder marchar a estudiar al extranjero. Agobiado de no poder salir de allí y sin apenas mirar a sus dos esposas, intentaba gastar el tiempo dando vueltas con su bicicleta por los palacios. Un buen día decidió dar el paso definitivo y suplicó a su profesor Johnston que le ayudase a escapar de la Ciudad Prohibida y le llevase con él a Inglaterra. Aunque aquello pudiese parecer una locura, Johnston aceptó y le presentó mediante una llamada telefónica al embajador holandés Willem Jacob Oudendijk, quién se ofreció a sacarlo del país. El plan fue minuciosamente preparado y tanto los eunucos responsables de la vigilancia como los guardias fueron comprados. Sin embargo el 25 de Febrero, día de la fuga, un eunuco se chivó a la corte de lo que iba a suceder y Pu-Yi fue retenido frente a la Puerta de Chen Wu. Tras recriminar a sus eunucos, el Emperador llegó a acusarles de ser unos carceleros y no unos servidores.

Poco a poco la relación de Pu-Yi con sus servidores en la Ciudad Prohibida se fue tensando. Además de impedirle salir al exterior, los eunucos eran unos auténticos saqueadores de los tesoros reales que durante años habían extraído en secreto y vendido en el mercado negro para hacerse ricos. La gota que colmó el vaso respecto a esta cuestión fue cuando el 27 de Junio de 1923 un grupo de eunucos provocó un incendio en el Palacio de la Fundada Trinidad, que arrasó con un buen número de tesoros que el Emperador estaba contabilizando para encontrar a los ladrones, lo cual evidentemente borró las huellas. Tras aquel incidente Pu-Yi de verdad empezó a temer que alguno de sus eunucos quisiera asesinarle y desde entonces comenzó a dormir con sus dos esposas para estar sometido a vigilancia. Fue entonces cuando decidió hacer cambios profundos en el organismo imperial que sin duda despertaron la preocupación de muchos por el miedo que tenían a la modernidad. La primera medida fue el despido de cientos de eunucos de la Ciudad Prohibida, decisión que la corte se tomó muy mal, aunque la opinión de la República muy bien. La segunda fue ganarse el corazón de los chinos con una serie de gestos como donativos a la población de Pekín o el envío a Japón de tesoros valorados en los 300.000 dólares para sufragar daños tras el terremoto de Kantô. También fuera de las murallas de la ciudad prohibida fundó un movimiento político para presentarse a las elecciones de la República, el Partido Imperial Chino de la Monarquía Constitucional que ganó gran cantidad de adeptos. Esto último molestó a muchos en la corte porque en caso de restaurarse la Dinastía Qing deseaban volver a sus antiguos orígenes absolutistas, sin embargo Pu-Yi, influido por el britanismo de Johnston, decidió que si regresaba al poder instauraría en China una monarquía constitucional.

Vestido con los ropajes del Dragón, Pu-Yi en la última etapa de la Ciudad Prohibida.

Jamás el sueño de Pu-Yi de instalar una monarquía constitucional pudo llevarse a cabo porque a las 9:00 horas de la mañana del 5 de Noviembre de 1924, mientras el Emperador comía fruta junto a la Emperatriz Wan Rung, las tropas del señor de la guerra cristiano Feng Yu-Hsiang, que momentos antes habían tomado el Parlamento y arrestado al Presidente democrático Tsao Kun, irrumpieron en la Ciudad Prohibida. Estupefactos al ver los soldados rebeldes, los miembros de la corte y los eunucos intentaron escapar, pero todas las salidas fueron bloqueadas y la línea telefónica cortada. El mariscal Chao Ying, al servicio de Feng Yu-Hsiang, entregó a Pu-Yi un documento por el cual anulaba el Tratado de Buena Voluntad. Según el texto Pu-Yi tenía primero que abandonar la Ciudad Prohibida y luego renunciar públicamente a su título de Emperador para convertirse en un ciudadano convencional; a cambio de ello la República respetaría sus propiedades, le subvencionaría con 500.000 dólares anuales y le otorgaría plena libertad de movimiento para escoger residencia. Los rebeldes solamente ofrecieron a la corta tres horas para tomar una decisión, de lo contrario bombardearían los palacios con artillería situada en la Colina del Carbón. Por fortuna no hicieron falta más amenazas, ya que Pu-Yi, su familia y eunucos salieron de la Ciudad Prohibida después de muchos años de reclusión. A la salida cinco automóviles esperaban a la corte junto a un gran control de seguridad liderado por el general Lu Chung-Lin. Justo en aquel momento se produjo la renuncia verbal al trono en el instante en que Lu Chung-Lin preguntó al joven monarca “¿quiere seguir usted representando el papel de Emperador en el futuro o está dispuesto a partir de ahora ser un ciudadano?”, a lo que Pu-Yi contestó “¡desde el día de hoy quiero ser un ciudadano normal!”. Llegó incluso a tener lugar una broma entre ambos cuando Lu Chung-Li recordó a Pu-Yi que al no ser ya Emperador, podía presentarse candidato a Presidente de la República en elecciones, algo que por supuesto el depuesto monarca descartó.

Residencia en Tientsin

Nada más ser destronado, Pu-Yi se alojó provisionalmente en la Residencia del Norte dentro de Pekín. El mismo día de su llegada denunció su abdicación forzosa mediante una entrevista al periódico japonés local Shuntien Times, publicación que exageró en su edición la expulsión de la Ciudad Prohibida calificándola de “atroz”. No obstante Pu-Yi se sentía mejor libre, pues ahora tenía tiempo para cumplir su sueño de marchar a estudiar al extranjero, ya fuese Inglaterra, Estados Unidos o Japón. El problema era la corte que como siempre era contraria a su marcha al exterior, lo mismo que las autoridades de Feng Yu-Hsiang, interesadas en que permaneciese en China. No obstante Pu-Yi junto a sus profesores Chen Bao-Chen y Reginald Johnston, preparó su huida al Barrio de las Embajadas de Pekín, con jurisdicción de las potencias extranjeras y sin poder alguno por parte de la República. El plan se desarrolló con sobresaltos, ya que dentro del coche que debía llevar a Pu-Yi al Barrio de las Embajadas, se subió un enviado por la corte que no se fiaba de sus movimientos, por lo que tuvo que simular primero ir a inspeccionar una casa para alquilar en la Calle Biaobei y entrar luego en una tienda de relojes para comprar uno. Pero ni de esa manera el vigilante se apartó de él, por lo que al final fingió estar enfermo y bajo ese pretexto acudió Hospital Alemán, donde un doctor simpatizante que conocía el plan de Pu-Yi le ingresó con la finalidad de ayudarle a huir. Justo en el momento en que el enviado de la corte salió de la habitación, Pu-Yi aprovechó para escapar, volver al coche y ser llevado hasta el Barrio de las Embajadas. Una vez allí fue alojado en la embajada japonesa por cortesía del embajador Tatsushiko Yoshizawa que hizo desalojar una casa grande para él, sus dos esposas y criados. Cuando en China se supo que Pu-Yi vivía en la embajada japonesa, la indignación fue tal debido al odio hacia Japón existente en el país, que el periódico La Gaceta de Pekín, llegó a vislumbrar el futuro al asegurar que los japoneses buscaban instaurar en China un gobierno títere encabezado por la Dinastía Qing, algo que se cumpliría unos años más tarde.

El depuesto Emperador Pu-Yi, tras haber normalizado la situación con su corte, abandonó Pekín el 23 de Febrero de 1925 y marchó a la ciudad internacional de Tientsin. Allí fue recibido por el cónsul nipón Shigeru Yoshida en el Hotel Yamato para desearle suerte y a continuación se instaló en los Jardines de Chang, una villa campestre de una héctarea y media en la que residiría varios años. Fue precisamente en los Jardines de Chang, concretamente en 1926, cuando Pu-Yi se despidió de Johsnton para siempre, después de que a éste le ofrecieran una cátedra de sinología en la Universidad de Londres. Pu-Yi no pudo marchar con él como siempre había querido, ya que los señores de la guerra contraatacaron en el norte de China y tal cosa podía suponer una restauración de la monarquía. Los principales candidatos del norte que buscaron el apoyo de la Dinastía Qing fueron Wu Pei-Fu, Duen Chi-Ruei, Chang Dzo-Lin, Liu Feng-Che y Zhang Zuolin, siendo este último uno de sus más fieles seguidores. Ni siquiera faltó a una de las citas con Pu-Yi el general zarista Grigori Semionov que dirigía un ejército de rusos blancos al norte de China, quién prometió al derrocado monarca reinstaurar las dinastías de los Qing y Romanov. No obstante la guerra civil entre ellos y posteriormente la ofensiva del Kuomintang de Chiang Kai-Shek hacia el norte que los derrotó, puso fin a la restauración imperial.

Pu-Yi en su residencia de Tientsin.

El Kuomintang y en especial su Generalísimo Chiang Kai-Shek se convirtieron en el principal obstáculo de Pu-Yi a partir de 1928, fecha en la que sus tropas al mando del general Sun Dien-Ying entraron en el Valle de Malen y profanaron las sepulturas del Emperador Chien Lung y la Emperatriz Tze Hsi. A raíz de este incidente intentó reforzar los lazos con todas aquellas potencias extranjeras antirepublicanas. Por ejemplo intercambió fotografías y otra serie de contactos con el Rey Jorge V de Inglaterra y Victor Manuel III de Italia. Precisamente a la Italia Fascista envió como regalo una pieza caligráfica a Benito Mussolini por medio de Cheng Hsiao-Hsu, un admirador de los Camisas Negras, que recibió la respuesta del Duce expresando “estadista busca a su igual”, haciendo honor al sueño de resucitar el Imperio Romano y el Imperio Chino. Sin embargo fue Japón el país con el que tuvo una mejor relación, ya que durante cada aniversario del Emperador japonés Hiro-Hito, Pu-Yi asistía a las ceremonias del consulado de Tientsin, mientras que en el cumpleaños de éste, eran los nipones los primeros en expresarle felicitaciones y recibirle con bandas de música acompañadas por niños agitando banderas. Tan buenas perspectivas ofrecía Japón en el apoyo a los Qing, que en 1929 Pu-Yi envió a su hermano Pu Chie y su cuñado Run Chi a Tokyo para que aprendieran el idioma japonés, tarea de la que se encargó Takeo Toyama, miembro de la Sociedad del Dragón Negro. Precisamente de dicha sociedad el suegro de Pu-Yi, Rung Yuan, junto a sus dos amigos Luo Chen-Yu y Hsie-Chi Che, se afiliaron para hacer de puente entre Japón y la dinastía Qing.

Mientras Pu-Yi por un lado intentaba recuperar el trono, por otro se dedicó a una vida de lujo y de gran derroche monetario. Semana tras semana acudía al Club Country inglés de Tientsin, de hecho era el único oriental autorizado a entrar, ataviado para ello con los mejores trajes, zapatos y colonias que él consideraba imprescindibles para relacionarse con la alta aristocracia europea. También por aquel entonces cambió su residencia al trasladarse en 1929 del Jardín de Chang a la villa del Jardín del Silencio. Pero quién más gastaban eran sus dos esposas, ya que al tener celos una de la otra, lo mismo que se compraba la Emperatriz Wan Rung, también lo quería la concubina Wen Hsiu, lo que hacía que el despilfarro fuera enorme. Esta situación terminó cansando a la propia Wen Hsiu, que tras haber descubierto la vida fuera de la Ciudad Prohibida y que ella era la única mujer de China que compartía matrimonio legal con un hombre, solicitó al Consejo de Ancianos el divorcio. Después de estudiar su caso, a principios de 1931 le fue concedido dicho divorcio y una pequeña pensión para subsistir, lo suficiente para iniciar una nueva vida y dedicarse a ser maestra de una escuela primaria.

El fracaso del matrimonio de Pu-Yi con Wen Hsiu sería algo normal a lo largo de su vida respecto a otras mujeres. Al fin y al cabo Pu-Yi padecía de cierta asexualidad al sentir poco o nulo interés por el sexo, enfermedad psicológica gestada a en su reclusión durante años en la Ciudad Prohibida. A la Emperatriz Wan Rung le desesperaba aquella situación y por eso mantuvo un romance con el chófer personal de su marido, relación de la que quedó embarazada. Al darse cuenta la corte imperial de lo sucedido; justo después de dar a luz el bebé fue sacrificado por los médicos con una inyección letal delante de ella, un trauma que la hizo perder el juicio para siempre.

Marioneta de Japón

De manera inesperada el 18 de Septiembre de 1931 tuvo lugar el Incidente de Mukden, un atentado por el cual el ferrocarril japonés fue volado con explosivo, suceso que propició la invasión nipona a Manchuria tras echar los japoneses la culpa a los señores de la guerra chinos. La tarde del 30 Septiembre el general japonés Kohei Kashii hizo llamar a Pu-Yi a la comandancia del Ejército del Kwantung, donde junto al otro militar Tochiichi Kaeisumi y al rebelde manchú Luo Chen-Yu, le ofrecieron embarcar en un buque rumbo a Dairen para que se preparase ante una supuesta vuelta al trono en Manchuria. Sin embargo, viendo que la reacción japonesa era precipitada, Pu-Yi decidió esperar a la vista de los acontecimientos. No obstante pocos parecían compartir su opinión, incluyendo su profesor Reginald Johnston que vino desde el extranjero para hacerle una visita, además del comandante en jefe de la guarnición inglesa de Tientsin, Frank Burnell-Nugent, quienes recomendaron a Pu-Yi aprovechar la oportunidad para recuperar el trono. Por esa razón, cuando se presentó el general nipón Kenji Doihara para llevarle al nordeste de China, el depuesto Emperador aceptó sin vacilar.

Bajo el más absoluto secreto el 10 de Noviembre de 1931, Pu-Yi abandonó el Jardín del Silencio en un automóvil enviado por el consulado de Japón que le llevó a un restaurante japonés de Tientsin. Una vez en la instalación, unos soldados le hicieron vestirse con uniforme de oficial japonés y gorra, para a continuación subirlo a un camión militar cargado de tropas japonesas. Esa estratagema sirvió para confundir a los controles chinos hasta un muelle del Río Bai, donde subió a bordo de un bote cubierto por placas de blindaje y sacos terreros. El viaje a través del río por aguas chinas fue de lo más movido, pues por el camino unos soldados japoneses que le acompañaban tuvieron que abrir fuego para espantar a una patrullera del Kuomintang. Cuando por fin alcanzaron la desembocadura del Río Dagu, Pu-Yi hizo trasbordo en el mercante Awaji Maru que a través del Mar Amarillo Meridional lo llevó al puerto de Liaoning. Tras tocar tierra firme se reunió con el general Uasahijo Amakasu, quién le ofreció un coche para trasladarle a la estación y desde allí ir al recinto sanatorial de Tangkantzu. En aquella ciudad permaneció como medida de seguridad una semana más, hasta que finalmente se le llevó en tren a Port Arthur.

Sentado con los mandos japoneses, Pu-Yi negocia su Corona. La bandera del Japón preside la mesa de debate.

Puesto bajo la jurisdicción del Ejército del Kwantung en el Hotel Yamato de Port Arthur, a Pu-Yi le quedó resolver la duda de si el territorio conquistado por los japoneses se convertiría en una monarquía o en una república, cuestión a la que Doihara respondió “naturalmente será una monarquía, eso está fuera de toda duda”. No obstante algunos japoneses abogaban por instaurar una República de Manchukuo en la que Pu-Yi fuese Presidente y no Emperador. Por supuesto al mismo Pu-Yi no le gustó la idea cuando Seishiro Itakagi le propuso tal cosa la tarde del 23 de Febrero de 1932, una reunión tensa en la que el heredero de la Dinastía Qing obligó al japonés a dirigirse a él bajo “majestad” y no “excelencia”. Por supuesto Pu-Yi rechazó la idea, pero al cabo de unos días, tras pensarlo mejor comprendió que sería mejor ser Presidente que no ser nada, paso previo y fundamental para instaurar la monarquía, motivo por el cual terminó aceptando. Todos estos movimientos políticos no pasaron inadvertidos a Chiang Kai-Shek ni a su preocupación por el supuesto regreso de la Dinastía Qing, razón por la que el Kuomintang intentó ganarse la confianza de Pu-Yi mediante una oferta que le mostró el emisario Gao Yu-Tang, quién expuso la renovación del Tratado de Buena Voluntad, cosa que lógicamente rechazó.

A las 15:00 horas de la tarde del 8 de Marzo de 1932, Pu-Yi pisó por primera vez en su vida Manchuria, la tierra de sus antepasados, al descender del tren en Changchun, donde fue recibido por una jubilosa multitud de manchús acompañados de una banda de música y banderas tanto japonesas como estandartes amarillos con el dragón azul de la Dinastía Qing. Al día siguiente, el 9 de Marzo, se celebró la proclamación de Pu-Yi como Regente de Manchukuo en una ceremonia en la que se le hizo entrega del Sello de Presidente ante un público compuesto por miles de seguidores, así como los militares japoneses Shigeru Honjo, Koji Miyake y Seishiro Itakagi, más los ministros provisionales Cheng-Hsiao-Hsu, Luo Chen-Yu, Hu So-Yuan y Chen Dzeng-Chou, incluyendo algunos generales monárquicos del caído Imperio Chino o antiguos bandidos de los señores de la guerra como Chang Chin-Huei, Hsi Hsia y Chang Hai-Peng.

Regencia de Manchukuo. Pu-Yi sentado en el centro.

Todas las funciones de Pu-Yi como Regente fueron recogidas en el Estatuto de Organización de Manchukuo que le otorgaban poderes legislativos, ejecutivos y jurídicos para dictaminar leyes de urgencia, nombrar funcionarios, anular sentencias o fallos injustos y ser comandante de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire. Sin embargo quién realmente mandaba en la Regencia Qing eran los japoneses y en especial Tokuzo Komai que aconsejaba a Pu-Yi lo que debía autorizar y lo que no. Como la Liga de Naciones sospechó que Manchuria podía ser un experimento de nación títere de los japoneses, Ginebra el 3 de Mayo envió a la Comisión Lytton, nombre en honor al vizconde inglés Victor Lytton, para investigar que el país fuese soberano, duda que quedó aclarada cuando Pu-Yi le respondió: “Vine a Manchuria porque las masas manchús me eligieron como su jefe. Mi país es completamente independiente”.

Tras la firma del Protocolo Manchú-Japonés del 15 de Septiembre de 1932, muchas cosas cambiaron en Manchuckuo al ser nombrado Muto Nobuyoshi nuevo comandante en jefe del Ejército del Kwantung, un hombre que no dudaba en expresar sus simpatías por la restauración de los Qing. Este hombre intentó convencer a Tokyo de la necesidad de disolver el sistema republicano en Manchukuo y convertir a la zona en una monarquía dirigida por Pu-Yi. En Japón se pensaron su propuesta más de un año, a la que se sumó el comandante Kudo Tetsaburo tras la muerte súbita de Nobuyoshi, hasta que finalmente dieron autorización y comunicaron la noticia a un exultante Pu-Yi.

Emperador de Manchukuo

Oficialmente el 1 de Marzo de 1934, Pu-Yi, ataviado con los ropajes imperiales del Dragón, efectuó en un altar a las afueras de Hsinking el ritual de ascensión como Hijo del Cielo. A continuación se cambió de ropa para vestirse con el uniforme de generalísimo del Ejército de Manchukuo cargado de medallas manchús y japonesas. Acto seguido tuvo lugar la coronación en el Palacio Real de Hsinking, concretamente en el salón del trono decorado por una alfombra de color cinabrio, donde las autoridades manchús y japonesas se inclinaron tres veces ante Pu-Yi y la Emperatriz Wan Rung, devolviéndoles estos su cortesía con una inclinación. Una vez más Pu-Yi se convertía en Emperador, aunque solamente de Manchuria.

Inmediatamente a la posterior entronización de Pu-Yi, miles de simpatizantes de los Qing en toda China expresaron su fidelidad al nuevo Emperador. También la Casa Imperial de Japón envió al Príncipe Yasuhito No-Miya para felicitar a Pu-Yi, a quién entregó la banda de la Orden del Crisantemo; mientras que a Wan Rung la Orden de la Corona. Curiosamente en Gran Bretaña, Reginald Johnston, el antiguo profesor de Pu-Yi, izó la bandera de Manchukuo en honor a su amigo cuando con su fortuna se compró la pequeña Isla de Eilean Ringh en Escocia.

Gobierno de Manchukuo. El Emperador Pu-Yi bajo las banderas manchús y entre los ministros, justo en el medio de la fotografía

Al ser responsable del trono de Manchuria, Pu-Yi se veía obligado a presidir cinco ceremonias: una a los soldados caídos del Ejército Manchú, otra a los caídos japoneses de la Pagoda de las Almas Leales, a los padres fundadores de Manchukuo en el Templo de las Almas Fieles, a la reunión anual del partido político Sociedad de la Concordia y una última al cumpleaños del Emperador de Japón. Como cualquier Jefe de Estado el culto a su persona dentro de Manchukuo se convirtió en algo cotidiano, ya que por ejemplo en oficinas, cuarteles y edificios públicos era obligatoria su fotografía, mientras que en las escuelas su imagen acompañada de los Decretos Imperiales tras una cortina. Cada día, tanto en cuarteles como colegios, los soldados y niños tenían que hacer una reverencia en dirección al Palacio Real de Manchukuo y otra hacia el Palacio Imperial de Japón.

Cada vez que Pu-Yi salía del Palacio Real se organizaba uno de los dispositivos de seguridad más grandes de Asia. En primer lugar un altavoz comunicaba a la ciudadanía de la capital de Hsinking lo siguiente: “El vehículo de su Majestad el Emperador, sale ahora de Palacio”. En ese momento todas las calles dentro de la ruta por la que iba a pasar el coche tenían que ser desalojadas y las tiendas cerradas. Una vez Pu-Yi salía de su recinto, lo hacía en un coche de seguridad escoltado por dos motos de policía a izquierda y derecha, dos vehículos de gendarmería delante, un “cabriolet” descapotable rojo con el techo abierto detrás, además del séquito tras éste, más otra columna de vehículos con hombres armados. Cuando Pu-Yi llegaba a su destino y deseaba volver a su punto de partida, la megafonía anunciaba: “El vehículo de su Majestad emprende el regreso a Palacio”. Alojado otro vez en su residencia los altavoces hacían la última emisión para tranquilizar a la población: “Su Majestad el Emperador se encuentra de nuevo en Palacio”.

Emperador de Manchukuo Pu-Yi.

En Abril de 1935 Pu-Yi recibió el honor de participar en un viaje a Japón para entrevistarse con el Emperador Hiro-Hito. Del puerto de Dairen partió a bordo del barco de guerra Hie Maru escoltado por el destructor Tamana. Junto a él le acompañaba el Barón Gonsuke Hayashi, quién nada más pisar Japón, le invitó a presenciar unas maniobras navales con más de 70 barcos y 100 aviones en el puerto de Yokohama. En cuanto llegó a Tokyo el Emperador Hito-Hito recibió al Emperador Pu-Yi en el Palacio Imperial. Ambos celebraron la alianza de Manchukuo y Japón con un banquete y presidieron un desfile militar. También Pu-Yi aprovechó el viaje para ver los templos de los antepasados del “Tenno” japonés y visitar un hospital de soldados heridos. Incluso tuvo la cortesía de presentarse a la madre del Emperador Hiro-Hito y dar un paseo con ella cogidos del brazo.

No obstante, a pesar de los lujos y el poder que sentía estando en el trono, los japoneses eran los que realmente mandaban. Uno de los momentos más duros de su existencia fue cuando la policía japonesa detuvo a Ling Chen, prometido de la hermana de Pu-Yi, que consideraba a Tokyo demasiado intervencionista en la política manchú. Casi obligado a ello, Pu-Yi tuvo que aceptar su ejecución para dolor de muchas personas queridas. Otra de las cosas que también le molestó ocurrió tras la entrevista con el Príncipe Demchugdongrob de la Mongolia Interior, durante la cual ambos confesaron su descontento con Tokyo, conversación que los japoneses imaginaron y por tanto no dudaron en preguntar a Pu-Yi sobre los temas que habían hablado. Lógicamente con este trato, Pu-Yi entró en una fase histérica de pánico, viendo conspiraciones contra él por todas partes. Curiosamente sus razones estaban justificadas, pues el 3 de Abril de 1937, los japoneses casaron a su hermano Pu Chie con una aristócrata japonesa, Hiro Saga, lo que ponía en peligro la herencia al trono Qing si el matrimonio heredaba un varón de origen japonés. Por suerte para Pu-Yi nació una niña, aunque como eso no le alivió tomó la precaución de tomar a una segunda esposa como concubina, una chica de 16 años llamada Tan Yu-Ling, procedente del clan manchú Tatala. Sin embargo la vida de Tan Yu-Ling fue breve porque murió al cabo de tres años, instante que los japoneses aprovecharon para incitar a Pu-Yi a casarse con una chica japonesa, cosa que él rechazó tras mucho insistir. Sin duda alguna Pu-Yi vio en estos movimientos un intento de mestizar la Dinastía Qing con la raza japonesa con la finalidad de que Tokyo tuviera el control absoluto de la Corona. Por dicho motivo se apresuró a tener un hijo con Wan Rung, aunque en seguida descubrió que eso de nada le serviría cuando los japoneses le comunicaron que si nacía un varón lo enviarían cinco años a Japón para instruirlo según sus costumbres. Pu-Yi estaba atado de pies y manos.

Paseo en carruaje por Tokyo del Emperador Hiro-Hito de Japón con el Emperador Pu-Yi de Manchukuo.

Yasunari Yoshioka, el consejero del Emperador, se convirtió en la peor pesadilla de Pu-Yi porque jamás dejó de acosarle en cada cosa que hacía. Yoshioka redactaba la agenda de Pu-Yi, le escribía los discursos que debía decir y a veces le decía la forma en que debía vestirse según el evento. Incluso cada vez que el Ejército Imperial Japonés tomaba una ciudad le hacía inclinarse en dirección al campo de batalla para velar por los soldados caídos, movimiento repetitivo que Pu-Yi llegó a hacer por si mismo cuando Yoshioka le comunicó que Wuhan había sido conquistada. Lo más duro fue cuando le obligó a renunciar a su religión budista para convertirse en shintoísta, religión que los japoneses quisieron hacer oficial en Manchukuo, algo que Pu-Yi tuvo que acatar, aunque en secreto continuó bendiciendo a sus antepasados y cada vez que rezaba al templo Shinto lo hacía dirigiéndose en sus sentimientos a los altares budistas. Pero como los japoneses eran tan rudos con él, hubieron de contratar un experto en shintoísmo para impartir clases tanto a Pu-Yi como a sus ministros, sesiones en las que intentaban no quedarse dormidos o simplemente reírse de la absurda situación.

Al igual que durante su niñez en la Ciudad Prohibida, Pu-Yi se convirtió en un Emperador condenado a ostentar su título dentro de lo más parecido a una prisión. Como no tenía nada que hacer dentro del Palacio Real, se levantaba a las 11:00 de la mañana, dormía siestas de las 16:00 a las 18:00 y se acostaba a las 3:00 de la madrugada, todo ello comiendo dos veces al día, tanto almuerzo como cena. Durante ese período de su vida se obsesionó por los libros del budismo y debido a la situación de sentirse una marioneta comenzó a perder la cabeza y a convertirse en un hipocondríaco que compraba toda clase de medicamentos. Más allá llegó su esposa Wan Rung al volverse una adicta al opio, vicio que con el tiempo se hizo incurable. Pero lo más sorprendente fue cuando de repente Pu-Yi empezó a sentir pena por los animales y cada vez que le traían carne para comer rezaba una oración por el filete, ritual cotidiano que le llevó a convertirse en un maníaco vegetariano y ecologista. A tal nivel llegó su obsesión que prohibió en el palacio matar a las moscas e incluso en una ocasión ordenó a sus servidores atrapar a un gato para salvar a un ratón que estaba persiguiendo.

Segunda Guerra Mundial

Coincidiendo con el 2.600 Aniversario del Emperador Jimmu en Mayo de 1940, Pu-Yi se trasladó a Tokyo para expresar sus felicitaciones al Emperador Hiro-Hito, una velada de fiesta nacional que duró ocho días con impresionantes ceremonias y desfiles en los que él participó. Aquel mes se produjo en Europa la invasión alemana de Francia, lo que propició el acercamiento de Adolf Hitler con Japón. Así pues, en Noviembre de 1940, los japoneses llevaron a Hsinking a representantes alemanes e italianos, ante los cuales Pu-Yi tuvo que sellar con ciertas dudas una alianza de Manchukuo con la Alemania Nacionalsocialista y la Italia Fascista. Esta coalición llevó a Manchukuo a su perdición cuando el 8 de Diciembre de 1941, Pu-Yi en nombre del país, tuvo que declarar la guerra a Estados Unidos y Gran Bretaña.

Hiro-Hito y Pu-Yi pasando revista a las tropas del Ejército Imperial Japonés.

Durante toda la Segunda Guerra Mundial el Emperador Pu-Yi permaneció en el Palacio Real oficiando actos para el esfuerzo bélico del Eje, ya fuese en ceremonias por los caídos o en pases de revista a las tropas del Ejército Manchú. A partir de 1944 el mismo Emperador contribuyó donando a los japoneses los pomos, escupideras y objetos de plomo ante la escasez de materias primas para la exhausta industria manchú. Rápidamente Pu-Yi se dio cuenta de que la situación bélica se había vuelto en contra totalmente del Eje y que la contienda estaba más que perdida para Manchukuo, por mucho que Yoshioka le mostrase películas de asombrosas victorias del Ejército Imperial Japonés. A pesar de todo continuó ejerciendo su papel hasta el final. Uno de los momentos más tristes para él fue cuando tuvo que homenajear y despedir a 12 pilotos manchús kamikazes en el patio de la Sala del Trono de Tung Do, donde los aviadores en formación lloraban mientras el Emperador levantaba la copa en su honor antes de partir a su misión suicida.

El 9 de Agosto de 1945 la Unión Soviética declaró la guerra a Japón e invadió Manchuria. El comandante Ozoto Yamata fue el primero en comunicar la noticia a Pu-Yi, asegurándole que los ejércitos de Manchukuo y Japón vencerían sin problema a los rusos, frase que se tuvo que tragar cuando sonó la alarma aérea y junto al Emperador tuvo que acudir al refugio mientras la aviación soviética dejaba caer las bombas. Aquella misma noche Pu-Yi declaró el estado de emergencia en todo el Palacio Real y durmió vestido con la pistola en mano por miedo a posibles traiciones. Al día siguiente, el 10, Yoshioka acudió al Palacio Real para informar a Pu-Yi de que era necesario abandonar Hsinking y trasladar la capital a Tunghua, algo a lo que el Emperador se negó alegando que era necesario ofrecer resistencia a los bolcheviques hasta el fin, respuesta que por primera vez dejó sin habla al mismo Yoshioka. Sin embargo, 24 horas más tarde el 11 de Agosto, la situación fue insostenible y tanto Pu-Yi, como su familia y Yoshioka junto a una caravana de los objetos personales sagrados que custodiaba el japonés Toranosuke Hashimoto, abandonaron Hsinking en tren.

Fugados de Hsinking, Pu-Yi y la familia imperial viajaron dos días y tres noches en tren haciendo solamente dos comidas compuestas por bizcochos. Cuando pasaron por la estación de Meihokou, miles de refugiados intentaron abalanzarse contra el tren arrollando a los guardias que a duras penas consiguieron poner orden.Incapaces de proseguir su viaje, Pu-Yi y su séquito tuvieron que bajar en Talitzukou. Allí le informaron de la rendición japonesa el 15 de Agosto. Curiosamente fue en aquel instante cuando los japoneses manejaron a Pu-Yi como una marioneta por última vez al obligarle a leer el Decreto de Abdicación al trono de Manchukuo por el cual renunciaba a su título de Emperador, anuncio que leyó en voz alta ante sus ministros. Terminado aquel acto, Yoshioka le ofreció refugiarse en Japón, aunque no podía garantizarle la seguridad porque en cuanto los Aliados ocuparan el país ellos se harían cargo de él. A pesar de todo aceptó la propuesta y juntos tomaron un avión que debía llevarlos a Corea. No obstante, por la mera casualidad del destino, en pleno vuelo el aparato se hubo de desviar hacia Mukden tras encontrar una densa capa de niebla. Ninguno de los podía imaginarse en aquel momento que el cuñado de Pu-Yi, Cheng Hsiao-Hsu, tras haber caído en manos de los soviéticos, reveló la ruta aérea de estos, información que los rusos aprovecharon para tenderles una emboscada.

Tropas soviéticas del Ejército Rojo con el recién capturado y depuesto Emperador Pu-Yi en el aeropuerto de Mukden, Agosto de 1945.

A las 11:00 de la mañana del 17 de Agosto de 1945, Pu-Yi y Yoshioka llegaron a Mukden con la intención de tomar un avión hacia Japón. Mientras esperaban en la terminal, un rugido de motores les hizo levantar la vista al cielo mientras una serie de aviones soviéticos soltaban tropas paracaidistas. En cuestión de segundos el suelo se llenó de soldados rusos que tras liberarse de los paracaídas hicieron prisioneros a todos los japoneses. Asombrado ante el espectáculo, Pu-Yi se rindió a los paracaidistas soviéticos sin ofrecer resistencia.

Deportado a la URSS

Inmediatamente a la captura de Pu-Yi, el otra vez ex-Emperador fue introducido en un avión y enviado a la Unión Soviética. Primero aterrizó en el aeropuerto de Chita y luego fue conducido en camión a través de la estepa de Siberia, permitiéndole una sola parada para orinar. En medio de la nada el camión se detuvo en un hotel en el que Pu-Yi y sus acompañantes fueron alojados. Para su sorpresa en el interior se encontraron a un grupo de oficiales soviéticos que les dieron la bienvenida como si todavía fuese Emperador. Increíblemente el trato de los rusos fue de lujo porque Pu-Yi disfrutó de sirvientes, médicos personales, libros, radios y tres comidas al día, incluyendo té por la tarde.

Un soldado soviético confraterniza con Pu-Yi en Kabarovsk, Rusia.

En 1946 Pu-Yi fue trasladado a Chabarovsk, un campo de prisioneros donde de nuevo fue tratado como un reo privilegiado, no por compasión, sino porque Moscú intentaba aparentar cierta moderación con Occidente. En esta ocasión Pu-Yi no tuvo sirvientes, aunque sí algunos simpatizantes manchús prisioneros que le arreglaban al cama, le limpiaban la habitación, le servían la comida y le hacían la colada. Durante aquella época se aficionó a la agricultura y adquirió un rincón en el que cultivaba y regaba cada noche pimientos verdes, tomates, berenjenas, judías y otros vegetales. La lectura fue otra de sus aficiones, ya que tenía a su disposición el periódico chino She Hua (Verdad) y libros como Problemas del Leninismo e Historia del Partido Comunista Soviético. Precisamente recibió clases de marxismo por parte de los comisarios soviéticos que intentaron inculcarle las maravillas del comunismo. A pesar de que incrementó sus simpatías por la URSS, en ningún momento olvidó su identidad y por ello ocultó gran parte de su tesoro personal, como por ejemplo esconder sus diamantes en una esponja de jabón. Tan confortable se sentía en Rusia que intentó ganarse la confianza de los soviéticos cambiando su denominación de “Majestad” por la más humilde de “Supremo”, incluso regaló una gran cantidad de sus riquezas como buena voluntad al Partido Comunista Soviético (PCUS). Al cabo de un tiempo llegó incluso a escribir al mismo Iósif Stalin para que le permitiese quedarse a vivir, carta que jamás obtuvo respuesta.

De manera inesperada en Agosto de 1946 las autoridades soviéticas sacaron a Pu-Yi de la URSS y lo llevaron a Tokyo para comparecer como testigo en el Tribunal Internacional para el Extremo Oriente. Por fin pudo expresar cara a cara ante Seishiro Itakagi y Kenji Doihara, como ambos le habían engañado y manipulado para dirigir un Manchukuo controlado por ellos, en el cual no tuvo miedo a decir que se habían cometido crímenes de guerra. La comparecencia duró ocho días, en los que describió punto por punto su experiencia como Emperador de Manchukuo, noticia de la que se hizo eco la prensa internacional. Curiosamente en el momento que denunció como le habían impuesto la religión shintoísta por la fuerza, un japonés le recriminó no respetar a los antepasados de Hiro-Hito, a lo que Pu-Yi furioso le contestó: ¡Sí, pero yo no le impuse mis antepasados como él me impuso los suyos!”. No tuvo ni siquiera problema en contar sus sospechas sobre la muerte de su segunda concubina Tan Yu-Ling, fallecida en extrañas circunstáncias. Cuando finalizó en sus declaraciones, Pu-Yi regresó a la Unión Soviética y en concreto al campo de prisioneros de Chabarovsk.

El 31 de Julio de 1950, tras cinco años de estancia en la URSS, Pu-Yi no pudo evitar su temida extradición a la recién instaurada República Popular de China en un tren que lo llevó de Chabarovsk a la frontera con su país natal. Durante el camino los soviéticos le ofrecieron cerveza, golosinas y contaron chistes para levantarle el ánimo. Sin embargo una vez en la frontera, el comisario soviético llevó a Pu-Yi ante dos oficiales del Ejército Popular de Liberación, que amablemente le hicieron bajar del tren. Para su sorpresa en el andén formaron dos destacamentos a cada lado de soldados soviéticos y chinos que le ovacionaron diciendo “¡Habéis vuelto a vuestra patria!”. A continuación subieron a Pu-Yi en un tren chino que emprendió la marcha dentro de la República Popular de China.

Prisión de Reeducación

Desde que Pu-Yi partió en tren hacia China el trato por parte de los soldados fue cortés. En el trayecto los guardias fueron extremadamente educados y le ofrecieron un desayuno de verduras, sopa de arroz y huevos en salazón. No obstante Pu-Yi estaba convencido de que pronto acabarían con su vida y que todo era montaje antes de su muerte inminente. Creyendo que así podía salvar su vida, perdió los nervios y abordó al soldado de su vagón con una serie de acusaciones hacia los otros prisioneros que le acompañaban. Pero no sirvió de nada porque el guardia le ordenó volver al asiento. A mitad recorrido el tren se paró en Mukden y Pu-Yi fue conducido a un edificio con una sala llena fruta, pasteles y cigarrillos. Presa del pánico gritó al oficial: “¡Acaba con eso, pronto, vamos!; a lo que éste se rió diciendo: “Tienes demasiada prisa, tranquilo hombre, cuando estés en Fuchun podrás descansar cuanto quieras”.

Al cabo de poco tiempo Pu-Yi y otros prisioneros del Estado de Manchukuo fueron enviados a la Cárcel de Fuchun. Pu-Yi fue encerrado en la misma celda que su hermano Pu-Chie y su suegro Rung Yuan, donde les suministraron chaquetas, pantalones, ropa interior, cigarrillos, tableros de juego, naipes, radios, libros y periódicos. La vida transcurrió tranquila y sin sobresaltos, excepto cuando Pu-Yi fue cambiado a una celda individual bajo la denominación de “recluso número 981”, lo que provocó las quejas de éste al director de la cárcel, recibiendo la siguiente respuesta: “¿No has pensado nunca que tienes que aprender de una vez a cuidar de ti mismo?”. Lo cierto era que Pu-Yi con más de 40 años jamás había hecho su cama, doblado una manta o simplemente se había vestido solo o atado los zapatos. Cada vez que en la cárcel le tocaba barrer, limpiar la mesa o vaciar los orinales cometía errores, ni siquiera se acordaba del dentrífico cuando cogía el cepillo de dientes. Como no sabía vestirse en solitario y al hacerlo dejaba su ropa arrugada, en una ocasión el director de la prisión le humilló diciendo era una vergüenza para los demás y que el resto no debía seguir su ejemplo. Poco a poco se fue adaptando a esa nueva vida, aunque no fue fácil. Cada tarde tenía media hora libre para pasear por el patio y durante el resto del día estudiaba obras comunistas tituladas Sobre la Nueva Democracia, Historia de China durante los Últimos 100 Años e Historia Revolucionaria de la Nueva Democracia. Rápidamente Pu-Yi comprendió el motivo del por qué los comunistas lo mantenían con vida y ese era que la República Popular de China pretendía perdonarle a él y a sus seguidores, hacerles estudiar y recuperarlos como unos ciudadanos nuevos para demostrar al mundo que incluso un Emperador podía abrazar la doctrina bolchevique.

Siendo prisionero en la República Popular de China, Pu-Yi se dedica a coser ropa en la celda.

Cuando las tropas de Estados Unidos llegaron a la frontera de China junto al Río Yalu a finales de 1951 durante la Guerra de Corea, Pu-Yi como medida de seguridad fue traslado de Fuchun a una prisión de Harbin ante el temor de que pudiese caer en manos americanas. En su nueva cárcel Pu-Yi estuvo acompañado de cinco personas en la celda y tenía que dormir en una esterilla sobre el suelo, aunque con buen trato porque le suministraban buena comida, periódicos y una radio. También continuó con sus clases de adoctrinamiento revolucionario y en una ocasión tuvo que practicar un simulacro de emergencia cuando un día sonaron las alarmas aéreas advirtiendo de aviones estadounidenses. Las sesiones de enseñanza supusieron para él un un trauma difícil, ya que no entendía los conceptos ni los motivos debido a su antigua condición de Emperador; por ejemplo cuando llegó a la lección de feudalismo le costó asimilar que un individuo que ostentara el título de rey fuese un explotador. Tampoco acertó a la hora de escribir su propia autobiografía, pues fue incapaz de hacer una autocrítica a su persona como esperaban las autoridades comunistas. Pero peor para él eran las actividades cotidianas como fregar el suelo, hacer la colada o coser ropa, tareas en las que fracasó, lo mismo que en el intentar vestirse y tener cada mañana que presentarse con las camisas arrugadas ante unos compañeros de prisión que se reían de él. Ni siquiera sabía jugar a las cartas y tuvo que aprender por medio de su guardián de celda, un joven llamado Liu del que se hizo amigo. El progreso de Pu-Yi era nulo a diferencia de los demás presos que con el tiempo llegaron a aceptar la realidad, todos excepto Rung Yuan que falleció en su celda sin voluntad de reconocer el nuevo orden.

Aproximadamente 2 años fueron los que Pu-Yi pasó en Harbin sin obtener resultados. El depuesto Emperador parecía un caso perdido hasta que convencido por el adoctrinamiento en prisión decidió confesar que llevaba escondidas en el doble fondo de su maleta un total de 468 joyas entre las que había oro, platino, diamantes y perlas. La confesión al director de la cárcel fue la siguiente: “Yo Pu-Yi, no he sido sincero. A pesar de que el Gobierno me ha tratado tan humanamente, he sustraído estos objetos y quebrantado con ello el reglamento de la cárcel y, lo que es peor, las leyes del Estado. Estos objetos de valor no me pertenecen; son propiedad del pueblo. Al tener conciencia de ello, me decido a hacer esta confesión”. Sorprendido por el progreso, el director le preguntó: “¿Has tenido que sostener muchas luchas con tu conciencia antes de llegar a esta decisión?”. Pu-Yi le respondió afirmativamente porque había tenido miedo de confesar debido a su condición de ex-Emperador, contestación a la que el director añadió que no se preocupase porque había dado un paso muy grande y era motivo para estar orgulloso. Desde ese momento las relaciones hacia Pu-Yi cambiaron notablemente, elogiándole los guardias y apodándole “Viejo Pu”. Más adelante incluso se atrevió a confesar su culpabilidad a la hora de colaborar con los japoneses por su insistente idea de la restauración monárquica. También empezó a comprender las lecciones de sus estudios y a ser más efectivo en las clases de autocrítica de los sábados. Al cabo de poco tiempo entendió el significado de la palabra “feudalismo” tras leer los libros ¿Qué es una sociedad feudal? y Sobre el Imperialismo. En 1953 hizo otro progreso al combinar sus 4 horas de estudio diarias con otras 4 horas de trabajo manual para una fábrica de cajas de lápices en Harbin, aunque al principio le costó adaptarse y solía equivocarse con las etiquetas de las cajas. Donde sí destacaba era en el deporte de las pistas de la cárcel, ya fuese jugando al tenis, volley ball, ajedrez y mahyong. Todos estos avances le autorizaron a ser premiado con una habitación más grande con 18 hombres y camas blandas. Sin embargo su suerte se quebró cuando cayó enfermo medio mes de gripe maligna.

Con sus compañeros de prisión, Pu-Yi en el comedor de la cárcel.

Recuperado de su enfermedad, en Marzo de 1954 fue de nuevo trasladado a la Cárcel de Fuchun al haber pasado el peligro tras el fin de la Guerra de Corea. Fue entonces cuando empezó el juicio contra los criminales de guerra de Manchukuo, entre ellos el del ex-Emperador Pu-Yi en una asamblea plenaria del Bloque 1. El resultado de las vistas no fue una novedad, ya que tanto Pu-Yi como sus compañeros fueron declarados culpables y condenados a permanecer en prisión hasta que fueran rehabilitados en “hombres nuevos” según el Estado Socialista. Como de costumbre la vida en la cárcel continuó sin sobresaltos, aunque a partir de 1955 Pu-Yi notó mejoras en sus habilidades al conseguir por fin vestirse sin arrugas como los demás y atinando a la hora de lavar la ropa. Aquel mismo año participó también en la desinfectación de parásitos en Fuchun después de saber las autoridades que los americanos habían lanzado bombas bacteriológicas. Lo más gratificante de su rehabilitación fue saber que sus familiares en el exterior se encontraban bien cuando recibió la visita de sus hermanas y sobrinos, incluso se enteró de que su tío Dzai Tao se había convertido en en delegado de los manchús en la Asamblea Nacional del Pueblo. Precisamente Dzai Tao alcanzó el grado de primer intermediario del ex-Emperador con Mao Tse-Tung, llegando este último a preguntarle en una ocasión: “He oído decir que Pu-Yi ha hecho muchos progresos”.

Mucho había cambiado Pu-Yi en 1955 gracias a su rehabilitación. Tras muchas reflexiones llegó a odiar el sistema feudal que le había condenado a ser encerrado en la Ciudad Prohibida durante su niñez y en especial a la fallecida Emperatriz Zishí, principal culpable de su desgracia en el pasado. Entendió que había sido utilizado para llevar una vida parasitaria e infeliz en lugar de haber sido adiestrado en hacer las cosas por si mismo en bien de cooperar por un colectivo, tal y como aprendió en prisión. Por primera vez saboreó el gusto de sentirse patriota chino y manchú, pues gracias a la República Popular la nación había vencido en la Guerra de Corea, había reformado a un caso perdido como él en “hombre nuevo” y sobretodo China había alcanzado el estatus de potencia mundial, algo que le hizo sentirse orgulloso de su país. Este cambio de la mentalidad imperial hacia el socialismo hizo que numerosos periodistas nacionales y extranjeros se entrevistaran con él en Fuchun, formulándole preguntas y pidiéndole fotos firmadas.

Durante la última etapa de su estancia en la cárcel, Pu-Yi realizó un curso de medicina china y acupuntura, sacando la calificación más alta en el examen y convirtiéndose al cabo de un año en enfermero de la cárcel. En esa época estudió el Materialismo Histórico de Karl Marx y se convirtió en un excelente obrero para todo aquel trabajo físico. Por primera vez en muchos años se permitió salir a Pu-Yi al exterior, aunque solo para excursiones de un día que programaban para los presos las autoridades de la cárcel como Mukden, Anchang, Changchun, Harbin y el embalse de Dahoufang.

El comunista Pu-Yi

Por fin tras 9 largos años de reeducación, Pu-Yi recibió el indulto del propio Gran Timonel Mao Tse-Tung a finales de 1959. De la noticia se enteró al acudir al salón de actos de la cárcel, sobre el que se encontró un letrero que rezaba “Reunión de indulto de la cárcel de criminales de guerra de Fuchun”. Increíblemente tras sentarse en las butacas, un miembro del tribunal gritó “¡Aisin Gioro Pu-Yi!”. Lleno de lágrimas Pu-Yi se levantó emocionado. Se había convertido en un hombre nuevo.

Nada más salir de la Cárcel de Fuchun, Pu-Yi tomó un tren en dirección a Pekín con la intención de reunirse con su familia. Durante el trayecto por primera vez en su vida Pu-Yi se sentó con gente del pueblo y obreros, algo nada habitual en su vida después de haber estado siempre acompañado de aristócratas. El 9 de Diciembre el tren llegó a Pekín, ciudad que había abandonado 35 años antes. En la estación se encontró con su quinta hermana y cuarto hermano que le abrazaron como nunca pudieron hacerle cuando era Emperador, ya que entonces el protocolo no lo permitía. Se alojó con ellos en el barrio donde vivía todo el resto de su familia, lugar en el que los vecinos le recibieron con felicitaciones por su asombroso cambio. Él como respuesta de agradecimiento tomó la iniciativa de barrer la calle al día siguiente.

Xiong Bingkun y Lu Zhonglin, dos camaradas del Partido Comunista Chino y amigos de Pu-Yi.

Libre por primera vez desde que había nacido, lo primero que hizo Pu-Yi fue ir a visitar sitios de Pekín a los que jamás le habían permitido acceder cuando era Emperador. La Plaza de Tianamen y su Puerta de la Paz Celeste fueron de los primeros lugares a los que acudió, ya que era un monumento que desde niño había querido visitar. Luego fue a la peluquería, donde descubrió un artilugio llamado “secador de pelo”, algo que dejó estupefacto al peluquero cuando afirmó no conocer de su existencia. El haber estado tantos años recluido en palacios y o en la cárcel, hizo de Pu-Yi un ignorante del mundo exterior que al principio le costó aprender a conocer. Normalmente se olvidaba de cerrar la puerta de la casa, tirar de la cadena del váter o cortar el grifo tras lavarse las manos, incluso al salir a la calle se solía perder por la ciudad por culpa de su torpe sentido de la orientación. Por ejemplo a la hora de coger el autobús solía confundir al conductor con pasajeros, por lo que muchas veces el vehículo se marchaba sin él al creer que no tenía intención de subir. A pesar de todo Pu-Yi aprendió con rapidez y al cabo de unos meses supo manejarse perfectamente. Lo que no quiso de ninguna manera perderse en Pekín fue hacer una visita como turista a la Ciudad Prohibida, su hogar de niño, por la que paseó haciendo memoria de malos recuerdos de una infancia perdida, aunque algunos buenos, como reencontrarse con sus queridos cipreses.

A principios de 1960, en Marzo, Pu-Yi obtuvo su primer empleo en el Jardín Botánico de Pekín de la Academia China de Ciencias, un bello lugar en el que trabajó y estudió con pasión en el cuidado de las flores y en el trasplante de brotes a invernáculos. Aquel mismo año ingresó en la Milicia Popular del Jardín Botánico y participó activamente en las manifestaciones contra del Pacto de Seguridad Americano-Japonés. El 26 de Noviembre de 1960 Pu-Yi obtuvo como ciudadano de la República Popular su documento de voto, lo que le permitió elegir candidatos para el Partido Comunista Chino.

Comprometido en la lucha comunista, Pu-Yi fue trasladado en Marzo de 1961 a la Comisión de Material Histórico de la Conferéncia Político-Consultiva del Pueblo Chino. Allí se dedicó a recopilar datos históricos y material sobre el Dinastía Qing, los señores de la guerra y acontecimientos que él mismo había protagonizado en el pasado o en primera persona. Sin duda era el mejor candidato a este trabajo, pues al fin y al cabo él había sido el protagonista de aquella etapa de la Historia de China. Como su labor en la Comisión fue halagadora, Pu-Yi tuvo el honor de ser invitado en 1962 a la Asamblea del Pueblo.

Li Chu-Hsien, esposa de Pu-Yi durante la República Popular de la que se enamoró y se casó en 1962.

El 1 de Mayo de 1962, coincidiendo con el Día del Trabajador según quiso Pu-Yi, el antiguo Emperador se casó con una enfermera de 37 años e hija de un compañero de prisión llamada Li Chu-Hsien, el verdadero amor su vida después de haber sido obligado de joven a casarse con esposas y concubinas a las que no amaba. Wan Rung, la depuesta Emperatriz, murió en 1946 por culpa del opio según supo más tarde Pu-Yi. A pesar de que sentía afecto por ella, nunca tuvo una relación familiar o de marido-mujer con Wan Rung. Fue realmente Li Chu-Hsien la primera mujer a la que de verdad quiso y con la que levantó un hogar, aunque debido a la avanzada edad de ambos, nunca tuvieron hijos.

Bastante simple fue la vida de Pu-Yi durante su libertad a diferencia de su existencia como Emperador. Junto a Li Chu-Hisen vivió en una amplia casa de varias habitaciones que le regaló la República Popular, en la que se divertía cuidando en el jardín a sus pinos, perales y diversas especies de ficus. Por las mañanas solía leer obras de Karl Marx y Vladimir Lenin; mientras que por la noche novelas como El Sueño de la Cámara Roja o las antologías de Poemas de la Época Tang.

Fuera de China la increíble historia de Pu-Yi empezó a conocerse a partir de 1964 con la publicación de sus memorias a las que tituló La primera mitad de mi vida. Edgar Snow, amigo de Mao y experto sinólogo norteamericano, conoció a Pu-Yi y relató en Occidente el asombroso caso de como el último Emperador de China había abrazado la ideología comunista.

Con el estallido de la Revolución Cultural de 1966, un enfrentamiento entre dos tipos de comunistas, Pu-Yi fue sometido al acoso de los Guardias Rojos a pesar de contar con la protección del Presidente Chou Enlai. Por suerte las agresiones no pasaron de insultos verbales mediante cartas o llamadas telefónicas, aunque en una ocasión fue obligado a declarar en comisaría por dos películas documentales encontradas sobre el Estado de Manchukuo y sobre su amnistía en 1959. Por ser miembro de la Comisión de Material Histórico de la Conferéncia Político-Consultiva del Pueblo Chino, los Guardias Rojos redujeron a Pu-Yi el sueldo a la mitad, al igual que sus compañeros, además de impedirle la investigación. También la tienda estatal de cereales cortó su suministro de trigo, arroz y harina candeal, por lo que tuvo que abastecerse en exclusiva de harina de maíz.
Muerte

Terminada la Revolución Cultural en 1967 con un rotundo fracaso de Mao Tse-Tung ante las fuerzas comunistas más moderadas, Pu-Yi se convirtió en uno de los supervivientes de la purga maoísta. No obstante ese mismo año se encontraría con un nuevo obstáculo cuando le diagnosticaron que estaba enfermo de cáncer. Sin perder tiempo fue ingresado en la Unión del Hospital, una de las mejores clínicas de Pekín y más tarde en el Hospital del Pueblo. Como su salud mejoró a mediados de año, fue dado de alta y devuelto a su casa; aunque en otoño otro vez recayó y fue ingresado de nuevo en Urgencias del Hospital del Pueblo el 4 de Octubre. Incapaces de parar los médicos el tumor extendido en el riñón, el 17 de Octubre de 1967, el último Emperador de China falleció de cáncer nefrítico.

Pu-Yi con uniforme del Partido Comunista en los últimos años de su vida.

Muchos en China lloraron la pérdida de Pu-Yi como el máximo ejemplo de renovación a seguir. Más de una década después de su muerte, Pu-Yi fue convertido en un héroe comunista por la renovada República Popular de China. Su esposa Li Chu-Hsien tuvo el honor de depositar ante el pueblo la urna con las cenizas de su marido dentro de la Primera Sala del Cementerio de la Revolución de Baochen. Sin embargo, la estancia de sus restos fue sólo temporal porque en 1995, y a título póstumo, la República Popular le renovó su título de Emperador de China, por lo que sus cenizas fueron trasladadas a las Tumbas de los Qing Occidentales. Con esta última denominación, Pu-Yi se convirtió en el único caso del siglo XX en que un individuo tuvo la particularidad de ostentar el título de monarca y al mismo tiempo tener carné del Partido Comunista.

 

Bibliografía:

Pu Yi, Yo fui el último Emperador de China, Círculo de Lectores (1988), p.9-505
Daniel Gomà, Pu Yi. El último Emperador de China, Revista Historia y Vida Nº450 (2009), p.90-99