Adolf Hitler

La figura histórica de Adolf Hitler fue sin duda alguna la del ser humano más influyente del siglo XX. Este político y pintor fue uno de los escasos hombres de estado “hecho a sí mismo”, que pasó de mendigar y pasar hambre por los suburbios de Viena, a convertirse en un destacado orador contra las injusticias, a movilizar a las masas más desfavorecidas y finalmente a ostentar el poder en Alemania. Fundador de Tercer Reich y del Partido Nacionalsocialista, tomó las riendas del pueblo alemán con mano de hierro y al mismo tiempo le dotó de una de las mejoras reformas sociales de su tiempo. Simultáneamente llevó a cabo una política de agresión sin precedentes que terminó con la construcción del mayor imperio jamás visto en expansión territorial sobre Europa, África y Asia-Pacífico, aunque todo ello a costa del desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial, la devastación de todos los continentes, el exterminio masivo de personas y la pérdida de más de 80 millones de vidas, lo que sin duda convirtió al “Führer” en una especie contradictoria de mito, salvador, tirano y modificador de los destinos del mundo, como nunca antes lo hubo en la Historia.

Infancia

Adolf Hitler nació un 20 de Abril de 1889 en la Calle Vorstadt Nº249 de Braunau am Inn, una pequeña y pobre zona rural de Austria, por aquel entonces parte del Imperio-Austro-Húngaro, situada entre el Río Danubio y la frontera de Bohemia-Moravia. Hijo de Alois Hitler y Klara Pölz, una humilde familia austríaca de clase de medio-baja, su padre era un funcionario de aduanas que había ascendido por sus propios méritos, mientras que su madre una campesina y ama de casa enviudada dos veces que parecía haber encontrado estabilidad con su nuevo marido. Respecto a los otros cuatro hijos de la pareja, los dos mayores fueron del primer matrimonio de ella, concretamente Alois y Angela, aunque fruto de ambos nacerían otros dos a los que bautizaron Edmund y Paula.

Adolf Hitler cuando era un bebé (fotografía más antigua conservada del Füher).

La vida de bebé e infancia de Adolf Hitler estuvo marcada por los cuidados y mimos de su madre Klara, por quién siempre sintió un gran afecto y amor. Hasta los tres años, “Addie” (como le llamaba su progenitora) vivió en Branau, antes de trasladarse la familia a Passau y posteriormente a la aldea de Hafeld, cerca de Lambach, cuando cumplió los seis. Durante esta fase de su niñez, Adolf se distinguió por sacar buenas notas en la escuela primaria, por ayudar a sus padres trabajando en el campo, por cantar en el coro como monaguillo del convento benedictino y también por organizar algunas travesuras con sus amigos, como por ejemplo simular batallas a pedradas a las afueras del pueblo, algo en lo que destacó liderando a lo que consideraba su “milicia juvenil”.

Alcanzados los diez años de edad, el pequeño Adolf Hitler comenzó a venirse abajo como estudiante cuando la familia se mudó a Leoding en 1899 y su hermano Edmund falleció de sarampión en 1900. Como consecuencia de esta tragedia que profundamente le afectó, Adolf pasó de ser un chico alegre y feliz, a otro solitario, soberbio y sombrío. Aquello le pasó factura tras su ingreso en la Escuela Real de Linz porque durante los siguientes cuatro años apenas pudo superar los exámenes y cursos, ya que a pesar de obtener buenos resultados en comportamiento, dibujo y deporte, el resto de asignaturas las aprobaba con notas muy mediocres, e incluso suspendía otras como matemáticas y taquigrafía. Sin embargo el mayor golpe moral sufrido por Adolf tuvo lugar el 3 de Enero de 1903 tras la muerte súbita y repentina de su padre Alois, lo que llevó al muchacho a abandonar los estudios en 1904 y abrirse ante él un panorama de futuro oscuro e incierto.

Vida de Fracaso

Viena fue el destino de Hitler en 1906 cuando tras cumplir la mayoría de edad y aprobar la escuela media no sin con ciertas dificultades, quiso convertirse en pintor debido a la gran atracción que sentía por el mundo artístico y su vocación para la pintura. Así fue como se presentó a la Academia de Bellas Artes de Viena, donde tras superar la primera prueba de acceso en la que fueron eliminados 33 de los 112 aspirantes, en la segunda fase su calificación fue la siguiente según el tablón de exámenes: Adolf Hitler. Branau del Inn, 20 de Abril de 1889. Austríaco. Católico. Padre: Funcionario Superior. 4º Curso de Escuela Superior. Examen de Dibujo: Suspenso. Aquella noticia dejó completamente apesadumbrado a Hitler y lo hizo sentir un auténtico fracasado, tanto, que ocultó a sus parientes el suspenso para intentar sin éxito entrar en la Escuela de Arquitectura de Viena mientras sobrevivía con el escaso dinero que su madre le enviaba de su pensión de viudedad.

Hitler con 12 años en uno de los colegios de Linz en Austria.

Klara Hitler falleció el 21 de Diciembre de 1907 de cáncer de pecho cuando Adolf todavía se hallaba en Viena, por lo que tuvo que regresar a toda prisa a Linz para sumirse en el lloro y la desesperación que para él supuso la pérdida de su querida madre, a quién consideraba la persona más importante de su vida. A esta enorme tragedia, se sumó que la herencia hubo de ser repartida entre él y su hermana Paula, lo que obligó a un Hitler de 19 años a subsistir pésimamente por Viena alquilando una habitación ubicada en el número 29 de la Calle Strumpergase (pertenecía a una anciana polaca de nombre Maria Zakreys) que compartió con un estudiante de música llamado August Kubizek. Aquella etapa fue la más mala de su vida porque después de trabajar como peón de obra en la construcción, cometió la torpeza de malgastar sus limitados ahorros en pasiones personales como visitar todos los museos de la ciudad, devorar libros en las bibliotecas y sobretodo en acudir más de cuarenta veces a la Ópera de Viena para escuchar las piezas de su compositor favorito Richard Wagner, a quién consideraba su ídolo y mentor espiritual.

La situación de Hitler en 1908 fue tan mala que terminó arruinándose económicamente y desapareciendo tanto de la vida de su familia como la de sus escasos amigos. Así fue como durante varios años deambuló por los suburbios de Viena, alojándose en el 15º Albergue Municipal del Número 22 de la Calle Felbertrasse, donde compartió la Habitación Número 16 con otros deshauciados e indigentes. Posteriormente se convirtió en un hambriento mendigo que tuvo que ingeniárselas para buscar comida y encontrar la forma de no pasar frío todas las noches en las que se veía obligado a dormir en los parques, normalmente cubierto por mantas y cartones. Sólo el trabajo de vez en cuando como albañil le permitió en ocasiones salir de la indigencia y entrar en contacto con la realidad política porque a pesar de su precario estado, participó en alguna tertulia con otros obreros (a los que criticó que la solución al implacable capitalismo que a él mismo le estaba destruyendo fuera el marxismo) e incluso acudiese como espectador al Parlamento de Viena (del que salió muy desilusionado). Únicamente las ideas nacionalistas y pangermanistas procedentes del país vecino, en este caso Alemania, le convencieron de que el remedio a sus problemas y el de muchos otros era la solidaridad entre los pueblos de raza germánica y el resurgimiento de la cultura nórdica frente al liberalismo que consideraba como una herramienta de opresión de los judíos y al pensamiento marxista al que interpretaba como uno de los mayores peligros a los que se enfrentaba el mundo. Y no fue extraño que en su imaginario moldease este tipo de mentalidad porque mientras sufrió lo indecible malviviendo en la calle, se dedicó durante largas horas, días, semanas y meses a observar a su alrededor y a detectar, a veces con acierto, otras con delirio, quiénes eran los responsables de su miseria y también las de los demás.

Hitler de joven.

El año 1909 fue uno de los peores en la existencia de Adolf Hitler porque a los habituales bancos de los parques donde dormía, se sumó uno de los inviernos más fríos de Viena, lo que obligó al joven veinteañero a buscar primeramente cobijo en los cafés abiertos y posteriormente al Albergue de Meidling frecuentado por vagabundos. Sería en este último asilo en el que entabló amistad con Reinhold Hanisch, un mendigo que le ayudó a buscar compradores de aquellos cuadros que el propio Hitler pintaba con sus escasos ahorros (curiosamente este individuo sería localizado y fusilado por orden del mismo Führer más de veinte años después ante el temor que revelase esta etapa tan miserable de su vida). Poco a poco a partir de 1910 la situación de Adolf mejoró en algo, por lo menos lo suficiente para comer y tener cama en el albergue debido a que inesperadamente comenzó a vender las postales que pintaba con acuarela y con las que ganaba entre 2’5 y 10 reales, además de obtener algo de dinero tras dibujar una serie de ilustraciones publicitarias para los polvos contra el sudor de la Compañía Teddy, para una empresa de colchones situada en la Calle Schmalzhofgasse y para el rótulo de un comercio de brillantina para el cabello.

Durante otros tres años Hitler estuvo mendigando por Viena hasta que harto de la vida en el Imperio Austro-Húngaro, gastó sus últimos ahorros en probar suerte emigrando a Alemania. Así fue como el 24 de Mayo de 1913, contando ya con 24 años de edad, pisó por primera vez la patria de la que iba a convertirse en su máximo dirigente (algo que en aquellos instantes ni podía imaginar). La ciudad de Munich en Baviera constituyó su residencia y más concretamente una habitación que alquiló en el Número 34 de la Calle Siegfriedstrasse. Sorprendentemente y aunque nada parecía augurar que su situación fuera a mejorar respecto a Viena, lo cierto fue que durante su estancia ganó algo más de dinero vendiendo cuadros y postales, lo justo para tener un techo pagando el alquiler y comer todos los días, algo que sin duda le llevó a sentir un gran respeto por aquel país que le acogía e incluso a tomar conciencia de la necesidad de que Alemania absorbiese a la decadente Austria dentro de un “Gran Estado Alemán”.

Primera Guerra Mundial

El 1 de Agosto de 1914 cambió por siempre la vida de Adolf Hitler cuando una multitud se concentró en el centro de Munich para escuchar incrédula la noticia de que Alemania se hallaba en “estado de guerra” contra los Aliados encarnados por Gran Bretaña, Rusia, Francia, Bélgica y Serbia, y formando parte de una alianza con Austria-Hungría y Turquía. Acababa de iniciarse la Primera Guerra Mundial bajo los gritos de euforia y júbilo de la población muniquesa reunida en la Plaza Odeon, donde por mera casualidad, un periodista fotografió y publicó en portada al todavía desconocido Hitler mostrando una expresión exultante de felicidad. Según sus palabras posteriormente escritas en Mein Kampf, su reacción durante aquella jornada fue la siguiente: “Sobrecogido por el tormentoso entusiasmo, caí de rodillas y, con todo mi corazón, di las gracias al Cielo”.

Dos días después del inicio de la Gran Guerra, el 3 de Agosto de 1914, Hitler escribió una carta al Rey Luis III de Baviera para rogarle y suplicarle que intercediese por él para ser admitido en el Ejército Alemán, algo bastante complicado debido a que carecía de nacionalidad y era un simple inmigrante en el país (de hecho se negaba a servir en el Ejército Austro-Húngaro al que detestaba y no sentía como propio). Afortunadamente como Alemania y Austria-Hungría formaban parte de la misma coalición, al día siguiente, el 4 de Agosto, Hitler recibió una carta en su habitación de alquiler, que tras abrir con las manos temblorosas por la emoción, le llenó completamente de alegría al saber que se había autorizado su incorporación al Ejército Alemán con la condición especial de “voluntario austríaco”. Así fue como durante los dos meses y dos semanas próximas que abarcaron todo Agosto y Septiembre, el joven Hitler que acababa de recibir el identificativo de soldado número 148, realizó su instrucción militar como parte de la 1ª Compañía de Infantería del 16º Regimiento de Reserva Bávaro, más conocido como Regimiento “List”.

Primera fotografía pública de Adolf Hitler. Ocurrió por casualidad cuando se anunció en Munich el estallido de la Primera Guerra Mundial y un todavía desconocido Führer se hallaba entre la multitud. Véase dentro del círculo blanco.

Oficialmente el 29 de Octubre de 1914 el soldado Adolf Hitler recibió su primer bautismo de fuego durante la Batalla de Flandes librada sobre el Frente Occidental de Bélgica. La acción tuvo lugar cuando las tropas del Regimiento “List” que avanzaban sobre suelo encharcado cubiertas por una espesa capa de niebla, fueron víctimas de un bombardeo de artillería que obligó a los hombres primero a echarse al suelo y luego a correr contra las líneas de infantes del Ejército Británico que disparando sus fusiles a matar, no dejaron más remedio a los alemanes y al propio Hitler que combatir sobre un campo de nabos a una distancia muy corta de ellos e incluso a cargar contra sus trincheras. La refriega que se desarrolló de un modo similar durante los tres días siguientes cerca del pueblo Yprés, aproximadamente hasta el 1 de Noviembre, redujo al Regimiento “Lis” a 700 efectivos de los 3.500 iniciales, siendo Hitler uno de los escasos supervivientes que por sus méritos cosechados en la lucha fue recompensado con el ascenso a cabo.

A partir de 1915 el cabo Hitler fue nombrado enlace entre el Estado Mayor del Regimiento “List” y las trincheras de vanguardia del Frente Occidental. Durante esta fase destacó por su entrega, disciplina y seriedad en su labor, corriendo muchas veces alto riesgo al tener que atravesar franjas de la “tierra de nadie” a bordo de una bicicleta mientras los balas perdidas surcaban a su alrededor y caían los proyectiles. Incluso en una ocasión salvó la vida a uno de sus comandantes tras empujarle de un golpe al suelo justo en el instante en que una ametralladora del Ejército Francés abrió disparó una ráfaga contra ellos. Gracias a estos méritos y valentía en otras acciones en las que participó como infante, Hitler fue condecorado con la Cruz de Hierro de Segunda Clase e incluso los mandos valoraron la posibilidad de ascenderle a sargento, algo que descartaron primero porque no era un hombre con mucha autoridad entre sus compañeros y segundo porque él mismo rechazó la oferta. De hecho y a lo largo de su carrera en el Ejército Alemán, Hitler ganaría la Cruz del Mérito Militar de Tercera Clase con Espadas, la Cinta Negra, la Medalla al Servicio Militar de Tercera Clase y el Diploma del Regimiento “List”, convirtiéndose en uno de los cabos más galardonados de la unidad.

La mayor gesta de Adolf Hitler durante la Primera Guerra Mundial tuvo lugar en la Batalla del Somme en 1916 cuando cerca del pueblo de Montdidier, mientras se encontraba llevando a cabo una misión de enlace en solitario, se encontró de manera inesperada con un grupo de soldados enemigos despistados adscritos a una unidad de artillería del Ejército Francés, a los que no dudó en apuntar con su fusil y amenazarles para que se rindieran, los cuales obedecieron antes de ser desarmados y escoltados como prisioneros hasta que fueron entregados a las autoridades del Ejército Alemán. Sin embargo y pese a este éxito que en muchos sentidos le hizo creerse invulnerable, a los pocos meses, durante una acción en Le Barqué el 5 de Octubre de 1916, fue herido por metralla de un proyectil en el muslo de su pierna izquierda y evacuado del Frente Occidental para permanecer cinco meses hospitalizado en el Lazareto de Beelitz a las afueras de Berlín hasta que fue curado y dado de alta en Marzo de 1917. Una vez de regreso al Frente Occidental en primavera, Hitler combatió en la Batalla de Arras y en la Batalla de Chemin des Dames; mientras que en verano se distinguió defendiendo las trincheras custodiadas por el Regimiento “List” de una ofenisva organizada por el Ejército Británico en un episodio conocido como la Batalla de Artois.

A nivel “psicológico” el perfil militar de Hitler durante la Gran Guerra salió fuera de toda norma. Lo habitual en este conflicto y en especial en la ferocidad del Frente Occidental, era que los soldados escribieran con nostalgia a casa, se hiciesen preguntas sobre su futuro (en caso de haberlo) e independientemente de su sentido del deber o no, se quejaran del infierno de convivir en las trincheras pasando frío, hambre, suciedad y estando al borde de la muerte cada día. Aquel no fue el caso de Hitler porque para él la Primera Guerra Mundial representó la etapa más feliz de su vida, en la que por fin pudo realizarse espiritualmente y como persona formando parte de un proyecto nacional y colectivo, encontrando en la profesión de militar su más sincera vocación. De hecho consideraba al Ejército Alemán su única casa y su única familia porque fuera de éste no tenía nada salvo estar condenado a vivir una existencia pésima como pintor de postales o vagabundo (curiosamente rechazó todos sus permisos de vacaciones por no tener dónde ir). A pesar de que era un hombre distante con sus compañeros, a los que acusaba en ocasiones de derrotismo y les reprochaba ir con prostitutas mientras él se abstenía, lo cierto fue que con el paso del tiempo se encariñaron con aquel austríaco y en ocasiones le admiraron porque siempre se presentaba voluntario para las misiones más arriesgadas. Precisamente la mayor preocupación de Hitler era que la contienda acabase en derrota para Alemania (lo que supondría su vuelta al ostracismo callejero de Viena) y no en perder su propia vida debido a que a diferencia del resto de los soldados, no tenía familia ni futuro alguno en la retaguardia. La Gran Guerra para él siempre fue la victoria o la muerte y las trincheras del Frente Occidental su “verdadero hogar”.

Soldados del Regimiento de Infantería “List”, estando Hitler en el primer puesto por la izquierda tras el tronco de árbol talado.

La “Ofensiva de Primavera” desencadenada por Alemania en 1918, fue la campaña que más motivo a Hitler porque tras combatir primero sobre el sector comprendido entre Montdidier y Noyons, y luego sobre el área entre Soissons y Reims, las tropas alemanas a las que acompañaba se posicionaron a tan sólo 60 kilómetros de distancia de París. Fue entonces cuando los Aliados se atrincheraron aferrados al terreno y dieron comienzo la Segunda Batalla del Marne, en donde Hitler volvió a destacar atravesando un campo barrido por las ametralladoras para llevar un mensaje de urgencia que milagrosamente entregó ileso al Estado Mayor del Regimiento “List”. Como consecuencia de esta arriesgada acción, Hitler fue propuesto a sus superiores por el oficial judío Hugo Gutmann para recibir una merecida condecoración que terminaron concediéndole con la entrega de la Cruz de Hierro de Primera Clase (una medalla que muy escasamente se concedía a militares de baja graduación).

La noche del 13 al 14 de Octubre de 1918, coincidiendo con la “Ofensiva de los 100 Días” desencadenada por los Aliados en el Frente Occidental, el cabo Hitler se hallaba parapetado en una de las trincheras situadas sobre la Loma de Wervick cerca de Yprés, cuando inesperadamente las tropas del Ejército Británico dispararon proyectiles de gas venenoso que liberaron su carga en el aire. Acto seguido los soldados alemanes empezaron a toser y tener convulsiones, e incluso a morir asfixiados, aunque hasta las 7:00 horas de la mañana a Hitler no comenzaron a hacerle efecto los gases tóxicos. Repentinamente dijo sentirse mal y al poco tiempo perdió la visión, quedando totalmente ciego y aterrado ante lo que ya consideraba una muerte segura. Afortunadamente en el último instante, y justo antes de que los soldados británicos equipados con máscaras antigás y bayonetas caladas avanzasen contra la trinchera, unos compañeros salvaron la vida a Hitler y le evacuaron de primera línea para ser posteriormente trasladado a Alemania e ingresado en el Hospital de Pasewalk en Pomerania.

Guerra Civil Alemana

Aterradora fue la estancia de Hitler en el Hospital de Pasewalk porque durante las últimas semanas de la Gran Guerra estuvo totalmente ciego viendo un inmenso fondo de color negro que le hizo pensar que jamás llegaría a recuperar la visión. Por suerte con el paso de los días comenzó a distinguir luces y siluetas difuminadas hasta que poco a poco pudo contemplar objetos pequeños y finalmente curarse de los ojos. Sin embargo y justo cuando estaba a punto de recibir el alta, el 11 de Noviembre de 1918 unos jóvenes con banderas rojas entraron en la sala de los pacientes para anunciar que había estallado la “Revolución Alemana”, que el Káiser Guillermo II había abdicado y que Alemania se había rendido a los Aliados firmando el Armisticio de Compiègne. A los aplausos de unos y los lamentos de otros, Hitler se retiró a su cama, se llevó la almohada a la cabeza y lloró desconsolado con un sentimiento enorme de ira y al mismo tiempo jurándose a si mismo una cruel venganza.

Terminada la Primera Guerra Mundial en el otoño de 1918, Hitler tuvo la suerte de ser elegido uno de los 100.000 soldados seleccionados para el nuevo Ejército Republicano Alemán (Reichswehr) que la recién fundada República de Weimar surgida tras la contienda tuvo que formar desmovilizando a varios millones de sus hombres siguiendo los dictámenes de los Aliados. Gracias a su impecable historial como militar, Hitler pudo conservar su puesto de cabo en el Cuartel de Oberwiesenfeld como miembro del Batallón del Regimiento de Reserva Bávaro y posteriormente trabajar desde Febrero hasta Marzo de 1919 como guardián del campo de prisioneros de Traunstein que albergaba soldados cautivos del Ejército Francés y el Ejército Ruso que al cabo de unas semanas serían repatriados a sus respectivos países.

Con el estallido de la Guerra Civil Alemana entre el Gobierno del Canciller Friedrich Ebert del Partido Social-Demócrata y los revolucionarios del Partido Comunista Alemán (KPD) en 1919, Hitler se vio inmerso por mera casualidad geográfica en el bando que proclamó la República Soviética de Baviera. Como el Cuartel de Oberwiesenfeld en el que servía se declaró proclive al Partido Comunista Alemán y los soldados izaron las banderas rojas sobre el edificio, Hitler en contra de su voluntad tuvo que luchar del lado lado de una ideología que odiaba con toda su alma y convertirse en “soldado de la revolución” del Ejército Rojo Bávaro. Así fue como el cabo austríaco vistió el uniforme revolucionario con el brazalete rojo y la estrella, participando en algunos combates callejeros contra los milicianos nacionalistas (y a los que le hubiera gustado haberse unido de haberse encontrado en su zona) de los Cuerpos Libres o “Freikorps” que apoyaban al Gobierno de la República de Weimar. Durante una de estas reyertas, el propio Hitler estuvo a punto de morir cuando fue arrinconado por un grupo de ultraderechistas armados a los que ahuyentó con la punta de su fusil hasta que una vez las tropas gubernamentales entraron en Munich, se rindió junto a otros compañeros al “Freikorps” del general Franz Ritter Von Epp.

Tras la disolución de la República Soviética de Baviera en Mayo de 1919, el Gobierno de la República de Weimar y los “Freikorps” iniciaron una sangrienta represión contra los revolucionarios del Partido Comunista Alemán y el Frente Rojo Bávaro que acabó con el asesinato de cientos de personas y en el encarcelamiento de otras miles, así como en la apertura de una serie de procesos judiciales contra todos los combatientes que afectaron al propio Hitler. Sospechoso de ser un “peligroso comunista”, Hitler fue interrogado y juzgado por la Comisión Investigadora del 2º Regimiento de Infantería de Baviera, siendo para su fortuna declarado inocente de todos los cargos y readmitido en el Ejército Republicano Alemán, aunque por miedo a un contagio izquierdista, las autoridades le obligaron a superar un curso informativo de varias sesiones sobre “El Pensamiento Cívico del Estado”.

El Político

El Tratado de Versalles que en Junio de 1919 tuvo que firmar Alemania con los vencedores de la Primera Guerra Mundial supuso un trauma para toda la nación y por supuesto también para el propio Adolf Hitler. Según las cláusulas del texto, el país fue injustamente humillado a nivel internacional porque el Segundo Reich fue declarado “único culpable” de la guerra, obligado a pagar unas indemnizaciones económicas que sumergieron a la población al borde de la hambruna, desmantelada la industria nacional, confiscada la marina mercante, reducidas las fuerzas armadas a una fuerza irrisoria (que la dejaban indefensa ante otros estados), arrebatadas sus colonias en África y Asia, devueltas Alsacia y Lorena a Francia, y entregados territorios puramente alemanes a los nuevos actores surgidos en Centroeuropa como sucedió con Posnania y Pomerania a Polonia, los Sudetes a Checoslovaquia o Memel a Lituania, además de ser separada Prusia Oriental a través del “Estado Libre de Danzig” y prohibirse a la República de Weimar cualquier tipo de unificación con Austria. Ante estas condiciones que convirtieron a Alemania en un país esclavo de los Imperios Británico y Francés, el pueblo alemán señaló a la clase política conservadora y socialdemócrata como la principal responsable de toda aquella miseria por haber firmado el documento, así como a la izquierda revolucionaria y la intelectualidad judía por haber apoyado la paz mediante el caos y la anarquía a cambio de un precio que dejaba en mucha peor situación a la ciudadanía que la misma guerra. Así fue como nació el término de los “Traidores de Noviembre” o la “Teoría de la Puñalada por la Espalda” que Hitler acuñó e interiorizó para canalizar su odio hacia demócratas liberales, comunistas y judíos, a los que identificó primero como los mayores causantes de su desgracia durante su etapa como vagabundo y ahora también de la penuria de todo el Reich Alemán.

La vida que se abrió a Hitler tras la firma del Tratado de Versalles fue bastante mejor que en su temprana juventud porque en esta ocasión poseía trabajo como cabo en el Ejército Alemán y cobraba un sueldo mensual (incluyendo el alojamiento y alimento gratis en el Cuartel de Oberwiesenfeld). No obstante y a nivel espiritual, se sintió vacío, humillado y traicionado con sus gobernantes tanto por lo que le habían hecho a él, como a sus compañeros de trinchera después de haber llevado a cabo tantos sacrificios en la Gran Guerra. Fue entonces cuando en su búsqueda de hacer algo diferente, decidió probar suerte entrando en la Inteligencia Militar, donde tras ser reclutado por el capitán Karl Mayr, se le encomendó la función de espiar a los diversos partidos políticos que surgían en Munich e informar de sus verdaderas o no intenciones revolucionarias.

El político Hitler en un discurso de Munich.

El 12 de Septiembre de 1919, Adolf Hitler que trabajaba en calidad de espía para la Inteligencia Militar, asistió a una reunión del Partido de los Trabajadores Alemanes (DAP) que conformado solamente por seis hombres al frente de Anton Drexler, organizaba un debate político en la Cervecería Sternecker al que acudieron cuarenta invitados. La charla que a Hitler le pareció aburrida mientras tomaba notas en un cuaderno, se volvió repentinamente entretenida cuando un joven propuso la separación de Baviera y la unión con Austria. Enfurecido por el despropósito que acababa de escuchar, de forma inesperada Hitler se levantó y le reprochó a gritos aquella sugerencia, sin percatarse de que estaba fundamentando muy bien sus argumentos y todo el público estaba quedando maravillado con sus palabras. Incluso el propio Anton Drexler comentó a su ayudante: “Este hombre tiene una boca que podríamos necesitar”. Y así fue porque cuando acabó aquella sesión y Hitler se disponía a marcharse, Drexler se acercó a él para rogarle que viniese a una nueva celebración, algo que el joven cabo declinó por no interesarle la política.

Sólo unos pocos días después de la reunión del Partido de los Trabajadores Alemanes en la Cervecería Sternecker, a Hitler le llegó al Cuartel de Oberwiesenfeld una invitación con el número 555 para acudir a un nuevo debate en el Restaurante Alte Rosenbad que se situaba en la Calle Herrenstrasse. Con ciertas dudas, al final Hitler se declinó a ir y se presentó en el local para encontrarse una situación muy pesimista debido a que aquellos aspirantes a políticos no hacían más que beber cerveza y charlar sobre las desgracias propias y las de Alemania. Aburrido de tanta pedantería, comenzó a hablar en voz alta y acusar a los presentes de derrotismo, señalando al mismo tiempo que era hora de dejarse de lamentos y de pasar a la acción. El discurso que como era de esperarse se llevó un montón de aplausos y ovaciones por parte de todos los oyentes, dejó tan complacido a Hitler, que de forma imprevista aquel mismo día se terminó afiliando al Partido de los Trabajadores Alemanes con el carné de miembro número 7.

Los discursos de Hitler comenzaron a ser famosos en Munich porque los bares y cervecerías se fueron llenando de personas simplemente para escucharle mientras los afiliados al Partido de los Trabajadores Alemanes iban aumentando de los 7 a los 11, a continuación a los 13, luego a los 23, 34, 111, 400, etcétera. Sin embargo el mayor éxito de Hitler fueron las palabras cargadas de rabia que pronunció en el Café Gasteig el 16 de Octubre de 1919 porque durante treinta minutos vertió todo el odio que tenía almacenado por su vida pasada y la situación existente en Alemania, levantando auténtica pasión entre el público que le ovacionó encolerizado. Curiosamente ese mismo sentimiento originó el 24 de Febrero de 1920 con una impecable oratoria ante más de 2.000 personas que vinieron de toda Baviera para verle hablar en el salón de actos de la Cervecería Hofbräuhaus Keller. Sería precisamente este último evento el que le llevó a tomar la arriesgada decisión de convertirse en político y abandonar su vida como soldado licenciándose en el Ejército Alemán el 1 de Abril de 1920.

Partido Nacionalsocialista

En 1920 el Partido de los Trabajadores Alemanes (DAP) modificó el nombre por el de Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP) que adoptó el símbolo de la esvástica o cruz gamada sobre un disco blanco y fondo rojo sangre como emblema y también el saludo romano brazo derecho en alto como identificativo reglamentario. Acababa de nacer el nacionalsocialismo que fundado principalmente por Adolf Hitler y en menor medida por Anton Drexler, defendía una alternativa revolucionaria para la época consistente en romper con lo antiguo y renegar de lo nuevo, básicamente en rechazar tanto al capitalismo responsable de la precariedad económica, como al marxismo que había llevado el caos y la anarquía a la sociedad. Este pensamiento que parcialmente estuvo copiado del fascismo de Benito Mussolini en Italia, exigió poner término a la lucha de clases entre burgueses y obreros para apostar por la unión de todo el pueblo alemán independientemente de su origen, algo que no llevaba en su programa ningún partido del país. A esta novedad que despertó entusiasmos y significó una “tercera alternativa” a lo ya existente, se sumó un amplio abanico de reformas sociales, derechos laborales para los obreros, ayudas a los pequeños comerciantes y sobretodo en recuperar el honor perdido aboliendo el Tratado de Versalles y prometiendo castigar a los “traidores de Noviembre” y a los judíos por haber conspirado supuestamente contra Alemania, además de urgir a la necesidad de una expansión territorial hacia un espacio vital en Europa Oriental bautizado como el “Lebensraum” y en la supresión del sistema liberal por un Estado Totalitario.

La labor de Hitler como orador del NSDAP siempre tuvo metas mucho más amplias porque su verdadero objetivo fue convertirse en su líder y desplazar a Anton Drexler. Fue así como tras alquilar un piso en el Número 41 de la Calle Thierschstrasse, dedicó sus ratos libres a repartir folletos en las calles, a buscar apoyos y donativos entre la ciudadanía, y a reclutar a viejos camaradas del Cuartel de Oberwiesenfeld mientras los cuadros de mando del partido perdían el tiempo bebiendo en las cervecerías. Gracias a aquel incansable trabajo, Hitler pronto se rodeó de voluntarios muy leales a su persona que comenzaron a vestir uniformes paramilitares con brazaletes rojos sobre la esvástica, concretamente los conocidos como “Camisas Pardas”, quienes a bordo de coches y camiones que siempre encabezaba su líder, se dedicaron todas las noches a empapelar las calles de Munich con grandes carteles. Curiosamente aquella frenética actividad no acababa durante el día porque cada semana Hitler convocaba vistosas manifestaciones en las avenidas de la ciudad a las que seguían discursos pronunciados ante más de 3.000 personas, lo que le permitió atraer a importantes personalidades a su causa como el famoso aviador de caza Hermann Goering (que había liderado la Escuadrilla “Jasta 11” del “Barón Rojo” en la Gran Guerra) u hombres de total confianza como Rudolf Hess o Alfred Rosenberg, así como apropiarse del periódico nacionalista Völkischer Beobachter de Dietrich Eckart y del diario antisemita Der Stürmer de Julius Streicher. A raíz de tantos logros conseguidos enteramente por Hitler, el NSDAP salió de Munich para expandirse en forma de más de 40 manifestaciones a toda Baviera y a continuación abrir nuevas oficinas con decenas de militantes en numerosos lugares de Alemania como Stuttgart, Starnberg Rosenheim, Pforzheim, Landshut, Kiel, Colonia, Wilhelmshaven, Bremen, Nuremberg, Augsburgo, Freising y Bad Tölz.

Las SA saludando a Hitler tras su salida de un discurso.

Aproximadamente las 20.000 personas que Adolf Hitler reunió en la Plaza Odeon en Enero de 1921 y los 6.500 asistentes a su discurso del Circo Krone el 3 de Febrero, le catapultaron al liderazgo del NSDAP cuando se convirtió en el único actor indispensable del movimiento. Según los votos emitidos por el Comité Central del NSDAP el 29 de Julio, Hitler salió elegido con 553 votos de 554 (el único que votó a Anton Drexler fue él mismo), por lo que a partir de entonces fue ascendido a la categoría de Secretario General y nombrado “Líder” o “Führer”. Una vez estuvo al frente del NSDAP con plenos poderes dictatoriales dentro del partido, rompió cualquier cultura democrática anterior e inició la militarización de la organización. Fue entonces cuando Hitler creó la milicia de las SA conformada por 2.000 efectivos al mando del general Ernst Röhm y obtuvo el apoyo del “Freikorps Rossbach” dirigido por el teniente Edmund Heines, cuyos hombres se encargaron de la protección de los mítines del NSDAP y también del hostigamiento de otras fuerzas políticas mediante altercados callejeros, peleas taberneras, boicots de actos públicos a la oposición y todo tipo de violencia urbana e intimidación.

El Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes liderado por Adolf Hitler fue algo más que un simple movimiento político porque sus miembros no solamente acudían a escuchar las palabras de un hombre, sino que también formaban parte de una hermandad casi espiritual que organizaba desfiles militares con las SA, hacía excursiones a la naturaleza, preparaba celebraciones nocturnas y festejaba los ritos de los solsticios, sin contar con la aureola militarista que iba convirtiendo a sus afiliados en auténticos combatientes. Precisamente las SA que habían aumentado su fuerza a los 15.000 efectivos, se dotaron de destacamentos de infantes, una unidad motorizada, un escuadrón de caballería, una compañía de transmisiones y una banda de música como si fuera el “ejército privado” del NSDAP, que incluso proporcionó un tren a Hitler para sus desplazamientos junto a una escolta de 800 hombres. Por aquel entonces el Führer, alumbrado desde el extranjero por el ejemplo del triunfo del “Duce” Benito Mussolini en Italia y del Presidente Mustafá Kemal Atatürk en Turquía que instauraron regímenes de ideología afines a la que él proponía, pudo realizar sus primeras demostraciones de fuerza primero con la apertura del I Congreso del NSDAP el 24 de Enero de 1922 y luego mediante una marcha con 5.000 milicianos de las SA que circularon ante él con cientos de estandartes en alto sobre la Calle Schwanthalerstrasse del Barrio de Marsfeld de Munich. Los éxitos propagandísticos del Führer incrementaron los miembros del NSDAP de los 6.000 a los 55.000, además de convertirse la ciudad de Coburgo en el mayor feudo de simpatizantes. Incluso tras la ocupación ilegal en 1923 del Ruhr por parte del Ejército Francés y el Ejército Belga que durante una manifestación de obreros mataron a 13 personas e hirieron a otras 30, el NSDAP que hasta entonces no había tenido presencia en esta región industrial, pudo crecer en la zona e incluso iniciar una modesta guerrilla armada contra los invasores franco-belgas.

Putsch de Munich

La situación de Alemania a mediados de 1923 fue de verdadera crisis nacional porque el Ejército Francés había endurecido sus medidas de ocupación en el Ruhr y la divisa monetaria se había desplomado a mínimos (para comprar una barra de pan era necesario una carretilla llena de billetes), mientras el Gobierno de la República de Weimar no hacía nada por remediar el desastre y encima se ataba todavía más a los dictámenes de Francia. A raíz del marcado desprestigio de la política y del hundimiento económico, solamente Hitler parecía ser la solución, por lo que desde otoño recibió incontables presiones dentro y fuera del NSDAP para actuar aunque tal cosa significase violar la legalidad. A pesar de sus titubeos y de las acusaciones de inmovilidad por parte de sus amigos más cercanos, el apoyo recibido por parte de las SA, los Freikorps y especialmente del general Erich Ludendorff que lideraba una parte del Ejército Republicano “Reichswehr”, el Führer se decantó por realizar un intento revolucionario que sería conocido como el “Putsch de Munich”.

A las 20:45 horas del 8 de Noviembre de 1923, el Gobierno Bávaro celebraba una reunión en la Cervecería Bürgerbräukeller de Munich cuando repentinamente Adolf Hitler y un grupo de hombres armados de las SA entraron en el local y posicionaron una ametralladora pesada apuntando a los presentes. Fue entonces cuando el Führer dio un sorbo a su jarra de cerveza, la estrelló contra el suelo haciéndola añicos y saltó encima de una mesa para anunciar: “¡La revolución nacional ha empezado!”. Acto seguido todo el Gobierno Bávaro fue puesto bajo arresto, entre ellos el gobernador Gustav Von Kahr, el general Otto Von Lossow y el coronel Hans Von Seisser, quienes fueron conducidos a una sala contigua por el mismo Hitler; mientras en el exterior camiones enteros de las SA comenzaban a tomar posiciones y levantar barricadas en las calles, además de apoderarse un destacamento liderado por el general Ernst Röhm de la Capitanía Gueneral y el Ayuntamiento.

Todo parecía estar desarrollándose según lo previsto en el “Putsch de Munich”, hasta que el general Erich Ludendorff que había conseguido el apoyo de algunas unidades del Ejército Republicano, se presentó en la Cervería Bürgerbräukeller y convenció a Hitler de poner en libertad al gobernador Gustav Von Kahr y a los militares Otto Von Lossow y Hans Von Seisser, creyendo que los tres se sumarían a su causa. Sin embargo aquella iniciativa fue un completo error porque a medianoche los antiguos prisioneros huyeron a la zona de Munich controlada por las tropas gubernamentales, anunciando por radio que eran fieles al Gobierno de la República de Weimar y llamando a las fuerzas del orden a desarticular el golpe de Estado prepetrado por Hitler y Ludendorff, lo que dejó a estos últimos sin el vital apoyo del Ejército Republicano. A raíz de este inesperado giro de los acontecimientos, al Führer no le quedó más remedio que organizar una marcha ciudadana que encabezarían los miembros del NSDAP y las SA para obtener el apoyo del pueblo y quizá conseguir que los soldados gubernamentes no sólo no disparasen contra ellos, sino que además se les unieran para tomar Munich y a continuación marchar sobre Berlín.

Conmemoración del “Putsch de Munich” en el que Hitler avanza al frente junto a Herman Goering a su derecha.

La mañana del 9 de Noviembre de 1923, una columna con miles de hombres del NSDAP y las SA organizados en filas de dieciséis hombres y liderados a la vanguardia por Hitler y Ludendorff, recorrieron el centro de Munich bajo las ovaciones de millares de muniqueses que ondeaban la bandera de la esvástica. Apenas sin sufrir incidentes, los nacionalsocialistas pasaron por la Plaza Odeon e incluso lograron que un grupo de soldados se uniese a ellos en el puente sobre el Río Isar. Repentinamente todo cambió cuando la comitiva llegó a la Calle Residezstrasse que encontraron bloqueada por un cordón de tropas del Ejército Republicano que tenían los fusiles empuñados en señal de alto. Fue entonces cuando el Führer levantó los brazos y todos le imitaron quedando encadenados los unos a los otros, para acto seguido avanzar de manera suicida hacia los soldados. Lo que sucedió en los instantes después derivó en tragedia porque las tropas del Ejército Republicano abrieron fuego contra la cabeza de la columna, matando en el acto a los militantes nacionalsocialistas Ulrich Graf y Scheleubner Richter, este último arrastrando a Hitler en su caída contra el suelo, lo que provocó una dolorosa luxación al Führer, aunque milagrosamente con su gesto le salvó la vida.

El “Putsch de Munich” acabó en un rotundo fracaso para Hitler porque dieciséis miembros del NSDAP o las SA perdieron la vida, así como tres soldados gubernamentales del Ejército Republicano, siendo el resto de los militantes detenidos por las fuerzas del orden y la organización desarticulada. Mientras tanto Hitler, que había escapado abriéndose paso a tiros de su pistola en la Calle Residezstrasse, consiguió salir de Munich y refugiarse en casa de su amigo Ernst Hanfstaengl, ubicada en el pueblo de Uffing Staffelsee que se situaba a 60 kilómetros de distancia de la ciudad. Sin embargo su suerte se acabó dos días más tarde, el 11 de Noviembre de 1923, porque la Gendarmería Alemana dio con su paradero, le detuvo y le encarceló en la Prisión de Landsberg Am Lech.

Prisión y Mein Kampf

El 24 de Febrero de 1924 comenzó el juicio contra Adolf Hitler, Erich Ludendorff, Ernst Röm, Rudolf Hess y otros cabecillas del NSDAP en la Escuela Militar de Bluttenburg. Aparentemente, el proceso que debía haber sido para dejar en evidencia al Führer, se convirtió en un mitin propagandístico a su favor porque los jueces le concedieron plena libertad para hablar, por lo que tras ser acusado de alta traición, en una artimaña dialéctica muy bien urdida éste respondió: “No existe alta traición en una acción que pretende enfrentarse con la traición a la patria del año 1918”. Sorprendentemente durante todas las sesiones judiciales, Hitler originó centenares de aplausos y ovaciones entre los presentes; mientras los periódicos y la opinión pública se hacían eco de todos sus comentarios, otorgándole una propaganda a nivel nacional de la que jamás había gozado. De hecho, la prensa internacional siguió con interés el juicio, dando a conocer la figura de Hitler en el extranjero como sucedió en Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Italia, España, Turquía, Japón, Europa Oriental y los Balcanes. Gracias a este enorme poder mediático que convirtió a Hitler en una especie de “héroe alemán” a ojos del pueblo, la condena fue muy leve porque sólo se le castigó a cinco de años de cárcel (con una cláusula que le beneficiaba con la posibilidad de salir en libertad a los seis meses por buen comportamiento).

La Prisión de Lansberg Am Lech fue la penitenciaria de Baviera donde Hitler permaneció recluido a lo largo del año 1924. Durante la estancia en aquella cárcel, su popularidad no dejó de crecer porque tras convertir mediante sus discursos a todos los presos en nacionalsocialistas de palabra, también convenció a los funcionarios y guardianes que se afiliaron al NSDAP. Precisamente, solía organizar mítines y conferencias dentro del recinto, y cada noche presidía las cenas en el comedor bajo la bandera de la esvástica. También se dotó de un despacho en la celda compartida con Rudolf Hess, quién con su máquina de escribir le ayudó a redactar el libro autobiográfico de Mein Kampf.

Portada de Mi Lucha (Mein Kampf).

Mein Kampf o Mi Lucha fue la obra que Adolf Hitler escribió en 1924 y que publicó posteriormente en Alemania y Austria. Según el texto de más de 400 páginas que mediaba entre la autobiografía y un tratado de política nacionalsocialista, el Führer elaboró un repaso de las miserias de su vida en Viena, para continuar hablando de la ideología del NSDAP, la lucha por el poder, cuestiones filosóficas, antisemitismo y la necesidad de expansión del pueblo alemán hacia Europa del Este en el “Lebensraum”. El libro que tendría un gran número de ventas en lengua alemana, también se exportaría con el tiempo al resto del mundo y se traduciría a la mayor parte de los idiomas como el inglés, francés, español, ruso, italiano, holandés, sueco, noruego, danés, finlandés, portugués, griego, rumano, húngaro, búlgaro, serbio, albanés, estonio, letón, lituano, árabe, turco, persa, indio, chino, japonés, coreano, vietnamita, birmano e incluso el hebreo.

Al salir de la Prisión de Landsber Am Lech el 20 de Diciembre de 1924, Adolf Hitler que acababa de ser liberado por buena conducta, se encontró con un panorama desolador en el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes. Las luchas intestinas entre las diversas facciones dentro del NSDAP como las lideradas por el general Erich Ludendorff y Gregor Strasser redujeron el número de apoyos y su militancia con el consiguiente descalabro electoral en los comicios de 1925. Ante esta situación que Hitler no pudo revertir debido a que tenía prohibido por el juez participar en política durante un tiempo (como condición a su excarcelamiento), lo único que pudo hacer fue retirarse a la Cordillera de los Alpes en Baviera para disfrutar de unas largas vacaciones paseando por la naturaleza y pintando acuarelas de paisajes y montañas.

Hacia 1926 Adolf Hitler permaneció retirado de la política mientras la crisis del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes se acentuaba por la incapacidad de sus dirigentes y sobretodo porque la situación de Alemania había mejorado notablemente con el nuevo régimen de carácter militarista y conservador del mariscal y Presidente Paul Von Hindenburg que obtuvo la mayoría de los votos en todas las elecciones por haber conseguido la retirada del Ejército Francés del Ruhr, la restitución de amistad con Gran Bretaña y Francia, la tímida mejora de la economía y el ingreso del país en la Sociedad de Naciones. Sin embargo y a pesar de las cosas apuntaban a que el Führer dejaría los asuntos políticos para ocuparse de su carrera como pintor, todo cambió con el intento de Gregor Strasser por apropiarse de la organización justo al vencer el plazo del juez dado a Hitler para tomar parte en apariciones públicas. Fue entonces cuando de manera sorpresa, Hitler se presentó a paso decidido en la Conferencia de Bamberg celebrada el domingo 14 de Febrero de 1926 para reafirmar su autoridad como Führer ante los aplausos de todos los presentes y exclamar acto seguido: “¡O el enemigo pasa por encima de nuestro cadáver, o nosotros pasaremos sobre el suyo. Si muero, enterrad mi cuerpo con la bandera de la esvástica!”.

La Conquista del Poder

El liderazgo de Adolf Hitler dentro del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes fue total desde 1926 porque prácticamente todo lo dirigía todo él, desde el nombramiento de cargos, a la fijación de las candidaturas electorales, así como la apertura de sedes e incluso prohibía a sus seguidores dimitir sin haberlos él cesado antes. Con “derechos dictatoriales” al frente de su organización, el Führer modificó la estrategia revolucionaria y violenta seguida hasta el “Putsch de Munich” de 1923 para amoldarse a la nueva situación de moderación reinante en Alemania e intentar alcanzar el poder de forma legal ganando las elecciones.

A partir de 1927 la actitud del NSDAP fue bastante más comedida porque como Hitler sabía que tenía escasas posibilidades electorales por el momento, solamente pronunció 56 discursos en un año, prefiriendo dedicarse a reforzar la estructura del movimiento y sus organizaciones paralelas, además de intentar superar la propaganda del resto de partidos mediante unos métodos de prensa mucho más efectivos que desarrolló a través de su nuevo amigo, el publicista Josef Goebbles. Así fue como pronto volvió a obtener el apoyo de las milicias de las SA del general Ernst Röhm y al mismo tiempo a crear una guardia personal que bautizó como las SS, cuyos voluntarios se hicieron famosos por sus uniformes negros con el brazalete de la esvástica y sobretodo por ser una milicia que pasó de un centenar de hombres a varios miles, primero al mando de Julius Schreck y luego de Heinrich Himmler. Simultáneamente impulsó la participación de niños en el NSDAP mediante la fundación de las Juventudes Hitlerianas que ostentaron el honor de llevar el apellido del Führer; y también de las mujeres con la inauguración de la Sección Femenina de la Cruz Gamada Roja; así como profesionales de diversas ramas que formaron agrupaciones nacionalsocialistas de funcionarios, campesinos, médicos, abogados, profesores, estudiantes, jardineros, avicultores, etcétera. Gracias a todas estas iniciativas los afiliados del NSDAP aumentaron a los 150.000 miembros y consiguieron 810.000 votos en las elecciones del 20 de Mayo de 1928, alrededor del 2’6% del censo equivalente a doce escaños, lo que permitió a Hitler entrar por primera vez como diputado en el Parlamento (Reichstag) de Berlín.

Cuando se produjo la Crisis Económica de 1929 con la caía de la Bolsa de Wall Street en Nueva York, la miseria y la pobreza se extendieron sobre todo el mundo afectando especialmente a Alemania. La “Gran Depresión” que sumió a la ya castigada República de Weimar en la desesperación, dejó más de 5 millones de parados y una quiebra de miles de empresas que generaron el hundimiento e incluso el hambre en algunas capas de la sociedad, además de una enorme deuda a raíz de los créditos contraídos con Estados Unidos (que precisamente Hitler había denunciado augurando lo que al final terminó pasando). Esta situación fue la oportunidad que el Führer había estado esperando porque le aportó el pretexto perfecto y justificado para hacer responsables de todo aquel derrumbe de la riqueza a los políticos conservadores de la República de Weimar, a los “traidores” del Tratado de Versalles y por supuesto a la “conspiración judía” tanto a nivel local como internacional.

Indudablemente la “Gran Depresión” catapultó a Adolf Hitler y al NSDAP hacia el éxito porque desde entonces su ascenso sería inquebrantable tal y como demostraron las elecciones de 1929 que concedieron a los nacionalsocialistas 6.400.000 votos con 107 escaños, incluyendo la gobernación de Turingia y la alcaldía de Coburgo. De hecho Hitler se bastó de escasos meses para convertir al NSDAP en un partido de masas con más de 800.000 afiliados que obtuvo el apoyo de casi toda la juventud alemana, un altísimo porcentaje de la intelectualidad académica o científica, y también de la mayor parte del mundo rural gracias a las promesas de la urgente Reforma Agraria con la que movilizó a decenas de miles de campesinos en la provincia de Schleswig-Holstein, además de irrumpir fuertemente en el ámbito obrero de las ciudades industriales que hasta entonces habían sido un feudo de la izquierda. También el Führer volvió a recurrir a los medio millón de hombres de las SA para organizar enfrentamientos urbanos y batallas callejeras contra los combatientes comunistas del Frente Rojo (Roter Frontkämpfer) a los que fue desplazando de la vida pública, así como para efectuar demostraciones de fuerza como la que él mismo presidió en Nuremberg ante 60.000 milicianos uniformados con las camisas pardas.

Enérgico discurso de Hitler en Alemania.

Con las elecciones del 13 de Marzo de 1932 a la Presidencia de Alemania, Adolf Hitler (que acababa de obtener la nacionalidad alemana) consiguió el segundo puesto para el NSDAP con 11.339.446 votos y el 30’1% de los sufragios frente a los 18.651.497 del mariscal Paul Von Hindenburg a la cabeza de la Coalición de Weimar que obtuvo el 49’6%, quedando por delante del Partido Comunista Alemán de Ernst Thälmann con el 13’2% y de los Cascos de Acero “Stahlhelm” de Theodore Duesterberg con el 6’8%. Justo al terminar aquella primera vuelta de los comicios, el Führer tomó un avión con el que inició una nueva campaña electoral visitando veintiuna ciudades en escasos días y celebrando de cuatro a cinco mítines diarios, algo totalmente nuevo en política que le hizo ser popular entre la prensa con los siguientes titulares: “Hitler sobre Alemania”. Gracias a estas innovadoras ideas, en la segunda vuelta Hindenburg volvió a ganar con el 53% del electorado, pero el Führer recortó distancias con el 36’7% de los votantes. Sin embargo aquella victoria de Hindenburg a la Presidencia no evitó que en las elecciones nacionales celebradas el 31 de Julio y durante las cuales Hitler viajó a bordo de su avión sobre un total de veinticinco ciudades en ocho días entre las que se encontraban Hamburgo, Munich, Wüttemberg, Anhalt…, el NSDAP resultase el partido vencedor y el más votado de Alemania con 13.745.680 sufragios que aportaron al Führer un porcentaje del 37’27% un total de 230 escaños en el Parlamento.

El triunfo de Hitler a la Cancillería tras haber ganado las elecciones en el verano de 1932, fue frustrado por el Presidente Paul Von Hindenburg cuando exclamó: “ese cabo de Bohemia como mucho me abrirá el correo, pero jamás será Canciller”. Lamentablemente para la clase política de la República de Weimar, los acontecimiento se precipitaron porque el impopular Canciller Heinrich Brüning (que encima no había resultado elegido por el pueblo), se vio obligado a dimitir cuando intentó ilegalizar a las SA, los Cascos de Acero y el Frente Rojo, lo que causó indignación en todo el espectro político tanto de la derecha como de la izquierda, siendo sustituido a continuación por el Canciller Franz Von Papen. El nuevo representante que estaba en minoría parlamentaria, intentó por todos los medios atraerse a Hitler ofreciéndole la Vicecancillería, cosa que el Führer lógicamente rechazó porque siendo el ganador de las elecciones no se conformaría con una segunda posición. Sus palabras fueron: “O la Cancillería o nada”. Ante esta negativa de unos y otros por alcanzar acuerdos, no quedó más remedio que disolver el Parlamento y en medio de un clima de altercados y huelgas patrocinadas por las SA y el Frente Rojo, convocar elecciones que fueron celebradas el 6 de Noviembre de 1932. Sorprendentemente y a diferencia de los comicios anteriores, el NSDAP de Hitler volvió a ganar, aunque su apoyo electoral se redujo a 11.737.021 votos y 196 escaños, exactamente igual que en el resto de formaciones, con la excepción del Partido Comunista Alemán que aumentó su resultado a 100 escaños con 5.980.239 sufragios.

A finales de 1932 la situación política de Alemania volvió a quedar estancada, por lo que el Presidente Paul Von Hindenburg que a toda costa quería evitar que Adolf Hitler se convirtiese en Canciller, organizó una maniobra chapucera mediante la que destituyó a Franz Von Papen y propuso la Cancillería a un candidato del NSDAP que no fuese el Führer, concretamente a la figura del secretario general Gregor Strasser. Atónitos por la jugada del viejo mariscal que con este ofrecimiento pensaba minar la unidad dentro del mismo NSDAP, causó el efecto contrario porque la inmensa mayoría de los nacionalsocialistas se posicionó incondicionalmente del lado de Hitler, lo que forzó la dimisión de Gregor Strasser como secretario general del partido y su marcha de la organización política, que desde entonces pasó a estar en manos de Rudolf Hess. A raíz de este humillante fracaso, Hindenburg otorgó la Cancillería al general Kurt Von Schleicher como medida de urgencia y provisional mientras el país se deterioraba con el aumento de los parados a 8’75 millones de personas y las peleas callejeras entre las SA y el Frente Rojo dejaban cientos de muertos y miles de heridos, lo que obligó en ocasiones a la intervención del Ejército Republicano y la declaración del “estado de excepción”.

Nadie en Alemania creía en la República de Weimar a inicios de 1933 porque sus dirigentes eran incapaces de formar gobierno, hundían la economía con sus decisiones y encima el caos era incontrolable. La dimisión del Canciller Kurt Von Schleicher, junto con un caso de corrupción de Oskar Von Hindenburg, hijo del Presidente Paul Von Hindenburg, sepultaron el poco prestigio de que gozaba el sistema que Hitler prometía destruir y del que los ciudadanos querían deshacerse. Ni siquiera Franz Von Papen aceptó el mandato en la Cancillería cuando Hindenburg se la ofreció (resentido y enfadado a causa de su cese forzoso el año anterior), por lo que descartados todos los candidatos existentes, ya no quedó nadie salvo uno: Hitler.

A las 11:00 de la mañana del 30 de Enero de 1933, Adolf Hitler fue investido Canciller de Alemania y el NSDAP ascendido al poder al frente del Ministerio del Interior y del Ministerio del Aire, estando el resto del Gobierno en manos de la Coalición de Weimar con el Presidente Paul Von Hindenburg y el Vicecanciller Franz Von Papen. Aquella misma noche, desde las 19:00 horas hasta las 00:00 horas del 31 de Enero, un total de 25.000 miembros de las SA, SS y los Cascos de Acero desfilaron con antorchas encendidas y estandartes bajo la ventana de la Cancillería y los saludos del Führer.

El Führer

El nombramiento de Adolf Hitler como Canciller supuso la inmediata proclamación del Tercer Reich o “Tercer Imperio Alemán” en Alemania como forma de sustituir a la República de Weimar y una convocatoria de comicios previstos para dentro de dos meses que tendrían que ratificar la elección del Führer. A pesar de esta declaración, el sistema democrático anterior siguió vigente unas semanas más hasta que inesperadamente el 27 de Febrero de 1933 se produjo el Incendio al Parlamento del Reichstag a manos de un comunista holandés llamado Marius Van der Lubbe (de hecho los nacionalsocialistas colaboraron en secreto con éste). A raíz de este episodio que desató un miedo antibolchevique en toda Alemania que el mismo Hitler supo canalizar a través de la propaganda (aunque el Partido Comunista Alemán jamás estuvo implicado), facilitó que el Presidente Paul Von Hindenburg suspendiera los derechos fundamentales y otorgase al Ministro de Interior Hermann Goering del NSDAP, plena libertad de acción para tomar el mando de la Gendarmería y la Policía Urbana que desde entonces servirían con fidelidad al Führer.

Las elecciones del 5 de Marzo de 1933 otorgaron una amplica victoria del NSDAP de Adolf Hitler porque ganó los comicios con 17.277.328 votos y 288 escaños , seguido por el Partido Social-Demócrata de Otto Wels con 7.181.629 votos y 120 escaños, por el Partido Comunista Alemán de Ernst Thälman con 4.848.058 votos y 81 escaños, por el Partido del Centro de Ludwig Kass con 4.424.905 votos y 74 escaños, y por los Cascos de Acero de Alfred Hugenberg con 3.136.760 votos y 52 escaños. A los pocos días de este increíble resultado, el NSDAP y el Partido del Centro, pactaron una coalición para obtener mayoría absoluta en el Parlamento, lo que gracias a una votación de 441 diputados a favor y 94 en contra, concedió a Hitler plenos poderes dictatoriales que ya no sólo le convirtieron en Führer del NSDAP, sino de toda Alemania.

Proclamación del Tercer Reich por parte de Hitler ante la ventana de la Cancillería.

A mediados de 1933 el poder de Adolf Hitler era tan grande con el control del Parlamento, los Ministerios, el Ejército Republicano, la Gendarmería, las SA y las SS, que procedió a disolver la democracia mediante una serie de decretos legales y judiciales que increíblemente todos los partidos y movimientos políticos acataron sin oponerse. Así fue como el NSDAP se convirtió en el “partido único”, siendo ilegalizados y disueltos el Partido Social-Demócrata, el Partido Comunista Alemán e incluso los Cascos de Acero y el Partido del Centro (los mismos que le habían ayudado a alzarse con el poder), pasándose muchos de sus miembros a las filas nacionalsocialistas, con excepción de los comunistas que fueron encarcelados. Simultáneamente, todos los sindicatos fueron incorporados dentro del Frente Obrero Alemán que el mismo Hitler tutelaba, mientras que se declaró oficial a la cruz gamada como bandera estatal, se impuso el saludo romano en la administración y se fijó el Día del Trabajo del 1 de Mayo como la nueva fiesta nacional de Alemania.

Las medias aplicadas por el Gobierno del NSDAP durante el primer año de existencia del Tercer Reich no generaron ningún tipo de resistencia a pesar de la anulación de los derechos democráticos, debido a que la mayoría de la población notó los cambios positivos que la política de Hitler logró, sobretodo en materia económica cuando gracias a la exagerada construcción de obras públicas impulsada por el Führer, los parados se redujeron a casi tres millones en 1934. Simultáneamente, la ciudadanía también sintió recuperar el “orgullo nacional” en materia exterior porque tras tomar Hitler la decisión de sacar a Alemania de la Sociedad de Naciones y de la Conferencia de Desarme (con el visto bueno de Inglaterra) después de un plebiscito que fue refrendado con el 95% de los votos de 45 millones de habitantes censados, Alemania pudo liberarse de la humillación moral del Tratado de Versalles y poder empezar a invertir en armamento para crear el nuevo Ejército Alemán (Wehrmacht).

Noche de los Cuchillos Largos

Las SA y el Ejército Alemán fueron las dos únicas instituciones no sometidas al NSDAP y que por tanto constituían un peligro real para Hitler. A pesar de que ambas estaban confrontadas porque la primera exigía una “revolución” mucho más radical tal y como preconizaba el general Ernst Röhm que poseía más de 3 millones de milicianos; la segunda veía en los nacionalsocialistas y en especial en los Camisas Pardas unos revolucionarios extremistas y hasta cierto punto de tendencias marxistas, por lo que solicitaban un giro mucho más comedido y conservador. Mientras tanto Hitler, que por el momento había permanecido al margen por estar resolviendo todas las cuestiones referentes a los disidentes políticos comunistas, católicos y socialistas, a los que había tenido que enviar a millares a las cárceles y una vez quedaron estas llenas, abrir una serie de campos de concentración como el Dachau, finalmente decidió actuar purgando sus propias filas y intentando mantener un equilibro con la única finalidad de perpeturarse en el poder.

“Noche los Cuchillos Largos” fue la denominación con que el NSDAP bautizó a la purga contra las SA. Todo comenzó a últimas horas del 30 de Junio de 1934, cuando Adolf Hitler en persona, junto a una escuadra de las SS, irrumpió pistola en mano en la residencia de Bad Wiessee y entró en la habitación de Ernst Röhm, a quién levantó de la cama diciendo: “¡Röhm, estás detenido!”. Acto seguido, las tropas de las SS al mando de Heinrich Himmler y la Gendarmería al frente de Hermann Goering arrestaron a todo el generalato de las SA a lo largo y ancho de Alemania, o se mató a sus mayores líderes mediante una serie de atentados, así como también se aprovechó el caos para rendir viejas cuentas con la clase conservadora del Ejército Alemán o políticos de la extinta Coalición de Weimar. Aproximadamente serían asesinadas por orden de Hitler un total de 300 personas, entre las que figuraron su viejo amigo y general Ernst Röhm que fue matado a tiros en una celda, los capitanes Karl Enst y Edmund Heines que cayeron por ser los siguientes en el escalafón de las SA, además del rival nacionalsocialista Gregor Strasser, los generales monárquicos Kurt Von Schleicher y Ferdinand Von Bredow, el diputado Erich Klausener que lideraba el Partido Acción Católica, y por supuesto el gobernador bávaro Gustav Von Kahr al que destrozaron la cabeza a golpes de porra (el Führer mandó acabar con su vida de este modo como venganza por la traición del “Putsch de Munich” once años atrás).

Ernst Röhm junto a Hitler en una tribuna poco antes de ser asesinado en “la Noche de los Cuchillos Largos”.

Concluida la “Noche de los Cuchillos Largos” con la purga de las SA que pasaron a estar lideradas por el hitleriano Viktor Lutze; junto también a la desaparición parcial del estamento conservador del Ejército Alemán, el Führer eliminó dos problemas en menos de 24 horas y se postuló como único líder y jefe sin rivales tanto dentro del NSDAP como al frente de la Cancillería. Así fue como mientras el Estado Mayor agradeció a Hitler haberse librado de las SA y por tanto le otorgaba su confianza de cara las empresas militares que tenía pensadas para el futuro; al mismo tiempo mantuvo viva la “revolución nacionalsocialista” porque tras desplazar a los Camisas Pardas de sus cometidos, colocó en su lugar a las leales SS, que desde ese instante se convirtieron en un “Estado dentro del Estado” dirigido por el “Reichsführer” Heinrich Himmler, cuyos hombres pronto incrementarían su fuerza a más de 1 millón de efectivos armados y pasarían a controlar toda la vida policial y política de Alemania.

Al producirse la muerte por vejez del Presidente Paul Von Hindenburg el 2 de Agosto de 1934, cuatro días más tarde, la jornada del 6, las tropas del Ejército Alemán desfilaron por primera vez ante Adolf Hitler en calidad de Canciller, jurando lealtad suprema ante Dios y a la figura del Führer, antes de marchar en columna bajo su brazo estirado desde la tribuna junto a otros destacamentos de las SS y las SA. Al cabo de dos semanas, el 19 de Agosto de 1934, se celebró un plebiscito nacional que tras conceder el 84’6% de los votos a Hitler para la Presidencia, éste terminó fusionando la institución con la Cancillería, un hábil movimiento que finalmente otorgó al Führer el poder total y el título único e incuestionable de Jefe del Estado del Tercer Reich.

Vida Personal

A nivel personal, Adolf Hitler siempre fue un individuo raro en muchos sentidos y alejado de lo que en privado solían ser los Jefes de Estado. Normalmente entraba a trabajar en la Cancillería puntualmente a las 10:00 horas de la mañana, cumpliendo hasta tarde con sus obligaciones y rellenando los documentos, aunque no solía ser muy estricto en los horarios porque siempre encontraba tiempo para continuar con sus labores profesionales en otros lugares ya fuese pronunciando eléctricos discursos u organizando desfiles de forma repentina. Respecto a sus ratos libres, disfrutaba con la visita a museos, pintando acuarelas, viendo cine, leyendo libros (prefería las obras de Arthur Schopenhauer y Karl May), estudiando historiografía (le encantaba la Grecia Clásica y el Emperador Federico el Grande de Prusia), ideando proyectos arquitectónicos (junto al Ministro de Industria Albert Speer diseño un nuevo trazado faraónico para Berlín que bautizaría como “Germania”) o escuchando música clásica, siendo su autor favorito en esta última afición el compositor Richard Wagner (a quién tanto admiraba que llegó a entablar amistad con una descendiente, Winifred Wagner, e incluso a colocar una corona de flores en su tumba). Respecto a su forma de ser en la intimidad, tenía una personalidad bastante extraña porque dejó de beber alcohol, se volvió vegetariano (llegó a odiar la carne), detestaba colocar flores en las habitaciones y se convirtió en un amante de sus perros, especialmente para su perra Blondi.

Hitler y Eva Braun en el “Nido del Águila” de Baviera.

La vida amorosa de Hitler fue complicada debido a su acentuada timidez con las mujeres y a su incapacidad para entablar una conversación fluida con el sexo femenino. Solamente cuando conoció a su sobrina, Geli Raubal, que era hija de su hermana Paula Hitler, perdió la vergüenza porque se enamoró perdidamente e incluso intentó cortejarla sin éxito porque ella siempre le rechazó, hasta que un buen día, sintiéndose presionada por su tío que no dejaba de controlarla, terminó suicidándose de un disparo en el pecho. Este episodio que sumió en la tristeza a Hitler durante largo tiempo, comenzó superarlo poco a poco después de conocer a Eva Braun, una joven rubia que era fotógrafa propagandística del NSDAP, quién nuevamente robó el corazón el Führer. Desde entonces ambos iniciaron una relación de pareja que siempre llevaron discretamente porque Hitler prefirió presentarse ante los ojos del pueblo alemán como un soltero que sólo estaba “casado con Alemania”, lo que en ocasiones causó frustración y angustia en Eva, aunque a pesar de estas adversidades y de verse en privado, el amor entre ellos sería duradero hasta el final de sus días.

El lugar de residencia que Hitler fijó para vivir fue la propia Cancillería de Berlín (curiosamente su mismo lugar de trabajo), la cual acondicionó a su gusto alojándose en una modesta habitación; al mismo tiempo en que levantaba un cordón de seguridad alrededor del edificio mediante una guarnición de 120 hombres leales de la Guardia Negra que formaban parte de la Legión SS “Leibstandarte Adolf Hitler”. Fuera de la capital, adquirió una casa de montaña sobre la región de Obersalzberg en los Alpes de Baviera, que ubicada en la comarca de Berchetesgaden, bautizó con el nombre de “Nido del Águila” por su considerable altura. Sería precisamente en este lugar apartado y tranquilo, donde Hitler pasó sus breves momentos en familia junto a Eva Braun, e incluso tomó sus principales decisiones que en el futuro moldearían el curso de la Historia.

Logros de Hitler

La obra de Hitler al frente del Tercer Reich durante la “Era de Entreguerras” fue de un éxito sin parangón a otra potencia en el siglo XX. Después de heredar un país sumido en la máxima pobreza y al borde del colapso, modificó completamente la situación porque saneó de manera inmejorable la economía alemana mediante la sustitución del viejo “patrón oro” del capitalismo por el nuevo “patrón trabajo” del nacionalsocialismo y la impulsión de numerosas obras públicas que generaron altos beneficios, lo que contra todo lo esperado, facilitó en los primeros años un descenso del paro de ocho millones a tan sólo tres millones y al cabo de poco tiempo a disfrutar la nación entera de un holgado pleno empleo. De hecho, una vez dejó de existir el desempleo, inmediatamente se mejoró el nivel de vida de los trabajadores y campesinos con el consiguiente establecimiento de un amplio sistema de seguridad social (de 10 céntimos por persona al día), una sanidad universal, asistencia laboral, aumento de sueldos, ayudas para madres e hijos, subvenciones en cantinas a las empresas, guarderías y jardines de infancia, y por primera vez vacaciones pagadas a los obreros con rutas turísticas estatales que organizaban viajes a Baviera, Austria, Suiza y Noruega, así como la obtención de un coche asequible para cada familia que produjo la marca Volskwagen. Gracias a todas estas mejoras que volvieron a convertir a Alemania en una superpotencia, el Tercer Reich se situó en le primer “estado de bienestar del mundo” por encima de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, lo que le valió a Hitler ser apodado por muchos como el “campeón de la economía”.

Masas escuchan a Hitler durante los “Días del Partido” en Nuremberg.

Gradualmente el Tercer Reich se fue modernizando con Hitler y por sus revolucionarias ideas en todos los campos, como por ejemplo a nivel industrial después de aumentar la producción de materias primas o en el ámbito rural tras registrarse un récord en la recogida de la cosecha y su calidad muy por encima del resto de los países de Europa. Sin embargo uno de los mayores logros del Führer, fue la inauguración de la primera red de autopistas del mundo que permitieron desplazarse a personas y mercancías de una parte a otra del país de forma inmediata, lo que junto al desarrollo de la aerolínea civil de la Lufthansa y la construcción de diques para ganar terreno al mar, todavía contribuyó mucho más el desorbitado enriquecimiento nacional. Curiosamente y a pesar de existir una cierta contradicción, todos estos mega-proyectos estuvieron acompañados de unas duras leyes para proteger los espacios naturales (ya se había prohibido experimentar con animales y se habían realizado campañas antitabaco) mediante la repoblación forestal, roturación y fertilización de pantanos, canalización de corrientes fluviales y el establecimiento de zonas verdes y parques en las ciudades.

Como consecuencia de todos los éxitos conseguidos por Hitler al frente de la Jefatura del Estado, la inmensa mayoría del pueblo alemán (e incontables admiradores en todos los países del mundo) aprobaron con firme convencimiento su gestión al mando del Tercer Reich. De hecho, la mayor parte de los alemanes creían estar formando parte de algo histórico, una especie de colectivo espiritual al que le habían devuelto el honor perdido en el Tratado de Versalles y que había hecho sentirse a los ciudadanos realizados consigo mismos. Todo aquello que organizaba el NSDAP de Hitler mediante campeonatos de profesiones en honor al trabajo, exposiciones de arte, eventos deportivos, bailes populares, campamentos para las Juventudes Hitlerianas o los espectaculares Días del Partido que congregaban a cientos de miles de personas en el Campo Zeppelín de Nuremberg, hicieron creer a los alemanes que realmente eran “elegidos por la Providencia” tal y como siempre solía decir el Führer. Incluso durante los Juegos Olímpicos que se celebraron en Berlín, Hitler no sólo se convirtió en su máximo anfitrión, sino que desde entonces su figura alcanzó una dimensión internacional que a ojos de muchas personas dentro y fuera de Alemania lo convirtieron en poco menos que un “moderno mesías”.

Política Exterior

La política exterior de Adolf Hitler siempre estuvo marcada por la desobediencia y una agresividad desmedida que acabó trastocando todo el orden internacional vigente. A pesar de que la mayoría de sus reclamaciones territoriales fueron legítimas y despertaron la simpatía de muchas naciones en situación parecida a la de Alemania tras el Tratado de Versalles, el proyecto del “espacio vital” hacia la Europa del Este siempre se mantuvo oculto en la agenda del Führer, por lo que todas sus anexiones fueron más allá de los acuerdos alcanzados con terceros debido a que desde el principio estuvieron encaminadas hacia este último fin. Estos pulsos diplomáticos que agitaron todo el escenario europeo e incluso el asiático y el colonial africano, consiguieron que Hitler liquidase de la mentalidad del resto de los países del mundo el pensamiento pacifista de “seguridad colectiva” que se había impuesto tras la Gran Guerra, por un nuevo concepto basado en el revanchismo, el odio fronterizo y la resolución de los conflictos por medio de las armas.

Benito Mussolini, fundador del fascismo y Duce de Italia, siempre consideró a Hitler como un peligroso competidor dentro de la ideología que él mismo había creado y al nacionalsocialismo una “perversión” del pensamiento fascista. Precisamente, el Duce se convirtió en el primer obstáculo del Führer desde que el Tercer Reich inició su carrera de expansión en política exterior con la finalidad de realizar un intento de anexión a Austria. Sería tras el “Putsch de Viena” de 1934 perpetrado por miembros de las SS del Partido Nacionalsocialista Austríaco que asesinaron al Canciller Engelbert Dollfuss, por aquel entonces líder del Gonbierno del “Heimwehr” que era un satélite de Roma, lo que llevó a Mussolini a movilizar al Ejército Italiano y amenazar a Hitler con la guerra. Este primer fracaso diplomático del Führer, que se entrevistó en Venecia vestido con una humilde gabardina frente a un impresionante uniforme militar del Duce, supuso una humillación para Hitler que tuvo que renunciar a anexionarse Austria, aunque por lo menos aprendió de su error de cara a las futuras aventuras que tenía en mente.

El 13 de Enero de 1935 el Führer organizó un referéndum popular para reincorporar el Sarre a Alemania que desde 1923 había quedado como una zona de ocupación de la Sociedad de Naciones, obteniendo un apoyo de 445.000 votos a favor y sólo 48.000 en contra, lo que propició el reconocimiento internacional de esta región minera como una provincia indiscutible del Tercer Reich. Tan sólo dos meses después de este éxito, en Marzo, Hitler rompió todas las limitaciones armamentísticas del Tratado de Versalles decretando el servicio militar obligatorio para el Ejército Alemán (Wehrmacht) que con la joven generación y las desmovilizadas SA pronto alcanzó una cifra de millones de hombres, además de impulsar la creación de la poderosa Fuerza Aérea Alemana (Luftwaffe) y dotar de modernos buques y submarinos a la nueva Marina de Guerra Alemana (Kriegsmarine). Incluso transcurrido un año de estos pulso a la comunidad de naciones vencedoras de la Gran Guerra, el 7 de Marzo de 1936 el Führer remilitarizó la provincia de Renania, eliminando el Tratado de Locarno que la extinta República de Weimar había suscrito contra la voluntad del pueblo alemán con Francia. De hecho y como represalia a Mussolini por sus amenazas en el “Putsch de Viena” del año 1934, Hitler se vengó del Duce apoyando a Etiopía y al Emperador Haile Selassie durante la Guerra Ítalo-Etíope en el África Oriental, mediante el envío de cañones y aviones con pilotos alemanes que sirvieron en el Ejército Etíope hasta que el país terminó siendo derrotado y ocupado por la Italia Fascista.

La Guerra Civil Española en 1936 abrió un nuevo escenario en la política exterior de Hitler porque por primera vez el Führer decidió intervenir militarmente en un país extranjero con el apoyo al Bando Nacional del General Francisco Franco y al movimiento filofascista de la Falange que luchaban contra la amenaza comunista que suponía la Segunda República al estar sostenida desde la sombra por la Unión Soviética de Iósif Stalin. Ante este riesgo en el flanco sur del Mar Mediterráneo, Hitler desplegó a 6.500 soldados y 600 aviones de la Legión Cóndor que operaron en España y que en ocasiones causaron cierta ira internacional hacia su persona por el bombardeo de la Luftwaffe a la ciudad de Guernica y por la orden del cañoneo efectuado por la Kriegsmarine al puerto de Almería. Sin embargo a nivel propagandístico, la aventura en España fue un acierto de Hitler que presentó aquella contienda como una “cruzada mundial contra el comunismo”, lo que causó la admiración fuera de sus fronteras y atrajo a numerosos países a su causa, tal y como por ejemplo consiguió suscribiendo acuerdos de defensa con Polonia, Hungría, Bulgaria, Yugoslavia y Turquía, e incluso ganándose la neutralidad colaboradora de Gran Bretaña. De hecho, logró que su mayor enemigo hasta la fecha, que era Benito Mussolini (y que también ayudaba a Franco en la Guerra Civil Española), quedase maravillado ante del Führer después de un espectacular viaje a Berlín en el que fue recibido como una especie de moderno “Emperador Romano” acompañado de juegos de luces con la bandera italiana y desfiles de las SS que el propio Hitler preparó minuciosamente. Gracias a esta artimaña y a una serie de errores diplomáticos de Londres y París respecto de Italia, Mussolini anunció la formación del Eje Berlín-Roma, al mismo tiempo que Hitler en 1937 impulsaba el Pacto Anti-Komintern o “Anticomunista” que incluyó al Imperio de Japón en Asia liderado por la facción pro-fascista del Partido Tôseiha.

Pintura del “Anschluss” en el que Hitler toma parte en la anexión de Austria.

El 12 de Marzo de 1938, el Tercer Reich se anexionó Austria en el llamado “Anschluss” cuando Hitler convenció al Canciller Kurt Von Schuschnigg de abrir las fronteras y celebrar una referéndum de unificación que contó con el apoyo del 99% de los austríacos y llevó al poder al Partido Nacionalsocialista Austríaco al frente de Arthur Seyss-Inquart. Inmediatamente a estos sucesos, el Ejército Alemán entró en Austria de forma pacífica, estando el Führer a la cabeza de sus tropas y a bordo de un coche descapotable Mercedes Benz, con el que se dirigió a su ciudad natal, Braunau am Inn, donde fue recibido con vítores y flores de la población. Justo después de llevar una corona floral a la tumba de sus padres en el Cementerio de Leonding, Hitler siguió el trayecto hasta la ciudad de Linz para darse un baño de masas de más de 6.000 personas; y a continuación a Viena (la capital en la que había sido un vagabundo en su juventud) para ofrecer un discurso ante 250.000 ciudadanos congregados en la Plaza Helden a los que expresó: He cumplido con la mayor misión de mi vida. Como Führer y Canciller de la nación alemana, doy parte a la Historia de que mi patria se incorpora ahora al Reich Alemán.

La Crisis de los Sudetes fue el nuevo conflicto fronterizo que surgió en Europa Central cuando Hitler dirigió su mirada a esta provincia de Checoslovaquia que le había sido arrebatada a Alemania durante el Tratado de Versalles. A diferencia del “Anschluss” en Austria, el Presidente Edvard Benes que dirigía el Gobierno de Praga, se mostró dispuesto a movilizar al Ejército Checoslovaco antes que atender a las exigencias de Berlín, lo que llevó también a movilizaciones parciales del Ejército Francés en Alsacia, el Ejército Italiano en los Alpes y la Marina Británica en el Mar del Norte; mientras Hitler desplegaba al Ejército Alemán frente a los Sudetes y forjaba alianzas militares con Hungría y Polonia que también reclamaban los territorios checos de Ruthenia y Teschen, además de agitar al separatismo de Eslovaquia mediante su apoyo incondicional al movimiento fascista eslovaco de la Guardia Hlinka. Solamente en el último instante se evitó la guerra gracias al doble juego diplomático de Hitler que centró su discurso en la necesidad de una paz que supuestamente los checos no querían, por lo que tras los Pactos de Munich suscritos a finales de Septiembre de 1938 entre el Führer y el Primer Ministro Neville Chamberlain del Reino Unido, el Presidente Eduard Daladier de Francia y Benito Mussolini en representación de Italia, el 1 de Octubre las tropas del Ejército Alemán se anexionaron los Sudetes (a cambio de respetar el resto de la integridad territorial de Checoslovaquia).

Benito Mussolini y Adolf Hitler.

Al empezar el año 1939, la situación en Checoslovaquia se había vuelto tan inestable como consecuencia de las revueltas de las minorías étnicas en contra de los checos (por ejemplo Hungría se anexionó Ruthenia y Polonia la zona de Teschen), que el 15 de Marzo de 1938, los soldados de Hitler cruzaron la frontera con Chequia y entraron en la capital de Praga, ocupando el resto del país y estableciendo el Protectorado de Bohemia-Moravia. Este acontecimiento que significó la total ruptura de credibilidad por parte del Primer Ministro Neville Chamberlain del Reino Unido hacia el Führer, quién dijo haberse sentido engañado por él en los Pactos de Munich, condujo a los Gobierno de Londres y París a lanzar una amenaza mediante la cual advirtieron que la siguiente agresión alemana conllevaría un estallido de hostilidades. Sin embargo y lejos de amedrentarse, Hitler amplió su área de influencia apoyando la independencia de Eslovaquia que se convirtió en un “estado vasallo” del Tercer Reich bajo el gobierno fascista de la Guardia Hlinka dirigido por el Monseñor Jozef Tiso. Al cabo de un mes, en Abril de 1939, el Führer volvió a tentar a la suerte después de embarcarse en el acorazado Deutschland y presentarse ante la costa de Lituania, para exigir a este país la entrega de la provincia de Klaipédia (robada a Alemania en el Tratado de Versalles), algo a lo que los lituanos, sabiendo de su inferioridad, accedieron retirándose y cediendo toda la región de Memel (en idioma alemán) que fue anexionada por el Tercer Reich.

Polonia y el Estado Libre de Danzig que había sido arrebatado a Alemania por el Tratado de Versalles al término de la Gran Guerra, comprendió el paso definitivo de Hitler durante la escalada de tensión que se cernió sobre Europa a mediados de 1939. Justo después de asegurarse el flanco sur del continente tras firmar una coalición militar con la Italia Fascista de Benito Mussolini en el Pacto de Acero (a cambio de reconocer al anexión italiana de Albania); el Führer se dirigió al Estado Polaco exigiendo la devolución de Danzig y la apertura de un corredor que incluyese Pomerania, Posnania y el Warthegau con la finalidad de unir Prusia Oriental con Alemania. Tal y como era de esperar, el Gobierno de Varsovia no sólo se negó, sino que además movilizó al Ejército Polaco y buscó el apoyo de Gran Bretaña y Francia mediante la rúbrica de la Alianza Anglo-Polaca. No obstante y contra todo pronóstico, Hitler llevó a cabo su “jugada maestra” a través del Ministro de Asuntos Exteriores Joachim Von Ribbentrop, quién tras contactar en el Kremlin de Moscú con Iósif Stalin y hablar con el Ministro de Asuntos Exteriores Vyacheslav Molotov, se les ofreció forjar una alianza “contra natura” a cambio de la devolución de todos los territorios perdidos por la Unión Soviética en favor de Polonia durante la Guerra Polaco-Soviética de 1920. Así fue como el 23 de Agosto de 1939, Hitler y Stalin firmaron el Pacto de No Agresión Germano-Soviético “Ribbentrop-Molotov” mediante el que establecían una coalición militar y económica para invadir y repartirse Polonia, además de fijar un protocolo secreto que preveía la anexión de la URSS a Lituania, Letonia, Estonia, la Carelia en Finlandia y Besarabia y Bukovina en Rumanía, así como “vía libre” a Alemania para desencadenar una guerra en el oeste de Europa.

La “Blitzkrieg”

Al amanecer del 1 de Septiembre de 1939, la Alemania Nacionalsocialista de Adolf Hitler invadió Polonia y desató la Segunda Guerra Mundial tras un ataque de los aviones contra el Puente de Disrschau sobre el Río Vístula y un bombardeo naval del acorazado Schleswig-Holstein contra la Base de Westerplatte en Danzig. Acto seguido y de forma inmediata, las tropas del Ejército Alemán cruzaron la frontera germano-polaca y aniquilaron al Ejército Polaco en todos los frentes mediante la denominada “Blitzkrieg” o “Guerra Relámpago”, una táctica consistente en abrir una serie de puntos de ruptura con vanguardias de tanques y unidades motorizadas, las cuales eran seguidas por las masas de infantería y se encontraban sometidas al apoyo aéreo de la aviación que no sólo bombardeaba la retaguardia enemiga y sus centros logísticos, sino que además se mostró muy eficaz a la hora de devastar algunas ciudades como la capital de Varsovia. Este revolucionario concepto militar que centraba su eje de poder en torno a los blindados, había sido autorizado a llevarse a cabo acertadamente por Hitler después de haberse dejado convencer por su fundador, el general Heinz Guderian, a quién vio como el único hombre capaz de superar las viejas y obsoletas estrategias de la Primera Guerra Mundial en favor de lo que empezó a conocerse como “guerra móvil o mecanizada”.

Tan sólo dos días después de la invasión del Tercer Reich a Polonia, los cálculos de Hitler para evitar una confrontación con los Aliados Occidentales se vinieron abajo cuando el Ministro de Asuntos Exteriores Joachim Von Ribbentrop se presentó en la Cancillería y le informó de que Gran Bretaña acababa de declarar la guerra a Alemania. “¿Y ahora qué?” dijo Hitler abatido dejándose caer en su sillón. “Seguramente en la siguiente hora Francia nos entregue un ultimátum con términos similares” le contestó. Así fue como el Führer se encontró con una guerra europea que tuvo a una pequeña coalición integrada por Alemania y Eslovaquia; contra un bloque mucho mayor conformado por Polonia, Gran Bretaña, Francia, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Transjordania que no dudaron en declarar hostilidades al Tercer Reich. Afortunadamente aquella situación de riesgo quedó pronto mitigada y compensada el 17 de Septiembre de 1939, cuando la Unión Soviética de Iósif Stalin también invadió Polonia desde la frontera oriental, haciendo honor a su alianza con Hitler. Desde entonces, el Ejército Rojo que acababa de sumar fuerzas al Ejército Alemán, se unió a sus nuevos socios y juntos completaron la conquista de Polonia el 1 de Octubre. De hecho, durante estas operaciones, el propio Hitler se trasladó a primera línea del frente para inspeccionar desde una trinchera el conjunto de los ataques contra la capital de Varsovia hasta que ésta última terminó capitulando después de haber sufrido bombardeos y privaciones. Una vez desaparecido el Estado Polaco (y por tanto evitada la lucha en “dos frentes” que tanto temía Berlín); Hitler y Stalin se repartieron en dos mitades todo el territorio de Polonia.

Hitler inspeccionando las operaciones en torno a Varsovia durante la campaña de Polonia.

Ocupada Polonia a finales de 1939, la Segunda Guerra Mundial entró en una fase de inactividad denominada “Guerra Falsa” o “Drôle de Guerre” en que ninguno de los dos bandos llevó a cabo operaciones por tierra, salvo en el mar donde los submarinos alemanes hundieron una gran cantidad de buques en el Océano Atlántico e incluso también los corsarios como el acorazado Graf Spee que echó a pique a nueve cargueros y venció a tres cruceros británicos en la Batalla del Río Plata, antes de ser destruido por su propia tripulación en Uruguay como consecuencia de una falsa información vertida por el espionaje enemigo, lo que llevó a Hitler a ordenar el primer suicidio forzado de un militar, en este caso el capitán del buque Hans Langsdorf, que se descerrajó la cabeza de un tiro tras haber huido a Argentina. Al año siguiente, en 1940, este tipo de “guerra de mentira” o “Phoney War”, se rompió en Abril de 1940 cuando el Ejército Alemán invadió Dinamarca y Noruega, expulsando de este último país a las tropas anglo-francesas que habían desembarcado, e instaurando a continuación Hitler un régimen satélite en Oslo que estuvo al frente del movimiento fascista del “Nasjonal Samling” liderado por el Primer Ministro Vidkun Quisling; lo que también permitió a Alemania asegurarse las minas de acero de Suecia que desde entonces también se convirtió en un país sometido totalmente a la influencia germana.

El 10 de Mayo de 1940 el Ejército Alemán invadió Europa Occidental en lo que fue una de las mayores apuestas militares de Hitler. El plan de esta campaña había sido escogido acertadamente por el Führer después de haber escuchado la propuesta del general Erich Von Manstein consistente en atraer al Ejército Francés y al Cuerpo Expedicionario Británico hacia el norte mediante un ataque a los Países Bajos, mientras desde el Bosque de las Ardenas las unidades acorazadas llevarían en secreto todo el peso de la ofensiva en el sur para dejar encerrados a los Aliados Occidentales en una trampa. Así fue como bajo el nombre de “Plan Amarillo”, las tropas alemanas irrumpieron en Bélgica y Luxemburgo, y los paracaidistas ocuparon Holanda hasta forzar su rendición (la decisión de las fuerzas aerotransportadas había sido exitósamente elegida por el Führer pese a las reticencias de muchos generales), lo que llevó a los contingentes anglo-franceses hacia el norte; al mismo tiempo en que los tanques Panzer en el sur, rompían el frente sobre el Sedán y arrollaban al Ejército Francés en Amiens hasta alcanzar el Canal de la Mancha y dejar embolsados a más de 1 millón hombres. Aunque milagrosamente una parte del Cuerpo Expedicionario Británico fue sacado del continente tras la evacuación de Dunkerque, el desastre militar fue colosal porque 50.000 ingleses causaron baja y todo el Ejército Francés fue destruido nada más producirse la rendición de Bélgica. A partir de entonces a Hitler le costó creerse cada vez que le llegaba un informe acerca de que sus vanguardias conquistaban Normandía, Bretaña, Champaña, etcétera, debido a que la efectividad de la “Blitzkrieg” le sorprendió a él mismo, e incluso también a Benito Mussolini cuando la Italia Fascista entró en la contienda junto a Alemania el 10 de Junio mediante un asalto a los Alpes Franceses.

Hitler en la Torre Eiffel de París celebrando la victoria de la “Blitzkrieg” sobre Francia.

A mediados del verano de 1940, la Fuerza Aérea Alemana (Luftwaffe) puso en marcha la “Operación León Marino” con la que Hitler pretendía invadir Gran Bretaña después de que el nuevo Primer Ministro Winston Churchill, rechazase todas las ofertas de paz que le ofreció el Führer. Conocido el episodio como la Batalla de Inglaterra, los aviones alemanes comenzaron a bombardear todos los aeródromos e instalaciones militares de las Islas Británicas como paso previo a un desembarco de tropas desde el Canal de la Mancha. No obstante y pese a que la Fuerza Aérea Real Británica (RAF) estuvo a punto de ser barrida de escena, Hitler perdió por primera vez los nervios cuando después de tener lugar un ataque aéreo sobre la capital de Berlín, ordenó centrar todas las incursiones contra los núcleos urbanos tal y como expresó en uno de sus discursos: “¡Si los ingleses bombardean nuestras ciudades, nosotros borraremos las suyas de la faz de la Tierra!”. Así fue como los aviones empezaron a bombardear la capital de Londres y otros objetivos como Birmingham, Dover, Southampton, Plymouth, Liverpool, Manchester, Belfast, causando grandes desperfectos y matando a más de 60.000 civiles. Sin embargo aquello fue una equivocación letal porque el mando de caza pudo recuperarse de las pérdidas sufridas y arremeter contra los bombarderos alemanes, provocando unas bajas en derribos de 1 a 4 en favor de los ingleses, lo que obligó a Hitler, después de ser enteramente responsable de aquella primera derrota, a suspender la “Operación León Marino” y a buscar otras alternativas para ganar la Segunda Guerra Mundial.

El 27 de Septiembre de 1940, la Alemania Nacionalsocialista de Adolf Hitler forjó la gran alianza del Eje en el llamado Pacto Tripartito con la Italia Fascista de Benito Mussolini y el Imperio de Japón del Primer Ministro Fumimaro Konoe. A esta gigantesca unidad hitleriana en torno a las tres grandes potencias mundiales, se adhirieron otros países fascistas como la Rumanía del “Conducator” Ion Antonescu, la Hungría del Almirante Miklós Horthy, la Bulgaria del Zar Boris III, la Finlandia del Primer Ministro Risto Riyi, la Eslovaquia del Monseñor Josef Tiso, la Croacia del “Poglavnik” Ante Pávelic, la Thailandia del Mariscal Phibun Songkhram, el Irak del Primer Ministro Raschid Alí Al-Gaylani o el Irán del Sha Reza Pahlavi; más estados vasallos o micro-estados títeres como la Francia de Vichy del Mariscal Philipe Pétain, el Manchukuo del Emperador Pu-Yi, la China Nacional Reorganizada del Presidente Wang Jingwei, la Mongolia Interior del Príncipe Demchugdongrub o el Estado Noruego del Primer Ministro Vidkun Quisling; además de algunas naciones neutrales colaboracionistas como la España del “Generalísimo” Francisco Franco o la Turquía del Presidente Ismet Inönü.

Firma del Pacto Tripartito entre el embajador de Japón, Hiroshi Oshima, el Ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Joachim Von Ribbentrop, y Adolf Hitler.

Con tantas naciones en liza dentro del marco de la Segunda Guerra Mundial a inicios de 1941, la contienda se trasladó a escenarios más alejados cuando la Italia Fascista llevó a cabo varias ofensivas contra Egipto, Kenya, Chad, Sudán y la Somalia Británica que salieron mal porque los Aliados contraatacaron arrebatando a los italianos el África Oriental y parte de Libia, lo que obligó a Hitler a intervenir en el escenario del Mar Mediterráneo enviando al Afrika Korps del general Erwin Rommel que retomó el control sobre Tripolitania y Cirenaica. De igual forma, el Führer ayudó escasamente a Irak después de que este país se sumase de manera repentina a las potencias del Eje y fuese rápidamente invadido por el Ejército Británico en una campaña que forzó a la Luftwaffe a abandonar sus bases en Bagdad y Mesopotamia; lo mismo que sucedió en las colonias de Siria y Líbano que tras una serie de batallas contra la Francia de Vichy, fueron ocupadas por las tropas de la Commonwealth y de la Francia Libre del general Charles De Gaulle (de nada sirvió la reunión previa entre Hitler y Pétain debido a que no generó un entendimiento fructífero de cooperación seria).

La invasión de Italia a Grecia y más en concreto la situación de los Balcanes, fue el mayor problema al que se enfrentó Hitler a comienzos de 1941 básicamente por dos motivos: en primer lugar el Ejército Italiano fue derrotado por el Ejército Griego en el Epiro, lo que favoreció a éste último penetrar en el Reino de Albania que era un “estado vasallo” de Roma, dejando dentro del radio de acción de la aviación enemiga los pozos petrolíferos de Ploisti en Rumanía que abastecían al Ejército Alemán; mientras que en segundo lugar, Yugoslavia que acababa de prometer sumarse a las potencias del Eje, fue víctima de un golpe de Estado que llevó al Gobierno de Belgrado a declarar su amistad con Inglaterra. A raíz de estos acontecimientos contrarios a los intereses de Berlín, al Führer no le quedó más remedio que invadir simultáneamente Grecia y Yugosvia el 6 de Abril de 1941. Precisamente esta última nación fue la primera en caer porque después de ordenar Hitler un bombardeo sobre Belgrado que dejó 6.000 civiles muertos, el Ejército Yugoslavo fue destrozado gracias a que los alemanes financiaron la sublevación de las minorías étnicas, facilitando su total descomposición y la desaparición existencial de Yugoslavia que fue segregada en una serie de “estados satélites” conformados por Croacia, la Serbia de Salvación Nacional y el Reino de Montenegro. Al mismo tiempo, las tropas de Hitler avanzaron sobre la Hélade aniquilando a todas las divisiones del Ejército Griego y el Ejército Británico que habían acudido en su ayuda, hasta que finalmente los soldados alemanes entraron en Atenas izando la bandera de la esvástica sobre la Acrópolis, e incluso tomaron la Isla de Creta tras un asalto paracaidista que el propio Führer gestionó con éxito porque causó una terrible derrota a la Marina Real Británica (Royal Navy) que encajó graves pérdidas en buques. Con estas últimas dos victorias en los Balcanes, sumadas a la anterior conquista del Oeste Europeo y de las alianzas forjadas en Centroeuropa, Hitler sin duda se convirtió en lo que muchos de sus contemporáneos definieron como “dueño y señor de Europa”.

Curiosamente y desde que Hitler había escrito su libro Mein Kampf, el Führer había manifestado su intención de invadir la Unión Soviética en la búsqueda de un “espacio vital” para el pueblo alemán. Este proyecto que había denominado “Lebensraum”, por un momento pareció encontrarse fuera de su alcance tras la firma del Pacto de No Agresión Germano Soviético “Ribbentrop-Molotov” debido a que la nueva situación apuntaba a buscar otras alternativas como consecuencia de la continuidad de la lucha contra el Imperio Británico y sobretodo a que la Unión Soviética por el momento se negaba a sumarse al conflicto (aunque mostraba su interés en la India Británica). Estas dudas por parte de Stalin a la hora de dar el paso, en parte culpa de Hitler por resistirse a concluir la contienda en otros escenarios como el Norte de África u Oriente Medio que hubiesen supuesto una victoria rápida de Alemania, no dejó más remedio al Führer que ir a buscar los recursos necesarios en un tercero, sobretodo para hacer frente a una guerra contra Estados Unidos que consideraba inevitable. Así fue como volvió a su añorado “Lebensraum” del Mein Kampf y autorizó una inminente invasión a la Unión Soviética, que a diferencia de la llevada a cabo en el oeste de Europa, debía entenderse como una guerra de aniquilación contra el comunismo, de limpieza étnica contra los judíos y de eugenesia de los indeseados, quienes como los eslavos, serían expulsados por millones más allá de los Montes Urales para una vez se hubiese vaciado su extenso territorio sobre Rusia Occidental, Ucrania, Bielorrúsia y Moscovia, éstas serían pobladas por campesinos alemanes en pos de la creación de una “Gran Reich”.

Bajo el nombre de “Operación Barbarroja”, el 22 de Junio de 1941 el Eje invadió la Unión Soviética cuando Adolf Hitler puso en marcha la Directiva Nº21. Al mando el Führer de un gigantesco contingente militar internacional compuesto por 4.200.000 soldados entre los que se contabilizaron 3.050.000 alemanes, 500.000 finlandeses, 250.000 rumanos, 100.000 ucranianos, 50.000 italianos, 40.000 húngaros, 15.000 lituanos, 5.000 chechenos, 2.000 eslovacos, 2.000 suecos y 65 estonios, más un material de 3.580 tanques, 7.180 cañones y 5.498 aviones; se llevó a cabo un demoledor ataque en tres alas reunidas en el Grupo de Ejércitos Norte hacia los Países Bálticos, el Grupo de Ejércitos Centro hacia Moscú y el Grupo de Ejércitos Sur hacia el Cáucaso que arremetieron contra un Ejército Rojo compuesto por 10 millones de soldados, 11.000 tanques y 10.000 aviones. La contundencia de la ofensiva fue tal que las tropas soviéticas fueron arrolladas y aniquiladas en las bolsas como las de Minsk, Smolensk, Luga, Gomel y Umán sufriendo millones de bajas y perdiendo más de un 50% del material bélico. De forma simultánea, las fuerzas del Eje conquistaron grandes extensiones en Ucrania y Rusia Occidental hasta alcanzar la Cisucaucasia en Rostov y asediar la ciudad de Leningrado en el Mar Báltico, así como países enteros como sucedió durante la ocupación de Lituania, Letonia, Estonia y Bielorrusia. Sin embargo la mayor victoria de Hitler tuvo lugar durante la maniobra en pinza del Grupo de Ejércitos Centro y el Grupo de Ejércitos Sur (pese a las reticencias de algunos generales como Heinz Guderian que fue relevado del mando) que concluyó en la “Bolsa de Kíev” y en la captura de la capital ucraniana tras haber provocado al Ejército Rojo más de 800.000 bajas. De hecho, esos mismos triunfos el Führer volvió a repetirlos durante la “Operación Tifón” desencadenada en otoño que generó otras 700.000 bajas al Ejército Rojo en las “Bolsas de Vyzma y Bryansk” (hasta ese momento los soviéticos habían perdido a 6 millones de hombres), hasta alcanzar las vanguardias del Ejército Alemán una distancia de tan sólo 16 kilómetros de la capital de Moscú y ver incluso desde la lejanía las mismas torres del Kremlin.

“No habrá equipo invernal porque no habrá campaña invernal” fueron las palabras de Hitler justo antes de la Batalla de Moscú cuando todavía ignoraba que la contienda en el Frente Oriental no se prolongaría hasta el invierno. Aquel tremendo error que dejó un gran cantidad de bajas por congelación entre los soldados y supuso el estancamiento sobre la nieve y el barro del Ejército Alemán ante las mismas puertas de Moscú, facilitó al Ejército Rojo del general Georgi Zhukov a llevar a cabo una contraofensiva el 5 de Diciembre de 1941 mediante la que expulsó a las tropas alemanas de la capital y las forzó a retirarse 100 kilómetros hasta el saliente de Rzhev, obligando a un rabioso Hitler a cancelar la “Operación Tifón” para una ocasión más propicia. Lamentablemente dos días después, el 7 de Diciembre de 1941, la situación global del conflicto cambió radicalmente después de que Japón atacara a Estados Unidos en Pearl Harbor y a los Imperios Británico y Holandés a lo largo del Océano Pacífico y el Sudeste Asiático. A raíz de este suceso, el Führer convocó al embajador nipón Hiroshi Oshima para felicitarle por su victoria, momentos antes de expresar unas palabras de admiración por el Imperio Japonés diciendo: “Estamos aliados con una nación que no ha perdido una guerra en 2.000 años, ahora sí que no podemos perder nosotros”. Fue así, como transcurridos tan sólo cinco días del estallido de la Guerra del Pacífico, Hitler declaró solemnemente la guerra a los Estados Unidos de Norteamérica.

La dimensión global que adquirió la Segunda Guerra Mundial a comienzos de 1942, modificó completamente el esquema que Hitler se había hecho de la contienda. La derrota en la Batalla de Moscú y la sostenibilidad del Frente Oriental gracias a su resolución de “no ceder ni un palmo de terreno” que permitió al Ejército Alemán seguir atrincherado a escasos kilómetros de la capital rusa frente al criterio de la mayor parte de los responsables militares, fue un éxito que al mismo tiempo tuvo unas consecuencias negativas en el Estado Mayor Alemán (Oberkommando der Wehrmacht) porque desde entonces Hitler destituyó a todos sus mejores mariscales que hasta la fecha le habían aportado victorias, como por ejemplo Walther Von Brauchistch, Fedor Von Bock, Gerd Von Rundest y Heinz Guderian (este último el creador de la “Blitzkrieg”), para tomar el mando él mismo y una serie de generales aduladores con escasa experiencia como los generales Wilhelm Keitel y Alfred Jodl. Esta interferencia de Hitler en los asuntos del Ejército Alemán, sería letal en muchos aspectos porque cualquier iniciativa tendría que pasar previamente por el Cuartel General del Führer (primero situado sobre Vinnitsa en Ucrania y luego sobre Rastenburg en Prusia Oriental). No obstante, aquel revés frente a Moscú, pareció pronto verse compensado por los catastróficos reveses de los Aliados Occidentales frente al Imperio Japonés, que a los dominios que previamente poseía en China (a la que Alemania también había declarado la guerra), hubo que añadir las conquistas de Filipinas, Malasia, Birmania, Indonesia, Nueva Guinea y diversas colonias europeas del Océano Pacífico, así como Singapur que se rindió con 120.000 soldados anglo-indios, lo que supuso la mayor derrota del Imperio Británico y a la que Hitler se refirió con la frase de “Churchill ahora está acorralado”.

Hitler y Mussolini estudiando los mapas militares en la “Guarida del Lobo” en Prusia Oriental.

Nuevamente a mediados de 1942, la Alemania Nacionalsocialista de Hitler volvió a erigirse como la máquina militar invencible que impuso su criterio bélico en todos los teatros de operaciones. Por ejemplo en el Norte de África, el Afrika Korps del general Erwin Rommel aniquiló al Ejército Británico con más de 50.000 bajas en la Batalla de Gazala y comenzó la invasión de Egipto hasta situarse a escasos kilómetros de la ciudad de Alejandría; mientras que en el Océano Atlántico, los submarinos alemanes llevaron a cabo la más sangrienta cacería contra los mercantes enemigos hasta fecha, hundiendo millones de toneladas brutas y sembrando el terror en latitudes tan alejadas como el Mar del Caribe o las costas de Norteamérica, llegando incluso a atacar a algunos barcos que salían del puerto de Nueva York. Sin embargo los mayores avances de Hitler se realizaron en el Frente Oriental porque las tropas del Ejército Alemán tomaron la Península de Crimea e irrumpieron en el sur de Rusia mediante dos alas de ofensiva: una hacia la ciudad de Stalingrado que estaba separada de Kazhakstán a través del Río Volga; y otra hacia el Cáucaso que permitió a los alemanes entrar en un lugar tan éxito como la placa continental de la Eurasia, extenderse sobre el Desierto de Calmucia, izar la bandera de la cruz gamada en el Monte Elbrus y ampliar sus dominios hasta Chechenia, Ingusetia, Nogai, Osetia e incluso el norte de Georgia, lo que supuso la mayor expansión lograda por el Führer.

Oficialmente a mitad de 1942, Adolf Hitler pudo erigirse como el “mayor conquistador” de la Historia de la Humanidad. Hasta ese momento, el “Imperio Hitleriano” que abarcaba Alemania y Austria, se había extendido sobre Polonia, Chequia, Noruega, Dinamarca, Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Grecia, Yugoslavia, el Norte de África y parte de la Unión Soviética con Rusia Occidental, Ucrania, Bielorrúsia, Estonia, Letonia, Lituania y el Cáucaso Norte, así como zonas menores de la Transcaucasia en Georgia; mientras que mantenía como “estados vasallos” a Japón, Italia, Rumanía, Hungría, Bulgaria, Finlandia, Eslovaquia, Croacia, Thailandia, Manchukuo, Mongolia Interior, Irak, Irán y San Marino; y tenía sometidos bajo su tutela naciones neutrales como España, Suecia, Suiza y Turquía. De igual forma, gozaba de los dominios coloniales de los Imperios Japonés, Italiano y Francés Vichysta que respectivamente incluían en el caso del primero la mitad de China, Corea, Filipinas, Birmania, Malasia, Singapur, Indonesia, Nueva Guinea, Micronesia, Islas Marianas, Islas Salomón, Islas Gilbert, Nueva Bretaña, Timor Oriental, Isla de Wake, Islas Andamán y Nicobar, y la provincia de Astrakán en la India; en el caso del segundo poseía Libia, Egipto Occidental, Albania, Etiopía, Eritrea, Somalia y ciertas zonas del Sudán y Kenya; y en el caso del último Marruecos, Argelia, Túnez, Mauritania, Djibuti, el Sahel, Gabón, Madagascar, Vietnam, Laos, Camboya, Siria, Líbano, Isla de Reunión, Islas Saint-Pierre y Miquelón, Isla de Gaudalupe y Guayana. Todo este territorio que fue repartido entre la Europa del Nuevo Orden y la Esfera de Co-Prosperidad de la Gran Asia Oriental, fue bautizado con el nombre de Imperio Nazi-Japonés, del que Hitler, que había crecido desde la nada siendo un vagabundo hasta convertirse en Führer, se distinguió como su máximo propietario en una especie de “emperador moderno” que lideraba casi un 1/3 de la superficie del Planeta Tierra.

Declive del Imperio Alemán

Oficialmente la suerte abandonó a Hitler en el otoño de 1942 cuando de forma inesperada se produjeron una serie de grandes reveses dentro del contexto de la Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo en el Norte de África, el Afrika Korps del mariscal Erwin Rommel fue derrotado durante la Batalla de El-Alamein con elevadas pérdidas (en parte debido a la orden del Führer no emprender una retirada a tiempo), lo que supuso la expulsión de las fuerza ítalo-germas de Egipto y Libia; al mismo tiempo en que el Ejército Estadounidense desembarcaba sobre Marruecos y Argelia durante la “Operación Torch”, haciendo a la Francia de Vichy perder el control del África Occidental Francesa. Sin embargo la peor noticia vino del Frente Oriental en plena Batalla de Stalingrado (que Hitler en un absurdo empecinamiento se había obcecado en tomar a toda costa porque la ciudad llevaba el nombre de Stalin, su peor enemigo), cuando el Ejército Rojo desbordó en los flancos de la urbe al Ejército Rumano y embolsó a todo el IV Ejército Alemán justo a la llegada de la nieve y el crudo invierno. Así fue como tras derrochar innumerables fuerzas intentando liberar a los sitiados, a los que ordenó no ceder “ni un palmo de terreno”, Hitler ascendió al general Friedrich Von Paulus al rango de general con la esperanza de que llevase a cabo una resistencia espartana, algo que no sucedió porque inmediatamente a este nombramiento, se produjo la capitulación de los últimos 90.000 soldados alemanes (de nada sirvió el “suicidio honroso” que el Führer exigió a sus altos oficiales). Acto seguido, el 2 de Febrero de 1943, la Batalla de Stalingrado concluyó con una derrota catastrófica que costó a las tropas del Eje más de 800.000 bajas (a costa igualmente de 1.200.000 soviéticos), lo que significó el cambio de rumbo de la Segunda Guerra Mundial en favor de los Aliados y en una humillación total para Hitler.

El tremendo revés en la Batalla de Stalingrado modificó por completo la personalidad de Hitler que pasó de sentirse un hombre invencible encumbrado por años de glorias y victorias, a ser un hombre amargado que acababa de tomar contacto con la realidad. Desde entonces y como queriendo evadirse de los tristes acontecimientos que se producirían a lo largo de 1943, se encerró en las salas de mapas y operaciones del complejo militar de la “Guardia del Lobo” en Prusia Oriental intentando modificar el curso de una contienda que cada vez se le hacía más difícil ganar. Aquella pérdida del “áurea de invulnerabilidad” le trastornó psicológicamente porque se volvió una persona amargada que rehuía las apariciones públicas, propensa a los ataques de ira contra sus generales del Estado Mayor e incapaz de admitir un sólo error ni razonar (por ejemplo rechazó una jugosa oferta de paz de Iósif Stalin que incluso le concedía territorios en los Países Bálticos y Ucrania para su “Lebensraum”). A todas estas negativas por intentar arreglar la situación (el Führer únicamente aceptaría la paz de Estados Unidos y Gran Bretaña, las cuales eran las únicas contrarias a pactar con él), más sus constantes intromisiones en el generalato, se añadió el problema de su delicado estado de salud que todavía empeoró más las cosas. Precisamente su doctor, Theodor Morell, que sabía de la debilidad del Führer y su propensión a la hipocondría, le suministró tantos medicamentos entre pastillas para dormir, preparados de estómago, antigripales, sulfonamidas, glucosa, hormonas, productos glandulares y antidepresivos que hicieron en ocasiones al Führer ser un auténtico drogadicto a estos remedios.

Heinrich Himmler con Hitler en Rastenburg.

A mediados de la Segunda Guerra Mundial se produciría uno de los sucesos más dramáticos del siglo XX cuando el Tercer Reich puso en marcha la llamada “Solución Final” que preveía el total exterminio racial de los judíos en Europa. A pesar de que Hitler jamás firmó un documento ni se registró ninguna declaración para este macabro plan (nunca apareció prueba alguna de su implicación porque todos los papeles y testimonios apuntaron a líderes de las SS como Heinrich Himmler, Reinhard Heydrich, Adolf Eichmann, Martin Bormann, etcétera), su rango como Jefe del Estado, independientemente del grado de participación, le convirtió de manera incuestionable en el principal responsable de lo sucedido, tal y como manifestó en una ocasión con la siguiente frase: La naturaleza es cruel, y por ello, también nosotros podemos serlo. Cuando yo envié a la juventud y a la flor de los alemanes a la tempestad de acero de la guerra, sin sentir la menos compasión por la valiosa sangre germánica derramada, ¿no tendré derecho por lo mismo, a eliminar a millones de seres de una raza infrahumana que se multiplica como los parásitos?. Así fue como surgió el Holocausto, que aunque inicialmente comenzó con las Leyes Raciales de Nuremberg que privaban a los judíos de derechos civiles, la expansión del Ejército Alemán sobre Europa forzó a segregarlos del resto de ciudadanos alojándoles en guetos como los de Varsovia, Bialystock, Lublin, Vélodromo del Invierno de París, etcétera. Solamente la campaña de la Unión Soviética que Hitler calificó como “guerra de aniquilación” propició el fusilamiento masivo de cientos de miles de hebreos a manos de los “Einsatzgruppen” como en la Matanza de Babi Yar a las afueras Kíev o el fomento de pogromos entre las poblaciones autóctonas de marcado carácter antisemita como ocurrió en Lvov, Kaunas, Vilna, Jedwabne, etcétera. Sin embargo aquella violencia alcanzó una dimensión industrial con la puesta en funcionamiento de los campos de extermino de Auschwitz, Treblinka, Belzec, Chelmno, Madjanek y Sóbibor, donde judíos de toda Europa iban siendo trasladados en convoyes ferroviarios hasta dichos complejos para ser a continuación asesinados en cámaras de gas y sus cuerpos incinerados en hornos crematorios. Este método, conjunto al trabajo esclavo en campos de concentración como Buchenwald, Dachau, Matahusen, Bergen-Belsen…, dejaron un saldo de 6 millones de judíos muertos; a los que hubo que añadir otras víctimas como 3 millones de soldados soviéticos capturados al Ejército Rojo que perecieron por desfallecimiento o hambre en “marchas de la muerte”, 200.000 gitanos matados dentro del marco de la ” Operación Porajmo”, 70.000 discapacitados eliminados en el curso del “Programa T4” o 60.000 nacionalistas polacos ejecutados en la “Operación Tannenberg”; además de las represalias de castigo sobre los países ocupados que acabaron en la muerte de incontables serbios en la Matanza de Kragujevac, griegos en la Matanza de Kalavryta, franceses en la Matanza de Oradour-sur-Glane, italianos en las Fosas Ardeatinas o checos en la Matanza de Lídice; más los soldados occidentales que habían hecho prisioneros, a los que las SS no tuvieron reparo en pasar por las armas como los estadounidenses de la Masacre de Málmedy, los británicos de la Masacre de Le Paradís o los canadienses apresados en diversas zonas de Normandía. A raíz de esta crueldad sin límites en la Historia de la Humanidad, bajo la Europa de Hitler serían asesinadas unas 11 millones de personas.

El año de 1943 fue un punto de inflexión en la vida de Hitler porque desde instante pasó de salir triunfal de todas las situaciones, a recibir una derrota detrás de otra. Su habitual lema de “no ceder un palmo de terreno”, llevó a toda la destrucción del Afrika Korps en Túnez que se rindió con 250.000 prisioneros ítalo-germanos; mientras que su insistencia en lanzar una ofensiva de verano sobre el Frente Oriental consumió las últimas reservas de tanques y gasolina para el Ejército Alemán durante la Batalla de Kursk. A partir de ese momento el Tercer Reich comenzó a perder terreno porque el Ejército Rojo reconquistó los Donets, Kharkov, el Kubán, Crimea y la mitad de Ucrania cruzando el Río Dniéper hasta entrar en la capital de Kíev; al mismo tiempo en que los Aliados invadía Sicilia y propiciaban la caída del fascismo de Benito Mussolini en Italia que capituló tras el desembarco de los anglo-estadounidenses en Salerno, Calabria y Tarento (aunque posteriormente el Duce sería liberado por unos comandos enviados por Hitler para crear un “estado fascista vasallo” al norte del país que fue bautizado como la República de Saló). Tampoco en la retaguardia las cosas fueron mejor porque el fenómeno partisano creció sustancialmente con el general Josip Tito en Yugoslavia, con el “Armia Krajowa” en Polonia o los “maquis” en Francia; e incluso dentro de la propia Alemania las ciudades comenzaron a ser reducidas a escombros por las acciones conjuntas de la aviación norteamericana que arrasaron y mataron a cientos de miles de civiles en Berlín, Colonia, Hamburgo, Nuremberg, Lübeck o el Rühr (el propio Hitler cometió el error de retrasar la fabricación del caza a reacción Messerschmitt Me 262 que podría haber modificado el curso de los acontecimientos). Ni siquiera en el Océano Atlántico mejoraron las cosas porque los submarinos alemanes dirigidos por el almirante Karl Doenitz comenzaron a ser cazados y destruidos gracias a los radares (y al tardío interés de Hitler por desarrollar este arma que por poco estuvo a punto de hundir la economía de Gran Bretaña).

Cuando se produjo el desembarco de Normandía el 6 de Junio de 1944 que reabrió el Frente Occidental tras un cruento enfrentamiento entre el Ejército Estadounidense y el Ejército Anglo-Canadiense contra los defensores del Ejército Alemán sobre las playas situadas entre el Estuario del Río Orne y la Península del Contentín, Hitler volvió nuevamente a entrometerse en el Estado Mayor impidiendo enviar a tiempo las reservas hacia la zona de operaciones debido a su firme convencimiento de que la invasión tendría lugar en el Paso de Calais, lo que facilitó a los Aliados consolidar una cabeza de puente con la que avanzaron hacia Cherburgo, Bretaña y luego al interior de Francia. Simultáneamente en el Frente Oriental, el Ejército Rojo puso en marcha la “Operación Bragation” con la que aniquiló al Grupo de Ejércitos Centro y reconquistó Bielorrúsia provocando a los alemanes 400.000 bajas, una maniobra que permitió a las tropas soviéticas levantar el cerco sobre Leningrado, volver a ocupar los Países Bálticos con Estonia, Letonia y Lituania, y alcanzar tanto el margen del Río Vístula en Polonia como la frontera alemana con Prusia Oriental. A raíz de este derrumbe general, Hitler se trasladó a la “II Guarida del Lobo” ubicada en Francia cerca de Sossona para dirigier él personalmente la campaña, algo que no impidió que sus tropas fuesen cercadas y destruidas en la “Bolsa de Falaise” y rechazadas durante un desembarco en la Provenza, habiendo además descuidado otros teatros como Italia en el que se perdió la capital de Roma y se obligó a los soldados ítalo-germanos a replegarse por encima de la “Línea Gótica”. Ni siquiera las “armas secretas” prometidas por Hitler generaron los efectos esperados porque los misiles continentales V-1 y V-2 que se arrojaron sobre Inglaterra únicamente consiguieron arrasar Londres y matar muchos civiles británicos, pero no doblegar su voluntad de luchar; exactamente igual que los aviones a reacción que a pesar de resultar invencibles frente a los aparatos anglo-estadounidense a los que abatieron por cientos, su escaso número y la poca gasolina disponible impidieron que pudiesen revertir la situación.

Hitler muestra a Mussolini los efectos de la bomba que atentó contra su vida y que fracasó el 20 de Julio de 1944.

“Operación Valkiria” fue el nombre con el que se bautizó al atentado que se llevó a cabo contra Hitler en la “Guarida del Lobo” de Prusia Oriental el mediodía del jueves del 20 de Julio de 1944. Los miembros de esta conspiración fueron altos militares del Estado Mayor y aristócratas de la nobleza prusiana como los generales Erwin Von Witzleben y Lüdwick Beck que fueron autores intelectuales, el general Friedrich Fromm como jefe de las fuerzas de reserva del Ejército Alemán, el coronel Claus Von Stauffenberg que sería el ejecutor, el mariscal Günther Von Kluge que lideraba el Frente Occidental y otros muchos otros, algunos pasivos como el mariscal Erwin Rommel que prometió no intervenir, pero cooperar en caso de derrocamiento del Führer. Sorprendentemente y contra todo pronóstico, cuando el Conde Claus Von Stauffenberg colocó una maleta con explosivos en la sala de operaciones del Führer, éste último la desplazó unos centímetros con la pierna para disfrutar de una posición más cómoda sobre el mapa, por lo que al hacer explosión, la pata de la mesa actuó de escudo, lo mismo que la pesada cubierta de madera. Así fue como de forma milagrosa, Hitler escapó de la muerte casi ileso, siendo hallado entre el polvo y los escombros con los pantalones hechos jirones y algunos arañazos, así como un ligero hematoma en el codo, daños en los tímpanos y unas pocas astillas incrustadas en la pierna. Una vez recuperado durante la revisión médica, de inmediato frenó el golpe de Estado que había tenido lugar en Berlín (los conspiradores engañaron a la guarnición de reserva afirmando que el Führer había muerto, por lo menos hasta que éste habló por teléfono con el coronel Otto Ernst Remer al que dijo “¿reconoce usted mi voz?”). Resuelto el malentendido, las tropas que se habían sublevado a base de una mentira, se volvieron contra los golpistas y arrestaron a todos los responsables, fusilando en el acto al Conde Claus Von Stauffenberg, a su ayudante Werner Karl Von Haeften y al general Friedrich Olbricht. Aquella misma noche, Hitler habló por radio a todo al pueblo alemán para referirse con ira a aquel acontecimiento como “un delito sin precedentes en la Historia de Alemania”; poco antes de recibir a Benito Mussolini para mostrarle los efectos de la bomba y reunirse con unos trabajadores del ferrocarril a los que expresó su agradecimiento con estas palabras: Desde buen principio sé que no fuísteis vosotros; pues estoy convencido de que mis enemigos son los “vons” esos que se denominan aristócratas. Respecto al resto de conspiradores, se llevó a cabo una cruel venganza sin precedentes entre las filas del Terecer Reich porque se encarcelaron a 5.000 personas y se ejecutaron a 200, entre estas el mariscal Erwin Von Witzleben, el almirante Wilhelm Canaris o a los generales Friedrich Fromm, Carl Heinrich Von Stülpnagel, Hans Oster y Arthur Nebe; siendo todas las víctimas ahorcadas en cuerdas de piano y humilladas con los pantalones bajados mientras agonizaban en su propia asfixia (sin saber que eran grabadas en un film que luego Hitler proyectaría en privado para regocijarse). Otros con más suerte fueron forzados al suicidio como el mariscal Günther Von Kluege y los generales Lüdwick Beck y Henning Von Treskow, e incluso también al mariscal Erwin Rommel, quién tras quitarse la vida ingiriendo veneno, gozó de un entierro de Estado en el que Hitler colocó cínicamente una corona de flores (la prensa dijo que había muerto en un ataque aéreo debido a que era considerado un héroe por el pueblo alemán).

A partir del verano de 1944 la situación del Tercer Reich se volvió crítica con la liberación de París (Hitler montó en cólera con el general Dietrich Von Choltitz que se rindió a las Fuerzas Francesas Libres tras negarse a acatar la orden del Führer de destruir la “Ciudad de las Luces”), lo que permitió a los Aliados retomar el control de Francia y ocupar Bélgica y Luxemburgo, antes de resultar detenidos los anglo-norteamericanos frente a los Países Bajos tras el fracaso de la “Operación Market-Garde” y ante a la frontera germana fortificada de la “Línea Sigfrido” durante la Batalla del Bosque de Hürtgen. Mucho más catastrófico fue lo ocurrido en el Frente Oriental porque pese a las advertencias de Hitler al Mariscal Ion Antonescu de “no acudir al Palacio” (a sabiendas de la traición del Rey Miguel I), se produjo un golpe de Estado en Bucarest que sacó a Rumanía de la contienda, facilitando al Ejército Rojo apoderarse de los campos petrolíferos de Ploiesti e irrumpir en los Balcanes invadiendo Bulgaria, Albania, Macedonia, Kosovo y Serbia hasta alcanzar la capital de Belgrado, en donde se instauró la República Federal Socialista de Yugoslavia al frente del Mariscal Josip Tito; mientras que algo más al sur, Grecia era liberada tras un desembarco del Ejército Británico; al mismo tiempo en que Finlandia abandonaba el Eje firmando la paz con la URSS; y en el Frente del Pacífico el Imperio Japonés retrocedía después de haber sido hundida la Marina Imperial Japonesa en la Batalla del Golfo de Leyte y haber perdido el control de Filipinas, Birmania, las Islas Marianas, Micronesia, las Islas Gilbert y las Islas Carolinas. A pesar de esta serie de mazazos militares infligidos a las potencias del Eje, todavía en la Navidad de 1944 el Führer obligó a sus hombres a desencadenar una gran ofensiva en el Frente Occidental (haciendo caso omiso a todo el generalato y el Estado Mayor) con la pretensión de minar la frágil alianza entre los países capitalistas y comunistas. Se trató de la Batalla de las Ardenas que se libró sobre Bélgica causando bajas muy graves al Ejército Estadounidense, con la diferencia de que éste último tenía capacidad para reponerlas y el Ejército Alemán no, por lo que en cuanto los tanques alemanes se quedaron sin combustible, la operación fracasó y hubo de emprenderse la retirada hacia el punto de partida después de haber desperdiciado inútilmente Hitler las últimas reservas que le sobraban al Tercer Reich.

El apocalipsis al que se enfrentaba Hitler a comienzos de 1945 era de tal gravedad, que como consecuencia de estar siendo Alemania invadida desde todas sus fronteras, el Führer tuvo que trasladar su cuartel general a Berlín para dirigir las operaciones de unas divisiones y ejércitos ya casi inexistentes (a los que movía sobre los mapas como si tuviera alucinaciones). La ofensiva del Ejército Rojo sobre el Río Vístula propició el derrumbe del Frente Oriental y la captura por parte de las tropas soviéticas de Varsovia, así como la conquista del resto de Polonia y Prusia Oriental; algo que no impidió a Hitler, en un acto de completa locura, iniciar una contraofensiva con las Waffen-SS y el Ejército Húngaro hacia el Lago Balatón, lo que no sólo acabó en un completo desastre (malgastando las últimas fuerzas defensivas de Alemania en el este), sino que impulsó la desaparición de Hungría, Eslovaquia y Croacia como los tres últimos socios del Eje en la región, además de facilitar la ocupación de Chequia y Austria tras la entrada triunfal de los soviéticos en Praga y Viena. Tampoco en el oeste las cosas fueron mejor porque el Ejército Estadounidense y el Ejército Anglo-Canadiense cruzaron la frontera con Alemania y aniquilaron a 300.000 soldados enemigos en la llamada “Bolsa del Ruhr”, superando a continuación el Río Rin y tomando las principales ciudades del país como Colonia, Hamburgo, Lübeck, Munich o Nuremberg hasta alcanzar las orillas del Río Elba. Incluso las otras dos grandes potencias coaligadas con Hitler estaban viviendo una auténtica hecatombre porque tras la ofensiva del Río Po, los Aliados accedieron al norte de Italia y se hicieron con Milán, forzando a los líderes fascistas italianos de la República de Saló a escapar hacia los Alpes; mientras que en Asia el Ejército Estadounidense desembarcó en las Islas Ryûkyû y se preparó para la inminente invasión del territorio metropolitano de Japón.

La tragedia a la que había llevado Hitler al Tercer Reich era tan irreversible, que el mismo Führer entró en una fase de cierto vandalismo y tendencia suicida respecto a su propia patria cuando aprobó la “Operación Nerón” consistente en una especie de “tierra quemada” que debía arrasar todas las ciudades e infraestructuras del país para que el enemigo no encontrase nada de valor. De hecho, dentro su lógica darwinista-racial manifestó: “Si pierdo esta guerra, no derramaré una sola lágrima por mi pueblo, pues los eslavos habrán sido más fuertes y a ellos les corresponderá gobernar según la selección natural”. Afortunadamente y a pesar de que el Ministro de Industria Albert Speer impidió esta destrucción sin sentido, los últimos recursos humanos fueron movilizados masivamente en la Milicia del Pueblo “Volkssturm” y todos los niños llamados a filas como grupos armados de las Juventudes Hitlerianas, al mismo tiempo en que se procedía a una serie de fusilamientos y ahorcamientos masivos de todos aquellos desertores o individuos que mostrasen actitudes derrotistas. Hitler personalmente en varios ataques de ira ordenó juicios sumarísimos y muertes ante pelotones de fusilamiento, e incluos ordenó al general Sepp Dietrich de la 1ª División SS Panzer “Leibstandarte Adolf Hitler” que suprimiese su nombre de la bocamanga de todos los uniformes de la unidad por considerarlo indigno después de haber fracasado en una de sus ofensivas. Solamente la muerte del Presidente Franklin Delano Roosevelt el 12 de Abril de 1945 y su sustitución por el Presidente Harry Truman (mucho más anticomunista) al frente de Estados Unidos, renovó las escasas esperanzas del Führer en un entendimiento con Occidente, tal y como le habían augurado algunos astrólogos, por lo menos hasta que la situación le hizo comprender la triste realidad de que por el momento la ruptura entre comunismo y capitalismo era imposible. Así fue como tras una última visita al Frente Oriental situado en el Río Oder a escasos kilómetros de la capital, en donde Hitler inspeccionó las defensas del IX Ejército Alemán y las posiciones en el Castillo de Freinwalde, finalmente regresó a Berlín para librar la batalla definitiva de su vida.

El Final

El 20 de Abril de 1945, Adolf Hitler celebró su 56 cumpleaños en la Cancillería de Berlín durante una recepción a la que asistieron todos los Ministros y oficiales del Estado Mayor entre los que estaban Josef Goebbels, Hermann Goering, Heinrich Himmler, Martin Bormann, Albert Speer, Robert Ley, Joachim Von Ribbentrop, Wilhelm Keitel y Alfred Jodl. A esta breve ceremonia que estuvo acompañada por un ataque con bombas de la Fuerza Aérea Estadounidense (USAF) sobre la capital, le siguió el primer bombardeo de las piezas de artillería del Ejército Rojo que habían sido emplazadas a las afueras de la ciudad y que en aquellos instantes estaban alcanzando los barrios periféricos. Sabiendo el Führer que la hora decisiva se aproximaba, condecoró en el patio de la Cancillería a unos niños de las Juventudes Hitlerianas que habían destruido numerosos tanques soviéticos, a los que elogió: “Ojalá mis generales fueran tan valientes como vosotros”. Acto seguido entró en el edificio y descendió hasta el Búnker de la Cancillería situado a ocho metros de profundidad bajo el hormigón (jamás saldría de ahí), para dirigir personalmente la Batalla de Berlín.

Una de las últimas fotografías tomadas de Hitler condecorando a unos niños de las Juventudes Hitlerianas el 20 de Abril de 1945.

La vida de Hitler bajo el Búnker de la Cancillería que constituyó la última etapa de su existencia, estuvo marcada por los ataques de rabia y la depresión. Por ejemplo cuando el 22 de Abril el XII Ejército Alemán del general Walther Wenck fracasó en una contraofensiva para liberar el asedio en torno a Berlín, escenificó una de sus mayores explosiones de ira vista hasta la fecha, en la que maldijo al Ejército Alemán y al Estado Mayor arrojando los lápices sobre la mesa, antes de derrumbarse totalmente en la silla y manifestar “ahora ya todo está perdido”. Desde entonces por primera vez Hitler asumió en su cabeza que la causa era inútil y a pesar de ciertos momentos de vaga esperanza, fue descuidando las operaciones militares para centrarse en el mundo posterior que vendría a su muerte. De hecho y para acompañarle en estas horas aciagas, su novia Eva Braun se trasladó a vivir con él bajo el Búnker de la Cancillería, lo mismo que Joseph Goebbels y su esposa Magda Goebbles con sus hijos, así como Martin Bormann que ostentaba el liderazgo del NSDAP. No obstante y pese a la imposibilidad de revertir la situación, Hitler no toleró ningún tipo de cobardía que no fuese la resistencia a ultranza hasta la aniquilación. Precisamente al saber de los contactos de Hermann Goering con los Aliados, el día 26 ordenó con enfado expulsar al mariscal del aire del NSDAP y hacer venir en avión al general Ritter Von Greim (que aterrizó en medio de la Plaza de Brandenburgo con un aparato pilotado por la mujer aviadora Hanna Reitsch), siendo ambos recibidos por el Führer, quién sorprendentemente les otorgó el nuevo mando de la Luftwaffe. Mucho peor se tomó la traición del Reichsführer Heinrich Himmler de las SS el 28 de Abril, al que ordenó ejecutar sin resultado debido a que se encontraba en paradero desconocido, por lo que en su lugar arrestó a su subordinado en Berlín, el general Hermann Fegelein (que curiosamente era cuñado de Eva Braun), al que fusiló en medio del patio de la Cancillería.

Al saber el 29 de Abril de 1945 acerca del asesinato de Benito Mussolini en Italia y haber sido su cuerpo linchado y colgado por partisanos comunistas en una gasolinera de la Piazza Loreto de Milán; Hitler ordenó al doctor Theodor Morell un veneno muy potente que asegurase su muerte, el cual probó con su perra Blondi que falleció al instante ante los ojos humedecidos por la tristeza del Führer. Aquella misma noche y después de haber besado a Eva Braun en público (ante la sorpresa de la mayoría de los generales que desconocían de esta relación), se buscó a un notario llamado Walter Wagner, que en aquellos instantes estaba combatiendo en las calles de Berlín como parte de la Milicia del Pueblo “Volksturm”, para realizar un casamiento civil en el Búnker de la Cancillería. Así fue como Adolf Hitler y Eva Braun (desde ahora Eva Hitler) contrajeron matrimonio, e incluso celebraron una pequeña fiesta con bebidas y pasteles en una de las salas de hormigón. Acto seguido, Hitler se retiró a una habitación para que su secretaria Traudl Junge redactase su testamento, en el cual nombró como sucesor al almirante Karl Doenitz y agradeció al pueblo alemán todos los enormes sacrificios efectuados en nombre del Tercer Reich.

Periódico de Estados Unidos anunciando la muerte de Hitler.

La mañana del 30 de Abril de 1945, Adolf Hitler se despertó en el Búnker de la Cancillería de Berlín con las tropas del Ejército Rojo situadas a tan sólo un kilómetro de distancia en el Parque del Tiergarten. Aquella jornada y prácticamente como si nada sucediese, se dedicó a sus típicas recepciones protocolarias con los militares y al mediodía almorzó unos espaguetis con salsa de tomate. Inmediatamente al término de la comida, convocó una última reunión durante la cual tanto el Führer como Eva fueron estrechando la mano a todos sus colaboradores uno por uno como gesto de última despedida. Finalmente y después de esta escenificación al estilo “wagneriano” que tanto gustaba a Hitler, se retiró junto a Eva a su habitación. Algunos minutos después, a las 15:30 horas de la tarde, el Führer ingirió una cápsula venenosa de cianuro y con su pistola del modelo Walther se descerrajó un tiro en la cabeza que acabó al instante con su vida. Mientras tanto, el ruido del disparo que había alertado a los presentes en el búnker, llevó al jefe de guardia de las SS, Johan Rattenhuber, a entrar en la habitación para encontrar a Hitler muerto con sangre en el rostro y a Eva fallecida envenenada sobre el sofá. A continuación, los dos cadáveres fueron trasladados por los soldados de las SS al exterior y arrojados a un cráter de obús en el patio de la Cancillería, donde vertieron 200 litros de gasolina y los prendieron fuego hasta que ambos quedaron completamente desintegrados; curiosamente al mismo tiempo en que Goebbles, Bormann y otros miembros del NSDAP saludaban ante las llamas brazo en alto y justo en medio del bombardeo de los proyectiles rusos que caían sobre Berlín.

Legado

La muerte de Adolf Hitler no impidió la prosecución de la Batalla de Berlín que culminó con la caída de la Cancillería en manos del Ejército Rojo, cuyas tropas sólo encontraron cenizas del Führer en el cráter donde había sido incinerado; así como en la capitulación de Alemania el 8 de Mayo de 1945. Tan sólo tres meses más tarde, las bombas atómicas (que Hitler en vida había suspendido fabricar pese a disponer de agua pesada y del material necesario para ello según le recomendaron sus generales) arrasaron las ciudades de Hiroshima y Nagasaki matando a 300.000 civiles japoneses, lo que propició la rendición de Japón. Así fue como de manera definitiva, el 2 de Septiembre de 1945, terminó la Segunda Guerra Mundial iniciada por Hitler seis años antes con un gigantesco salvo de 80 millones de seres humanos muertos, lo que supuso la mayor tragedia de la Historia de la Humanidad.

El legado de Adolf Hitler fue el de convertirse en unos de los pocos personajes más famosos de la Historia Universal. Su ascenso desde prácticamente la nada, siendo un desgraciado vagabundo, fue un triunfo que consiguió por si mismo, primero como soldado en la Primera Guerra Mundial, segundo como carismático orador que se aprovechó de la situación, luego como gran gestor al frente de Alemania que la encumbró hasta lo más alto, y por último, como el mayor conquistador en la trayectoria del hombre tras crear el imperio más grande jamás visto por el ser humano en la Tierra. Esta “grandeza histórica” que logró por sus propios medios, también fue la responsable de su declive y factores más oscuros, como el asesinato sin compasión de millones de personas y la más completa derrota y humillación para un Tercer Reich que según él debía haber “durando mil años”. Precisamente, en una ocasión el doctor Josef Goebbles dijo “Hitler es Alemania, como Alemania es Hitler”, en referencia a su auge y caída; unas palabras que bien pudieron achacarse también al destino de Europa e incluso al resto del mundo, porque el Führer, para bien o para mal, directa o indirectamente, echó abajo todo lo anterior y abrió el destino de la existencia hacia una nueva humanidad.

 

Bibliografía:

-Joachim Fest, Hitler, una biografía I, Planeta Deagostini (2005),p. 21-677
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-David Solar, El Último día de Adolf Hitler, Planeta Deagostini (2006), p.15-354
-Adolf Hitler, Mi Lucha, Ojeda (2004) p.41-389
-Sergi Vich Sáez, 20 de Julio de 1944, matar a Hitler, Revista Historia y Vida Nº455 (2006), p.86-93
-David Solar, El Búnker: El último día de Hitler, Revista la Aventura de la Historia (2004), p.18-29
-Abraham Alonso y Luis Otero, Adolf Hitler, Muy Especial Nº68 (2005), p.26-27