“En el Infierno Blanco” de David López Cabia

David López Cabia es a día de hoy el mejor novelista bélico que tiene actualmente España, por lo menos en todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial. Aunque en esta web ya hemos comentado todas las obras de su carrera, desde La Última Isla (Afronta, 2015), Indeseables (Círculo Rojo, 2017) y Sangre y Fuego en Tobruk (Círculo Rojo, 2019), ahora vamos a reseñar En el Infierno Blanco (Afronta, 2016).

Antes que nada hay que aclarar que En el Infierno Blanco fue la segunda novela de la carrera de David, la cual si no he reseñado hasta ahora es porque ha sido muy difícil de encontrar al estar prácticamente agotada en todos sitios. Esta historia a diferencia de las otras tres en las que nos narra la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista de un soldado estadounidense del Cuerpo de Marines y desde los comandos del Ejército Británico, ahora nos traslada a otra unidad completamente distinta y que a mí me encanta: los paracaidistas. De hecho el protagonista, Raymond Evans, es un joven norteamericanos que se alista en la 101ª División Aerotransportada para participar en los saltos del Día-D sobre Normandía y posteriormente en el cerco a Bastogne durante la Batalla de las Ardenas, este último el escenario principal donde se desarrolla el libro.

Sumergiéndonos en el mundo del paracaidismo, decir que una vez más me tengo que quitar el sombrero con el señor David López Cabia, pues sin haber hecho el servicio militar ni saber nada de lo que es estar en una unidad paracaidista del Ejército, como por ejemplo sí es mi caso, hay que decir que lo ha bordado. Es más, da la impresión de que el autor ha hecho la instrucción con los tipos que describe en la novela, o que por lo menos ha pasado por el cursillo de salto en la Base de Alcantarilla aquí en España. Y no solo por los detalles y conocimientos técnicos acerca de lo que és un paracaídas o un avión adaptado para tal fin, entre muchas otras cosas, sino porque nos habla de ese mundillo tan especial y hermético que es el de los “paracas”, como por ejemplo el que los soldados más antiguos miren con desdén a los más novatos, el pasar los mandos de todo, el deambular por la base como un pato mareado y el hecho de que la existencia de uno se convierta en un “búscate la vida pero no causes problemas”. Solo puedo expresar perplejidad.

La primera parte del libro y también la más breve, nos lleva al desembarco de Normandía y más en concreto a las operaciones nocturnas de la 101ª División Aerotransportada el 6 de Junio de 1944. El salto de los “paracas” es lo mejor que he leído en una novela de la Segunda Guerra Mundial, no sólo por lo bien documentado y narrado que está, sino sobretodo por la tensión previa al embarque con todo el equipo y el peso, las vivencias durante el vuelo (unos soldados con los nervios a flor de piel y otros que literalmente se duermen debido a la acogedora oscuridad del interior del aparato en movimiento) y por supuesto cuando nuestros protagonistas abandonan los C-47 Dakota. Vamos, que en comparación con David, el por todos conocido Ken Follet en su novela El Invierno del Mundo nos contó una verdadera ¡patata de salto!, narrado en pocas líneas sin apenas trabajar y sin desarrollar psicológicamente al personaje en un momento tan importante y decisivo. Que injusto que sea best-seller en todo el mundo y David no.

La segunda parte del libro hace honor a su título de En el Infierno Blanco, pues como no es difícil de imaginar nuestros personajes de la 101ª División “Airbone” darán con sus huesos en el cruel sitio de Bastogne durante la Batalla de las Ardenas, en un intento desesperado por frenar la última ofensiva de Hitler para cambiar el curso de la Segunda Guerra Mundial en el Oeste. De hecho esta campaña abarcará más de la mitad de obra y para mí es sin duda su punto fuerte, pues el autor nos presenta un escenario muy particular y completamente distinto a las típicas campiñas y núcleos urbanos del Frente Occidental Europeo, ya que la trama se desarrollará en unos pocos metros cuadrados de paraje nevado dentro de un bosque, donde el protagonista y sus amigos convivirán en unos pozos de tirador mal excavados en el suelo con capacidad para poco menos que dos individuos. Allí tendrán que soportar lo insoportable, no solo sufriendo a manos del enemigo, sino también a manos del lugar debido a lo gélido del invierno, a la molesta humedad, a la dificultad para secar la ropa, a las enfermedades como el pie de trinchera y a la psicología propia de cada soldado que los llevará en ocasiones al borde del enloquecimiento. A estos elementos habrá que añadir los terribles bombardeos de la artillería germana que les arrojarán de todo con sus cañones y morteros, las temidas astillas de pinos y abetos saltar en todas direcciones, los desmoralizadores cohetes de los Nebelwerfer y los ataques aéreos de la Luftwaffe, eso sin contar los intentos de ruptura de las tropas y los tanques tanto de la Wehrmacht como de las Waffen-SS.

Resumiendo, podemos decir que En el Infierno Blanco es un libro capaz de atrapar a todos los amantes del género bélico e incluso puede que también a muchos aficionados a la novela psicológica, pues las reflexiones e inquietudes de nuestro protagonista, Raymond Evans, descritas muy a menudo en cursiva, así como sus profundos análisis sobre la guerra y hasta sus alucinaciones en momentos de derrumbamiento moral, a mi modo de ver aportan a la situación un realismo genial e insuperable. Además, pese a que la historia se desarrolla en un teatro muy sobreexplotado como es el Frente Occidental (quizá la parte del Día-D sea la más floja porque salvo el salto del avión, los combates en los “bocages” no aportan nada nuevo a lo que hemos visto en decenas de películas y libros), el haber escogido los bosques adyacentes a Bastogne para el discurrir de casi toda la acción es sin duda un original acierto que convierte a esta obra en imprescindible para todos aquellos que les guste este género de la Segunda Guerra Mundial.

Antes de acabar me gustaría decir a todos aquellos que ya sois fans de David López Cabia y que os gustó su obra La Última Isla, que de ninguna de las maneras En el Infierno Blanco puede faltar a vuestra colección porque durante la trama hay un breve cameo del protagonista de esta última novela, el marine Jack Eames. Reconozco que sentí una inmensa alegría de volver a encontrarme con este personaje al que cogí tanto cariño durante sus aventuras en Peleliu y Okinawa, aunque tan sólo fuese en dos páginas y media de diálogos. Y es que reconozco que los cameos de anteriores trabajos, siempre que estén bien justificados y sin fisuras en su construcción (no como la chapuza de J.K. Rowling a la hora de entrelazar sus personajes de los libros de Harry Potter con los de las películas de Animales Fantásticos), son un punto a favor en un escritor, pues pasa de crear dos historias independientes a unirlas en un pequeño universo.

Rubén Villamor.