Armisticio Ítalo-Aliado

Uno de los acontecimientos más trágicos de la Historia de Italia tuvo lugar el 8 de Septiembre de 1943 cuando oficialmente los italianos anunciaron su rendición incondicional en la Segunda Guerra Mundial y la inmediata declaración de hostilidades al Eje en lo que fue una de las mayores traiciones de la contienda. Aquel error de proporciones épicas que podría haberse evitado mediante una diplomacia útil e inteligente, no solamente derivó en el inicio de la Guerra Civil Italiana, sino en el fin de Italia como potencia ante los futuros vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

Antecedentes

Crítica era la situación de la Italia Fascista a principios de 1943. A la derrota del VIII Ejército Italiano en la Batalla de Stalingrado sobre el Frente Oriental de Rusia, se sumó la destrucción de todo el I Ejército Italiano sobre el Norte de África tras la desastrosa Batalla de El-Alamein y la posterior Campaña de Túnez. Pronto también se añadieron los bombardeos aéreos de Estados Unidos sobre Roma y otras ciudades, así como la invasión de los Aliados a Sicilia durante la “Operación Husky” que acabó en otro revés para las armas italianas y en la pérdida absoluta del control la isla. Ante estos antecedentes, el 24 de Julio de 1943 el Gran Consejo Fascista obligó a dimitir a Benito Mussolini como “Duce” de Italia para ser a continuación arrestado por el Rey Víctor Manuel III que tomó las riendas de la nación como Jefe del Estado.

Bajo el nuevo Gabinete del mariscal Pietro Badoglio que el Rey Víctor Manuel III designó como Jefe del Gobierno, automáticamente la administración disolvió el sistema fascista en Italia. Así lo hizo el monarca el 25 de Julio de 1943 anunciando por radio la caída del régimen, lo que propició la movilización de las masas antifascistas que asaltaron las sedes del Partido Nacional Fascista (PNF), rompieron bustos de Mussolini que arrojaron por las ventanas y echaron abajo los “fasces” por muchas ciudades y pueblos del país. A estos altercados siguieron las detenciones por parte de los Carabineros (Carabinieri) de todos aquellos jefes y prefectos fascistas, al mismo tiempo que muchos simpatizantes marchaban al exilio buscando la protección de países como Alemania, España y Portugal, entre ellos el Ministro de Asuntos Exteriores Galeazzo Ciano y el mariscal Rodolfo Graziani. Respecto al depuesto Duce, Mussolini fue embarcado en la corbeta Persefone que lo llevó hasta la Isla de Ponza, donde fue internado a la espera de juicio e incluso ante una posible entrega a los Aliados que no dudaron en pedir su cabeza.

No obstante y a pesar del profundo cambio que supuso la transición de un modelo económico fascista que implicaba el control arbitrado de los medios de producción por parte del Estado a otro capitalista que defendía la libertad de mercado, en otros aspectos la nueva administración del Reino de Italia no varió la situación. Precisamente el mismo mariscal Pietro Badoglio que era manejado directamente por la monarquía, estableció un sistema similar al Estatuto del Rey Carlos Alberto, mediante el cual el Rey Víctor Manuel III se erigió como el único líder pensante encargado de llevar las riendas del país en aquellos momentos de crisis. Así pues, los partidos políticos siguieron prohibidos como lo habían estado durante el fascismo, lo que generó una resistencia “antibadogliana” por parte de diversos movimientos en la clandestinidad como el Partido Socialista Italiano (PSI), el Partido Comunista Italiano (PCI), el Partido Liberal Italiano (PLI), el Partido de Acción o el Movimiento de Unidad Proletaria. Incluso la diplomacia exterior continuó siendo la misma de antes porque Italia se mantuvo dentro de la alianza con Alemania y demás países del Eje, además de seguir combatiendo en el Mar Mediterráneo contra las fuerzas de Estados Unidos y Gran Bretaña. Sin embargo esta última contradicción tuvo su sentido porque la intención de la monarquía italiana era entablar contactos secretos con los Aliados, negociar la rendición del país y por último sellar la paz.

Reacción del Tercer Reich

Alemania se mantuvo inicialmente en silencio a la espera del desarrollo de los acontecimientos en Italia tras la caída del fascismo. Lógicamente a Adolf Hitler no le convenía provocar a las nuevas autoridades en Roma porque numerosas divisiones del Ejército Alemán (Wehrmacht) se hallaban presentes en la Península Italiana, lo que conllevaría el riesgo de quedasen copadas si se desataban las hostilidades contra aquellos mismos italianos a quienes contradictoriamente los germanos habían acudido a ayudar. A partir de entonces los militares alemanes, a sabiendas de que tarde o temprano el Reino de Italia traicionaría a Alemania, comenzaron a elaborar un plan de respuesta que contó con múltiples opiniones. Una de las propuestas fue levantar una línea defensiva en la Italia Septentrional junto a la Cordillera de los Alpes tal y como indicó el mariscal Erwin Rommel, antiguo líder del Afrika Korps. Sin embargo esta idea fue descartada por una alternativa mucho más práctica que elaboró el mariscal Albrecht Kesselring consistente en afianzar las posiciones de la Wehrmacht tanto en la Italia Central como en el norte, incluyendo la capital de Roma, lo cual se haría mediante un desarme previo de las unidades italianas en cuanto mostrasen los primeros síntomas de rebelarse. Simultáneamente a este plan que debía anticiparse a la traición italiana, la Wehrmacht continuó trasladando más tropas hacia Italia para facilitar las tareas de control de territorio, mantener vigiladas a las guarniciones enemigas y contestar con efectividad a un desembarco aliado. Por si fuera poco las SS al mando del Reichsführer Heinrich Himmler contactaron con simpatizantes fascistas locales y urdieron una operación destinada a encontrar y rescatar a Benito Mussolini que dirigió el capitán Otto Skorzeny.

Bajo el nombre de “Pan Alarico” el Ejército Alemán presentó el 27 de Julio de 1943 el boceto para ocupar Italia en cuanto se produjese la traición, una operación muy similar a la ocurrida en Yugoslavia durante el año 1941. Para ello los alemanes se desplegaron de la siguiente manera: el Grupo de Ejércitos B al mando del mariscal Erwin Rommel cubriendo el norte del país y el Paso del Brénnero; el Grupo de Ejércitos C del mariscal Albrecht Kesselring protegiendo el centro de la península y la capital de Roma; y por último el X Ejército del general Heinrich Von Vietinghoff en el sur defendiendo los puertos de Salerno, Tarento y Calabria.

Plan Alarico:
1ª Fase “Eiche”: Liberar a Benito Mussolini.
2ª Fase “Student”: Ocupar Roma y establecer una República Fascista.
3ª Fase “Achse”: Capturar la Marina Real Italiana (Regia Marina)
4ª Fase “Schwarz”: Neutralizar las guarniciones del Ejército Real Italiano (Regio Esercito) y sustituirlas por tropas del Ejército Alemán.

Negociación con los Aliados

Diplomáticos y espías comenzaron a mover sus cartas en los diferentes bandos cuando el 31 de Julio de 1943 el Duque Pietro Acquarone y el Barón Raffaele Guariglia aprobaron abrir el diálogo con los Aliados para alcanzar una negociación de paz. Curiosamente no era la primera vez que esto sucedía porque anteriormente el depuesto Ministro de Asuntos Exteriores, Galeazzo Ciano, había contactado con los Aliados a través de un intermediario en Rumanía llamado Jon Pangal que convocó una reunión de urgencia celebrada en Lisboa de la que no llegó a concretarse nada. También tras la derrota en la Batalla de El-Alamein en Noviembre de 1942, el Duque Aimón de Aosta intentó parlamentar en Suiza con el Ministro de Asuntos Exteriores Anthony Eden del Reino Unido, quién rechazó cualquier trato con los italianos a pesar de que prometieron a los ingleses un cuerpo de élite de 20.000 tropas “Bersaglieri” para combatir a los alemanes. Incluso dentro del Servicio Secreto del Ejército Alemán (Abwehr), el almirante Wilhelm Canaris se mostró partidario de la paz asegurando durante una entrevista en Venecia al general italiano Cesaré Ame que se alegraría de que en Alemania hubiese un “24 de Julio” en referencia al derrocamiento de Mussolini.

Hasta el 1 de Agosto de 1943 Gran Bretaña no aceptó formalmente tratar con el Reino de Italia después de que un diplomático llamado Blasco Lanza de Ayeta se reuniera en Lisboa con el embajador británico Sir Ronald Campbell. Durante aquella entrevista en Portugal, el italiano aseguró a su homólogo inglés que las tropas del Ejército Real Italiano haría creer a los alemanes que seguían estando de su parte para a continuación traicionarles en el momento oportuno, e incluso prometieron elaborar mapas para los Aliados con la ubicación exacta de todas las divisiones alemanas presentes en la Península Italiana.

Al celebrarse la Conferencia de Tarvisio el 6 de Agosto de 1943 entre los mandos de la Wehrmacht y el Regio Esercito, los italianos, haciendo gala de sus buenas cualidades teatrales, recibieron a la comitiva germana bajo la marquesina de la estación haciendo el saludo fascista cuando curiosamente hacía unos días de que se acababa de suprimir en Italia. Precisamente los representantes alemanes, entre los que se encontraban el general Alfred Jodl y el Ministro de Asuntos Exteriores Joachim Von Ribbentrop, habían viajado hasta Tarvisio en un tren blindado al no fiarse lógicamente de los italianos. Del lado contrario recibieron a sus homólogos los generales Vittorio Ambrosio y Raffaele Guariglia, quienes expusieron a los alemanes que jamás faltarían a su alianza y seguirían combatiendo del lado de Alemania. Por supuesto Von Ribbentrop no confió en ellos y así se lo hizo saber a Hitler que ordenó seguir adelante con el “Plan Alarico”.

Portugal se convirtió a partir de Agosto de 1943 en el país neutral clave para la conspiración italiana. Desde Lisboa la Princesa María José de Saboya y el Piemonte consiguió entrevistarse a través del diplomático Alvise Emo Capodilista con el Presidente Oliveira Salazar, Jefe del “Estado Nuovo Portugués”, inspirado parcialmente en el modelo fascista italiano, para que hiciese de mediador entre Italia y los Aliados. Gracias a estas gestiones Italia obtuvo autorización para enviar a Lisboa al general Giuseppe Castellano para empezar a concretar el diálogo con los Aliados.

Portugal se convirtió a partir de Agosto de 1943 en el país neutral clave para la conspiración italiana. Desde Lisboa la Princesa María José de Saboya y el Piemonte consiguió entrevistarse a través del diplomático Alvise Emo Capodilista con el Presidente Oliveira Salazar, Jefe del “Estado Nuovo Portugués”, inspirado parcialmente en el modelo fascista italiano, para que hiciese de mediador entre Italia y los Aliados. Gracias a estas gestiones Italia obtuvo autorización para enviar a Lisboa al general Giuseppe Castellano para empezar a concretar el diálogo con los Aliados.

Rey Víctor Manuel III y Mariscal Pietro Badoglio, culpables de la traición al Eje y de la desgracia posterior de Italia ante su mala gestión.

Mientras la conspiración italiana progresaba en la Península Ibérica, el 15 de Agosto de 1943 se celebró la Conferencia de Bolonia entre el Tercer Reich y el Reino de Italia (curiosamente el último evento entre ambas potencias del Eje). La reunión se realizó mediante dos trenes que acoplaron sus vagones en la Estación de Casalecchio Sul Reno, estando por parte alemana el mariscal Erwin Rommel y el general Alfred Jodl, y por parte italiana los generales Victorio Ambrosio y Mario Roatta (viejo líder de la Aviación Legionaria Italiana durante la Guerra Civil Española de 1936 a 1939). Increíblemente desde que los representantes se estrecharon las manos, hubo mucha tensión entre los contertulios cuando Ambrosio comunicó a los alemanes que iba a trasladar a varias divisiones presentes en el sur de la Francia Ocupada hacia la Península Italiana con la finalidad de rechazar un desembarco aliado; a lo que Jodl indignado por el anuncio cometió el grave error de reprocharle: “Me gustaría saber si las divisiones que quieren hacer volver de Francia están destinadas a ser empleadas contra los anglo-americanos en el sur de Italia o contra los alemanes en el Paso del Brénnero”. Acto seguido y ofendido por el comentario, Roatta intervino recordando a Jodl que en el siglo XIX Prusia había traicionado a la Francia de Napoleón Bonaparte en la Batalla de Dresde, lo que equiparó la comparativa histórica con lo que estaba sucediendo en aquel preciso instante. Por fortuna y viendo que la conversación se les iba de las manos a unos y otros, Rommel intervino y calmó a los tres generales. Gracias a que el propio Rommel era un general muy respetado por los italianos, la tensión se rebajó, por lo que sendas delegaciones pasaron a tomar un almuerzo en el Hotel Baglioni, en donde no se llegó a nada claro, salvo que los alemanes interpretaron acertadamente que la traición de Italia era ya algo inevitable. Eso mismo le hizo saber Rommel al propio Hitler, quién ordenó enviar un número todavía mayor de divisiones a Italia y cambiar el nombre de “Plan Alarico” por el otro más simbólico de “Plan Eje”.

Varios días fueron los que los italianos Giuseppe Castellano y Franco Montarani, vestidos de paisanos y ocultados bajo falsas identidades, se pasearon bajo el calor veraniego de Madrid a la espera de obtener un permiso de las autoridades hispano-lusas para poder cruzar a Portugal. Fue entonces cuando el 17 de Agosto de 1943, mientras Castellano contemplaba un cuadro del pintor Diego Velázquez en el Museo del Prado, fue inspirado por la obra y se le ocurrió la idea de arriesgarse a mantener una entrevista con el embajador inglés en Madrid. Así fue como aquella misma tarde los dos infiltrados se acercaron a la embajada británica y llamaron al timbre presentándose como simples turistas para no llamar la atención. Acto seguido el embajador Sir Samuel Hoare les invitó a pasar y les ofreció una copa de jerez justo antes de escuchar las propuestas de paz presentadas por ambos italianos. Sin embargo Hoare que a diferencia de la embajada en Lisboa no tenía poderes diplomáticos para ello, informó a los dos italianos que cumplieran el plan previsto y viajaran a Lisboa, evitando negociaciones de este tipo en España debido a la peligrosidad del Gobierno de Francisco Franco que simpatizaba más claramente con el Eje que no con los Aliados.

Obtenidos los permisos para viajar a Portugal, la noche del 19 de Agosto, Castellano y Montari abandonaron Madrid rumbo hacia Lisboa mientras una delegación italiana procedente de Chile llegaba a la capital portuguesa para actuar como señuelo ante la posibilidad de encontrarse con espías alemanes. Gracias a estos movimientos de distracción, Castellano y Montarani entraron en Portugal, accedieron a la embajada británica de Lisboa y se reunieron con el embajador Sir Ronald Campbell, quién dio a conocer a sus invitados la existencia de dos armisticios para Italia bautizados como “Armisticio Largo” y “Armisticio “Corto”, cuya diferencia radicaba en que las cláusulas podían ser más duras o más leves dependiendo de la voluntad de los representantes italianos a la hora de cooperar. Una vez leídos los términos, Campbell solicitó a sus inquilinos que se alojaran en un hotel y que se mantuvieran ocultos hasta que recibiesen un mensaje codificado con la palabra “Du Bois”. Ambos obedecieron y sin salir del hotel descansaron en su interior hasta a las 22:30 horas de la noche un mensajero les entregó una nota que rezaba “Du Bois”, momento en el cual tanto Castellano como Montarani fueron trasladados a la residencia privada de Campbell. Allí les esperaban el general del Servicio Aliado de Inteligencia Strong Kenneth, el general norteamericano Walter Bedell-Smith y el encargado de negocios estadounidense George Kennan. Como era de esperar el debate fue tenso entre las partes porque los Aliados exigieron una rendición incondicional, a lo que Castellano se negó alegando que había un malentendido, ya que si el Ejército Real Italiano capitulaba, no podría defenderse de las tropas alemanas presentes en el país y mucho menos ayudar militarmente a Estados Unidos y Gran Bretaña. Esto sin duda supuso un problema para los representantes anglo-americanos, ya que que por un lado deseaban castigar de forma contundente a Italia, pero por otro no podían prescindir de sus fuerzas armadas para enfrentarse al Tercer Reich. Castellano que rápidamente se dio cuenta de las dudas de sus homólogos, de manera inteligente se los intentó llevar a su terreno entregándoles una serie de mapas y planos detallados con la ubicación de todas las divisiones alemanas e italianas desplegadas en Italia, Francia y los Balcanes. Aquello sin duda convenció a los Aliados de que debían ser más tolerantes con los italianos, por lo que entregaron a Castellano el “Armisticio Corto” con cláusulas mucho más suaves e incluso concluyeron la reunión con un brindis de whisky. También proporcionaron a la delegación italiana una radio de onda corta para comunicarse con el Alto Mando Aliado en Argelia, siendo la clave de contacto “Mono (Monkey)” y la respuesta “Llovizna (Drizzle)”.

Durante varios días Castellano y Montarani tuvieron que permanecer en Lisboa participando una una serie de actos diplomáticos con la delegación chilena como tapadera para no levantar las sospechas de los agentes alemanes. Mientras tanto, el Servicio de Información Militar (SIM) al mando del comandante Giacomo Carboni, envió en secreto a una segunda misión diplomática dirigida por el general Giacomo Zanussi y su traductor Galvano Lanza di Trabia para reforzar la seguridad en Lisboa. A este grupo le siguió un tercero encargado de desviar la atención de los espías alemanes que lideró el antiguo líder fascista Dino Grandi tomando una línea aérea de Roma a Sevilla y posteriormente a Oporto. Precisamente el envío de Grandi fue un acierto porque hizo creer a los alemanes que él era el encargado de la negociación, por lo que bajaron la guardia respecto a Castellano que pudo moverse con total libertad. Simultáneamente también el general Zanussi cosechó otro éxito importante al entablar diálogo con el general inglés Adrián De Wiart, de quién consiguió que fuese trasladado secretamente en avión hasta el Cuartel General Aliado de Argel en el Norte de África, convirtiéndose de este modo en el contacto más directo entre el territorio italiano y aliado.

Transcurridas más de 72 horas de viaje por España y Francia en tren, Castellano finalmente regresó a Roma el 27 de Agosto de 1943. Nada más llegar lo primero que hizo fue entregar al mariscal Pietro Badoglio y al general Raffaele Guariglia el documento del “Armisticio Corto” con las demandas de los Aliados. Sin embargo en cuanto el mariscal las leyó estuvo a punto de sufrir un ataque de ira al ver que exigían la entrega de todos los ejércitos de Tierra, Mar y Aire. Por si fuera poco únicamente disponían de 48 horas de plazo, exactamente hasta el 30 de Agosto, un período de tiempo insuficiente para preparar una defensa efectiva contra los alemanes y menos aún si se habían de rendir a los anglo-americanos. Tales demandas respondían a que los Aliados, al igual que sus enemigos alemanes, tampoco se fiaban de los italianos. Este rechazo de confianza hacia los italianos estaba más arraigado entre los británicos que no entre los norteamericanos, ya que estos últimos se mostraban más flexibles con Italia porque precisamente había muchos ítalo-americanos en el Ejército Estadounidense y la mayoría inmigrantes en América (muchos de tendencia fascista) habían votado por el Presidente Franklin Delano Roosevelt del Partido Demócrata. Ante este negro panorama la única baza que le quedó a Badoglio fue apostar porque Estados Unidos mediase ante Gran Bretaña un armisticio más suave al mismo tiempo que él en persona presentaría a Italia como un país arrepentido y dispuesto a cambiar de bando luchando contra los alemanes.

Hubo dos reuniones entre el Estado Mayo del Ejército Real Italiano para discutir sobre la paz. La primera celebrada en Viminale el 28 de Agosto entre Pietro Badoglio, Victorio Ambrosio, Giuseppe Castellano, Raffaele Guariglia y Giacomo Carboni no se llegó a nada en claro debido el desacuerdo imperante, salvo aprobarse el traslado a Benito Mussolini hacia la Fortaleza del Gran Sasso en los Apeninos donde pensaban que estaría mucho más protegido (y que demostró su equivocación porque los alemanes descubrieron su paradero y urdieron un plan para liberarle). No obstante durante la segunda reunión del 29 de Agosto en Quirinal el mismo Rey Víctor Manuel III intervino personalmente e incitó a redactar una resolución cuanto antes que terminó con la aprobación de un viaje diplomático de Castellano y Montarani a la Sicilia ocupada por los Aliados con la finalidad de ganar tiempo.

Coincidiendo con la fecha límite dada por los Aliados el 30 de Agosto de 1943, Castellano y Montarani volaron en un bombardero militar Savoia Marchetti desde Guidonia a Sicilia. Tras aterrizar en el Aeródromo de Termini Imerese, fueron recibidos por el general Kenneth Strong que les acompañó en un jeep del modelo Willy hasta un campamento militar improvisado sobre un campo de olivares en Cassibile. Una vez en la sala de mandos, los dos italianos se encontraron con el general norteamericano Walter Bedell Smith y para su asombro con su compañero Giacomo Zanussi, al que los británicos habían traído desde Argelia. Sorprendido por ver a su amigo, Castellano exclamó: “¿y tú qué haces aquí?”, a lo que Zanussi respondió acerca de la existencia de una segunda misión diplomática que en Roma le habían ocultado por motivos de seguridad. Resueltas las dudas, italianos y estadounidenses pasaron a negociar haciendo especial hincapié el general Bedell Smith en que las cláusulas abusivas del “Armisticio Corto” únicamente eran de cara la opinión pública aliada, ya que el Gobierno de Estados Unidos prometió que si Italia combatía contra los alemanes, el texto quedaría automáticamente invalidado y no se castigaría al pueblo italiano. Incluso aseguró que el estatus del Imperio Italiano en las colonias de África sobre Libia, Eritrea y Somalia sería respetado. Además los norteamericanos garantizaron ayuda militar al Ejército Real Italiano en su lucha contra los alemanes, trasladando a una división de paracaidistas a Roma y desembarcando al resto de efectivos en Salerno. Con estas palabras de calma terminó una reunión que dejó satisfechas a todas las partes, por lo que Castellano, Montarani y Zanussi, mucho más tranquilos, regresaron en su avión a Roma.

Sobre las 19:00 horas del 31 de Agosto los representantes Zanussi, Castellano y Montarani aterrizaron en el Aeropuerto de Campino en Roma para transmitir las buenas noticias al Gobierno. Por desgracia no pudieron reunirse directamente con Badoglio porque el mariscal se había marchado a dormir dando órdenes de no despertarle (algo sorprendente ante la crisis que estaba sufriendo el país). Así pues se tuvo que esperar hasta el día siguiente, 1 de Septiembre, para que Castellano mostrase las condiciones de los Aliados en una audiencia celebrada en Viminal con el propio Badoglio, Victorio Ambrosio, Pietro Acquarone, Raffaele Guariglia y Giacomo Carboni. Sorprendentemente la exposición sentó como un jarro de agua fría para los mandos italianos, quienes a pesar de sentirse satisfechos con las promesas de los Aliados, supieron desde el primer momento que estaban perdidos porque al producirse el desembarco tan al sur en Salerno, dejarían a Roma completamente expuesta a un ataque alemán que terminaría ocupando la capital. Fue a partir de entonces cuando a sabiendas de que Italia no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir, los líderes italianos cobardemente, se centraron únicamente en ganar tiempo con los Aliados para preparar su huida al extranjero sin importarles la vida de su propia gente y abandonando el país a la suerte de los invasores alemanes, estadounidenses y británicos.

Tanto Castellano como Montarani regresaron a Cassibile en Sicilia para reunirse con el comandante del Teatro de Operaciones del Mediterráneo, el general británico Harold Alexander. La visita que transcurrió en el recinto militar de Fairfield Camp empezó cuando Alexander preguntó a Castellano si disponía de la copia con la autorización de la rendición, algo a lo que el italiano le respondió negativamente explicando que había venido sin plenos poderes únicamente para exponerles la nueva situación. Repentinamente Alexander montó en cólera al escuchar la contestación, llegando incluso a amenazar a Castellano con que la aviación aliada arrasaría Roma si no se rendían en menos de 24 horas. Por suerte y justo antes de que se rompiesen las relaciones entre ambos bandos, apareció el comandante en jefe de las Fuerzas Expedicionarias en Europa, el general estadounidense David Dwith Eisenohower, quién calmó a los dos militares. Una vez relajada la tensión, el norteamericano amplió el plazo a 48 horas y así se lo hizo comunicar al Rey Víctor Manuel III y al mariscal Badoglio que terminaron aceptando la propuesta. De este modo fue a las 17:15 horas del 3 de Septiembre de 1943, cuando el general Giuseppe Castellano, firmando un acta en nombre del Rey y de todo el Reino de Italia, selló secretamente la paz en Cassibile con los Aliados.

General Giuseppe Castellano, encargado de llevar las negociaciones en persona con los Aliados.

Alrededor de las 4:30 horas de la madrugada del 3 de Septiembre de 1943, los Aliados pusieron en marcha la “Operación Baytown” mediante un desembarco del Ejército Británico en Calabria, justo el puerto del estrecho que separaba la Italia Meridional de Sicilia. A pesar de que esta campaña no fue un preludio de la invasión de Italia, sino únicamente una acción para limpiar la costa italiana desde donde se bombardeaba con artillería a las tropas anglo-americanas en Sicilia, tanto los alemanes como los Aliados descubrieron la pasividad de unos soldados italianos que apenas ofrecieron resistencia. Precisamente fue esta la actitud la que llevó al Primer Ministro Winston Churchill de Inglaterra a decantarse por la apertura de un segundo frente en Italia, denominada la “panza del cocodrilo” por su aparente debilidad, y no en Francia como estaba previsto desde un principio y que el Presidente Franklin Roosevelt de Estados Unidos había defendido hasta la fecha. Curiosamente si ambos líderes hubiesen conocido las verdaderas intenciones italianas y el sentimiento de cobardía imperante en Roma, jamás se les hubiera ocurrido priorizar la invasión de Italia antes que la Francia.

Según los anglo-estadounidenses el plan mediante el cual Italia traicionaría al Tercer Reich (oficialmente todavía eran aliados porque el Armisticio de Cassibile se había firmando en secreto) estaba marchando bien porque supuestamente los italianos atacarían a los alemanes justo en el momento en que por radio fuesen a anunciar la capitulación oficial. Sin embargo cometieron una serie de errores fatales como devolver a Castellano a Roma en una fecha tan tardía como el 5 de Septiembre, tiempo insuficiente para preparar la defensa de la capital. Por si fuera poco los Aliados no revelaron el día del desembarco, por lo que los italianos interpretaron que sería el 12 Septiembre (cuando realmente iba a ser el 9). Tampoco existían muchos ánimos por combatir a los alemanes, por lo que únicamente tomaron una medida de seguridad bautizada como “Memoria 44 O. P.”, la cual consistía en una evacuación de emergencia a gran escala, combatiendo si fuera preciso, hacia el sur de Italia en caso de las fuerzas de tierra o hacia la Isla de Malta en el caso de la Marina Real Italiana. No obstante lo más sorprendente fue que en “Memoria 44 O.P. ni siquiera se especificó quién era el enemigo, por lo que muchos oficiales dudarían si se iban a enfrentar a los alemanes o a los Aliados.

Preparando la “Batalla de Roma”

Max Taylor, general de la 82ª División Aerotransportada de los Estados Unidos y jefe de los paracaidistas encargados de saltar sobre Italia, solicitó al Ejército Real Italiano visitar Roma para realizar una inspección del lugar en el que sus hombres supuestamente tenían que ser lanzados. Autorizada su petición, Taylor junto al coronel Tudor Gardiner, viajaron vestidos de paisano en una lancha motora de la Flota Estadounidense (US Navy) que los trasbordó a la corbeta italiana Ibis cerca de la costa del Lazio el 7 de Septiembre de 1943. Bajo el más absoluto secreto, el navío italiano los desembarcó en el puerto de Gaeta, donde uniformados con guerreras algo sucias del Ejército Estadounidense, se hicieron pasar por prisioneros de guerra, llegando incluso los soldados italianos a propinarles teatralmente varios empujones para que los alemanes que pasaban por la zona se creyesen que la escena era verídica. Conseguido el efecto buscado entre los germanos, los norteamericanos subieron a un coche descapotable que a través de la Vía Appia los transportó a un vado del camino para a continuación ser montados en una ambulancia con la intención de hacerse pasar por enfermos. Así llegaron los dos estadounidenses a Roma entrando por la Vía XX Settembre y circulando por el Quirinal como si estuvieran haciendo una visita turística en una capital repleta de tropas alemanas. Por fin a las 21:000 Taylor y Gardiner fueron alojados en el Palazzo Caprara, donde los anfitriones les ofrecieron una espectacular cena compuesta por consomé, chuletas de ternera con guarnición, fruta fresca, crêpes suzette, vino, etcétera. Degustado el banquete, un impaciente Taylor solicitó al presente general Luigi Marchesi hablar con Victorio Ambrosio cuanto antes porque faltaban menos de 24 horas para que 150 aviones lanzasen 2.000 paracaidistas sobre Roma. Sin embargo Marchesi le explicó que Ambrosio se encontraba en aquellos instantes ayudando a su mujer a llevarse los muebles desde la ciudad hacia su casa de campo. Alucinados por la contestación y la incompetencia cobarde de los mandos italianos, Taylor y Gardiner exclamaron ver cuanto antes a Badoglio, a lo que Marchesi respondió que no podía ser porque estaba durmiendo. Fue entonces cuando Taylor a punto de estallar de ira reveló a los italianos que el desembarco aliado iba a efectuarse en las siguientes 24 horas y que por tanto era preciso ver el mariscal. La reprimenda surgió efecto porque de repente a los italianos les entraron las prisas y despertaron a Badoglio, quién recibió a los estadounidenses en su chalé ataviado con bata y pijama. Brevemente Taylor expuso la situación al mariscal y le incitó a que de inmediato preparase la defensa de Roma y le permitiese visitar los aeródromos para efectuar el salto con paracaídas. Sin embargo Badoglio les mintió al decir que tal cosa no sería posible porque todos los aeropuertos estaban ocupados por los alemanes, así como las baterías antiaéreas y las 17.500 toneladas de combustible ubicadas en los depósitos de Mezzocamino y Valleranello. Por supuesto ni Taylor ni Gardiner se creyeron las mentiras de Badoglio porque a sabiendas ya de que los italianos no tenían ninguna intención de defender su patria, los dos estadounidenses abandonaron Italia sintiéndose estafados y en parte traicionados.

Inútil era la defensa de Roma planteada por el Ejército Real Italiano. De hecho únicamente seis divisiones iban a participar en la batalla por la capital desplegadas de la siguiente manera: la División de Infantería Motorizada “Piave” cortando la Vía Cassia, la División de Infantería “Re” bloqueando la Vía Appia, la División “Granatieri di Sardegna” protegiendo la Vía Cassilina, la División Blindada “Centauro” guardando la Vía Tiburtina, la División de Infantería “Piacenza” ubicada en reserva sobre Vía Ostiense, la División de Infantería “Lupi de Toscana” localizada en Ladispoli y la División Blindada “Ariete” estacionada en el Lago de Bracciano.

Ejército Real Italiano:
-División de Infantería Motorizada “Piave”
-División de Infantería “Re”
-División de Granaderos “Cerdeña”
-División Blindada “Centauro”
-División de Infantería “Piacenza”
-División de Infantería “Lupi de Toscana”
-División Blindada “Ariete”

Mucho más efectivo fue el plan de desarme que había proyectado el Grupo de Ejércitos C al mando del mariscal Albrecht Kesselring alrededor de Roma. Precisamente y según interpretaron acertadamente los alemanes, únicamente bastarían dos grandes fuerzas para aplastar la resistencia italiana que se distribuyeron de la siguiente manera: la 2ª División Panzer del general Vollrath Lübbe al sur sobre Practica di Mare y la 3ª División Panzer del general Franz Westohoven al norte sobre a Veciano.

Ejército Alemán:
-2ª División Panzer
-3ª División Panzer

Día del Armisticio

Sorprendentemente en una fecha tan cercana al Armisticio como el 8 de Septiembre de 1943, los italianos siguieron con su teatralidad respecto a los alemanes jugando a dos bandas incluso cuando ya ni siquiera era necesario. Por ejemplo aquella misma mañana el Rey Víctor Manuel III mantuvo una actitud cínica en una entrevista con el encargado de negocios alemán Rudof Rahn, a quién aseguró que la alianza entre Italia y el Tercer Reich era irrompible.

Oficialmente a las 18:30 horas de la tarde del 8 de Septiembre de 1943, la radió anunció al mundo mediante la voz del general Dwith Eisenhower, comandante en jefe de las Fuerzas Expedicionarias en Europa, que se acababa de producir el Armisticio entre los Aliados y el Reino de Italia a través de una capitulación incondicional. Curiosamente hasta este mismo instante Italia llevaba en la Segunda Guerra Mundial 1.184 días de conflicto y solamente 45 sin fascismo.

Transcurridos 40 minutos del mensaje oficial del Armisticio, ni el Gobierno en Roma ni el Ejército Real Italiano reaccionaron al comunicado porque increíblemente muchos no se enteraron. Únicamente los alemanes, quienes sí sabían como tenían que actuar, movilizaron sus fuerzas a las 19:10 horas poniendo en práctica el “Plan Eje”.

Bastante más retrasados de tiempo y sorprendidos por el comunicado del Armisticio que encontró a todos los italianos por sorpresa al pensar que tendría lugar el 9 de Septiembre y no el 8 como había sucedido, hizo cundir el pánico entre los mandos militares y el Gobierno en Roma. Por ejemplo el mismo mariscal Pietro Badoglio al borde de un ataque de pánico exclamó ante los generales “¡Estamos perdidos!”. Esto sin duda constituyó un grave error por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña al haber adelantado el Armisticio sin avisar previamente a los italianos, lo que les dejó sin una capacidad de respuesta efectiva ante cualquier ataque alemán. De hecho el mismo Rey Víctor Manuel III en persona convocó urgentemente un Consejo de la Corona y ordenó Badoglio que inmediatamente confirmase la noticia de rendición incondicional, algo que cumplió a las 19:45 horas de aquella tarde, anunciando por radio la capitulación del Reino de Italia a los Aliados.

Rudolf Rahn, el negociante alemán que aquella misma mañana del 8 de Septiembre había sido engañado por el Rey Víctor Manuel III tras haberle asegurado la lealtad del pueblo italiano, se entrevistó en el Palacio Chigi con el general Raffaele Guariglia, quién transmitió le la noticia de un modo muy poco diplomático: “Su visita es muy oportuna porque tengo que comunicarle algo muy importante. Tengo el honor de informarle que el Gobierno Italiano ha firmado un armisticio con los Aliados”. Sorprendido por la respuesta, Rahn protestó algo furioso e indignado: “¡Esto es traición!”. A lo que Guariglia contestó: “El pueblo italiano ha hecho todo lo posible en esta guerra y nadie puede insultarlo”. Algo que le hizo a Rahn replicar: “No estoy insultando al pueblo italiano, sino a los que han querido la capitulación del país, y le digo que esto pesará gravemente y por mucho tiempo sobre la Historia de Italia”. No le faltó razón.

Optimistas fueron el Rey Víctor Manuel III y el mariscal Pietro Badoglio al pensar que los Aliados se harían rápidamente con el control de la situación y los alemanes se retirarían al norte de Italia. Tan erróneamente convencidos estaban de ello que tras reunirse los dos en el Ministerio de la Guerra sin saber qué hacer, ambos se retiraron a dormir a las 22:00 horas. Esto último fue algo asombroso y fuera de todo lógica porque mientras el país se estaba derrumbando sus responsables se iban a la cama.

Bajo el nombre de “Operación Avalanche”, los Aliados iniciaron la invasión de Italia mediante un bombardeo de la Flota Estadounidense (US Navy) contra la costa de Salerno. Acto seguido las primeras barcazas desembarcaron a un grupo de tropas norteamericanas en la Isla de Capri, donde se produjo el primer contacto entre sus viejos rivales italianos que defendían la playa, quienes amablemente revelaron a los Aliados algunos secretos alemanes como documentos, instrumentos de submarinos experimentales, un nuevo tipo de torpedo teledirigido y un minisubmarino.

Aparentemente todo parecía estar marchando bien para los conspiradores italianos, hasta que entrada la noche y justo después de haberse marchado todos los líderes a dormir, repentinamente el Rey Víctor Manuel III fue urgentemente despertado. El asunto era grave porque según los últimos informes los alemanes se encontraban combatiendo a los soldados italianos en Roma y en otros distritos del país. Acto seguido todos los responsables políticos y militares fueron convocados para descubrir ante su asombro que el Ejército Alemán no estaba huyendo hacia el norte como habían previsto, sino que estaba invadiendo Italia. Ante el pánico generado, el Gobierno en masa se disolvió y los mandos del Ejército Real Italiano fueron presas del miedo. Tanto estupor causó la reacción alemana que a las 23:30 horas todos los Ministerios en Roma fueron evacuados y prácticamente la inmensa mayoría de los líderes iniciaron la fuga.

Roma fue el área principal de operaciones bélicas entre las tropas alemanas e italianas durante noche del 8 al 9 de Septiembre de 1943. Los tiroteos más intensos se produjeron alrededor de la Vía Magliana y en el 8º kilómetro de la Vía Ostiense tras un asalto de soldados alemanes a la División de Granaderos “Cerdeña”. Simultáneamente dentro del centro de la misma capital las dotaciones italianas de la artillería antiaérea resistieron los ataques enemigos hasta que fueron neutralizadas por unidades paracaidistas alemanas que saltaron sobre la ciudad.

Menos intensos fueron los combates en otras partes de Italia aquella noche. Por ejemplo el Grupo de Ejércitos B del mariscal Erwin Rommel llevó a cabo una brillante campaña desarmando al Ejército Real Italiano en el Paso del Brénnero y los Apeninos. Más al sur, por debajo de Salerno, el X Ejército del general Heinrich Von Vietinghoff simplemente se retiró algo más al norte debido a que no hizo falta desarmar a ningún soldado italiano, ya que la mayoría se rindió en masa a las tropas anglo-americanas.

Sigilosamente, a las 4:30 horas de la madrugada, todos los conspiradores italianos entre los que estuvieron el Rey Víctor Manuel III, la Reina Elena, el heredero Príncipe Umberto de Saboya, el mariscal Pietro Badoglio y el Duque Pietro Acquarone, acompañados por una doncella de la familia real y el ayudante de campo, abandonaron el Ministerio de la Guerra en varios coches con matrícula diplomática que variaron desde el modelo Alfa Romeo hasta el Fiat. Los fugitivos primero tomaron Vía Nazionale desembocando en la Plaza dell’ Estedra, para luego continuar por Castro Pretorio a través de Vía Gaeta hasta salir de Roma por San Lorenzo en dirección a Vía Tiburtina. Aunque originalmente el plan era dirigirse a los puertos de Gaeta o Civitavecchia en el Mar Mediterráneo, ambos fueron descartados ante la proximidad de las tropas alemanas, por lo que optaron por dirigirse hacia Pescara en el Mar Adriático. Durante el trayecto tuvieron que esquivar los controles alemanes, consiguiendo entrar en una zona más segura a las 9:00 horas de la mañana cuando alcanzaron el Palazzo Mezzanotte en Chieti. Una vez la comitiva llegó a la región de los Abruzzos, la familia real decidió pararse a descansar en un hotel de la ciudad de Brecciarola situado en el Castillo de Crecchio. Curiosamente el nieto pequeño de la dueña, nada más ver entrar a toda la Dinastía Saboya con el Príncipe Umberto a la cabeza, fue corriendo a buscar a su abuela gritando “¡abuela, abuela, está aquí el príncipe!”. Como era lógico la dueña pensó que el niño estaba jugando, hasta que al bajar a la primera planta no salió de su asombro. Inmediatamente hospedó encantada y con orgullo a la familia real, sin duda unos clientes que jamás hubiese imaginado. Así fue como una vez más en menos de 24 horas, los principales responsables políticos y militares de Italia se marcharon a dormir en medio de una de las mayores crisis nacionales.

Ninguna explicación ofrecieron el Gobierno de Roma a su pueblo o el Estado Mayor a las fuerzas armadas sobre lo que estaba ocurriendo porque sus representantes prefirieron escapar abandonando a sus ciudadanos a merced de los invasores alemanes y anglo-americanos que compitieron entre sí por ver quién capturaba más italianos. Un ejemplo de la cobardía imperante fue del general Mario Roatta, comandante en jefe provisional del Ejército Real Italiano, que desertó de su puesto y emprendió la fuga. Este pánico generalizado llevó a que absolutamente nadie interpretara correctamente el informe “Memoria 44 O. P”, por lo que la mayor parte de las tropas italianas (ansiosas por salir del conflicto, pero tampoco con ningún deseo de luchar contra los alemanes porque durante más tres años habían sido sus compañeros y en buena medida amigos), optaron por rendirse sin ofrecer resistencia.

Similar confusión a la de los italianos tuvo lugar en Roma para los alemanes que en cuestión de horas se encontraron combatiendo contra quienes habían sido sus aliados hasta ese momento. Por ejemplo el representante alemán Rudolf Rahn que encabezaba la sede diplomática de Villa Wolkonsi, tuvo apresuradamente que quemar todos los documentos secretos, expedientes de oficio y material comprometido (además de resolver asuntos privados como la rescisión del contrato de un apartamento, la venta de su coche y la cancelación de contratos bancarios), antes de tomar junto a su séquito un tren hacia Terni que los llevó hasta Verona. Una vez allí se encontró con militares alemanes que le explicaron que dentro de un par de horas Roma volvería a ser segura, por lo que tras contactar personalmente con Hitler desde Berlín, el Führer le obligó a regresar a la capital italiana convertido en su nuevo embajador (haciendo referencia al futuro gobierno satélite con antiguos fascistas que las tropas alemanes tenían pensado reinstaurar).

Mientras tanto los combates en torno a Roma prosiguieron con cierta intensidad. Por ejemplo la División Blindada “Ariete” repeló un ataque alemán entre Cassia y Monterosi; al mismo tiempo que la División de Infantería “Piave” forzó a un batallón alemán a rendirse entre Monterotondo y Mentana (aunque horas más tarde sería liberada por un contraataque de la Wehrmacht). Sin embargo y a pesar de algunos choques heroicos, la escasa coordinación de las fuerzas armadas italianas al no haber sido prevenidas por sus líderes políticos, favoreció que con la entrada en acción de los tanques Panzer alemanes, los italianos fueran arrollados en todos los sectores de la capital.

Fuera de Italia, concretamente en los países donde el Ejército Real Italiano ejercía una ocupación, las guarniciones se rindieron apenas sin registrarse incidentes armados. Por ejemplo en los Balcanes (Croacia, Eslovenia, Montenegro y Albania), las tropas italianas depusieron las armas formalmente ante el Ejército Croata y pequeñas formaciones del Ejército Alemán. De forma similar sucedió en Grecia y Creta, así como en los territorios de Niza y Saboya sobre Francia. También en la colonia italiana de Tientsin en China (país que por aquel entonces estaba invadido por Japón), los soldados del Ejército Imperial Japonés entraron en la concesión y capturaron pacíficamente a toda la guarnición militar.

Respecto al exterior, únicamente se produjeron enfrentamientos armados de considerable envergadura en tres sitios: la Isla de Córcega en Francia, así como la Isla de Cefalonia y las Islas del Dodecaneso en Grecia. En el caso de Córcega, los italianos se enfrentaron a los alemanes y compatriotas fascistas hasta que un desembarco aliado consiguió expulsar al Eje de la isla. Menos suerte tuvieron en el Dodecaneso y Cefalonia porque los alemanes terminaron ocupando todos los archipiélagos, viéndose obligados los italianos del primero a ser evacuados desde el mar por los Aliados y los del segundo a rendirse a las tropas germanas que como represalia mataron a 5.000 prisioneros en lo que se conoció como la “Matanza de Cefalonia”.

Hundimiento del “Roma”

La Marina Real Italiana (Reggia Marina) al mando del almirante Carlo Bergamini, a diferencia del resto de las fuerzas armadas, no se tomó con mucha alegría el Armisticio porque la mayor parte de sus marineros habían esperado con impaciencia una última batalla suicida contra la Flota Aliada en la que seguramente morirían pero que de forma romántica serían recordados como héroes en la Historia de Italia. Por eso mismo cuando recibieron la noticia de la rendición de su patria y la entrega de todos los navíos a los Aliados en Malta, la desilusión entre la marinería fue insoportable, lo generó que muchos se negaran y otros tantos optaran por hundir sus propios buques. Sin embargo el Ministro de Marina, almirante Raffaele De Courten, quién ya había previsto posibles amotinamientos, consiguió convencer a las tripulaciones que los barcos solamente serían internados de manera provisional y devueltos a Italia al final de la guerra. Así lo transmitió mediante este mensaje radiado: “Marineros de la flota italiana y de la marina mercante italiana. Vuestro país ha cesado o va a cesar las hostilidades contra las Naciones Unidas. Las fuerzas armadas alemanas son ya abiertamente hostiles al pueblo italiano al que tantas veces han traicionado, tienen intención de apoderarse de vuestras naves, que urgentemente han de colaborar al transporte de víveres a Italia, y vuestros barcos de guerra deben proteger ese transporte contra los ataques alemanes. Por esto, guardaos de hundir vosotros mismos los barcos y permitid que sean capturados. Naves en el Mediterráneo zarpad hacia África Septentrional y Gibraltar, Trípoli, Malta, Haifa, Alejandría o Sicilia, para esperar el éxito final. Naves que se hallan en el Mar Negro, zarpad hacia los puertos rusos. En caso de que os falte carbón, aceite o combustible, llegad a puertos neutrales. Si encontráis fuerzas de las Naciones Unidas, señalad vuestra identidad de la manera siguiente: izad en el palo mayor una bandera negra o azul oscuro, y mostrad sobre cubierta grandes círculos como identificación para los aeroplanos. Si encontráis de noche naves oscurecidas, encended en vuestros fanales luces más débiles de lo usual y señalad según las disposiciones que las fuerzas de las Naciones Unidas os comunicarán”.

Al amanecer del 9 de Septiembre de 1943, la Marina Real Italiana zarpó de los puertos de Génova y La Spezia de la siguiente manera: la 9ª División de Acorazados “Corazzate” con los tres acorazados Roma, Italia (ex-Littorio) y el Vittorio Véneto; la 8ª División de Cruceros “Incrociatori” con los seis cruceros Garibaldi, Duca d’Aosta, Duca degli Abruzzi, Montecuccoli, Eugenio di Savoia y Attilio Regolo; y la XIV Escuadra Naval con los seis destructores Legionario, Oriani, Artigliere, Grecale, Antonio da Noli y Vivaldi. Estos buques que sumaban las 15 unidades (3 acorazados, 6 cruceros y 6 destructores) navegaron con las banderas negras enarboladas en el palo mayor y con grandes círculos dibujados sobre cubierta para facilitar la identificación aérea.

Simultáneamente la Fuerza Aérea Alemana (Luftwaffe) recibió órdenes de impedir que los buques de la Marina Real Italiana alcanzasen los puertos bajo control de los Aliados. De ello se encargó la 2ª Flota Aérea (Luftlotte 2) del general Wolfram Freiherr Von Richthofen que desde el amanecer mantenía vuelos de reconocimiento sobre la escuadra italiana. De hecho tal fue la determinación germana en hundir a los buques de sus antiguos compañeros de armas que Richthofen llegó a decir: “Los barcos de guerra italianos que abandonen sus bases o intenten pasarse al enemigo deben ser obligados a regresar a puerto o ser destruidos”.

Sin incidentes, la Marina Real Italiana navegó pasando junto a la Isla de Asinara y puso rumbo hacia el Estuario de la Maddalena que separaba Córcega de Cerdeña. Sin embargo una vez en el estrecho, los alemanes que acababan de invadir la Isla de la Maddalena y desarmar a la guarnición italiana, bloquearon el paso a los buques italianos, lo que obligó al almirante Carlo Bergamini a desviar la agrupación naval tomando el sector central de las Bocas de Bonifacio para alcanzar los puertos la La Valetta en Malta o Bona en Argelia. Durante esta nueva ruta que los barcos realizaron a 27 nudos en zigzag, recibieron la visita de bombarderos Dornier Do 217 alemanes, de los cuales uno fue derribado por las baterías antiaéreas de los acorazados sin registrarse ningún otro incidente. Poco después los buques italianos dispararon a conciencia contra un avión de reconocimiento británico que milagrosamente escapó del fuego antiaéreo cuando sobrevolaba la flota. Esta gran presencia de aviones hostiles sobre los italianos, llevó a los mandos militares a solicitar escolta aérea para sus buques, por lo que inmediatamente despegaron cuatro cazas Macchi MC.202 Folgore del Aeropuerto de Olbia-Venafiorita en Cerdeña, cuyos pilotos por culpa de un error en las transmisiones, se perdieron y no encontraron a su escuadra, privándola por tanto de la tan necesitada protección.

Inesperadamente a las 15:15 horas de la tarde del 9 de Septiembre de 1943, un total de 12 bombarderos Dornier Do 217 alemanes del 100º Escuadrón (Kampfgeschwader 100) procedentes del Aeródromo de Istres en Francia, localizaron desde 6.000 metros de altitud a la Marina Real Italiana. Sin dudarlo ni un instante y a pesar de que las piezas de artillería antiaéreas fijadas para una elevación de 75º grados causaron problemas a los aparatos germanos, los Dornier Do 217 arrojaron sus cargas de bombas sobre las 15:30 horas sin mucho éxito porque una impactó a 75 metros del crucero Eugenio di Savoia y otra acertó en el acorazado Italia rompiéndole el timón (aunque continuó navegando gracias al auxiliar).

Hundimiento del acorazado Roma como represalia alemana ante la traición de Italia.

El acorazado Roma fue atacado a las 15:37 horas, cuando dos de los bombarderos Dornier Do 217 del 100 Escuadrón (Kampfgeschwader 100) lo seleccionaron como su objetivo. Así fue como el aparato del piloto Bernard Jope disparó contra el buque a 5.000 metros de altitud una bomba experimental Ruhrstahl SD 1400 X (Fritz X) que teleguiada por radiocontrol impactó en el acorazado atravesando el casco y explosionó bajo la quilla donde averió dos hélices e inundó la sala de calderas reduciendo la velocidad del Roma a 16 nudos y matando a 100 marineros. Acto seguido el avión del piloto Kurt Steinborn arrojó una segunda Fritz X radioguiada por el técnico Eugen Degan, quién consiguió acertar sobre el Roma cercenando la torreta de 381 milímetros y detonando en la santabárbara, lo que generó una gigantesca nube de humo de 800 metros. Herido de muerte el navío, la tripulación dirigida por el teniente Incisa de la Rochetta (único oficial superviviente) intentó escapar de aquel infierno saltando al agua o sujeta a los salvavidas flotantes mientras la 8ª División de Cruceros del almirante Luigi Banchieri acudía en su socorro. Desgraciadamente apenas hubo tiempo de nada porque el buque se escoró de estribor, luego volcó y una vez invertido se partió en dos hasta que a las 16:11 horas de la tarde el acorazado italiano Roma se hundió bajo las aguas, perdiendo la vida 1.445 marineros (incluyendo el almirante Carlo Berganimi).

Tampoco a otros navíos a diferencia del Roma las cosas les fueron mejor como por ejemplo les sucedió a los destructores Antonio da Noli y Vivaldi durante un combate junto a la Isla de la Maddalena contra patrulleras y lanchas torpederas alemanas. En el caso del destructor Antonio da Noli un cañón costero emplazado en territorio insular le impactó con dos proyectiles y le obligó a retroceder antes de colisionar con una mina y hundirse con 182 marineros que perdieron la vida (aunque 38 fueron rescatados por el submarino británico HMS Sportsman). Respecto al destructor Vivaldi las baterías costeras alemanas le alcanzaron y le dejaron ingobernable, por lo que fue hundido por su propia tripulación que sería recogida por un hidroavión alemán (el cual fue ametrallado por un caza estadounidense y derribado, cosa que forzó a los marineros supervivientes a ser evacuados una segunda vez gracias a la llegada de una patrullera alemana).

Fallecido el almirante Carlo Bergamini, el otro almirante Romeo Oliva tomó el mando de la Marina Real Italiana, eligiendo al crucero Eugenio di Saboya como buque insignia. Por suerte los italianos no fueron molestados más porque los acorazados británicos HMS Valiant y HMS Warpsite aparecieron en el momento oportuno para escoltarles hasta Malta. Precisamente en dicha isla se refugió poco después la 5ª División Naval al mando del almirante Alberto Da Zara procedente de Tarento con los dos acorazados Duilio y Andrea Doria; los tres cruceros Scipione l’Africano, Pompeo Magno y Cardona; y el destructor Da Recco. Algo más tarde también atracaron en el puerto de La Valetta el acorazado Giulio Césare y el portahidroaviones Miraglia.

Otros barcos prefirieron hundirse antes que entregarse a los Aliados. Por ejemplo en la Isla de Mallorca, territorio de la neutral España, los destructores Pegaso e Impetuoso fueron abandonados por la tripulación y hundidos a la salida de la Bahía de Palma. Lo mismo sucedió en China con los tres cruceros Conte Verde, Lepanto y Carlotto que se encontraban anclados en el puerto de Shangai, antes de que fuesen dinamitados por sus propios marineros y destruidos para evitar que cayesen en manos los japoneses.

Bastante menos común fue que los buques optaran por ser internados en países neutrales como España. Así lo hizo el crucero ligero Attilio Regolo y la lancha torpedera MZ 780 que se entregaron a las autoridades españolas en la Isla de Menorca, concretamente en el puerto de Mahón, donde fueron internados los 600 supervivientes del acorazado Roma (13 morirían por las heridas en el Hospital Isla del Rey). También un total de 7 hidroaviones (seis del modelo RO.43 y un RO.44 catapultado del Roma) amerizaron en el puerto de Pollença de la Isla de Mallorca antes de ser requisados por militares españoles.

Completada la evacuación de la Marina Real Italiana, un total de 108 buques se rindieron a los Aliados entre los que hubo 5 acorazados, 8 cruceros, 33 destructores, 39 submarinos, 20 torpederos y 3 dragaminas. Al mismo tiempo otros 30 navíos se entregaron al Eje sumando un total de 1 portaaviones, 2 acorazados, 2 cruceros, 19 submarinos, 2 corbetas y 4 torpederos. Únicamente se perdieron por hundimientos 3 buques entre 1 acorazado (Roma) y 2 destructores (Antonio da Noli y Vivaldi).

Huída de los Saboya

Al mismo tiempo que la tragedia se extendía por todas partes de Italia, la Dinastía de los Saboya y el mariscal Pietro Badoglio permanecieron en el Castillo de Crecchio durmiendo la siesta, fumando puros y bebiendo café. Tuvieron que esperar hasta las 23:00 horas de la noche para abandonar su cómoda estancia cuando se les infirmó que la corbeta Bayoneta vendría a evacuarles al caer la noche. Así fue como el Rey Víctor Manuel III se deshizo de sus uniformes reales y condecoraciones con la finalidad de no llamar la atención, para junto a su familia y Badoglio, abandonar el Castillo Crecchio y marchar a la ciudad de Pescara, donde la corbeta Bayoneta les esperaba amarrada en los muelles de Ortona al Mare. Primeramente embarcó la Dinastía Saboya que hizo transbordo en los pesqueros Littorio y Nicolina antes de ascender por la rampa hacia la corbeta Bayoneta. Sin embargo en el muelle se produjo una pelea a raíz de una infantil discusión por ver quién subía primero, lo que terminó en empujones y abalanzamientos al borde del agua ante la desesperación por salir de allí con vida. Aquel lamentable espectáculo que finalmente acabó después de que se les informarse que la corbeta Scimitarra vendría a recogerles por la mañana, constituyó el último acto de poca dignidad que les quedaba a los representantes políticos y militares de Italia.

Sorprendentemente cuando amaneció el 10 de Septiembre de 1943, la actitud cobarde de los mandos italianos en Pescara prosiguió a límites inimaginables porque cuando la corbeta Scimitarra apareció en Pescara para evacuarlos, no encontró a nadie debido a que la mayoría se habían despojado de sus uniformes para ocultarse entre la población civil. Mientras tanto en la corbeta Bayoneta que seguía navegando sobre el Mar Adriático, el Rey Víctor Manuel III se encontró en el buque al jefe de Estado Mayor, Mario Roatta, quién vestido de paisano, lloraba de vergüenza en un esquina al haber escapado de Roma abandonando a las fuerzas armadas. Con este último ejemplo quedó demostrado que jamás en la Historia de Italia sus representantes cayeron tan bajo demostrando una humillación semejante ante su pueblo.

Alrededor del mediodía de aquel 10 de Septiembre de 1943, las tropas del Ejército Real Italiano al mando del general Nicola Belloma consiguieron expulsar a los alemanes tras cruentos combates de las ciudades costeras de Bari y Brindisi al sur de la Península Italiana. A sabiendas de que los dos puertos eran seguros, el Rey Víctor Manuel III ordenó a la corbeta Bayoneta poner rumbo a Brindisi, donde desembarcó al cabo de unas horas siendo recibido el monarca como un héroe por sus ciudadanos. Una vez consolidada la posición gracias a que los Aliados se aproximaban desde más al sur, el Gobierno Italiano decidió establecer en Brindisi su cuartel general con la finalidad de utilizarlo como base para la posterior reconquista de Italia.

La “Batalla de Roma” continuó aquel 10 de Septiembre registrándose cada vez menos resistencia por parte del Ejército Real Italiano que casi en su totalidad había sido aniquilado. Únicamente hubo una última resistencia feroz en Porta San Paolo que se prolongaría varias horas hasta la completa rendición de la guarnición. Así fue como el 11 de Septiembre, Roma, la vieja y antiguamente gloriosa capital del Imperio Romano, cayó en manos del Tercer Reich, lo que puso fin a la costosa y larga odisea del Armisticio.

Consecuencias

Oficialmente el 11 de Septiembre de 1943, Italia pasó a estar ocupada por dos potencias extranjeras: el Tercer Reich al norte y los Aliados al sur. Muy posiblemente aquella humillación fue el mayor desastre de todos los cosechados por el Reino de Italia hasta la fecha en la Segunda Guerra Mundial. La razón de ello fueron los 45 días de Gobierno del mariscal Pietro Badoglio y sus políticos, quienes pensando más bien en sus propios intereses jugando a dos bandas, abandonaron al pueblo italiano a su suerte y lo condenaron a vivir un auténtico infierno.

A la catástrofe política, militar y social, se añadió que Italia se dividió en dos mitades tras la liberación de Benito Mussolini del Gran Sasso por parte de comandos alemanes liderados por Otto Skorzeny, algo que tras el fracaso del Armisticio, significó la reinstauración del facismo y el estallido de la Guerra Civil Italiana. Este conflicto que se libró durante 600 días desde 1943 hasta 1945 entre la República Social Italiana (República de Saló) apoyada por el Eje; contra la otra Italia Cobeligerante a la cabeza del Rey Víctor Manuel III que apoyaban los Aliados; generó una contienda entre hermanos (fascistas contra monárquicos y partisanos comunistas) que devastó completamente la nación, destruyó las ciudades, hundió la industria y dejó 200.000 compatriotas muertos entre los caídos en batalla y los asesinados en matanzas.

Otro de los aspectos de la tragedia italiana fue el reparto territorial de muchos de sus dominios en favor de las potencias del Eje que como compensación por la traición terminaron por anexionarse. Por ejemplo Alemania se incorporó los Alpes Cárnicos, Trento, el Alto Adiggio y la Carniola; mientras que Croacia los territorios de Bolzano, Dalmacia, Istria y Eslavonia. También en los Balcanes, la República de Albania obtuvo su independencia a cambio de alinearse con el Eje; al mismo tiempo que las Islas del Dodecaneso invadidas por los alemanes pasaron a depender del títere Estado Helénico. Simultáneamente en China, el Imperio Japonés cedió la colonia italiana de Tientsin al país satélite de la China Nacional Reorganizada. Incluso los Aliados llegaron a castigar a Italia cuando el Reino Unido comenzó a promover la independencia de la antigua colonia italiana de Libia para tenerla sujeta a los intereses de Londres.

División de Italia y situación del inicio de la Guerra Civil Italiana el 9 de Septiembre de 1943.

También fracasaron los Aliados en su intento por volver a Italia contra las potencias del Eje, básicamente por la casi nula comunicación entre los conspiradores y unos anglo-estadounidenses que prefirieron sacar beneficios de los vencidos antes que lanzarlos contra los alemanes. De hecho, fueron los germanos los únicos que sabían lo que tenían que hacer tras el anuncio del Armisticio, lo que les facilitó adelantarse a todos sus enemigos, desarmar a los italianos, invadir Roma y establecer una zona de ocupación que incluía a más del 65% del país. Esto significó que oficialmente Italia continuase en la contienda al lado del Eje por dos motivos: el geográfico y el militar. Respecto a la razón geográfica la República de Saló dominó mucho más de la mitad del territorio nacional desde Salerno hasta los Alpes en la Península Italiana, así como la propia capital de Roma y la Isla de Cerdeña; mientras que la Italia Coberligerante patrocinada por los Aliados únicamente dominó el sur de la bota y la Isla de Sicilia. Respecto al motivo militar el nuevo Ejército Republicano Fascista constituyó 500.000 efectivos frente a los reducidos 12.000 de la Italia Cobeligerante y aproximadamente unos 100.000 partisanos. Tales datos demostraron a los Aliados que se habían equivocado absolutamente al apoyar el Armisticio y así ocurrió porque durante los siguientes dos años, hasta la finalización de la Segunda Guerra Mundial en 1945, quedarían estancados en la Península Italiana sufriendo muchas más bajas que en cualquier otro escenario bélico. La “panza blanda del cocodrilo” como definió el Primer Ministro Winston Churchill a Italia resultó ser una “panza de acero”.

Curiosamente al terminar la Segunda Guerra Mundial y al mismo tiempo la Guerra Civil Italiana en Mayo de 1945, ninguno de los bandos enfrentados dentro de la propia Italia salió beneficiado. Primeramente los fascistas serían derrotados militarmente por la superioridad material de los Aliados contra el Eje, siendo Benito Mussolini ejecutado. Acto seguido los partisanos comunistas también fueron apartados del poder y desarmados por miedo a una revolución. Por último, todos aquellos monárquicos y militares que formaban parte de la lista de los “conspiradores del 9 de Septiembre”, incluyendo a la Dinastía Saboya, fueron derrocados por su traición y en 1946 obligados a marchar al exilio tras la instauración de la República de Italia que se estableció según unos principios democráticos, cristiano-católicos y liberal-capitalistas. Estos ejemplos fueron la respuesta del pueblo italiano al hartazgo de una clase política que los había llevado al desastre, lo que sin duda hizo convertir el recuerdo del Armisticio de 1943, en uno de los episodios más nefastos, cobardes y traicioneros de la Historia de Italia.

 

Bibliografía:

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