Armisticio Ítalo-Aliado

El Reino de Italia constituyó en Europa la pieza fundamental de la alianza con Alemania durante la Segunda Guerra Mundial desde 1940 a 1943, por lo menos hasta que las derrotas militares les fueron desfavorables a las armas latinas y el Rey Víctor Manuel III conspiró para derrocar al fascismo con la pretensión de sumarse al bando de los Aliados. Aquella traición de grandes proporciones derivaría en una de las mayores chapuzas de la Historia de la Diplomacia, pues el diabólico juego a dos cartas de los italianos, no sólo no impidió que salieran de la contienda, sino que encima su país se convirtió en un campo de batalla entre los alemanes y los anglo-estadounidenses, sin obviar con el sistema fascista regresó de la mano de Benito Mussolini y la sociedad se quebró en dos mitades para librar un sangriento conflicto conocido como la Guerra Civil Italiana.

Antecedentes

A mediados de 1943 la situación de la Italia Fascista era crítica porque ese mismo año había sido destruido el VIII Ejército Italiano durante la Batalla de Stalingrado, además de resultar aniquilado con posterioridad todo el I Ejército Italiano durante la campaña de Túnez en el Norte de África. A estos desastres hubo que añadir que la Isla de Sicilia fue invadida por los Aliados durante la «Operación Husky» y que encima las ciudades de la Península Italiana quedaron a merced de la aviación enemiga, cuyos aparatos lanzaron raids muy devastadores sobre Roma. Ante estos acontecimientos tan desfavorables para el Eje, el 24 de Julio el Gran Consejo Fascista obligó a dimitir a Benito Mussolini en calidad de «Duce», quién tras presentar su dimisión formal ante el Rey Víctor Manuel III, de repente fue arrestado dentro de una falsa ambulancia y llevado a bordo de la corbeta Persefone, la cual lo trasladó a la Isla de Ponza a la espera de una posible entrega a los Aliados.

Oficiales del Ejército Real Italianos en tiempos del Régimen Badogliano de Agosto de 1943.

Veinticuatro horas después de que el Rey Víctor tomara las riendas de la nación como Jefe del Estado, el 25 de Julio de 1943 disolvió el régimen fascista que llevaba en el poder desde 1922 y nombró un gabinete provisional al frente del mariscal Pietro Badoglio. El nuevo Jefe de Gobierno no dudó en dirigirse a la radio y en anunciar la caída tanto del fascismo como del propio Benito Mussolini, a los que hacía responsables de todas las decisiones equivocadas que hasta ese momento se habían tomado en el conflicto. Acto seguido masas de antifascistas salieron a celebrarlo sobre numerosas ciudades y pueblos del país, asaltando las sedes del Partido Nacional Fascista, rompiendo los bustos del Duce y echando abajo los «fasces» de paredes y fachadas públicas. A estos altercados siguieron las detenciones de muchos jefes y prefectos fascistas por parte de los Carabineros (Carabinieri), el destierro de 800 militares mussolinianos a teatros de operaciones fuera de la Península Italiana, e incluso algún asesinato político como el del aviador Ettore Mutti, quién en 1940 había batido el récord de protagonizar el raid aéreo a mayor distancia de la Historia. De la misma manera otros tuvieron bastante más suerte porque marcharon al exilio, como por ejemplo Dino Grandi; o buscaron la protección de Alemania, España o Portugal, como fue el caso del Ministro de Asuntos Exteriores Galeazzo Ciano o del mariscal Rodolfo Graziani.

El régimen establecido por el mariscal Pietro Badoglio, conocido popularmente como «régimen badogliano», se rigió por el Estatuto del Rey Carlos Alberto, el cual otorgaba plenos poderes a la Corona sin necesidad de que la monarquía quedase sometida a ningún tipo de control o contrapoder. De este modo los partidos políticos continuaron estando prohibidos como en tiempos del fascismo, lo que generó una profunda desilusión y el surgimiento de una especie de resistencia «antibadogliana» por parte de diversos movimientos en la clandestinidad como por ejemplo el Partido Socialista Italiano (PSI), el Partido Comunista Italiano (PCI), el Partido Liberal Italiano (PLI), el Partido de Acción o el Movimiento de Unidad Proletaria. Respecto al ámbito de la política exterior, por el momento el Reino de Italia se mantuvo dentro de la coalición con Alemania y demás países del Eje, combatiendo contra los Aliados sobre Sicilia y contra los partisanos sobre los Balcanes, aunque en secreto sus máximos representantes comenzaron a negociar una futura rendición con Estados Unidos y Gran Bretaña.

Reacción del Tercer Reich

La reacción de Alemania a la caída del fascismo de Benito Mussolini fue la de mantenerse expectante aguardando acontecimientos, pues por el momento a Adolf Hitler no le convenía provocar a las nuevas autoridades del Gobierno de Roma, más aún cuando acababan de anunciar que continuarían la guerra del lado de las potencias del Eje. A pesar de que el Führer se olió una traición desde el principio, de ningún modo quiso precipitarse a la hora de tomar una decisión, algo explicable debido al gran número de divisiones del Ejército Alemán presentes en la Península Italiana, las cuales corrían el riesgo de verse copadas si se desataban las hostilidades, ya que con total seguridad serían rodeadas y destruidas por aquellos a los que precisamente habían acudido a ayudar.

Como un cambio de bando del Reino de Italia era una opción más que probable, el Alto Mando Alemán (OKW) comenzó a elaborar una serie de planes con vistas a desarmar al Ejército Italiano en cuanto sus tropas mostrasen el más mínimo síntoma de manifestar rebelarse. Según el mariscal Erwin Rommel, uno de los militares más valorados de la campaña de África, la mejor opción era replegarse a los Alpes y fortificarse en sus alturas: mientras que el mariscal Albrecht Kesselring, mucho más optimista que el «Zorro del Desierto», entendió que sería preferible afianzar posiciones en el centro-sur de la Península Italiana, incluyendo la capital de Roma. Al final el Führer se decantó por la opción de este último, por lo que poco a poco fue transfiriendo más tropas al país, ya no sólo para repeler un inminente desembarco anglo-estadounidense, sino también para mantener vigiladas a las guarniciones latinas.

El 27 de Julio de 1943 se presentó el primer boceto para procederse a la ocupación del Reino de Italia bajo el nombre de «Plan Alarico», cuyas líneas tuvieron bastante similitudes con la invasión de Yugoslavia en el año 1941. Básicamente el Grupo de Ejércitos B del mariscal Erwin Rommel se haría con los puntos estratégicos del norte del país y el Paso del Brénnero; mientras que el Grupo de Ejércitos C del mariscal Albrecht Kesselring haría lo propio con el centro peninsular y la capital de Roma. Al mismo tiempo en que estas dos agrupaciones estuvieran cumpliendo sus objetivos, el X Ejército del general Heinrich Von Vietinghoff se desplegaría en el sur para defender de los anglo-estadounidenses algunos puertos de cierta relevancia como los de Gaeta, Salerno, Tarento o Reggio Calabria.

Tanque alemán en Italia en el verano de 1943.

La ocupación de Italia según el «Plan Alarico» se efectuaría cronológicamente en cuatro fases escalonadas que fueron bautizadas con los nombres clave de «Eiche», «Student», «Achse» y Schwarz». La «Operación Eiche» consistía en buscar y liberar a Benito Mussolini, algo de lo que se encargaron las SS bajo el mando del capitán Otto Skorzeny; la «Operación Student» preveía la toma de Roma y el establecimiento de una República Fascista; la «Operación Achse» tenía el cometido de capturar al mayor número de unidades navales de la Marina Real Italiana (Regia Marina); y la «Operación Schwarz» tenía la previsión de neutralizar las guarniciones del Ejército Real Italiano (Regio Esercito) y sustituirlas por tropas del Ejército Alemán.

Mientras se elaboraban los detalles del «Plan Alarico», el 6 de Agosto de 1943 se celebró la Conferencia de Tarvisio entre los mandos de la Wehrmacht y el Regio Esercito, en donde los italianos hicieron gala de sus cualidades teatrales a la hora de recibir a la comitiva germana bajo la marquesina de la estación haciendo el saludo fascista. Los representantes alemanes se presentaron a bordo de un tren blindado debido a que no se fiaban de sus propios socios, estando entre los más importantes el general Alfred Jodl del Estado Mayor y el Ministro de Asuntos Exteriores Joachim Von Ribbentrop, quienes intercambiaron opiniones con los generales latinos Vittorio Ambrosio y Raffaele Guariglia, los cuales en un acto de cinismo les aseguraron que jamás faltarían a su alianza y que seguirían combatiendo del lado de Alemania. Como por supuesto los alemanes no se creyeron la mentira de sus supuestos compañeros de armas, el «Plan Alarico» siguió adelante bajo la nueva denominación simbólica de «Plan Eje».

Negociación con los Aliados

A los pocos días de materializarse la caída del fascismo, el 31 de Julio de 1943, el Duque Pietro Acquarone y el Barón Raffaele Guariglia autorizaron la apertura de un diálogo con los Aliados para intentar alcanzar un acuerdo de paz en términos favorables con los Gobiernos de Washington y Londres. Curiosamente aquella no era la primera vez que esto sucedía debido a que en el pasado el Ministro de Asuntos Exteriores Galeazzo Ciano había contactado con los occidentales en Rumanía a través de un intermediario llamado Jon Pangal, quién convocó una reunión de urgencia en Lisboa que terminó bastante mal debido a las diferencias de los interlocutores. La siguiente cita tuvo lugar después de la derrota de la Batalla de El-Alamein en Noviembre de 1942, cuando el Duque Aimón de Aosta intentó parlamentar en Suiza con el Ministro de Asuntos Exteriores Anthony Eden del Reino Unido, el cual rechazó cualquier trato con los italianos pese a que prometieron el envío de un cuerpo de élite de 20.000 tropas «Bersaglieri» para combatir al Eje. De hecho dentro del mismo Servicio de Inteligencia del Ejército Alemán (Abwehr) también hubo partidarios de la paz que hicieron la vista gorda a las negociaciones, como por ejemplo el almirante Wilhelm Canaris que durante una visita a Venecia comentó al general italiano Cesaré Ame su deseo de que en Alemania hubiese un «24 de Julio» en referencia al derrocamiento de Mussolini.

Hasta el 1 de Agosto de 1943 el Imperio Británico no aceptó formalmente tratar con el Reino de Italia después de que un diplomático llamado Blasco Lanza de Ayeta se reuniera en Lisboa con el embajador inglés Sir Ronald Campbell. A lo largo de aquella entrevista en Portugal, el latino aseguró a su homólogo inglés que los altos mandos del Ejército Italiano harían creer a los alemanes que seguían estando de su parte para en el momento oportuno traicionarles y atacarles por la espalda. El compromiso de aquel negociador con la causa británica fue tal que incluso prometió elaborar mapas con la ubicación exacta de todas las divisiones alemanas presentes en la Península Italiana y entregárselos a los Aliados.

La buena predisposición del diplomático de Blasco Lanza de Ayeta facilitó que Lisboa se convirtiese en un foco de conspiraciones desde Agosto de 1943, especialmente cuando el representante Alvise Emo Capodilista consiguió una reunión a puerta privada entre la Princesa María José de Saboya y el Presidente Oliveira Salazar, por ese entonces el Jefe del «Estado Nuovo» que en algunos aspectos se había inspirado en la Italia Fascista. Gracias a que el líder de Portugal hizo de mediador entre Italia y los Aliados, especialmente con Gran Bretaña a raíz de la histórica Alianza Anglo-Lusa, los ingleses autorizaron poner en marcha un diálogo mucho más fluido a través de un representante de alto calado, en este caso el general Giuseppe Castellano.

Caída la tarde del 12 de Agosto de 1943, el general Giuseppe Castellano, un veterano muy valorado por su actuación en la campaña de Yugoslavia, partió de la Estación de Roma rumbo a España, haciéndolo bajo el falso pasaporte de «Raimondi» y acompañado por Franco Montanari, un joven funcionario del Palacio Chigi. A pesar de que muchos de sus compañeros hicieron apuestas sobre lo poco que durarían con vida los dos aventureros, pues pensaban que los agentes alemanes les darían caza y les matarían en cualquier momento, por suerte para ellos no les sucedió nada debido a que atravesaron todo el territorio de la Francia de Vichy sin ser molestados y a continuación cruzaron la frontera franco-española por los Pirineos para desembarcar en Madrid el 15 de Agosto.

Rey Víctor Manuel III y Mariscal Pietro Badoglio, culpables de la traición al Eje y de la desgracia posterior de Italia ante su mala gestión.

El mismo día en que Giuseppe Castellano tejía su conspiración en la Península Ibérica, aquel 15 de Agosto se celebró la Conferencia de Bolonia entre el Tercer Reich y el Reino de Italia, curiosamente el último evento entre las dos potencias europeas del Eje. La reunión se realizó cuando dos trenes acoplaron sus vagones en la Estación de Casalecchio Sul Reno, estando por parte alemana el mariscal Erwin Rommel y el general Alfred Jodl, y por parte italiana los generales Victorio Ambrosio y Mario Roatta, este último el antiguo líder de la Aviación Legionaria Italiana durante la Guerra Civil Española de 1936 a 1939. Curiosamente desde el mismo instante en que los representantes estrecharon sus manos, hubo mucha tensión entre los contertulios después de que Ambrosio expusiera su intención de trasladar varias divisiones presentes en el sur de la Francia hacia la Península Italiana, algo a lo que Jodl, en un acto de irresponsabilidad, le reprochó con la siguiente frase: «Me gustaría saber si las divisiones que quieren hacer volver de Francia están destinadas a ser empleadas contra los anglo-americanos en el sur de Italia o contra los alemanes en el Paso del Brénnero». La reacción de sus homólogos, en este caso de Roatta, fue la de recordarle que el Reino de Prusia también había traicionado en el siglo XIX a la Francia de Napoleón Bonaparte durante la Batalla de Dresde. Afortunadamente Rommel intervino en la conversación de urgencia hasta conseguir que los otros tres generales se calmaran, pues este último era muy respetado entre los latinos, por lo que el incidente acabó en nada y el desarrollo de la reunión transcurrió con normalidad.

Mientras tanto en Madrid los negociadores latinos Giuseppe Castellano y Franco Montarani se pasearon bajo el calor veraniego de la capital vestidos de paisano y ocultos bajo falsas identidades a la espera de obtener un permiso de las autoridades para acceder a Portugal. Fue entonces cuando el 17 de Agosto de 1943, justo cuando Castellano contemplaba un cuadro del pintor Diego Velázquez en el Museo del Prado, la obra le inspiró la idea de arriesgarse a hacer una visita a la embajada del Reino de Unido. De ese modo fue como tras hacerse pasar por turistas y llamar al timbre, los dos italianos consiguieron hablar con el embajador Sir Samuel Hoare, quién escuchó sus propuestas y hasta les invitó a una copa de jerez. Sin embargo también les manifestó que él no tenía poderes diplomáticos para atender sus demandas y les advirtió que España no era un sitio apropiado para mantener conversaciones de esta índole, más aún cuando el régimen del General Francisco Franco simpatizaba con el Eje, por lo que les ofreció nuevos pasaportes y les recomendó que continuasen con su viaje a Lisboa.

El 19 de Agosto de 1943 los infiltrados Giuseppe Castellano y Franco Montarani abandonaron Madrid rumbo hacia Portugal mientras una delegación italiana procedente de Chile llegaba a la capital portuguesa para actuar como señuelo ante la posibilidad de encontrarse con espías del Tercer Reich. Aquella estratagema les permitió entrar en el país sin ser detectados y desembarcar en Lisboa, en donde se dirigieron a la embajada del Reino Unido para reunirse con el embajador Sir Ronald Campbell, quién les reveló la existencia de dos documentos, uno conocido como el «Armisticio Largo» y el otro como el «Armisticio «Corto». La diferencia entre ambos radicaba en que las cláusulas podían ser más duras o más leves dependiendo de la voluntad del Gobierno Roma a la hora de cooperar con los Aliados. Como cabía esperar los dos latinos acataron lo dicho por Campbell, el cual solicitó a sus que se alojaran en un hotel de la ciudad y que se mantuvieran ocultos hasta que recibiesen un mensaje codificado con la palabra «Du Bois».

La expresión «Du Bois» se activó en un hotel de Lisboa a 22:30 horas de la noche de aquel 19 de Agosto, por lo que Giuseppe Castellano y Franco Montarani se dirigieron a la residencia privada del embajador Ronald Campbell, al que acompañaban el general norteamericano Walter Bedell-Smith, el oficial Strong Kenneth del Servicio de Inteligencia y el encargado de negocios estadounidense George Kennan. Las negociaciones que siguieron a continuación fueron tensas porque tras exigir a los latinos una rendición incondicional de las Fuerzas Armadas, Castellano se negó en rotundo afirmando que si se desarmaba al Ejército Italiano, éste no podría defenderse de la más que previsible invasión del Ejército Alemán, y mucho menos cooperar militarmente con Estados Unidos y Gran Bretaña, tal y como sus respectivos gobiernos pretendían. Esto sin duda supuso un escollo para los negociadores anglosajones, quienes sabiendo que necesitaban la cooperación de los italianos, al final terminaron por aplicarles el «Armisticio Corto» en lugar del mucho más nocivo «Armisticio Largo». De hecho como gesto de buena voluntad, los diplomáticos proporcionaron a sus anfitriones una serie de mapas y planos detallados con la ubicación exacta de todas las divisiones alemanas e italianas desplegadas en Italia, Francia y los Balcanes, antes de concluir la reunión con un brindis de whisky y la entrega a la delegación italiana de una radio de onda corta para comunicarse con el Alto Mando Aliado en Argelia, siendo la clave de contacto «Mono (Monkey)» y la respuesta «Llovizna (Drizzle)».

Durante varios días los representantes Giuseppe Castellano y Franco Montarani tuvieron que permanecer en Lisboa participando en una serie de actos diplomáticos con la delegación de Chile, a la que utilizaron como tapadera para no levantar las sospechas de los agentes del Eje. Mientras tanto el Servicio de Información Militar (SIM) al mando del comandante Giacomo Carboni, envió en secreto a una segunda misión diplomática dirigida por el general Giacomo Zanussi y a su traductor Galvano Lanza di Trabia para reforzar la seguridad en Portugal. A este grupo le siguió un tercero encargado de desviar la atención de los espías alemanes que lideró el antiguo líder fascista Dino Grandi, quién tomó una línea aérea de Roma a Sevilla y posteriormente a Oporto. De hecho el envío de este último fue un gran acierto porque hizo creer a los germanos que él era el verdadero encargado de la negociación, por lo que éstos bajaron la guardia respecto de los movimientos de Castellano y encima no se percataron de una reunión entre el general inglés Adrián De Wiart y Zanussi, el cual fue trasladado en avión hasta el Norte de África para convertirse en el contacto más directo con el Cuartel General Aliado en Argel.

Al poco de concluir el viaje en Portugal el 28 de Agosto, el general Giusepe Castellano regresó a Roma para entregar el «Armisticio Corto» al mariscal Pietro Badoglio y al general Raffaele Guariglia, quienes casi sufrieron un infarto al comprobar como en un plazo de 48 horas tenían la obligación de poner a disposición de sus enemigos todos los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, exactamente antes de la fecha tope del día 30, lo que significaba que no iban a tener tiempo suficiente de reaccionar ante una invasión militar del Tercer Reich. La razón de esta cláusula intercalada a última hora por los Aliados fue por culpa de los británicos, los cuales poseían un arraigado sentimiento de desconfianza hacia los italianos; pero no de los estadounidenses que eran partidarios de un mayor entendimiento con ellos, ya que al fin y al cabo había un gran número de ítalo-americanos en el Ejército Estadounidense y encima la mayor parte de los descendientes de inmigrantes en América, muchos de tendencia fascista, eran votantes del Partido Demócrata del Presidente Franklin Delano Roosevelt.

Armisticio de Cassibile

La inesperada cláusula del «Armisticio Corto» obligó a la celebración de una reunión urgente en Viminale a la que acudieron Pietro Badoglio, Victorio Ambrosio, Giuseppe Castellano, Raffaele Guariglia y Giacomo Carboni, aunque no se llegó a ningún consenso salvo por la excepción de aprobar el traslado de Benito Mussolini al Gran Sasso en los Apeninos, en donde pensaban que estaría mucho más protegido (sin saber que los alemanes ya habían descubierto su paradero y estaban urdiendo un plan para liberarle). Al día siguiente, el 29, tuvo lugar una segunda conferencia sobre Quirinal en la que en esta ocasión estuvo presente el Rey Víctor Manuel III, quién tuvo que intervenir redactando una resolución para que Castellano y Franco Montarani viajasen en avión hasta la Sicilia ocupada por los Aliados con la finalidad de ganar tiempo.

General Giuseppe Castellano, encargado de llevar las negociaciones en persona con los Aliados.

Coincidiendo con la fecha límite dada por los Aliados el 30 de Agosto de 1943, Castellano y Montarani volaron a bordo de un bombardero Savoia Marchetti desde Guidonia a Sicilia, en donde tras aterrizar en el Aeródromo de Termini Imerese, fueron recibidos por el general Kenneth Strong, el cual les acompañó en un jeep del modelo Willy hasta un campamento improvisado sobre un campo de olivares en Cassibile. Al llegar a la sala de mando, los dos italianos se encontraron con el general norteamericano Walter Bedell Smith y con nada menos que el general Giacomo Zanussi, al que los británicos habían traído desde Argelia. La reacción Castellano al verle fue la de exclamar: «¿y tú qué haces aquí?», a lo que Zanussi respondió acerca de la existencia de una segunda misión diplomática que sus superiores en le habían ocultado por motivos de seguridad. Una vez resueltas las dudas, tanto italianos como estadounidenses pasaron a negociar, aclarando estos últimos que las cláusulas abusivas del «Armisticio Corto» únicamente eran de cara la opinión pública, ya que en caso de que combatiesen contra los alemanes, inmediatamente quedarían anuladas debido a que no se aplicaría ningún castigo, se garantizaría ayuda militar al Ejército Italiano, incluyendo un desembarco en Salerno y el traslado de una división de paracaidistas a Roma, además de que se respetaría el estatus colonial de Libia, Eritrea y Somalia.

A la tarde siguiente, en torno a las 19:00 horas del 31 de Agosto, los tres representantes Zanussi, Castellano y Montarani aterrizaron en el Aeropuerto de Campino en Roma para transmitir las buenas noticias al mariscal Pietro Badoglio, con quién no pudieron reunirse debido que éste se marchó a dormir y dio órdenes expresas de que no le despertaran, algo que sorprendió a los negociadores teniendo en cuenta la crisis que atravesaba el país. Así fue como tuvieron que esperar hasta la mañana próxima del 1 de Septiembre, cuando Castellano transmitió las novedades al Jefe de Gobierno en una audiencia celebrada en Viminal, a la que también asistieron Victorio Ambrosio, Pietro Acquarone, Raffaele Guariglia y Giacomo Carboni. Lo asombroso de la reunión fue lo mal que se tomaron los mandos italianos el hecho de saber que los Aliados desembarcarían por debajo de Salerno y no en Roma, por lo que en lugar de centrarse en preparar la defensa ante los alemanes, de manera cobarde lo único que acordaron fue tratar de ganar tiempo y preparar su huida al extranjero.

La jornada del 2 de Septiembre tanto Giuseppe Castellano como Franco Montarani regresaron a Sicilia para verse en Cassibile con el general británico Harold Alexander, por ese entonces comandante en jefe del teatro de operaciones en el Mediterráneo. La reunión celebrada en el interior del recinto militar de Fairfield Camp empezó con mal pie cuando Alexander supo que ambos negociadores no disponían de ninguna copia de rendición y encima no habían recibido plenos poderes por parte del mariscal Pietro Badoglio. Ante estas circunstancias su inmediata reacción fue invitarles a que se marcharan e incluso les amenazó que su aviación arrasaría Roma en menos de veinticuatro horas, por lo menos hasta que apareció el general David Dwith Eisenhower, responsable de las operaciones en Europa, quién comprendiendo las dificultades por las que estaban pasando los latinos, les concedió otras 48 horas de plazo para que el Rey Víctor Manuel III acabase firmando la propuesta. Así fue como finalmente a las 17:15 horas del 3 de Septiembre el Jefe del Estado y el Jefe de Gobierno pusieron su rúbrica sobre el «Armisticio Corto», el cual fue entregado por Castellano a Alexander esa misma tarde en Cassibile.

En torno de las 4:30 horas de la madrugada del 3 de Septiembre de 1943, los Aliados pusieron en marcha la «Operación Baytown» mediante un desembarco del VIII Ejército Británico en Reggio Calabria, uno de los puertos del Estrecho de Messina que separaba la Península Italiana de Sicilia. A pesar de que esta campaña no respondía a un preludio de la invasión de Italia, sino más bien a una acción de soporte para limpiar la costa continental, los soldados italianos apenas ofrecieron oposición a las fuerzas anglo-canadienses, salvo por la excepción de algunos paracaidistas del Batallón «Nembo» en Aspromonte. Aquella actitud de pasividad por parte de los latinos, condujo a que el Primer Ministro Winston Churchill se convenciera de la necesidad de golpear de una vez por todas la geografía italiana, considerada por él como «la blanda panza del cocodrilo».

Preparando la «Batalla de Roma»

Según los Aliados habían previsto con respecto al papel del Reino de Italia, las fuerzas del Ejército Italiano se revolverían contra los alemanes en cuanto se hiciese pública la existencia del Armisticio de Cassibile. Sin embargo las cosas no serían tan fáciles debido a que cometieron errores muy graves como el hecho de no permitir a Giuseppe Castellano regresar a Roma hasta una fecha tan tardía como el 5 de Septiembre, un margen de tiempo insuficiente para informar de los planes y preparar la defensa de la capital. Tampoco los occidentales revelaron el día del desembarco sobre Salerno y Tarento que habían fijado para el 9 de Septiembre, precisamente cuando los latinos pensaban que no se produciría hasta por lo menos el 12. De hecho los italianos elaboraron muy mal sus planes y medidas de seguridad, como por ejemplo la poco ambiciosa «Memoria 44 O.P.» consistente en una simple evacuación a gran escala del Regio Esercito hacia el sur del país, o en el caso de la Regia Marina hacia la Isla de Malta, autorizando combatir al enemigo si fuera preciso, pero sin especificar quién era tal enemigo (si los Aliados o los alemanes).

Las Fuerzas Armadas Italianas disponían de 3.500.000 soldados en la península y zonas ocupadas aledañas, de los que 2.200.000 pertenecían al Regio Esercito, 650.000 a la Regia Marina, 180.000 a la Regia Aeronautica, 180.000 a los Carabineros, 80.000 a la Guardia de Finanzas y 240.000 a la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional. Las diferentes formaciones sumaban 51 divisiones, aunque tan sólo siete intervendrían en el centro peninsular en caso de combatir al Ejército Alemán, cuya distribución se efectuó del siguiente modo: la División de Infantería Motorizada «Piave» en la Vía Cassia, la División de Infantería «Re» en la Vía Appia, la División de Granaderos «Granatieri di Sardegna» en la Vía Cassilina, la División Blindada «Centauro» en la Vía Tiburtina, la División de Infantería «Piacenza» en la Vía Ostiense, la División de Infantería «Lupi de Toscana» en Ladispoli y la División Blindada «Ariete» en torno al Lago de Bracciano.

Roma giraba en los pensamientos de los Aliados debido a que la posesión de la capital determinaría el éxito o el fracaso de la campaña, por lo que para asegurarse el control de la «Ciudad Eterna» los norteamericanos reunieron de 8.500 a 10.500 paracaidistas de la 82ª División Aerotransportada que saltarían sobre diversos aeródromos con ayuda del Ejército Italiano dentro del marco de la «Operación Gigant Two» o «Dos Gigantes». Las unidades latinas en la zona incluían 130.000 hombres al mando del general Giacomo Carboni con un equipo consistente en 481 tanques (324 estándar y 157 cazacarros), 615 piezas de artillería, 122 vehículos blindados, 259 autoametralladoras y 180 aviones, las cuales debían proveer a los estadounidenses de un material comprendido en 355 vehículos, 12 embarcaciones a motor, 12 ambulancias, 23.000 raciones de víveres, 120 toneladas de gasolina, 150 teléfonos de campaña, 5.000 estacas de hierro y 5.000 picos o palas, unas cifras que ni de lejos los latinos estaban en condiciones de prestar debido a la falta tiempo.

La primera y única visita de los Aliados al Reino de Italia antes de la «Operación Gigant Two» tuvo lugar el 7 de Septiembre de 1943 cuando el general norteamericano Maxwell Taylor, jefe de la 82ª División Aerotransportada, viajó junto al coronel Tudor Gradiner a bordo de la corbeta italiana Ibis hasta el puerto de Gaeta en la costa del Lazio. Gracias a que iban ataviados con guerreras sucias del Ejército Estadounidense para aparentar ser prisioneros de guerra, los soldados alemanes no sospecharon en ningún momento, pues los propios latinos les propinaron varios empujones en una escena bastante teatralizada. Una vez despistaron a los germanos, los dos representantes fueron montados en una ambulancia y llevados a Roma, entrando por la Vía XX Settembre y circulando por el Quirinal a vista de todo el mundo, incluyendo delante de las tropas de la Wehrmacht.

En torno a las 21:00 horas de la noche tanto Max Taylor como Tudor Gradiner fueron alojados en el Palazzo Caprara, en donde los anfitriones les ofrecieron un espectacular banquete compuesto por consomé, chuletas de ternera con guarnición, fruta fresca, crêpes suzette, vino, etcétera. Al poco de degustar la cena, un impaciente Taylor solicitó al general Luigi Marchesi hablar cuanto antes con el general Victorio Ambrosio, por ese entonces ausente, porque faltaban menos de veinticuatro horas para que 150 aviones arrojaran una primera oleada de 2.000 paracaidistas sobre Roma. La contestación de Marchesi fue que Ambrosio en esos instantes se encontraba ayudando a su mujer a trasladar los muebles de la ciudad a su casa del campo, por lo que no podía atenderles, algo que dejó pasmado a Taylor y le indignó a tal nivel, que en un tono bastante hostil exigió ver a Pietro Badoglio, el cual tampoco podía desplazarse debido a que estaba durmiendo. Ante esta dejadez por parte de los latinos, Taylor les comunicó que el desembarco iba a producirse en cuestión de horas y que le urgía ver al mariscal, una revelación que surgió efecto porque transcurridos unos minutos el Jefe de Gobierno les invitó a su chalé, recibiéndoles ataviado con bata y pijama. Sin embargo Badoglio tampoco se mostró dispuesto a colaborar, pues se negó a que los norteamericanos visitasen los aeródromos bajo la excusa de que estaban ocupados por los alemanes, así como también las baterías antiaéreas y las 17.500 toneladas de combustible ubicadas en los depósitos de Mezzocamino y Valleranello. La actitud italiana convenció a Taylor y a Gradiner que sus nuevos socios no eran fiar y por tanto partieron a Sicilia para informar a sus superiores de que con toda probabilidad tendrían que seguir adelante sin esperar ningún tipo de ayuda por parte del Ejército Italiano y cancelar la «Operación Gigant Two».

Mientras los italianos jugaban a dos bandas el mariscal Albrecht Kesselring, quién por el momento confiaba en que el nuevo gobierno finalmente entraría en razón y continaría siendo leal al Eje, concentró en los alrededores de Roma a tan sólo dos unidades, en este caso a la 2ª División Paracaidista del general Walter Barenthin que desplegó al sur sobre Practica di Mare y a la 3ª División Panzergrenadier del general Fritz-Hubert Gräser que estacionó al norte sobre el Lago Bolsena. Los latinos por el contrario siguieron con su teatro, pues el 8 de Septiembre, el mismo día en que iba a anunciarse el Armisticio, el Rey Víctor Manuel III mantuvo en una entrevista con el encargado de negocios alemán Rudof Rahn, a quién cínicamente aseguró que la alianza entre Italia y el Tercer Reich era irrompible.

Traición de Italia

Oficialmente a las 18:30 horas de la tarde del 8 de Septiembre de 1943, el general Dwith Eisenhower entró en directo en un programa de radio y anunció públicamente tanto la existencia del Armisticio de Cassibile como la capitulación del Reino de Italia. Aquel mensaje que en seguida se dio a conocer en todos los continentes para sorpresa de los propios latinos y sus ex-socios de las potencias del Eje, puso fin a la participación del Imperio Italiano en la Segunda Guerra Mundial después de tan sólo 45 días sin fascismo y 1.184 días desde su entrada en la contienda en 1940.

Cuarenta minutos después del anuncio del Armisticio de Cassibile, en torno a las 19:10 horas, las fuerzas del Ejército Alemán fueron las primeras en actuar con la activación del «Plan Eje» y la movilización total de sus unidades en la Península Italiana; mientras que los propios aludidos, en este caso los latinos, la noticia les sorprendió completamente tras haber pensado que la rendición se haría efectiva entre los días 9 y 12 de Septiembre. De hecho como nadie sabía muy bien qué hacer el pánico se extendió entre el Gobierno de Roma y los altos mandos del Estado Mayor, hasta el punto que el mariscal Pietro Badoglio exclamó ante sus subordinados la frase de «¡Estamos perdidos». El Rey Víctor Manuel III por el contrario convocó de urgencia al Consejo de la Corona y ordenó a Badoglio que confirmara la noticia acerca de la capitulación, algo que hizo a las 19:45 horas de la tarde mediante un mensaje radiofónico con el que informó a la ciudadanía de la salida de Italia de la Segunda Guerra Mundial.

El negociante alemán Rudolf Rahn, quién la mañana de aquel día 8 había estado reunido con el Rey Víctor Manuel III, acudió al Palacio Chigi para entrevistarse con el general Raffaele Guariglia, el cual en un tono muy diplomático le transmitió: «Su visita es muy oportuna porque tengo que comunicarle algo muy importante. Tengo el honor de informarle que el Gobierno Italiano ha firmado un armisticio con los Aliados». Sorprendido por la respuesta de su homólogo, Rahn intervino furioso e indignado con la expresión de «¡Esto es traición!», a lo que Guariglia contestó: «El pueblo italiano ha hecho todo lo posible en esta guerra y nadie puede insultarlo». Sin embargo el germano mantuvo la compostura e incluso le replicó de manera bastante acertada con la siguiente frase: «No estoy insultando al pueblo italiano, sino a los que han querido la capitulación del país, y le digo que esto pesará gravemente y por mucho tiempo sobre la Historia de Italia».

Al caer la noche el Rey Víctor Manuel III y el mariscal Pietro Badoglio adoptaron una actitud bastante optimista tras llegar ambos a la conclusión de que los Aliados se harían con el control de la situación y que con toda probabilidad los alemanes se replegarían al norte de Italia, e incluso para evitarse problemas se retirarían a los Alpes Austríacos. Ante esta certeza que más bien rozaba la fantasía, a las 22:00 horas los dos líderes de la nación se marcharon a la cama sin saber que el país se estaba derrumbando en aquellos instantes, más aún cuando en la madrugada la Flota Aliada se presentó ante las costas de la Península Italiana y desembarcó al V Ejército Estadounidense sobre Salerno dentro del marco de la «Operación Avalanche». De hecho en cuanto los combatientes anglo-norteamericanos tuvieron su primer contacto con los militares italianos, éstos no supieron muy bien qué hacer, ya que algunos se defendieron para inmediatamente rendirse; mientras que otros colaboraron, como por ejemplo los miembros de la guarnición de la Isla de Capri que revelaron algunos secretos sobre los germanos en forma de documentos, instrumentos de submarinos experimentales, un nuevo tipo de torpedo teledirigido y un minisubmarino.

En un principio todo pareció estar controlado por la Corona y el «régimen badogliano», hasta que bien entrada la noche uno de los sirvientes del Rey Víctor Manuel III despertó al monarca para advertirle de que se estaban registrando combates en Roma y otros distritos del país contra las tropas del Ejército Alemán. Acto seguido los responsables de la clase política y militar fueron convocados a una reunión de urgencia, pero tan sólo se presentaron unos pocos debido a la confusión y al bloqueo de las comunicaciones, por lo que tras una breve deliberación en la que quedó bien patente que estaban siendo invadidos por Alemania, todo el gabinete en pleno se disolvió y los diferentes líderes optaron por huir en una especie de «sálvese quién pueda». Así fue como a las 23:30 horas los ministerios de la capital fueron evacuados, así como los generales de alta graduación y miembros de Estados Mayores, pero también políticos que habían participado en la conspiración y por supuesto la Casa Real de los Saboya.

Firma del Armisticio de Cassibile.

Los principales conspiradores del Reino de Italia no abandonaron Roma hasta las 4:30 horas de la madrugada, entre ellos el Rey Víctor Manuel III, la Reina Elena, el heredero Príncipe Umberto de Saboya, el mariscal Pietro Badoglio y el Duque Pietro Acquarone, a los que acompañaron una doncella de la familia real y el ayudante de campo. La fuga se efectuó desde el Ministerio de la Guerra a bordo de varios coches con matrícula diplomática de los modelos Alfa Romeo y Fiat, los cuales circularon por la Vía Nazionale hasta la Plaza dell’ Estedra, antes de continuar a través de Vía Gaeta por Castro Pretorio para finalmente salir de Roma por San Lorenzo en dirección a Vía Tiburtina. Aunque originalmente el plan era dirigirse a los puertos de Gaeta o Civitavecchia en el Mar Mediterráneo, ambos fueron descartados ante la proximidad de las tropas alemanas, por lo que optaron por dirigirse hacia Pescara en el Mar Adriático.

El trayecto en coche de los miembros de la Casa Saboya no resultó fácil porque se vieron obligados a esquivar algunos controles que acababan de fijar los soldados del Ejército Alemán, por lo menos que a las 9:00 horas alcanzaron una zona segura tras cruzar el Palazzo Mezzanotte por Chieti y acceder a la región de los Abruzzos. El lugar escogido para descansar fue un hotel de la ciudad de Brecciarola ubicado en el Castillo de Crecchio, en donde el nieto pequeño de la dueña, nada más ver entrar a toda la comitiva real con el Príncipe Umberto a la cabeza, fue corriendo a buscar a su abuela mientras muy emocionado gritaba: «¡abuela, abuela, está aquí el príncipe!». Como era lógico la dueña pensó que el niño estaba jugando hasta que descendió a la planta baja y para su asombro contempló a sus distinguido inquilinos, a quienes en seguida atendió y ofreció sus mejores habitaciones para que descansaran una vez más (aquella fue la segunda vez que se marcharon a dormir en medio de la crisis que vivía Italia).

Las explicaciones de los dirigentes del Reino de Italia a sus compatriotas fueron nulas, pues en lugar de tomar medidas o informar de lo que estaba sucediendo, los líderes nacionales priorizaron su propia supervivencia a cambio de abandonar a sus soldados y ciudadanos a merced de los anglo-estadounidenses y los alemanes, los cuales compitieron entre sí por ver quién de ellos capturaba más italianos. De hecho el general Mario Roatta, nombrado comandante en jefe provisional del Regio Esercito, desertó de su puesto y emprendió la fuga sin tan siquiera invocar correctamente el plan de contingencia «Memoria 44 O. P», pues como el contenido no identificaba al enemigo a combatir, las tropas italianas prefirieron no oponer resistencia y se rindieron en masa a los soldados alemanes, en primer lugar por estar cansadas del conflicto y en segundo lugar porque no querían matar a los que habían sido sus socios durante tres años.

Contrariamente la reacción del Tercer Reich fue rápida y eficaz porque las fuerzas germanas comenzaron poco a poco a entrar en Roma; mientras el representante alemán Rudolf Rahn, en esos instantes al frente de la sede diplomática en Villa Wolkonsi, tuvo que quemar apresuradamente todos los documentos secretos, expedientes de oficio y material comprometido, además de resolver asuntos privados como la rescisión del contrato de apartamento, la venta de su coche y la cancelación de cuentas bancarias. A continuación él y su séquito abandonaron la capital en un tren que primero los llevó a Terni y luego a Verona, en donde a través del puesto de radio de unos militares germanos contactó con Hitler en Berlín, el cual le nombró nuevo embajador tanto de Italia y como de su futuro régimen que muy pronto restaurarían antiguos líderes del Partido Nacional Fascista.

Destrucción del Ejército Italiano

La Batalla de Roma comenzó la jornada del 9 de Septiembre en los alrededores de la capital cuando los miembros de la 2ª División Paracaidista se apoderaron del Aeródromo de Pratica di Mare y el Depósito de Mezzocammino, antes de cruzar el Puente de Margliana sobre el Río Tíber, en cuya pasarela derrotaron a la Policía Ítalo-Africana del oficial Amerigo Sterpetti, lo que les permitió acceder a la ciudad a través de la Abadía de las Tres Fuentes y los jardines de la Exposición Universal EUR-42. Los combates más duros dentro del trazado urbano se desarrollaron sobre la Vía Magliana y también sobre Kilómetro Nº8 de la Vía Ostiense, en donde los alemanes pelearon contra 800 sardos de la División de Granaderos «Granatieri di Sardegna» atrincherados en el Fuerte Ostiense bajo el mando del general Giacchino Solinas. A pesar de la oposición presentada por los defensores latinos, finalmente las fuerzas germanas les expulsaron a una segunda línea sobre Montagnola que contribuía a custodiar un destacamento de Carabineros, a los cuales también forzaron a replegarse tras un asalto procedente desde Vía Laurentina.

A medida que avanzaba la mañana la 2ª División Paracaidista y la 3ª División Panzergrenadier del Ejército Alemán fueron avanzando dentro de Roma, lo que no evitó que las tropas italianas cosecharan algunos éxitos puntuales como los miembros de la División Blindada «Ariete» que repelieron un ataque enemigo entre Cassia y Monterosi; o los integrantes de la División de Infantería «Piave» que forzaron a un batallón a rendirse entre Monterotondo y Mentana, al que infligieron 121 bajas entre 33 muertos y 88 heridos a costa de 270 bajas propias entre 125 muertos y 145 heridos (aunque los cautivos serían liberados horas más tarde por un contraataque de la Wehrmacht). Sin embargo la batalla más intensa tuvo lugar justo a los bordes del Barrio del Trastevere sobre la Puerta de San Paolo y la Pirámide de Cestus, pues numerosos granaderos sardos, policías locales y civiles armados, la mayoría comunistas liderados por Luigi Longo y Antonello Trombadori, así como algunos católicos al frente de Adriano Ossicini, resistieron varios asaltos de los germanos y les destruyeron dos tanques Panzer.

Prisioneros italianos capturados por paracaidistas alemanes al sur de Roma.

La resistencia en la «Ciudad Eterna» comenzó a venirse abajo en torno al mediodía cuando los paracaidistas alemanes atravesaron la Puerta de San Paolo y obligaron a sus defensores a rendirse o escapar a través del Campo Testaccio; al mismo tiempo en que otro destacamento reducía a la guarnición que se había atrincherado entre la Puerta de San Giovanni y la Basílica de Santa Croce. La última resistencia se vino abajo sobre el perímetro urbano entre el Hotel Continental y el Palacio Massimo, así como también las dotaciones latinas de armas antiaéreas que se rindieron tras agotar la mayor parte de sus municiones contra el enemigo. Así fue como la capital de Roma quedó completamente conquistada por el Ejército Alemán tras un triste resultado de 659 soldados italianos muertos y 619 bajas germanas entre 109 fallecidos y 510 heridos, sin obviar con que perdieron la vida 183 civiles romanos (incluyendo 151 mujeres).

Fuera de Roma las fuerzas del X Ejército Alemán desarmaron con facilidad a las diferentes guarniciones del Ejército Italiano por debajo de la «Ciudad de Eterna», ya fuera en el Lazio, Abruzzos o Campania, pues ocuparon todas las ciudades, aseguraron el puerto de Nápoles y desarticularon al Cuartel General de Potenza, aunque las tropas italianas resistieron en puntos clave como Bari, Grottaglie y Lecce hasta que fueron relevados por los Aliados. Bastante más fáciles fueron las cosas en el centro peninsular porque el Grupo de Ejércitos B del mariscal Erwin Rommel se apoderó sin incidentes de Arezzo, Massa y Florencia, esta última transferida de manera pacífica tras una orden del general latino Chiappa Amellini.

Al norte de Italia la situación no defirió demasiado porque el Ejército Italiano apenas presentó oposición e incluso la policía local colaboró con los alemanes para garantizar el orden, tal y como hicieron los agentes del comisario Carmine Senise. Así fue como Piemonte y Turín se rindieron tras una negociación llevada a cabo por el general Enrico Rossi, mientras que un cuerpo enteró se disolvió en La Spezia y la costa de Liguria, sin obviar con que las regiones de Trentino y el Alto Adigio cayeron con facilidad gracias a las fuerzas germanas que atravesaron la frontera de Austria a través del Paso del Brénnero. Los mayores logros sin embargo los protagonizó la 1ª División SS Panzer «Leibstandarte Adolf Hitler» que en tiempo récord rindió Milán, Verona, Parma, Cremona, Reggio Emilia, Plasencia, Módena y Bolonia; aunque también la 71ª División de Infantería que se asentó sobre el Véneto y Friuli, apresando a 90.000 soldados italianos en el puerto de Trieste. El resultado de esta fugaz campaña liderada por el mariscal Erwin Rommel supuso la obtención de un valioso botín cuantificado en 236 tanques, 1.674 piezas de artillería, 797 cañones antiaéreos, 5.926 ametralladoras y 386.000 fusiles, además de la captura de 43.000 soldados del bando de los Aliados (prisioneros de los latinos entre 1940 y 1943).

Completada la ocupación de Italia por parte del Ejército Alemán, los nuevos ocupantes desarmaron el equivalente a un total de 37 divisiones de las 51 que integraban la totalidad del Ejército Italiano, ya que las restantes 14 fueron neutralizadas parcialmente o se rindieron a los Aliados en las regiones de Campania, Calabria o Apulia. El número total de soldados italianos hechos prisioneros fue de 660.000, de los cuales 45.000 perderían la vida en cautividad, entre estos 4.600 ejecutados por diferentes causas ante pelotones de fusilamiento y los restantes 41.400 por culpa de la malnutrición, enfermedades, maltrato, etcétera. Los restantes 2 millones de combatientes simplemente desertaron o se marcharon a su casa antes de la captura, aunque muchos también huyeron a la zona sur ocupada por los anglo-estadounidense y algunos incluso se unirían a las futuras formaciones partisanas en los Alpes o los Apeninos. Respecto al botín apresado por la Wehrmacht las cifras fueron impresionantes porque sumaron 9.986 piezas de artillería, 970 tanques, 15.500 vehículos, 4553 aviones, 38.383 ametralladoras, 1.256.660 fusiles, 287.000 toneladas de munición, 124.000 toneladas de combustible, 67.700 animales de carga, un millón de guerreras, medio millón de correajes, 352.000 mochilas y 2.500.000 botas.

Las fuerzas del Reino de Italia en los Balcanes poseían al II Ejército Italiano en Yugoslavia y al IX Ejército Italiano en Albania y Kosovo, los cuales fueron rodeados y atacados por tropas del Ejército Alemán y el Ejército Croata, este último aprovechando que algunas unidades estaban dentro del Estado Independiente de Croacia, por ese entonces un miembro del Eje. Curiosamente los «territorio irredentos» en Eslovenia cayeron sin oposición tras una fructífera negociación que llevó a la entrega de Istria, Fiume, Carso y Zara; aunque los germanos-croatas tuvieron que reducir mediante el uso de las armas a los 70.000 efectivos que defendían las plazas de Dalmacia, Bosnia-Herzegovina y Montenegro como las de Susak, Karlovac, Split, Ragusa y Kotor. Lo mismo ocurrió en el territorio albanés porque los alemanes se abrieron paso hasta la capital de Tiranna y aplastaron a los diferentes batallones latinos dispersos del XXI Cuerpo, como por ejemplo ocurrió en Kruja con la captura y posterior fusilamiento de 131 oficiales, entre ellos el general Ernesto Chiminello. Una vez el espacio balcánico quedó en manos firmes del Eje los soldados italianos apresados sumaron nada menos 393.000 prisioneros, sin contar los 57.000 que desertaron y los 20.000 que se unieron a los partisanos yugoslavos del mariscal Josip Tito, la mayoría transferidos al II Cuerpo Guerrillero del general Pekpo Dapcevic.

Grecia era el segundo país con más tropas del Ejército Italiano por detrás de Yugoslavia, por lo que el Grupo de Ejércitos C del general Alexander Löhr intervino con rapidez partiendo con diferentes columnas desde Atenas con las que desarmó a cinco divisiones que no presentaron oposición, ya que la única unidad que se defendió fue la 24ª División de Infantería «Pinerolo» en Tesalia cuando se fue replegando poco a poco sobre Larisa hasta que finalmente se disolvió en el Pindo. Las formaciones latinas en Creta y Rodas tampoco implicaron demasiados problemas a la hora de rendirse a los germanos por iniciativa del almirante Inigo Campioni; pero sí las Islas del Dodecaneso que se defendieron e incluso recibieron ayuda de los Aliados, por lo menos hasta que los alemanes retomaron el control de Leros y Kos, fusilando sobre el terreno a un centenar de oficiales y al almirante Luigi Mascherpa. Lo mismo ocurrió en Corfú debido a que los germanos perpetraron algunas matanzas sobre este enclave del Mar Jónico; aunque lo peor sin duda fue el episodio de la Matanza de Cefalonia después de que varios destacamentos de cazadores de montaña se hicieran con el control de dicho enclave insular y asesinaran a nada menos que 5.000 combatientes de la 33ª División de Infantería «Acqui».

Tanqueta italiana Semovente y su tripulación capturada por los alemanes en la «Operación Achse».

Bastante más sencillas transcurrieron las cosas en Francia porque las fuerzas germanas al mando del mariscal Gerd Von Rundest fueron rodeando a las divisiones del IV Ejército Italiano al frente del general Mario Vercellino sobre Provenza, las cuales tan sólo volaron el Túnel de Fréjus y ofrecieron una breve resistencia en el Paso del Monte Cenis, antes de que 60.000 soldados se rindieran en los márgenes del Río Var, el puerto de Tolón y la ciudad costera de Mentón. Algo más complicadas marcharon las cosas en Córcega debido a que las formaciones latinas se unieron a la Resistencia Corsa para luchar contra los alemanes y un grupo de paracaidistas italianos leales al Eje, hasta que semanas más tarde los insurrectos fueron relevados por tropas desembarcadas de la Francia Libre.

Otras guarniciones menores del Ejército Italiano que se encontraban diseminadas por Europa no tuvieron más remedio que rendirse al encontrarse completamente rodeadas por fuerzas de la Wehrmacht, tal y como sucedió con las escasas tropas destinas en el Frente Oriental de la Unión Soviética, en bases navales francesas como la de Burdeos, en diversos puertos de Alemania o en la ciudad de Constanza en Rumanía, donde los marinos latinos fueron desarmados por las autoridades del Ejército Rumano. También en China la Concesión Italiana de Tianjin fue atacada por Japón cuando 600 defensores ítalo-chinos quedaron sitiados por 5.000 soldados del Ejército Japonés, en cuyas calles soportaron bombardeos de artillería y virulentos asaltos hasta que el capitán Carlo Dell’Acqua se vio forzado a capitular ante el Imperio del Sol Naciente, exactamente igual que hicieron los pequeños destacamentos latinos en las Legaciones de Shangai y Wuhan.

Hundimiento del «Roma»

La Marina Real Italiana (Reggia Marina) al mando del almirante Carlo Bergamini, a diferencia del resto de las fuerzas armadas, no se tomó con mucho optimismo el Armisticio de Cassibile debido a que la mayor parte de los marineros habían esperado con impaciencia una última batalla suicida contra la Flota Aliada. A raíz de este jarro de agua fría y la manifiesta desilusión entre la marinería, muchos miembros del personal optaron por desobedecer a sus superiores e incluso algunos capitanes decidieron hundir sus propios buques antes que entregarlos a los Aliados. De hecho para evitar posibles amotinamientos o casos de autosabotaje, el almirante Raffaele De Courten, por ese entonces el Ministro de Marina, consiguió convencer a sus hombres de que los barcos tan sólo serían internados de manera provisional y devueltos al final de la contienda. Así lo transmitió mediante el siguiente mensaje radiado: Marineros de la Flota Italiana y de la marina mercante italiana. Vuestro país ha cesado o va a cesar las hostilidades contra las Naciones Unidas. Las Fuerzas Armadas Alemanas son ya abiertamente hostiles al pueblo italiano al que tantas veces han traicionado, tienen intención de apoderarse de vuestras naves, que urgentemente han de colaborar al transporte de víveres a Italia, y vuestros barcos de guerra deben proteger ese transporte contra los ataques alemanes. Por esto, guardaos de hundir vosotros mismos los barcos y permitid que sean capturados. Naves en el Mediterráneo zarpad hacia África Septentrional y Gibraltar, Trípoli, Malta, Haifa, Alejandría o Sicilia, para esperar el éxito final. Naves que se hallan en el Mar Negro, zarpad hacia los puertos rusos. En caso de que os falte carbón, aceite o combustible, llegad a puertos neutrales. Si encontráis fuerzas de las Naciones Unidas, señalad vuestra identidad de la siguiente mandera: izad en el palo mayor una bandera negra o azul oscuro, y mostrad sobre cubierta grandes círculos como identificación para los aeroplanos. Si encontráis de noche naves oscurecidas, encended en vuestros fanales luces más débiles de lo usual y señalad según las disposiciones que las fuerzas de las Naciones Unidas os comunicarán.

En la mañana del 9 de Septiembre de 1943, el grueso de la Marina Real Italiana zarpó de los puertos de Génova y La Spezia en dirección a la Isla de Malta con un total de quince unidades de superficie que incluyeron tres acorazados, seis cruceros y seis destructores, los cuales dibujaron grandes círculos en las cubiertas para facilitar la identificación aérea e izaron banderas negras en los palos mayores. Se trataba de la 9ª División de Acorazados «Corazzate» con el Roma, el Vittorio Véneto y el Italia (antiguo Littorio); la 8ª División de Cruceros «Incrociatori» con el Garibaldi, Duca d’Aosta, Duca degli Abruzzi, Montecuccoli, Eugenio di Savoia y Attilio Regolo; y la 14ª Escuadra de Destructores con el Legionario, Oriani, Artigliere, Grecale, Antonio da Noli y Vivaldi.

La Fuerza Aérea Alemana (Luftwaffe) que operaba en las costas del centro-norte de Italia recibió orden de impedir que los buques latinos alcanzasen los puertos bajo control de los Aliados, por lo que la II Flota Aérea (Luftlotte 2) no dejó de efectuar vuelos de reconocimiento con los que constantemente mantuvo monitorizada a la Marina Real Italiana. De hecho el general del aire Wolfram Freiherr Von Richthofen estaba tan comprometido con hacer pagar la traición a sus antiguos socios que no dudó en ordenar a sus pilotos lo siguiente: «Los barcos de guerra italianos que abandonen sus bases o intenten pasarse al enemigo deben ser obligados a regresar a puerto o ser destruidos».

Al poco de aproximarse el grueso de la Marina Real Italiana al Estuario de la Maddalena que separaba Córcega de Cerdeña, los soldados alemanes que acababan de desarmar a la guarnición latina presente en la Isla de la Maddalena bloquearon el paso a la escuadra, por lo que el almirante Carlo Bergamini optó por navegar en zigzag a 27 nudos y desviar a sus naves hacia las Bocas de Bonifacio para alcanzar los puertos de La Valetta en Malta y Bona en Argelia. La modificación de la ruta no impidió que un grupo de bombarderos alemanes Dornier Do 217 avistaran a la Regia Marina, los cuales bombardearon a los buques sin éxito porque ninguna bomba hizo blanco y encima uno de los bimotores resultó derribado por las armas antiaéreas. Algo parecido ocurrió posteriormente con un aparato de reconocimiento de la Fuerza Aérea Real Británica, la RAF, que a punto estuvo de ser abatido por «fuego amigo», por lo que para evitar nuevos incidentes se solicitó la escolta de cuatro cazas Macchi MC.202 Folgore procedentes del Aeropuerto de Olbia-Venafiorita en Cerdeña, cuyos pilotos se perdieron por culpa de un error de navegación y por tanto dejaron sin protección a la flota justo en el momento más crucial.

Inesperadamente a las 15:15 horas de la tarde del 9 de Septiembre de 1943, un total de doce bombarderos Dornier Do 217 alemanes del 100º Escuadrón de Bombardero (Kampfgeschwader 100) que acababan de despegar del Aeródromo de Istres en Francia, avistaron desde una cota de 6.000 metros de altitud a los diferentes buques de la Marina Real Italiana. Los pilotos no dudaron ni un sólo instante porque aproaron hacia el objetivo esquivando las detonaciones producidas por las piezas de artillería antiaéreas fijadas para explosionar a una elevación de 75º grados, cuyos proyectiles no impidieron a los bimotores arrojar su carga y lograr dos impactos, uno a 75 metros del crucero Eugenio di Savoia y otro en el acorazado Italia que le rompió el timón (aunque continuó navegando gracias al auxiliar).

Hundimiento del acorazado Roma como represalia alemana ante la traición de Italia.

El acorazado Roma fue atacado a las 15:37 horas por dos bombarderos Dornier Do 217, siendo el primero el pilotado por el oficial Bernard Jope que a 5.000 metros de altitud disparó una bomba experimental Ruhrstahl SD 1400 X (Fritz X) teleguiada por radiocontrol, la cual atravesó el casco y explosionó bajo la quilla con fatales consecuencias para la estructura debido a que rompió las dos hélices, inundó la sala de máquinas, mató a 100 marineros y redujo la velocidad a 16 nudos. A continuación el segundo bimotor a los mandos de Kurt Steinborn lanzó otra Fritz X radioguiada por el técnico Eugen Degan, quién consiguió cercenar una torreta de 381 milímetros y detonar en la santabárbara, provocando una gigantesca una nube de humo y fuego a 800 metros de altura, antes de que el buque se escorara de estribor y se partiese en dos trozos hasta que finalmente se hundió a las 16:11 horas de la tarde. Solamente unos pocos tripulantes lograron sobrevivir al naufragio saltando al agua o sujetándose a salvavidas por iniciativa del teniente Incisa de la Rochetta (único oficial superviviente), los cuales fueron rescatados por un grupo de naves de la 8ª División de Cruceros encabezada por el almirante Luigi Banchieri, ya que para entonces un total de 1.445 marineros y oficiales habían perdido la vida en el interior del Roma, incluyendo el almirante Carlo Berganimi.

A otros navíos de la Regia Marina las cosas tampoco les fueron mejor como le ocurrió al destructor Antonio da Noli cuando un cañón costero emplazado en Córcega le impactó con dos proyectiles y le obligó a variar el rumbo hacia Bonifacio, en donde a continuación colisionó con una mina y se hundió con 182 marineros que perdieron la vida (38 fueron rescatados por el submarino británico HMS Sportsman). Algo parecido le sucedió al destructor Vivaldi después de recibir daños por parte de las baterías costeras, ya que al poco tiempo perdió la gobernabilidad y tuvo que ser hundido por sus propios tripulantes, quienes acabarían siendo recogidos por un hidroavión alemán, el cual fue ametrallado por un caza estadounidense y derribado, por lo que los restantes marineros supervivientes tuvieron que ser evacuados en una segunda ocasión por una patrullera de la Marina de Guerra Alemana.

El resto de naves de la Marina Real Italiana continuaron su trayecto hacia los puertos bajo control de los Aliados, en esta ocasión liderados por el almirante Romeo Oliva, quién acababa de sustituir al difunto almirante Carlo Bergamini y elegir como buque insignia al crucero Eugenio di Saboya. Afortunadamente los italianos ya no fueron molestados porque a mitad de camino recibieron la escolta de los acorazados británicos HMS Valiant y HMS Warpsite, los cuales les guiaron hacia África o la Isla de Malta, a donde también se dirigieron las unidades de la 5ª División Naval procedente de Tarento bajo el liderazgo del almirante Alberto Da Zara. Así fue como poco a poco fueron atracando en los muelles de La Valetta los tres acorazados Duilio, Andrea Doria y Giulio Césare, los tres cruceros Scipione l’Africano, Pompeo Magno y Cardona, el destructor Da Recco y el portahidroaviones Miraglia.

Otros barcos de la Regia Marina prefirieron hundirse en los puertos de la misma Italia antes que entregarse a los Aliados, como hicieron dos cruceros, seis destructores, cinco torpederos, once submarinos, tres corbetas y cinco embarcaciones menores que sufrieron un autosabotaje en sus fondeaderos. También fuera de la Península Italiana se repitieron hechos similares como por ejemplo sucedió sobre la Isla de Mallorca en la neutral España, cuando los destructores Pegaso e Impetuoso fueron abandonados por la tripulación y echados a pique a la salida de la Bahía de Palma. Lo mismo ocurrió en China con los tres cañoneros Conte Verde, Lepanto y Carlotto que fueron dinamitados por sus propios marineros en la Legación Italiana de Shangai y destruidos para evitar que cayesen en manos de la Marina Imperial Japonesa.

Algunos buques de la Marina Real Italiana prefirieron no unir sus destinos ni a los Aliados ni al Eje porque optaron por quedar internados en países neutrales como España, tal y como hicieron el crucero ligero Attilio Regolo y la lancha torpedera MZ-780 que se entregaron a las autoridades hispanas en el puerto de Mahón sobre Menorca, en donde desembarcaron 600 supervivientes del acorazado Roma, de los cuales trece fallecerían a causa de sus heridas en el Hospital Isla del Rey. De la misma manera una escuadrilla de siete hidroaviones de la Regia Marina, entre estos seis del modelo RO.43 y un RO.44 catapultado por el Roma, viajaron hasta Mallorca y amerizaron en el puerto de Pollença para acto seguido acabar siendo requisados por los militares de la Armada Española.

Después de completarse la evacuación de la Marina Real Italiana aquella oscura jornada del 9 de Septiembre, un total de 137 buques de guerra se rindieron a los Aliados contabilizando a 5 acorazados, 8 cruceros, 7 destructores, 39 submarinos, 24 torpederos, 3 dragaminas, 19 corbetas y 32 lanchas torpederas, sin contar 105 mercantes de uso civil por valor de 185.591 toneladas brutas. Al mismo tiempo otros 201 navíos se entregaron a las fuerzas del Eje, los cuales sumaron un 1 portaaviones (en construcción), 1 acorazado, 6 cruceros, 11 destructores, 41 submarinos, 32 corbetas, 15 minadores, 64 dragaminas, 16 torpederos, 1 lancha torpedera y 13 patrulleras.

Consecuencias

Mientras el Reino de Italia se desmoronaba despedazado por los Aliados y el Tercer Reich, el mariscal Pietro Badoglio y los miembros de la Dinastía Saboya se dedicaron a dormir la siesta, fumar puros y beber café en el Castillo de Crecchio. Allí permanecieron hasta las 23:00 horas de la noche cuando finalmente recibieron la orden de evacuación ante la proximidad las de tropas del Ejército Alemán, por lo que tras deshacerse de sus uniformes y medallas, el Rey Víctor Manuel III marchó junto a su familia y Badoglio hasta los muelles de Ponte del Mare en la ciudad de Pescara, donde los diferentes mandatarios protagonizaron un patético episodio de empujones y alguna caída del agua por ver cuál embarcaba primero y salvaba la vida antes que el resto. Los únicos que mantuvieron cierta compostura fueron el monarca y sus hijos cuando tras hacer trasbordo en los pesqueros Littorio y Nicolina, embarcaron la mañana del 10 en la corbeta Bayoneta, en cuya cubierta se encontraron llorando y vestido de paisano al general Mario Roatta, quién en un actitud bastante indecente manifestó sentirse avergonzado por haber abandonado a sus hombres en Roma. Respecto a los demás líderes políticos y militares aguardaron impacientes en el puerto hasta que fueron rescatados por la corbeta Scimitarra, la cual tuvo que dar un par de vueltas al no localizarlos debido a que se habían ataviado con prendas civiles, aunque al final todos fueron evacuados tan sólo unas horas antes de que el enclave fuese ocupado por la Wehrmacht.

En torno al mediodía del 10 de Septiembre de 1943, las tropas del Ejército Italiano consiguieron consolidar una línea defensiva que los alemanes no lograron traspasar por encima de los puertos de Bari y Brindisi, por lo que las corbetas Bayoneta y Scimitarra se dirigieron a este último para acabar desembarcando a la Casa Real y a los políticos del recién disuelto «régimen badogliano». Así como fue como en aquella ciudad portuaria los jerarcas fugados establecieron una capital provisional para gestionar el poco territorio que aún mantenían bajo su control, fijando diversos ministerios, un Estado Mayor para las Fuerzas Armadas y una embajada con los países de los Aliados, al cual bautizaron con el nombre de Reino del Sur, posteriormente conocida como Italia Cobeligerante.

Oficialmente el 11 de Septiembre de 1943 se completó la ocupación absoluta de Italia por parte de Estados Unidos, Gran Bretaña y el Tercer Reich, mientras que veinticuatro horas más tarde, el 12, un grupo de comandos germanos al mando del oficial Otto Skorzeny liberaron a Benito Mussolini de su cautiverio en el Gran Sasso dentro del marco de la «Operación Roble». Aquella misión tan exitosa permitió devolver al Duce al poder y fundar la República Social Italiana, también conocida como República de Saló, la cual continuaría su alianza con Alemania bajo un régimen fascista y levantando unas Fuerzas Armadas Republicanas para la ocasión con más de 800.000 hombres que combatirían a los Aliados.

La humillación del juego a dos bandas por parte de Italia fue indiscutible, pues el Reino del Sur quedó sometido a las decisiones políticas de Estados Unidos y el Imperio Británico, los cuales trataron a sus nuevos socios con desprecio, les desarmaron como si fuesen prisioneros (salvo por el Ejército Cobeligerante que reuniría unos 200.000 hombres), promovieron la separación de la colonia de Libia y les advirtieron que muchos de sus «territorios irredentos» serían entregados a otras naciones nada más terminar la guerra como Yugoslavia, Grecia o Francia. Respecto a la actitud del Eje la venganza por la traición no tardó en materializarse porque Alemania se anexionó los enclaves de minorías germanas en Trento, Trentino, Bolzano, el Alto Adiggio, Carnia y Carniola; mientras que Croacia se apropió de las provincias de Dalmacia, Istria, Carso y Zara. También en los Balcanes se independizó la República de Albania a cambio de una alianza con el Tercer Reich, sin obviar con que la Concesión de Tientsin pasó a depender de la China Nacional Reorganizada, por ese entonces un «Estado títetre» de Japón.

Otra de las tragedias que padeció Italia fruto de la traición y la firma del Armisticio de Cassibile fue que la nación se dividió en dos bandos irreconciliables, la República Social Italiana en favor del Eje y la Italia Cobeligerante en favor de los Aliados, lo que desató un conflicto interno conocido como la Guerra Civil Italiana. Esta conflagración que duró 600 días implicó una lucha fratricida entre soldados fascistas y partisanos antifascistas, estos últimos comunistas, liberales y católicos, en forma de choques armados, represalias, asesinatos y matanzas por parte de ambos bandos, al mismo tiempo en que el país se convertía en un campo de batalla entre alemanes y anglo-estadounidenses con la consiguiente destrucción y bombardeos que acabarían dejando 200.000 muertos por infinidad de causas.

División de Italia y situación del inicio de la Guerra Civil Italiana el 9 de Septiembre de 1943.

En términos generales la capitulación de Italia en Septiembre de 1943 supuso un triunfo diplomático muy importante y con carácter momentáneo para los Aliados debido a que consiguieron sacar de la contienda a una de los tres potencias del Pacto Tripartito, aunque una vez se materializó la traición todo lo que vino con posterioridad fueron consecuencias nocivas para los implicados en la conspiración. Las razones de ello fueron principalmente estratégicas porque los anglo-estadounidenses se quedaron estancados por culpa de la complicada geografía montañosa de la Península Italiana, pero también por la fanática resistencia ofrecida por las tropas del Eje, lo que repercutió negativamente en otras campañas que se tenían previstas sobre Europa o Asia como por ejemplo el Día-D, sin obviar que se tuvieron que cancelar algunas operaciones como un desembarco en los Balcanes y una ofensiva sobre Birmania. A nivel político el resultado del Armisticio de Cassibile fue otro revés para británicos y norteamericanos, pues el inesperado resurgimiento del fascismo provocó que más de la mitad de Italia continuase luchando contra ellos gracias a la liberación de Benito Mussolini y a la instauración de la República de Saló, ya que este último país abarcó el 65% del total de la superficie peninsular entre Salerno y los Alpes, excluyendo el pequeño Reino del Sur, Cerdeña y Sicilia. De hecho el Primer Ministro Winston Churchill del Reino Unido reconoció el avispero en el que se habían metido cuando dejó de referirse al territorio italiano como la «panza blanda del cocodrilo» por la definición mucho más acertada de «panza de acero».

Los «conspiradores del 9 de Septiembre», tal y como muchos definieron al Rey Víctor Manuel III y al equipo del mariscal Pietro Badoglio, no disfrutaron de un futuro prometedor al frente de la Italia Cobeligerante, pues aunque en Mayo de 1945 se produjo la victoria de los Aliados, la ejecución de Benito Mussolini y la desaparición del fascismo con la disolución de la República Social Italiana, el sistema establecido por los circunstanciales vencedores se vino abajo cuando los que habían participado del «régimen badogliano» fueron apartados del poder y la monarquía terminó siendo abolida por un referéndum en 1946, viéndose obligados los miembros de la Casa Saboya a exiliarse en Suiza. Así fue como nació la República de Italia según unos principios democráticos, católicos y liberal-capitalistas, por ese entonces con la idea de contrarrestar a los representantes del ex-movimiento partisano que encarnaban tanto los militantes de izquierda como del influyente Partido Comunista Italiano. El experimento dio sus frutos porque la nación salió adelante sin contar con ninguno de los que habían poseído cargos en la Segunda Guerra Mundial y menos aún con quienes para evitar la guerra en el territorio peninsular y una ocupación extranjera, por su actitud irresponsable y egoísta consiguieron justo lo contrario durante uno de los episodios más vergonzosos, cobardes y traicioneros de la Historia de Italia.

 

Bibliografía:

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