Anexión de Bukovina, Besaravia, Transilvania y Dobrudja

Al comenzar la Segunda Guerra Mundial en 1939, el Reino de Rumanía se encontró en una situación muy complicada en la que era difícil mantener contentos tanto a los Aliados Occidentales como a las potencias del Eje. A pesar de su posición de neutralidad, la incompetencia del Gobierno de Bucarest y los vaivenes diplomáticos del Rey Carol II derivaron en unas consecuencias nefastas para la nación que se materializó en el Arbitraje de Viena y en una agresión desde todas sus fronteras por nada menos que la Unión Soviética, Hungría y Bulgaria.

Preludio

Rumanía había sido una de las grandes vencedoras de la Primera Guerra Mundial porque gracias a su pertenencia al bando de los Aliados obtuvo Transilvania a costa de Hungría durante el Tratado del Trianon y Dobrudja a costa de Bulgaria durante el Tratado de Neully. También su participación en la Guerra Civil Rusa del lado de las naciones anticomunistas encabezadas por la antigua Entente, le permitieron arrebatar a la Rusia Bolchevique las provincias de Besaravia y Bukovina, aumentando el tamaño del país a casi el doble de sus fronteras previas a la Gran Guerra con apróximadamente 150.000 kilómetros cuadrados..

Durante la “Era de Entreguerras”, el Reino Rumanía consolidó su posición en Europa aprovechando sus lazos con Gran Bretaña y Francia, pese a que dentro del país se vivía en la quiebra económica y entre la población imperaba un descontento social a causa de la miseria del campesinado y una clase política corrupta. Cuando el movimiento fascista de la Guardia de Hierro se intentó apropiar del discurso contra las élites, en 1937 el Rey Carlos II perpetró un golpe de Estado mediante el que persiguió a todos los disidentes y terminó asesinando a su líder Corneliu Zelea Codreanu. A partir de entonces nació una dictadura autoritaria en torno a la figura del monarca que obtuvo el reconocimiento entusiasta de los Gobiernos de Londres y París, algo que por supuso generó preocupación en otros países de signo opuesto como Alemania, que precisamente mantenía contratos para la importación de madera, cereales y 1.500.000 toneladas de petróleo anuales.

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, el Reino de Rumanía se declaró neutral respecto de los contendientes, pero el Rey Carlos II cometió la torpeza de apoyar pública y simbólicamente a Gran Bretaña y Francia. Aquello fue una temeridad innecesaria pues aunque el país no tenía frontera con Alemania, sí la poseía con su principal socio, la Unión Soviética de Iósif Stalin, así como con Hungría y Bulgaria que simpatizaban con el Gobierno de Berlín. A esto había que añadir que la oposición contra el régimen procedía de un partido pro-Eje como era la Guardia de Hierro, cuyos afiliados que eran conocidos como “legionarios” comenzaron a trabajar en secreto desde su exilio en Dinamarca y más en concreto a través del embajador Mihail Sturdza afincado en Copenhague, para los servicios de inteligencia de la Italia Fascista y también para la Policía de la Gestapo en el Tercer Reich. Así fue como se financió y creó el Escuadrón de la Muerte liderado por Miti Dumitrescu y conformado por los estudiantes Cezar Popescu, Traian Popescu, Ion Moldoveanu, Ion Ionescu e Ion Vasiliu, quienes el 21 de Septiembre atentaron en Bucarest contra el Rey Carol II, sobreviviendo milagrosamente el monarca pero perdiendo la vida el Ministro de Interior Armand Calinescu.

Fallido el atentado contra el Rey Carol II, las autoridades desataron el terror contra la Guardia de Hierro porque cientos de legionarios que permanecían presos desde el golpe de Estado de 1937, fueron fusilados en las cárceles y en muchos casos ahorcados de las farolas de Bucarest, llegando incluso las fuerzas de orden público a obligar a los niños de colegios a desfilar ante los cadáveres expuestos públicamente. No obstante y pese a la brutalidad del monarca, muy pronto el régimen entraría en una grave crisis cuando Alemania derrotó a Francia en 1940 y expulsó del continente al Cuerpo Expedicionaria Británico, ya que el Reino de Rumanía se quedó a solas y completamente rodeado de potencias enemigas dentro de Europa.

Anexión de Besaravia y Bukovina

El 26 de Junio de 1940, el Ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética, Vyacheslav Molotov, invocando el acuerdo alcanzado con Alemania en el Pacto Ribbentrop-Molotov de 1939 mediante el cual se reconocía en secreto la reincorporación de Besarabia y Bukovina a Rusia, presentó un ultimátum al embajador rumano Gheorge Davidescu en Moscú. Al día siguiente, el 27 de Junio, nada más enterarse el Rey Carol II de la terrible noticia, convocó de urgencia al Primer Ministro Gheorge Tâtârescu y al Ministro de Asuntos Exteriores Ion Gigurtu para saber qué pasos tomar porque el plazo expiraba en menos de veinticuatro horas. A sabiendas de que sus fuerzas armadas no podrían hacer frente al poderoso Ejército Rojo, finalmente se decretó la evacuación de todo el personal militar de ambas provincias según una orden del Consejo Real la noche del 27 al 28.

Al amanecer del 28 de Junio de 1940, más de 100.000 soldados del Frente Sudoeste al mando del general Georgi Zhukov cruzaron la frontera de Ucrania con Rumanía y entraron en Besarabia y Bukovina con 40 divisiones (32 de fusileros, 6 de caballería y 2 mecanizadas), 11 brigadas blindadas, 3 brigadas paracaidistas y 30 regimientos de artillería que se agruparon en los V, IX y XII Ejércitos. Salvo por algunas acciones esporádicas de soldados rumanos que por desconocimiento efectuaron unos pocos tiroteos aislados que causaron a las tropas soviéticas un total de 98 bajas entre 29 muertos y 69 heridos, con pasmosa velocidad los rusos sortearon el Río Prut y ocuparon ambas regiones, tomando las principales ciudades de Chisinâu, Iasi, Husi, Akkerman, Cernâuti y Cetatea Albâ, así como una porción histórica del Reino Rumano en Hertza la jornada del 3 de Julio.

El Ejército Rojo con tropas y tanques ocupando Bukovina que será anexionada por la Unión Soviética.

Ocupadas Besarabia y Bukovina por el Ejército Rojo, las dos provincias pasaron a conformar la República Socialista Soviética de Moldavia. Inmediatamente a la anexión, los soldados del Ejército Real Rumano se retiraron al otro lado de la frontera acompañados por 68.953 refugiados civiles y más de 40.000 desertores desarmados, mientras que muchos de los que permanecieron en la zona soviética sufrieron represión y deportación a los gulags y campos de trabajo de Siberia, perdiendo la vida 57.000 ciudadanos moldavo-rumanos, sin obviar los 149.974 compatriotas que durante el resto del año 1940 serían expulsados de sus hogares y repatriados forzosamente a Rumanía.

La pérdida de Besarabia y Bukovina supuso un golpe al orgullo patrio del Reino de Rumanía, pero al mismo tiempo un mazazo demoledor para la dictadura del Rey Carol II. Como durante la agresión perpetrada por la Unión Soviética, el Tercer Reich se había desentendido completamente de los rumanos para en su lugar secundar las reclamaciones territoriales de Iósif Stalin (algo obvio después del apoyo público del monarca al bando de los Aliados), el régimen probó por todos los medios revertir la situación intentando contentar a Alemania y obtener su protección para eventuales ataques de terceros, en este caso legalizando a la Guardia de Hierro, liberando a muchos de sus miembros de las cárceles, incluyendo a su líder Horia Sima, e incluso nombrando al legionario Mihail Manoilescu como nuevo Ministro de Exteriores. Lamentablemente todas las medidas del Gobierno de Bucarest vinieron demasiado tarde porque el Ministro de Asuntos Exteriores Joachim Von Ribbentrop, siguiendo órdenes de Adolf Hitler, rechazó erigirse como el “protector” del pueblo rumano cuando en esta ocasión surgió una nueva amenaza por parte de Hungría.

Anexión de Transilvania y Dobrudja

Hungría ansiaba recuperar las territorios perdidos en el Tratado del Trianon de 1919 que había perdido a costa de Rumanía tras la disolución del Imperio Austro-Húngaro. Así lo expresó el Almirante Miklós Horthy, por aquel entonces cabeza de la Regencia del Reino Magiar, cuando al percatarse de la debilidad de los rumanos y su aislamiento diplomático, envió al Gobierno de Bucarest una serie de exigencias acerca de la devolución de las provincias transilvanas. Curiosamente y a diferencia del apoyo que otorgó Alemania a la Unión Soviética con Besarabia y Bukovina, en esta ocasión el Gobierno de Berlín pretendió ser cauto con el Gobierno de Budapest porque tampoco le convenía indisponerse demasiado con la diplomacia rumana a sabiendas de la necesidad de establecer acuerdos comerciales para comprar el tan necesario petróleo extraído en las refinerías de Ploiesti.

El Rey Carol II que conocía el interés del Tercer Reich por su petróleo y de que Adolf Hitler al menos se lo pensaría antes de secundar las pretensiones del Almirante Miklós Horthy, no dudó en movilizar a sus fuerzas militares en Transilvania, desplegando a miles de tropas sobre “Línea Carol II” consistente en un cinturón de fortificaciones de 300 kilómetros sobre la demarcación transilvano-magiar que pretendía imitar a la “Línea Maginot” de Francia con 320 búnkers o casamatas dispuestos en intervalos de 400 metros. Ante la inesperada reacción por parte del Ejército Real Rumano y de que el Gobierno de Budapest en lugar de recular todavía subió el tono de sus amenazas, el Führer no tuvo más remedio que convocar a las dos partes implicadas para evitar una confrontación rumano-magiar en los Cárpatos que se extendiese a los Balcanes.

La jornada del 30 de Agosto del 1940, se reunieron en el Palacio de Valverde de Viena los Ministros de Asuntos de Exteriores que posteriormente conformarían las cuatro grandes naciones del Eje sobre Europa, en concreto el rumano Mihail Manoiluscu, el húngaro István Csáky, el alemán Joachim Von Ribbentrop y el italiano Galezzo Ciano. Fruto de esta convocatoria celebrada en la capital de Austria que fue conocida como el Segundo Arbitraje de Viena (el Primer Arbitraje de Viena databa de 1938 cuando se reconoció la soberanía magiar de varias provincias a costa de Checoslovaquia durante la Crisis de los Sudetes), se acordó por unanimidad la anulación del Tratado del Trianon y la restitución de una considerable porción de Transilvania a Hungría.

Entrada del Ejército Húngaro con tanquetas e intantería en Cluj, capital de Transilvania.

La claudicación del Gobierno de Bucarest ante el Gobierno de Budapest pronto sovacó de manera irreversible el prestigio del Rey Carol II. A estos desastre en el plano territorial, encima había que añadir la ruina económica de una nación en quiebra debido a la apropiación de tantos recursos por parte de las naciones agresoras, así como la corrupción interna, los impuestos a las clases pobres y los millones de desplazados de la provincias anexionadas que vagaban por las ciudades o el campo sin tener un sitio donde alojarse. De hecho el monarca para aparentar que intentaba solucionar la crisis emitió unos sellos que venían con cada panecillo de la cartilla de racionamiento para demostrar que estaba invirtiendo en la Fuerza Aérea Real Rumana que pronto contribuiría a reconquistar los territorios cedidos (cuando en realidad el dinero se desvió a cuentas en el extranjero).

Bulgaria que veía la vulnerabilidad de Rumanía y deseaba recuperar la provincia nororiental de Dobrudja junto el Mar Negro que los vencedores de la Primera Guerra Mundial la habían arrebatado durante el Tratado de Neully de 1919, apenas tardó en lanzar un ultimátum al Gobierno de Bucarest. El Rey Carol II entró en pánico nada más ver los términos, pues al menos había tenido la esperanza de que los búlgaros no reclamasen el estratégico puerto de Balchik y la rica ciudad de Sillistra, pero tanto el Gobierno de Sofia como el Zar Boris III se habían asegurado de añadirlo a la lista, además de haberse garantizado previamente garantías por parte de Alemania.

La amenaza de Bulgaria fue la gota que colmó el vaso porque el 3 de Septiembre decenas de miles de ciudadanos y legionarios de la Guardia de Hierro se echaron a las calles de Bucarest y rodearon el Palacio Real (haciendo que el Rey Carol II se escondiera con su perro “Urdereanu” detrás una persiana hasta que la protesta fue disuelta por la Gendarmería). Acto seguido el monarca acudió a la cárcel para liberar al general Ion Antonescu, uno de los hombres más capaces en tiempos de crisis que había sido encarcelado en el pasado por diferencias personales, para implorarle perdón y suplicarle que salvara a la nación de un desastre. Sin embargo y contra todo lo esperado, en cuanto Ion Antonescu tomó el control del Ejército Real Rumano la jornada del 4, obligó a dimitir al gabinete del Primer Ministro Ion Gigurtu y perpetró un golpe de Estado mediante el que derrocó al Rey Carol II, quién a toda prisa se exilió en el Reino Unido. Inmediatamente a la caída del régimen monárquico, ascendió al trono el Rey Miguel I y se creó el “Estado Nacional-Legionario” consistente en un sistema político mixto entre militares conservadores dirigidos por el recién nombrado “Conducator” Ion Antonescu y la Guardia de Hierro de Horia Sima, los cuales ya no tuvieron tiempo de evitar la agresión de Hungría.

El 5 de Septiembre de 1940 el I Ejército Húngaro del general Vimos Nagy y el II Ejército Húngaro del general Gusztáv Jany cruzaron la frontera de Hungría con Transilvania, manteniendo un breve choque nada más atravesar la demarcación sobre el comarca de Bihor que fue conocido como el Incidente Diosig, donde un grupo de tropas rumanas que no sabían nada acerca del Segundo Arbitraje de Viena opusieron resistencia, matando en el tiroteo a nueve soldados húngaros a costa de morir seis rumanos, entre estos el teniente Dumitru Lazea. Generalmente la anexión se desarrolló de forma pacífica porque las minorías magiares recibieron jubilosas a las tropas húngaras, incluyendo al entrar los soldados en las grandes de Cluj y Oradea.

Soldados del Ejército Búlgaro sobre una tanqueta sobre una carretera de Dobrudja.

Dos días después de la entrada del Ejército Húngaro en Transilvania, el 7 de Septiembre de 1940, el Ejército Búlgaro cruzó la frontera del sureste de Rumanía entrando en la provincia de Dobrudja. Según el Tratado de Craiova suscrito entre el general Ion Antonescu y el Zar Boris III, obviamente con el visto bueno de Alemania e Italia, los rumanos fueron por tercera vez humillados porque hubieron de retirarse ante la irrupción de las tropas búlgaras que en pocos días se anexionaron la totalidad de Dobrudja y expulsaron a 103.000 ciudadanos de nacionalidad rumana, apoderándose durante el camino de 7.000 kilómetros cuadrados y los distritos de Turtucaia, Silistra, Acadânlar, Curtbubar, Ezibei, Casim y Balcic.

Lamentablemente durante la anexión de Hungría a Transilvania tuvieron lugar algunos comportamientos poco civilizados por parte de los ocupantes, como por ejemplo ocurrió el 8 de Septiembre de 1940 en el pueblo de Nusfalâu cuando un grupo de infantes magiares asesinó a golpes de bayoneta a once civiles rumanos, entre estos nueve varones y dos mujeres. Mucho peor fue lo que sucedió durante la siguiente jornada del 9 en un acontecimiento conocido como la Masacre de Trezna porque las tropas húngaras masacraron en pelotones de fusilamiento a 93 personas, entre estas 87 rumanos y 6 judíos, estando entre las víctimas un sacerdote ortodoxo y su esposa. Al cabo de cinco días, el 13, un grupo de rumanos armados emboscó y mató a cuatro soldados húngaros, por lo que sus compañeros como represalia perpetraron la Masacre de Ip en la que ejecutaron a 159 campesinos.

El 14 de Septiembre toda Transilvania quedó anexionada por Hungría según lo pactado en el Segunda Arbitraje de Viena a un coste relativamente bajo porque se contabilizaron 13 soldados magiares muertos en acciones armadas y 269 rumanos (6 soldados y 263 civiles). Una vez consolidada la ocupación sobre 180.000 kilómetros cuadrados de territorio, muchas de las minorías rumanas huyeron a Rumanía, aunque un alto porcentaje permaneció en las zonas ocupadas por Hungría, registrándose el siguiente censo entre la población transilvana: 1.347.012 húngaros, 1.066.926 rumanos, 47.400 judíos, 44.600 alemanes y 76.600 personas de diversas procedencias como checos, eslovacos, ucranianos, turcos, polacos, gitanos…

Oficialmente a mediados de Septiembre de 1940 terminó el reparto territorial de Rumanía a manos de la Unión Soviética, Hungría y Bulgaria. Hasta entonces la nación había visto reducidas sus fronteras a casi el doble de su tamaño original y cientos de miles de sus ciudadanos expulsados, deportados o secuestrados dentro de otra nación, algo que supuso un verdadero trauma para la población y un cambio de rumbo en el Gobierno de Bucarest, pues tras el nacimiento del “Estado Nacional-Legionario” y el nombramiento como “Conducator” de Ion Antonescu que siempre entendió la necesidad de entenderse con Alemania para evitar los abusos de los Gobiernos de Moscú, Budapest y Sofia, realineó a Rumanía como el socio más importante de Alemania dentro del Eje sólo por detrás de Japón e Italia.

 

Bibliografía:

-Olivia Manning, Así fue la Segunda Guerra Mundial Volumen 14, “El Golpe de Estado en Rumanía, Noguer (1972), p.313-317
-Carlos Caballero Jurado, Ejército Nacional Rumano, “Corneliu Codreanu y la Legión de San Miguel Arcángel”, García Hispán Editor (1997), p.32-58
-Jaques Pirenne, Historia Universal, “Rumanía, desmembrada en provecho de Hungría y Bulgaria”, Éxito (1961), p.288-289