Suicidios forzosos a la población de Japón

 

Japón fue testigo de innumerables crímenes dentro de su propio territorio nacional. Miles de prisioneros aliados fueron internados en campos de concentración, así como millares civiles de las naciones aliadas que residían en aquel país. Muchos chinos y asiáticos a los que los japoneses consideraban inferiores fueron convertidos en esclavos, y en muchos casos tratados como cobayas de experimientos militares. Pero el horror no sólo únicamente llegó a los prisioneros, también a los propios japoneses, ya que en los últimos momentos de la guerra los militares llevaron a cabo una intensa campaña de coacción para conducir a miles de sus compatriotas al suicidio o a la muerte.

El territorio de Corea

Corea gozaba del Estatuto de pertenecer al Imperio Japonés, pues su suelo era considerado Japón y los coreanos poseían una limitada nacionalidad nipona, aunque muy por debajo del estatus social de los japoneses. Por ser parte de Japón precisamente, sería esta raza la primera con obligación de morir por ese país, aunque fuera forzosamente o bajo amenza.

Como si de una fuente de recursos humanos se tratase, Corea fue usada así a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de las veces se alistaba forzosamente a los coreanos para ser empleados como carne de cañón humana en la batallas, muriendo de ese modo miles de ellos en la Guerra del Pacífico como escudos humanos de los japoneses en las batallas por Guadalcanal o el Atolón de Tarawa. Otra manera de usar a los coreanos era convirtiéndolos en esclavos para construir infraestructuras en la misma Corea, Japón y otros lugares de Asia. Hubo también algunos coreanos kamikazes. Por otro lado el sexo femenino fue utilizado como recurso de consuelo sexual para los soldados japoneses, pues las coreanas eran bien apreciadas entre estos, ya que su raza con una piel muy blanca era casi igual a la japonesa a diferencia de las mujeres chinas, por lo que estando con ellas se sentían más cerca de casa.

Para todos aquellos disidentes que no quisieron participar en el proyecto del Imperio del Sol, se levantó un campo de concentración en Corea, el de Inchon, cerca de la capital de Seúl. La mayoría de rebeldes y nacionalistas coreanos contra Japón eran ejecutados casi directamente.

Al final de la Segunda Guerra Mundial murieron a manos de los japoneses unos 270.000 coreanos.

Suicidios de Saipán

Saipán, tierra japonesa en las Islas Marianas, fue el primer territorio de Japón habitado por nipones desde hacía muchos años que invadió Estados Unidos el 16 de Junio de 1944. A medida que los americanos fueron haciéndose con la isla, el Ejército Imperial trató de convencer a los civiles que allí vivían de que la mejor opción era suicidarse. Las razones que explicaron fueron que los estadounidenses cuando llegaran a sus hogares les torturarían, humillarían y violarían, además entregarse con vida era algo deshonroso. Sin embargo la verdad de todo aquello era que todos los hombres del Ejército Imperial que aún quedaban con vida en Saipán tenían que hacer una carga suicida y quitarse la vida, por eso no podían dejar a los civiles atrás, lógicamente no veían justo que ellos fueran a morir y sus compatriotas se fueran a entregar y posiblemente a convertir a la cultura norteamericana. A pesar de la coacción, en ningún momento el Emperador Hiro-Hito ordenó que se quitaran la vida los civiles, menos aún existió una orden desde Tokyo que la ratificara. Los comandantes de la isla incitaron y en muchos casos hasta de manera violenta persuadieron a todas las familias allí residentes para que se suicidaran.

Acantilado desde el que los soldados estadounidenses pueden ver a una mujer japonesa rebotando y cayendo al mar tras haber sido incitada a suicidarse.

La matanza de Saipán contra los civiles japoneses comenzó el 9 de Julio de 1944. Los acantiliados de Marpi Point fueron el lugar escogido para los suicidios en masa. Primero las madres comenzaron a lanzar a sus hijos desde las alturas hasta las rocas afiladas en el agua, para a continuación arrojarse ellas con sus maridos, así como abuelos y otros familiares. Muchas madres se tiraban con sus niños en brazos mientras los soldados japoneses observaban y hacían recuento. Algunos de los niños que al caer seguían con vida gritando de dolor fueron encontrados posteriormente entre las rocas y el coral por tropas americanas y rematados en diversas ocasiones para que no sufrieran de una muerte lenta y dolorosa, así lo narró el soldado estadounidense Michael Witowich que disparó contra varios críos moribundos que chillaban de tormento, algo que le marcó de por vida. Tras los suicidios del acantilado de Marpi Point, los soldados japoneses regresaron a las aldeas de los civiles que no se habían querido suicidar, entonces entraron en sus casas y comenzaron a ejecutarlos, incluso para ahorrar munición encerraron a las madres y niños en habitaciones y les titaron una granada tras bloquear las puertas. Una vez todos los civiles japoneses de Saipán hubieron sido asesinados, los soldados japoneses cargaron contra los americanos murierndo todos ellos en combate o suicidándose también.

Indudable fue que los suicidios de Saipán fueron un claro crimen de guerra de los militares japoneses al haber incitado de esa manera tan violenta al suicidio, pues todo aquel que no quiso suicidarse fue ejecutado sin más. De no haber instado los militares al suicidio de esa manera, sería probable que no hubiesen evitado también algunos suicidios por parte de los más radicales o gente adscrita a movimientos de extrema derecha, pero de ninguna forma no hubiera ocurrido aquella absurda masacre contra mujeres y niños indefensos que segó la vida a cientos de ellos.

Coacción a Kamikazes

Muy famosos se hicieron los kamikazes “Viento Divino” durante la Segunda Guerra Mundial. Sin duda alguna su sacrificio fue un acto de heroísmo indiscutible. Sería imposible calificar crimen de guerra el que aquellos chicos murieran estrellándose contra barcos enemigos, ni tampoco adjudicarles el título de criminales a los mandos, pues en este caso nadie era ejecutado ni castigado en caso de no presentarse voluntario. Sin embargo había una contradicción en todo esto, pues que en Japón existía el concepto del grupo y del colectivo, es decir, que si unos morían, el resto aunque les pareciera absurda la necesidad de morir tenían que hacerlo por el simple hecho de quedar bien y salvaguardar el honor propio y el de su familia. Esta mentalidad fue determinante a la hora del excesivo número de voluntarios que se presentaron para hacer tal cosa y en cierta medida los militares debían haberlo previsto.

La mayoría de kamikazes que se estrellaron contra barcos en la Segunda Guerra Mundial, ya sea con aviones, con los cohetes volantes Okha o con los torpedos humanos Kaiten, lo hicieron de una manera totalmente voluntaria y con el conocimiento de lo que eso suponía: perder la vida a cambio de ser considerados hérores, ser premiada su familia y aparecer el nombre del difunto en el Santuario de Yasukuni donde iría su alma. A pesar de estas promesas existió un pequeño porcentaje disidente entre los kamikazes que veían aquello una completa locura, de hecho si se presentaron voluntarios fue porque como los japoneses debían cumplir su cometido con el colectivo, les aterraba la idea de que se pudieran tomar medidas contra ellos si se negaban, incluso contra su familia. Un ejemplo fue el caso de Kenichiro Oonuki que sobrevivió milagrosamente cuando se disponía a estrellar su avión contra un barco, pues un instante antes un caza norteamericano le alcanzó y tuvo que aterrizar en una isla cercana; una vez en tierra los soldados japoneses le tildaron de cobarde y le encerraron en prisión donde sufrió todo tipo de torturas y vejaciones, por suerte sobrevivió a la guerra y fue liberado poco después.

Kenichiro Oonuki, kamikaze que regresó debido a problemas mecánicos y que fue castigado por ello acusado de cobarde y traidor a la patria.

El debate en torno a los kamikazes sobre si fue o no un crimen de guerra desde el punto de vista de las leyes internaciones en Ginebra y la Haya era complejo. Las leyes del soldado afirmaban que los jefes pueden mandarlo a una muerte casi segura de la que no hay probabilidad de volver, siempre que ello no implicase que el soldado tuviera que morir obligatoriamente. Esta cuestión desde el punto de vista de algunos puede calificarse de un crimen del Estado contra el propio pueblo, aunque no para otros al ser un mero ofrecimiento voluntario. En cambio cuando se induce directa o indirectamente a la coacción hay que sumar el contexto de radicalidad en el que vivía Japón en la última fase de la guerra, el cual ofrecía un caldo de cultivo perfecto para que la gente se presentase voluntaria a estas prácticas. Al principio de la guerra hubiese sido un fracaso pedir kamikazes, nadie se hubiera presentado, pero en 1944 y 1945 la situación era distinta y la mente estaba preparada para este tipo de cosas, algo que los japoneses no desaprovecharon. Cierto fue que nunca se procedió a una venganza al no haberse presentado voluntarios unos pilotos cuando se lo pidió, ni probablemente tampoco se hubiera hecho en el futuro, pero el simple hecho de estar bajo presión, fanatismo inculcado o temor de que pudiese pasar algo en algunos de los pilotos al formularles la terrible pregunta de la cual desgracidamente no sabían decir un “no”, podría hasta cierto límite y en casos muy concretos ser un crimen.

Al final de la Segunda Guerra Mundial los kamikazes hundieron 57 barcos aliados, entre ellos 4 portaaviones. Las cifras de pilotos suicidas muertos fueron de 2.500 japoneses. Posiblemente los que no quisieron morir de ese modo fueron una cifra ridículamente diminuta, por lo que no podría calificarse crimen de guerra a todo el arma kamikaze en conjunto.

Okinawa

Uno de los mayores suicidios colectivos en la Guerra del Pacífico tuvo lugar en el archipiélago japonés de las Islas Ryukyu y especialmente en la isla japonesa de Okinawa entre Marzo y Junio de 1945. Al igual que había ocurrido en Saipán el año antes, el proceso de coacción al suicidio por parte de los soldados japoneses fue el mismo, sólo que en esta ocasión el archipiélago estaba habitado por casi 300.000 personas, con lo cual la masacre alcanzó límites inhumanos.

La Isla de Tokashiki fue uno de los momentos más impresionantes de la Historia de los suicidios en general. Un total de 320 mujeres, niños y ancianos se quitaron la vida entre ellos golpeándose en la cabeza con ramas de árboles y piedras o estrangulándose. Muchos soldados japoneses presenciaron la masacre asegurándose de que niguno quedaba sin morir, incluso muchos ayudaron a los que no podían valerse por si mismos para matarse. Un ejemplo aterrador fue el del soldado Shigekai Kinjou que mató a su madre golpeándola con un piedra en la cabeza, después él decidió quitarse la vida lanzándose a la carga contra los norteamericanos con la esperanza de que lo dispararan y mataran, sin embargo una confusión hizo que le capturaran y le inmovilizaran para que no se suicidase, eso le salvó la vida e hizo que mientras viviera sintiera una gran culpabilidad de la que no se recuperaría, de hecho se arrepintió siempre y reconoció que lo que hicieron tantos hijos con sus familiares fue una equivocación.

Okinawa fue una repetición de lo de Tokashiki cuando los estadounidenses desembarcaron el 1 de Abril de 1945. Una vez más los soldados incitaron e incluso amenazaron a los civiles de la necesidad de suicidarse, por lo que muchos comenzaron a ahorcarse, golpearse con piedras y palos y volarse con granadas dentro de sus casas. El mayor suicidio colectivo se hizo en el Cabo Kiyan, un acantilado desde el que familias enteras se tiraron. Pero si muchos civiles murieron fue combatiendo como soldados, pues era algo muy común ver a mujeres en kimonos de colores sosteniendo ametralladoras y todo tipo de arsenales. A cada civil se le entregó dos granadas, una para lanzarla a los americanos y otra para suicidarse. A medida que la isla era ocupada muchas familias fueron las que se agarraron a una granada con la anilla quitada para a continuación saltar por los aires.

En el caso de las mujeres, aunque los soldados japoneses fueron los autores a la hora de provocar que estas se suicidaran en Okinawa, el comportamiento de los estadounidenses tuvo su parte de culpa, pues uno de los motivos que los militares propagaban para que las mujeres se suicidaran es que los americanos las violarían, cosa que en esta ocasión ocurrió, pues innumerables chicas japonesas fueron violadas por los invasores, así que eso aumentó el temor a caer en manos del enemigo.

Casi 250.000 civiles murieron en Okinawa, aunque esta vez la mayoría fue por los bombardeos de los americanos y no los suicidios, que a pesar de todo se produjeron forzosamente en un gran número. El Ejército Imperial fue en gran parte el responsable de estos suicidios de civiles de manera claramente obligada, pues curiosamente en las islas de alrededor en las que desembarcaron los norteamericanos, sobre las que no había soldados japoneses nadie se quitó la vida.

 

Bibliografía:

Lawrence Rees, El Holocausto Asiático, Crítica (2009), p.133-187