Represión contra presos políticos (1941-1945)

A lo largo de toda la “Era Estalinista” la persecución contra los disidentes políticos había estado a la orden del día en todos los rincones de la Unión Soviética. La entrada de esta nación en la Segunda Guerra Mundial tras la invasión de las potencias del Eje, no redujo en ningún instante la represión sobre la retaguardia durante el período comprendido de 1941 a 1945.

Al inicio de la “Operación Barbarroja” en Junio de 1941, la Unión Soviética poseía unas normas laborales extremas porque tenía una jornada de ocho horas laborales, se trabajaba siete días a la semana, estaba prohibido abandonar la empresa y los castigos por ausencia o retrasos de más de 20 minutos se condenaban con penas de cárcel o incluso la muerte. Lógicamente esto chocaba con los países del Eje, donde las jornadas eran menores y encima las infracciones simplemente se penaban con el despido del trabajador sin castigo alguno. Al saber esto, muchos obreros rusos indignados con sus propias autoridades probaron cambiarse de bando y difundieron propaganda pro-germana en contra del estalinismo. Fue entonces cuando teniendo conocimiento de estas discrepacias, la Policía Estatal Soviética (NKVD) tuvo que intervenir contundentemente sobre las empresas estatales, fusilando a numerosos trabajadores, sobretodo en el sector de los ferrocarriles porque un total de 316 ferroviarios fueron ejecutados y otros 2.350 individuos deportados a los gulags del interior de Rusia.

Los gulags y campos de concentración de Siberia y el Asia Central fueron reconvertidos en centros de trabajo enfocados a la industria bélica, al sector de la metalúrgica y a la extracción mineral para la construcción de material militar, aproximadamente el equivalente al 25% de la producción total de la URSS. Como consecuencia de estos cambios, las condiciones de vida descendieron porque la cantidad de presos aumentó con la llegada de 750.000 nuevos detenidos, los trabajos forzados fueron más duros y prolongados, se redujeron los alimentos en un 65% y encima el espacio de alojamiento se estrechó a entre 1’5 metros y 70 centímetros por persona, viéndose obligados los reos a dormir por turnos sobre tablas de madera. A raíz de estas condiciones, en 1941 perderían la vida 120.000 prisioneros, aunque otros 577.000 fueron liberados a cambio de prestar servicio como reclutas en el Ejército Rojo. Lamentablemente las cifras de víctimas mortales se incrementarían los años siguientes porque en 1942 se registraron 249.000 fallecidos y en 1943 unos 167.000, siendo el total durante este período de tres años de 600.000 muertes en cautividad.

Entre finales de 1943 y e inicios 1944, algunos gulags fueron convertidos en algo parecido a verdaderos “campos de muerte” como sucedió en Kolymá, Vorkuta y diversos centros penitenciarios del Ártico. Estos recintos a diferencia de otros anteriores, fueron pensados exclusivamente para no dejar con vida a sus inquilinos, normalmente trotskystas, debido a que trabajaban durante días enteros sin comer, ni beber, ni descansar, en minas de oro, carbón, plomo o radio, por lo que después de agotadoras jornadas, acababan desfalleciendo sobre la nieve o en el interior de las cuevas. Solamente en Kolymá, ubicado en el Extremo Oriente cerca del Estrecho de Bering, pasarían 900.000 reos de los que 130.000 perderían la vida.

Gulag de Vorkuta en la Segunda Guerra Mundial.

A medida el Ejército Rojo irrumpía en Europa Oriental desde 1944, todos aquellos sospechosos de disidencia en las “zonas liberadas” fueron represaliados como sucedió dentro de la propia Rusia con 10.858 ciudadanos que resultaron ejecutados y otros 148.000 deportados a Siberia. Bastante peor fue lo sucedido en Ucrania porque 20.000 guerrilleros de la Organización de los Nacionalistas Ucranianos (OUN) y del Ejército Ucraniano Insurgente (UPA) que cayeron en manos del Ejército Rojo fueron fusilados y un total de 100.300 de sus familiares deportados, sin contar con que se depuró al clero cristiano del país para fusionar a la Iglesia Uniata de Ucrania con la Iglesia Ortodoxa de Rusia (esta última dirigida desde la sombra por el Kremlin).

Otro de los colectivos perseguidos por la URSS fueron las minorías o inmigrantes procedentes de Bulgaria, Grecia, Alemania y Armenia que se habían asentado en Crimea a lo largo del siglo XIX. Bajo el pretexto de haber colaborado con el Ejército Alemán (una invención falsa), a mediados de 1944 fueron deportados un total de 41.854 búlgaros, griegos, armenios y alemanes, de los cuales 10.000 fueron internados en el campo de concentración de Molotov, 10.000 en Sverdlov, 7.000 en el de Guriev, 4.000 en Bashkiria y los otros restantes en diversos centros de Siberia y Asia Central.

El 27 de Mayo de 1944 el Ejército Rojo que acababa de entrar en Polonia y contactar con la Resistencia Polaca (Armia Krajowa) en Volhynia, perpetró los primeros fusilamientos contra un grupo de guerrilleros que curiosamente habían combatido al Ejército Alemán. Siguiendo la Orden 220145, un total de 6.000 partisanos polacos fueron ejecutados a las afueras de Vilna (1.000 escaparon milagrosamente hacia el oeste); mientras que en Agosto, coincidiendo en el tiempo con el Levantamiento de Varsovia, las tropas soviéticas que cumplían la nueva Orden 220169 apresaron y asesinaron a otros 25.000 en la llamada “Operación Burza”. Una vez ocupada Polonia por la URSS, la NKVD y los colaboracionistas del Partido Comunista Polaco arrestaron a 25.000 miembros de la Resistencia Polaca en Pomerania y la Alta Silesia, de los cuales 15.000 acabaron como esclavos en las minas de la cuenca del Donbass. Sólo unos pocos decidieron hacer frente a los invasores, como 3.400 partisanos, que tras organizar una heroica guerrilla en la retaguardia, acabaron prisioneros y muertos, entre ellos su líder Leopold Okulicki.

Cuando el Ejército Rojo invadió Bulgaria en Septiembre de 1944, los destacamentos del NKVD se unieron a los colaboracionistas comunistas del Frente de la Patria que lideraba Georgi Dimitrov para detener a millares de personas, a las que se sometió a 131 juicios amañados que llevaron al fusilamiento de 2.138 acusados y al encarcelamiento de otros 8.759. Lamentablemente y durante las jornadas siguientes a la ocupación, las tropas soviéticas y sus socios búlgaros asesinaron a 40.000 ciudadanos mediante fusilamientos masivos, ejecuciones públicas o torturas en cárceles.

A finales de 1944 y e inicios de 1945, el Ejército Rojo deportó en Bielorrúsia a 100.000 personas acusadas de haber trabajado para el Eje (muchas descubiertas por agentes que leyeron los cuadernos escolares de los niños en todo el país). También en los Países se ejecutó a cientos de ciudadanos en Estonia y Letonia, mientras que en Lituania se envió a 38.000 sospechosos a campos de concentración en Siberia.

Hungría que fue invadida por el Ejército Rojo en Febrero 1945 con el consiguiente rastro de ejecuciones sumarias y asesinatos, sobretodo a los fascistas de la Cruz Flechada en Budapest y a ciertos miembros del Gobierno Magiar. Respecto a la población civil, un total de 600.000 habitantes (de una población total de 9 millones) de los que no sólo había húngaros, sino también unos pocos judíos, rusos blancos, alemanes y franceses, fueron encerrados en trenes con vagones herméticos y deportados a lo largo de un interminable trayecto que incluyó las estaciones de Brasso, Brasov, Temesvar, Timisoara, Maramossziget y Maramures (Rumanía); Foscani y Balty (Moldavia); y Galitzia (Ucrania). Una vez en este último destino, la mayoría fueron enviados a campos de trabajo para reconstruir el país o a los gulags situados en el interior de Rusia.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial el 2 de Septiembre de 1945, un total de 1 millón de presos políticos habían sido asesinados por la NKVD y otros 5 millones de reos habían sido deportados a gulags, campos de concentración, centros de trabajo esclavo o colonias especiales en el interior de la Unión Soviética. Las aterradoras cifras demostraron de forma incuestionable la virulencia y la brutalidad del sistema estalinista entre 1941 y 1945.

 

Bibliografía:

-Stéphane Courtois, El Libro Negro del Comunismo, “Capítulo 12. El reverso de una victoria”, Ediciones B (2010), p.299-304