Pogromo de Jedwabne

El Pogromo de Jedwabne fue una matanza de judíos perpetrada por Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. El episodio que surgió fruto de la espontaneidad como consecuencia de un odio antisemita latente desde hacía generaciones, derivó en una masacre en la que centenares de hebreros murieron linchados a manos de civiles polacos enfurecidos, curiosamente fuera del ámbito del Holocausto y sin poseer Alemania ningún tipo de responsabilidad, lo que convirtió a este crimen en uno de los sucesos más polémicos del Frente Oriental.

Antecedentes

Jedwabne era un pueblo de Polonia al este de Varsovia que se situaba sobre la confluencia entre el Río Narew y el Río Biebrza. Aproximadamente desde el año 1770, la mitad de los habitantes eran judíos y la otra mitad polacos que siempre convivieron en paz durante generaciones, siendo el censo de un total de 1.600 hebreros, alrededor del 60%, en los instantes previos a la Segunda Guerra Mundial. Según el Pacto de No Agresión Germano-Soviético “Ribbentrop-Molotov” suscrito en 1939, la aldea quedó bajo dominio de la Unión Soviética que desde entonces se encargó de deportar a numerosos polacos hacia los gulags de Siberia, a veces contando con la colaboración de un pocos judíos que decidieron trabajar para el Ejército Rojo, lo que quebró la tolerante coexistencia entre las dos etnias a partir de 1940.

Cuando el 22 de Junio de 1941 Alemania invadió la Unión Soviética, el mismo día de la “Operación Barbarroja” el pueblo de Jedwabne fue liberado por las fuerzas del Eje. Aquella jornada, un grupo de exaltados polacos que acababa de recibir a las tropas del Ejército Alemán, apalizó a seis simpatizantes comunistas, concretamente a tres polacos y tres judíos (entre estos al panadero), a los que a punto estuvieron de matar de no ser porque un soldado alemán les detuvo diciendo: “No los matéis todavía, dejadles que sufran”. Gracias a esta intervención los violentos se marcharon a sus casas y la convivencia prosiguió, aunque tensa, por lo menos hasta que el odio acumulado terminó por explotar tres semanas después el 10 de Julio de 1941.

Matanza de Jedwabne

La mañana del 10 de Julio de 1941, un total de sesenta vecinos polacos de Jedwabne que iban armados con machetes, cuchillos, hachas, palos, estacas y látigos, irrumpieron en la Plaza del Mercado donde en aquellos instantes se congregaban un centenar de judíos que fueron linchados delante de todo el mundo. La primera víctima mortal fue un joven de 22 años al que después de haberle propinado una paliza y yacer moribundo en el suelo, uno de sus amigos le asesinó incrustándole una piedra de 14 kilogramos en el cráneo tras decir: “Te he atizado bien y ya no te volverás a levantar”. A continuación varias decenas de hebreros murieron a patadas y golpeados con porras o palos junto a la taberna, frente a la iglesia y sobre el camino de tierra que conducía a Lomza.

El Pogromo de Jedwabne alcanzó su cénit a mitad de la jornada de aquel fatídico 10 de Julio porque la mitad de los vecinos polacos del pueblo entró en las casas de los judíos y a base de empujones los sacó a las calles para lincharlos públicamente y someterlos a escarnio. Muchos murieron a golpes de estacas y garrotes, mientras que dos herreros fueron ahogados vivos en un estanque. También se decapitó al profesor y a su hija para jugar con sus cabezas al fútbol, al mismo tiempo en que una madre y su bebé en brazos fueron atizados hasta la muerte. Mucho peor fue el destino de un grupo de judíos al que se llevó al cementerio porque se los mató mediante horribles torturas que incluyeron apuñalarles con cuchillos, rajarles con sierras y destriparles el estómago con un ganchos de carnicería.

Otro de los aspectos del Pogromo de Jedwabne fue la humillación que tuvieron que sufrir los judíos porque muchos fueron desnudados y otros tantos forzados a realizar ridículos ejercicios de gimnasia. Por ejemplo un grupo de cuarenta hebreros tuvo que derribar la estatua de Vladimir Lenin (que previamente había erigido el Ejército Rojo) y arrastrar sus restos sobre una tabla de madera mientras el rabino era obligado a cantar y bailar con una bandera roja mientras decía: “La guerra es nuestra, la guerra es por nosotros”.

No todos los judíos de la aldea serían exterminados en el Pogromo de Jedwabne porque más de un centenar huyó hacia los bosques aprovechando la espontaneidad de la violencia y el descontrol de los verdugos que en los linchamientos generaron grandes aglomeraciones de gente en que las que resultó fácil escapar, como por ejemplo doce individuos que se escondieron en diversas aldeas, incluyendo siete personas que fueron acogidas por la familia Wyrzykowski en la localidad de Janczewo. También tres mujeres judías se ocultaron en un puesto militar de la Gendarmeria Alemana que estaba fuera del pueblo, quienes curiosamente fueron protegidas por los soldados alemanes que no dudaron en empuñar sus armas contra los exaltados polacos cuando se acercaron a exigirles que se las entregasen, obligando a estos a dar media vuelta hacia Jedwabne.

La última fase del Pogromo de Jedwabne consistió en introducir a 300 judíos en un granero (antes se ofreció dejar en libertad a un vecino que había ocultado a un oficial del Ejército Polaco durante la ocupación del Ejército Rojo, pero éste la rechazó) con la intención de quemarlos vivos. Así fue como se virtió un bidón de gasolina y se prendió fuego al pajar mientras los polacos se reían y lo celebraban emocionados al escuchar los gritos de horror de los que se estaban achicharrando. De hecho y como una de las puertas cedió por el calor, un polaco armado con un hacha rebanó el cuello a todos los que intentaron salir. Ni siquiera se tuvo piedad con unos niños y ancianos que trajeron cuando el incendio estaba en marcha porque fueron arrojados con vida a las brasas. No obstante y pese a la tragedia, tres individuos con suerte lograron escapar porque embistieron al vigilante del hacha y se escabulleron entre el humo en dirección a los bosques del interior de Polonia.

Después…

Aproximadamente un total de 640 judíos fueron asesinados durante el Pogromo de Jedwabne. Los cadáveres de todas estas personas fueron troceados y esparcidos por el campo (antes les robaron anillos, pendientes, monedas y dentaduras de oro), mientras que sus propiedades entre las que se encontraban casas, muebles y objetos personales fueron repartidos entre el resto de los vecinos polacos.

Como los reponsables del Pogromo de Jedwabne fueron los polacos (al fin y al cabo estos veían a los alemanes como su enemigo externo y a los judíos como su enemigo interno), las tropas del Ejército Alemán que descubrieron la masacre filmaron lo sucedido para evitar que se les inculpase a ellos de los asesinatos, ya que escenas similares se repitieron en las ciudades de Radzilow y Bialystock. Curiosamente eso mismo ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial en 1945 porque con la instauración de un sistema comunista bajo la forma de la República Popular de Polonia, la Jefatura de Seguridad (SB) celebró un juicio amañado el 16 de Mayo de 1949 contra 22 vecinos polacos que acabó con la absolución de todos debido a la falta de pruebas, alegando falsamente que los autores fueron los alemanes. De hecho en una maniobra muy injusta, el Gobierno de la República Federal Alemana encarceló en dos ocasiones a Hermann Schaper, líder de las SS en el distrito de Bialystock, por la matanza de Jedwabne (estuvo en prisión de 1960 a 1965 y de 1974 a 1976), hasta que se le puso en libertad ante la imposibilidad de demostrar su autoría. Solamente en el año 2000, ya con la democracia instaurada en Polonia, el Instituto Nacional de la Memoria destaparía la verdad, lo mismo que en el 2001 el historiador Jan Gross que tras entrevistar a 111 testigos escribió un informe definitivo titulado Vecinos en el que se probaba la culpabilidad del Estado Polaco.

El 26 de Mayo del 2001, la Iglesia Católica liderada por el Papa Juan Pablo II (el polaco Karol Wojtyla), celebró una misa por las víctimas del Pogromo Jedwabne. Al cabo de un mes, el 10 de Julio, coincidiendo con el 60º Aniversario, el Presidente de Polonia, Aleksander Kwansiewski, pidió perdón oficial con el siguiente discurso: “En estos momento, en tanto que hombre, ciudadano y Presidente de la República Polaca, pido perdón en nombre de aquellos polacos cuyas conciencias sienten remordimientos por este crimen”.

 

Bibliografía:

-Jesús Hernández, Las 50 Grandes Masacres de la Historia, “Jedwabne, 1941 Vecinos contra vecinos”, Tempus (2011), p.197-201
-Jesús Hernández, Grandes Atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, “La Matanza de Jedwabne”, Almuzara (2018), p.87-115
-Redactores de Muy Historia, ¿Quienes fueron los asesinos en Jedwabne?, Revista Muy Historia Nº 22 (2009), p.48
-Saul Friedländer, El Tercer Reich y los Judíos. Los años del Exterminio, Galaxia Gutenberg (2007), p.310-311