Persecución de los holandeses

Cuando Japón invadió las Indias Orientales Holandesas en Marzo de 1942, los ocupantes llevaron a cabo una política xenófoba y de brutalidad extrema contra los habitantes europeos de origen holandés. A la pérdida de derechos civiles de los que hasta ese momento habían sido los amos coloniales de Indonesia, siguió una cruel deportación a los campos de concentración situados en medio de la jungla y en muchos casos la muerte, en lo que sin duda constituyó uno de los episodios más tristes vividos por los Países Bajos en la Segunda Guerra Mundial.

Antes de entrar Holanda en la Guerra del Pacífico, las autoridades de la colonia cometieron una serie de tropelías que posteriormente traerían fatales consecuencias. Por ejemplo en Mayo de 1940, coincidiendo con la invasión de Alemania a los Países Bajos, las tropas holandesas arrestaron y deportaron a 2.800 ciudadanos alemanes que vivían en Java y Sumatra, entre ellos los religiosos de la Palabra de la Sociedad Divina, que bien fueron conducidos a la selva o bien encerrados en barcos (60 morirían a bordo del carguero Van Imfoff durante su hundimiento). A continuación les sucedió lo mismo a 500 fascistas holandeses del Movimiento Nacional Socialista Holandés (NSB), a los cuales se detuvo y deportó a la Guayana en Sudamérica; mientras que al año siguiente, en 1941, justo después del ataque a Pearl Harbor, un total de 1.700 civiles japoneses fueron capturados, hacinados en un barco y deportados al campo de concentración de Loveday en Australia. A raíz de estos hechos, no fue extraño que en cuanto las potencias del Eje se apoderaron de las Indias Orientales Holandesas, los japoneses presentes en el archipiélago exigiesen venganza.

Cuando el Imperio Japonés se convirtió en el dueño de Indonesia, los holandeses ya sufrieron algunos actos de violencia y linchamientos a manos de los nativos indonesios, quienes hartos de la autoridad colonial, no dudaron en humillar a los europeos y a sus familias. Menos suerte tuvieron los veintiún religiosos neerlandeses de la Isas Kai, quienes tras ser capturados por soldados japoneses, fueron fusilados ante un pelotón de ejecución, incluyendo el obispo Joseph Aerts, además de resultar su convento situado en la aldea de Langgur completamente incendiado.

La pesadilla para los holandeses de Indonesia comenzó en Abril de 1942 cuando destacamentos de tropas japonesas, arrestaron a todos los varones entre los 17 y 60 años residentes en todas las islas del archipiélago. Ante la falta de instalaciones para encarcelarlos a todos, se hubo de alojar a los detenidos provisionalmente en prisiones, cuarteles, hoteles, escuelas, conventos, fábricas, hospitales e iglesias, desde donde durante las semanas y meses siguientes, irían siendo conducidos a campos de concentración perdidos en la inmensidad de la jungla tropical. Una vez deportados los hombres, en Octubre les tocó el turno a las mujeres y niños que fueron enviados a otros recintos separados de sus padres o maridos (los pequeños sólo podían permanecer con sus madres hasta los diez años, pues alcanzada esa edad, eran considerados adultos y llevados con los hombres).

A finales de 1942 e inicios de 1943, toda la población holandesa de Indonesia había sido deportada a los campos de concentración o trabajo forzado de Cideng, Cihapit y Bandung en Java; Rantau Prapat, Bangkimamg, Rengo Rengo y Belalau en Sumatra; Kuching en Borneo; y Kampili en las Islas Célebes. Según los recuentos efectuados por los captores, los prisioneros se contabilizaron en 100.900 civiles holandeses (80.000 procedentes de Java, 12.000 de Sumatra, 3.900 de las Islas Célebres y 500 de Borneo) entre los que hubo 36.700 hombres, 30.500 mujeres y 33.700 niños.

Todas las deportaciones de los holandeses de Indonesia fueron seguidas por una serie de expropiaciones tanto de sus hogares como de sus pertenencias personales, algo completamente ilegal porque las leyes del Tribunal de la Haya prohibían en los Arítculos 52 y 53 el incautamiento de propiedades dentro de los territorios ocupados. De este modo y haciendo caso omiso de las normas de guerra, los japoneses se enriquecieron robando monedas de níquel, pinturas, porcelana china, colecciones de sellos, instrumentos de música, dagas artísticas…de las que sacaron cuantiosas sumas de dinero en el mercado negro. De hecho la joyería fue el mejor negocio del que gozaron los japoneses, ya que incluso llegaron a abrir una oficina para el tráfico de diamantes bautizada como Cuartel de la Colección Urgente de Diamantes (Daiamondo Kinkyû Kaishû Honbu).

No todos los holandeses residentes en Indonesia fueron deportados porque a muchos se les concedió la libertad de movimiento e incluso un sueldo a cambio de cooperar activamente con Japón. Aquel fue el caso de unos pocos ingenieros y empresarios que tenían negocios orientados a la industria bélica, la cual pusieron al servicio del Ejército Imperial Japonés; aunque la mayor parte de estos colaboraciones fueron los fascistas del Movimiento Nacional Socialista Holandés (NSB) que llegaron a conformar el 10% de los agentes de la Policía Secreta Japonesa “Kenpeitai” en el archipiélago.

Otras de víctimas del Imperio Japonés fueron los 20.000 mestizos, básicamente aquellos euroasiáticos que eran llamados “indo-europeos” o “tototks” porque poseían un progenitor holandés y otro indonesio ya fuese el padre o la madre. Aunque por suerte casi ninguno de estos individuos fueron deportados, sí sufrieron marginación social y en muchos casos fueron usados como mano de obra forzosa para la industria militar. Sin embargo, lo más triste del colectivo fue que la mayoría se quedaron sin sus padres después de ser separados de ellos y deportados, quedando muchos completamente abandonados y sin medios de subsistencia.

Mujeres y niños holandeses trabajando en el campo de internamiento de Gedek en la Isla de Java, Indonesia.

A lo largo de 1943, la vida en los campos de concentración se volvió insoportable porque los holandeses trabajaban jornadas agotadoras en la extracción de minerales, construcciones de obras, tendidos de ferrocarriles, talas de palmeras, artesanía téxtil, etcétera. Como muchos de los reos no aguantaban el trabajo, el calor o las picaduras de los insectos en la selva que eran portadores de enfermedades, inevitablemente acababan desfallecidos al cabo de varios días o semanas. Las condiciones fueron tan precarias, que algunos consiguieron sobrevivir mediante el comercio con ciudadanos indonesios del exterior a través de las alambradas, obteniendo comida y medicinas, e incluso intercambiando cartas clandestinas con los campos de mujeres donde residían sus esposas.

Los campos de concentración de las mujeres eran más soportables respecto a los de los varones porque las labores de las prisioneras consistían en el cultivo de alimentos, cuidado de jardinería o coser uniformes para los soldados japoneses. De hecho a veces se las dejaba salir del recinto un día a la semana para realizar compras en el exterior, siempre que regresasen antes del atardecer; e incluso se las autorizó a mantener a sus criadas indonesias de pre-guerra. Lamentablemente todo eso no impidió el abuso de los guardias que en muchas ocasiones violaron y abusaron de muchas de las chicas. Precisamente, un total de 35 holandesas se convirtieron en prostitutas de los oficiales japoneses a sabiendas de la mejor calidad de vida y las promesas de ciertos lujos.

Curiosamente, la mayoría de los funcionarios del Ejército Imperial Japonés en los campos de concentración no fueron nipones, ya que entre estos últimos no solía haber más de quince por recinto. Básicamente se trató de auxiliares taiwaneses y coreanos a los que apodaron “gunzoku”, quienes en ocasiones eran mucho peores en el trato a los prisioneros que no los propios japoneses. También con el avance de la contienda, los guardias fueron siendo sustituidos por los “heiho”, concretamente nativos indonesios de ideología nacionalista radical que se hicieron famosos por las brutales palizas propinadas a los prisioneros.

Las noticias acerca de los holandeses prisioneros del Japón pronto empezaron a ser conocidas a nivel internacional y por supuesto por el Gobierno Holandés exiliado en Inglaterra. Gracias a algunas notas en la prensa que denunciaban la violación de derechos humanos, la Cruz Roja pudo gestionar la puesta en libertad de cuarenta ciudadanos neerlandeses que fueron conducidos al territorio neutral de Mozambique en el África Oriental Portuguesa, a cambio de la liberación también de 140 civiles japoneses que habían sido capturados y evacuados a territorio aliado antes de la invasión del Imperio Japonés.

A partir de Enero de 1944, la situación de los campos de concentración de holandeses empeoró notablemente debido al bloqueo naval de los Aliados sobre archipiélago y sobretodo por la Hambruna de Indonesia que dejaría cuatro millones de muertos en todo el país. Como consencuencia de este desabastecimiento extremo, miles de cautivos holandeses murieron por inanición o por las enfermedadas contraídas a raíz de la falta de calorías en el organismo.

Terminada la Segunda Guerra Mundial el 2 de Septiembre de 1945, el Imperio Japonés asesinó a un total de 13.120 ciudadanos holandeses en Indonesia mediante su deportación a campos de concentración, ejecuciones o por hambruna. Como respuesta a esta crimen, sólo fue juzgado un nipón, concretamente el comandante Sônei Kenichi que había liderado el campo femenino de Cideng, que fue sentenciado a muerte y ejecutado en 1946.

Al acabar la Guerra del Pacífico e iniciarse la Guerra de Independencia Indonesia entre la recién proclamada República de Indonesia y los Países Bajos, numerosos holandeses cautivos en los campos de concentración que esperaban ser liberados por los vencedores, quedaron en el lado del bando nacionalista. Fue entonces cuando atrapados en la zona enemiga, muchos de los supervivientes, así como algunos mestizos euroasiáticos y chinos, fueron asaltados dentro de los recintos, linchados y brutalmente asesinados mediante torturas o violaciones grupales de sus mujeres. Así pues, para un buen número de holandeses la pesadilla no acabaría hasta 1949, cuando la Organización de las Naciones Unidas (ONU), reconoció la soberanía de Indonesia y decretó un alto el fuego con el que los últimos holandeses fueron sacadados de aquel infierno y devueltos a los Países Bajos.

 

Bibliografía:

Jeroen Kemperman, The Encyclopedia of Indonesia in the Pacific War, “Internmen of civilians”, Brill (2010), p.163-173
Lawrence Rees, El Holocausto Asiático, Crítica (2009), p.104-123