Guerra Química-Bacteriológica sobre China

La “Guerra Qímica-Bacteriológica” fue un episodio del siglo XX que recordó en muchos aspectos a la Primera Guerra Mundial. Lamentablemente el uso de arsenales científicos, prohibidos por la Convención de Ginebra, fueron ampliamente usados en otros conflictos bélicos, sobretodo por Japón durante la Segunda Guerra Mundial en China entre los años 1937 y 1945.

Oficialmente fue la Mongolia Interior, un país aliado del Imperio Japonés, la primera nación del Eje que empleó la “guerra química” en China. Todo sucedió el 30 de Noviembre de 1936, cuando aviones de la Fuerza Aérea Mongola, arrojaron varias bombas cargadas con gas venenoso sobre la aldea de Pinghitchuan, matando a un total de cuarenta civiles chinos (curiosamente este arma ilegal había sido vendida a los mongoles por los propios japoneses).

Cuando estalló la Segunda Guerra Sino-Japonesa, el 28 de Julio de 1937 el Gobierno de Tokyo suscribió un decreto en el que rechazaba el uso de gases tóxicos, el cual fue firmado por el mismo Emperador Hiro-Hito. No obstante y a pesar de la restricción, como el Ejército Imperial Japonés desplegado en China no tenía ningún tipo de control efectivo por parte del Estado Mayor Imperial en Japón, los militares destinados en el continente emplearían la guerra química a una escala similar a la Gran Guerra.

Los gases tóxicos fueron el arma ilegal favorita que el Ejército Imperial Japonés utilizó contra China. Desde la Batalla de Shangai en 1937, pasando por la Batalla de Wuhan en 1938, la Batalla de Nanchang en 1939, o la Batalla de Changde en 1943, miles de soldados chinos perderían la vida intoxicados por nubes venenosas. Incluso fuera de China, concretamente en la Batalla de Guadalcanal contra los Estados Unidos, en una ocasión los nipones liberaron gas contra sus enemigos, matando a unos pocos soldados norteamericanos en la Cota 123 de la Cresta Edson.

Otro aspecto de la “guerra química” en China fue el armamento bacteriológico consistente en transmitir enfermedades a través de otros seres vivos. Básicamente se trató del bombardeo con aviones de una serie cápsulas que al entrar en contacto con el suelo liberaban cientos de ratas infectadas de peste y toxinas nocivas que fueron las responsables de grandes epidemias y la muerte de decenas de miles de chinos (aunque alguna vez por error se bombardeó a soldados japoneses con el consiguiente fallecimiento de 1.600 nipones por “fuego amigo”). De igual manera, también fueron empleados otros animales como miles de pulgas que provocaron grandes caos entre la población civil, así como otras estrategias consistentes en contaminar ropa y comida con bichos.

Muchos fueron los centros de “guerra química situados en China y Manchuria para la fabricación de armas bacteriológicas, como por ejemplo la Unidad 731 que se hizo muy famosa por experimentar con seres humanos para comprobar los efectos letales de los arsenales sobre personas. Sin embargo hubo otros de carácter industrial como fueron la Unidad 100, Unidad 200, Unidad 516, Unidad 543, Unidad 773, Unidad 1644, Unidad 1855, Unidad 2646, Unidad 8604 y la Unidad 9420.

Los bombardeos de la “guerra bacteriológica” efectuados por la aviación en el Lejano Oriente pronto dejaron un saldo aterrador en forma de miles de contagiados por ántrax, cólera, tuberculosis, botulismo, tuleremia, viruela, tifoidea, disentería y peste bubónica. A veces incluso se alcanzaron límites extremos como regalar a los niños en las calles unas golosinas rellenas de ántrax, simplemente para estudiar la evolución de su salud desde la ingestión del alimento hasta la muerte por intoxicación.

Numerosas áreas de China se vieron afectadas por la “guerra bacteriológica” de la Fuerza Aérea Imperial Japonesa porque después de detonar sus bombas del tipo “Shijing” a entre 50 y 150 metros del suelo, comarcas enteras quedaron inhabitables como Zhenhuanfqi, Lijiayao, Anda, Chengzigou, Taolaizhao, Mangou, Jiamusi, Hulun Buir, Mudanjiang o algunos islotes del Río Songhua junto a la frontera con la Unión Soviética. De hecho numerosas víctimas se contabilizaron en Ningbo, Quzhou, Jinhua, Shangyu, Tangxi o Xinden, siendo 400 los muertos en Changde y otros 400 en Chongshan (en esta última 23 familias perdieron la vida con todos sus miembros).

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial en 1945, los efectos de la “guerra química-bacteriológica” fueron catastróficos. Según los cálculos, las víctimas mortales alcanzaron los 400.000 chinos fallecidos entre militares y civiles, lo que convirtió a este conflicto en el más mortal del siglo XX dentro del ámbito científico junto con la Primera Guerra Mundial de 1914 a 1918 y la Guerra Irán-Irak de 1980 a 1988.

 

Bibliografía:

-Lawrence Rees, El Holocausto Asiático, Crítica (2009), p.49-64
-Min Mao, The Revival of China. Volumen 1, “The 731 Unit”, The Revival of China Editions (2017), p.490-497