Genocidio de los alemanes de Checoslovaquia

El genocidio cometido por Checoslovaquia contra las minorías alemanas de Bohemia, Moravia y los Sudetes, fue el más brutal de la última fase de la Segunda Guerra Mundial. Conocido este episodio como el “Infierno Checo” por la violencia popular y las crueles torturas que fueron seguidas de una auténtica limpieza étnica, el oscuro suceso terminó con la expulsión de más de 3 millones de alemanes y el asesinato de otros 425.000, en lo que claramente fue un Crimen contra la Humanidad.

Origen

Los Sudetes fueron la causa principal de inestabilización en Europa antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial entre los años 1938 y 1939. Las fronteras mal definidas al término de la Primera Guerra Mundial y las cláusulas del Tratado de Versalles, obligaron a Alemania y Austria a desprenderse de esta región que históricamente había estado habitada una amplia mayoría alemana, para ser incorporada a la ficticia Checoslovaquia.

A comienzos de la Crisis de los Sudetes en 1938, después de una reclamación legítima por parte del Tercer Reich, el Gobierno de Praga respondió tomando una serie de medidas que llevaron a la supresión de derechos de la minoría alemana e incluso a la represión de algunas manifestaciones en contra, además del asesinato de 11 ciudadanos germanos a manos del Ejército Checo. A raíz de esta tensión y de una movilización que a punto estuvo de llevar a Europa a la guerra, los mandatarios de Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia, firmaron el Pacto de Munich que finalmente acabó con la anexión de los Sudetes por el Ejército Alemán.

Resuelta la Crisis de los Sudetes, a inicios de 1939 afloraron nuevos problemas interétnicos en Checoslovaquia que condujeron a otros conflictos como por ejemplo contra las minorías húngaras de Ruthenia, Ungvar y Münacks, cuya insurrección concluyó con una intervención del Ejército Húngaro y la anexión de estas tres provincias a Hungría. Sin embargo el proceso de secesión de Eslovaquia que volvió a desestabilizar el centro de Europa, fue el pretexto buscado para saciar las ansias expansionistas de Adolf Hitler y poner fin de una por todas a Checoslovaquia. Así pues, en Marzo de 1939, el Ejército Alemán entró en Chequia y desfiló por la capital de Praga, convirtiendo al país en el Protectorado de Bohemia-Moravia y concediendo la independencia a Eslovaquia.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial en 1939, Chequia no sufrió una ocupación muy dura a diferencia de otras naciones invadidas por el Tercer Reich como por ejemplo Polonia o los territorios del “espacio vital” o “Lebensraum” en la Unión Soviética. Salvo por la Masacre de Lídice en que se asesinó a varios centenares de personas como represalia por la muerte del líder de las SS, Reinhard Heydrich, los castigos a la población checa fueron muy escasos e incluso la resistencia contra los ocupantes no aglutinó a muchas personas (por lo menos hasta que la contienda ya estaba sentenciada para Alemania en 1944). A raíz de este trato positivamente diferencial de otros países bajo la órbita germana, nadie podría imaginar que los checos fuesen a cometer un genocidio contra las minorías alemanas nada más producirse el final del conflicto.

Leyes Raciales

Terminada la Segunda Guerra Mundial con la derrota del Tercer Reich en Mayo de 1945 y la victoria de los Aliados, existían más de 3.500.000 alemanes en Checoslovaquia, la inmensa mayoría en los Sudetes. Esta enorme población que desde hacía siglos habitaba aquellas tierras, quedó a merced de la voluntad tanto de los partisanos checos como de las tropas del Ejército Rojo que acababan de hacerse con el control de Chequia.

Con la reunificación de Checoslovaquia, el Gobierno de Praga tomó la determinación de deshacerse de una vez por todas de los habitantes alemanes de los Sudetes y otras regiones del país, ya fuese mediante expulsiones forzosas e incluso mediante la aniquilación física aprovechando que la comunidad internacional no intervendría. Esta política de carácter ultranacionalista que ya se había estado gestando mucho antes de la Segunda Guerra Mundial (y que se había ampliado durante la ocupación), fue aprobada de forma categórica por la siguiente frase del Presidente Edvard Benes: “Los alemanes y los magiares no son seguros”.

Civiles alemanes obligados a desescombrar Praga por las autoridades de Checoslovaquia (a modo de humillación, debían llevar una esvástica pintada en la espalda).

A inicios de Mayo de 1945, el Gobierno de Praga redactó las primeras leyes racistas contra los alemanes y los húngaros que consistieron en la obligación de llevar un distintivo sobre la ropa para diferenciarse del resto de los ciudadanos y al mismo tiempo en la prohibición de abandonar sus casas a determinadas horas, el veto a andar sobre las aceras y la supresión de servicios religiosos o médicos. A estas medidas, siguieron la abolición de los derechos civiles y la confiscación de propiedades, incluyendo granjas y espacios agrícolas, así como grandes fincas y castillos, algunos de épocas tan antiguas como la Edad Media.

Junto con las leyes raciales, los viejos miembros de la Resistencia Checa, la Policía de Praga y ciudadanos exacerbados por el odio, protagonizaron las primeras agresiones y palizas contra los ciudadanos alemanes que de vez en cuando se iban encontrando por las calles. A pesar de que los representantes de la minoría germana se quejaron ante las autoridades checas, rápidamente el Gobierno del Presidente Edvard Benes aprobó una directiva en la que se prohibía a los alemanes protestar (aunque fuera por verse agredidos) bajo la pena de diez latigazos si era una falta leve y directamente la pena muerte por fusilamiento si era grave.

“Infierno Checo”

El “Infierno Checo” fue la denominación con que se bautizó a los brutales pogromos que tuvieron lugar en Praga y posteriormente en otros lugares de Checoslovaquia. Todo comenzó cuando varios ex-combatientes alemanes fueron atados a postes y quemados vivos ante los aplausos de la ciudadanía; al mismo tiempo en que otros 5.000 prisioneros de las SS eran ametrallados en el Estadio Municipal de Praga. Acto seguido, se escogió a niños alemanes en torno a los diez años, a los que se colgó boca abajo de las farolas y se les incineró con carburante mientras el populacho bailaba alrededor de la carne chamuscada y los gritos de horror. Ni siquiera se salvaron los bebés, a quienes después de arrebatarlos de los brazos de sus madres, se les introdujo en sus carritos y se les arrojó al Río Moldava para morir ahogados. Sin embargo uno de los hechos más macabros ocurrió en la Plaza de Wenceslao, donde el Presidente Edvard Benes organizó una ceremonia pública en la que decenas de ciudadanos alemanes fueron paseados con carteles publicitarios humillantes y a continuación rociados con gasolina y asesinados por las llamas. De hecho, a veces en las “hogueras humanas” se cometieron errores como la quema de 500 soldados estonios de la 20ª División SS de Granaderos Estonia, cuyos integrantes a pesar de identificarse como extranjeros, fueron prendidos fuego por los militares y partisanos checos que no les creyeron.

Otras zonas de Checoslovaquia también fueron objeto de grandes matanzas como por ejemplo el Pogrom de Saaz, donde más de 3.000 vecinos germanos fueron arrestados y ametrallados por el Ejército Checo. Simultáneamente se sucedió el Pogrom de Bokowitz en el que cientos de ciudadanos alemanes fueron linchados públicamente por soldados y civiles checos, quienes acto acto seguido asesinaron a los niños de diez años delante de sus padres y después a estos últimos (curiosamente a los que no murieron por las palizas, se les roció con ácido clorhídrico sobre las heridas y huesos rotos para provocarles una muerte más agónica). Igual de violento fue el Pogrom de Brno que costó la vida a 800 miembros de la minoría germana y llevó al suicidio a más de 250 mujeres alemanas que optaron por quitarse la vida después de ver el cruel destino de los varones.

Miembros de la minoría alemana asesinados en una carretera de los Sudetes.

El Pogrom de Iglau fue otro de los más brutales porque después de hacer caminar desnudos a 350 civiles alemanes durante un trayecto de 33 kilómetros por la noche, uno a uno fueron cayendo por el cansancio o el frío, mientras que a los que todavía se mantenían en pie, se los remató a culatazos de fusil hasta que no quedó un sólo superviviente. Respecto al antiguo alcalde de la ciudad de Iglau, el tribunal del Ejército Checo que le juzgó y le condenó a muerte, ordenó matarlo en la misma sala del juicio porque se le ató a una mesa y se le abrió el cuerpo en canal con visturí hasta que murió desangrado (las cuerdas vocales se le desgarraron por los alaridos de dolor). Ante esta trato tan inhumano y macabro, no fue extraño que 1.200 ciudadanos de Iglau prefiriesen suicidarse que arriesgarse a este tipo de torturas.

Los linchamientos y masacres se fueron sucediendo a lo largo y ancho de Bohemia-Moravia, especialmente en las zonas rurales, en donde miles de campesinos fueron asesinados de las más diversas formas, una de estas consistente en sentar a las víctimas con las piernas extendidas al borde de la cuneta y a continuación ir fracturando sus huesos haciendo rodar un camión de gran tamaño sobre el asfalto. Mientras tanto, la limpieza étnica de los checos se fue extendiendo a otras poblaciones como los 763 alemanes ejecutados en Postelberg, los 100 fusilados en Ústí o un grupo de 265 personas (71 hombres, 120 mujeres y 74 niños) que después de ser sacados de sus casas en Dobsiná, fueron conducidos al Monte Svédeské Sance, obligados a cavar una fosa común y finalmente matados en su interior de un tiro en la cabeza.

Los campos de concentración fueron uno de los grandes métodos del Estado Checo para reprimir a los alemanes de Checoslovaquia y los Sudetes. Uno de los más crueles fue el campo de Kladnow, en cuyo recinto los guardias recubrían las espaldas de los presos de alquitrán hirviendo mientras los golpeaban con porras (e incluso en una ocasión se arrojó en un llano a varios ex-soldados heridos a los que se los lanzó granadas de mano hasta que murieron a causa de las explosiones y la metralla). Otros lugares igual de terribles fueron el campo de Habigor con 1.200 prisioneros, donde las mujeres eran sometidas a 45 violaciones por noche; el campo de Freudenthal en que se apaleaba a los reos hasta la muerte: o el campo de Moraska-Ostrava que fue famoso por un terrible suceso cuando los funcionarios se cebaron sobre el vientre de una chica embarazada hasta que perdió el bebé, antes de que le cortaran los senos y la dejaran morir desangrada. Lamentablemente estos recintos, entre lo que estuvo el viejo campo de concentración de las SS de Theresienstadt, no fueron los únicos porque se abrieron 846 centros penitenciarios de trabajos forzados y 215 prisiones que albergaron a más de 350.000 esclavos, de los cuales 175.000 perderían la vida.

Víctimas alemanas de la Matanza de Postelberg en donde fueron asesinadas 763 personas.

Mucha de la violencia organizada por el Gobierno Checo se centró en las mujeres (que eran mayoría entre la población germana debido a que como consecuencia de la guerra, los varones se hallaban diseminados por toda la geografía de Europa). Normalmente los partisanos de la Resistencia Checa humillaban a las chicas en público gritando “¡de rodillas putas alemanas”, para acto seguido cortar sus cabellos con bayonetas y echarlas cubos de agua fría encima si se resistían o desmayaban. Entre las torturas favoritas estaban romperlas las costillas, amputarlas trozos de los pies u obligarlas a comer excrementos infectados de disentería. Sin embargo las embarazadas sufrían más que nadie porque eran linchadas por turbas de mujeres checas y judías hasta hacerlas abortar a base de golpes sobre el vientre.

A inicios de 1946, las matanzas contra el pueblo alemán cesaron ante la presión de los Aliados Occidentales y la Unión Soviética, esta última porque tenía planes para ocupar el país dentro del contexto de la Guerra Fría. Fue entonces cuando finalmente el Presidente Edvard Benes apostó por la expulsión total de la minoría germana, incluyendo los millones de habitantes de los Sudetes, hacia Alemania y Austria.

El destierro de los alemanes de los Sudetes y otras zonas de Checoslovaquia implicó la marcha forzosa de casi dos millones de ciudadanos que después de verse privados de sus hogares, iniciaron un viaje a pie arrastrando sus escasas pertenencias hacia el corazón de Europa. Durante este largo camino que los germanos recorrieron sufriendo las inclemencias del invierno y el verano, la lluvia y el calor, fueron víctimas de pillajes, robos y asaltos por parte de partidas organizadas de bandidos checos, así secuestros de mujeres para ser violadas y hombres para ser asesinados (más de 16.000 ciudadanos fallecerían por ataques de la población checa a medida que iban circulando por los pueblos, además de suicidarse otros 6.667). Todo este calvario que se prolongó hasta 1947, dejó una terrible cifra de 250.000 muertos por hambre, enfermedad, cansancio y otras causas.

Conclusión

Hacia 1947 la violencia contra la minoría alemana étnica de Checoslovaquia continuó más tímidamente hasta que todos los germanos fueron definitivamente expulsados y en 1948 la Unión Soviética invadió en el país para incluirlo dentro de las naciones comunistas al otro lado del Telón de Acero. Curiosamente, de los más de 3 millones y medio de alemanes que había antes de la Segunda Guerra Mundial, sólo permanecieron 244.000 que pudieron quedarse fundamentalmente por dos motivos: bien habían luchado junto a los checos contra el Tercer Reich, o bien tenían conocimientos industriales o científicos clave para el futuro desarrollo de Checoslovaquia.

Según las cifras del “Infierno Checo”, un total de 425.000 fueron exterminados durante la limpieza étnica y otros 3 millones expulsados de Checoslovaquia y los Sudetes para ser reubicados en Alemania y Austria.

La tragedia de las minorías alemanas de Checoslovaquia no tuvo parangón con otras de las expulsiones que se vivieron en diversos lugares de Europa Central y Oriental. La extrema violencia y la sádica crueldad que los checos aplicaron a sus víctimas (precisamente cuando a diferencia otras naciones con más motivos para odiar a los alemanes no llegaron a tanto), demostró que fue una limpieza étnica planificada por el Gobierno de Praga y por tanto un caso evidente de genocidio, tipificado como Crimen contra la Humanidad.

 

Bibliografía:

-Joaquín Bochaca, Los Crímenes de los Buenos, “Los Ausslandeutsche”, Ediciones Sieghels (2009), p.346-348
-https://en.wikipedia.org/wiki/Expulsion_of_Germans_from_Czechoslovakia