Crímenes de los comunistas chinos (1931-1945)

Los crímenes de Mao Tse-Tung al frente de la República Popular China como el Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural fueron bien conocidos entre 1949 y 1976. Sin embargo ya durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa y también durante la Segunda Guerra Mundial, las áreas de China bajo control del maoísmo también fueron foco de una intensa persecución entre 1931 y 1945.

Originariamente el “Terror Rojo” en China comenzó con el inicio de la Guerra Civil China entre el Partido Comunista Chino de Mao Tse-Tung y las fuerzas del Kuomintang del Presidente Chiang Kai-Shek, cuando en la ciudad de Cantón, un grupo de revolucionarios fusilaron a 100 nacionalistas antes de ser derrotados estos por la intervención del Ejército Chino. Al año siguiente, en cuanto se constituyó en 1928 el Soviet de Hai-Lu-Feng dirigido por P’eng P’ai, surgieron las primeras leyes anti-contrarrevolucionarias que llevaron a 50.000 personas a ser brutalmente asesinadas en pueblos y aldeas, siendo a veces las víctimas decapitadas para ser sus cabezas clavadas en estacas o descuartizadas al grito de “¡mata, mata…” por los Guardias Rojos (incluso se hacía comer al condenado vivo su propia carne o a su familiares). Una vez liquidado el Soviet de Hai-Lu-Feng por el Kuomintang y P’eng P’ai fusilado en 1931, el Partido Comunista Chino asentó su poder sobre la provincia de Jiangxi en la Cordillera de Jinnggangshan para fundar la República Soviética de China. Este experimento maoísta perpetró matanzas descontroladas de terratenientes y campesinos, destrucción de propiedades y un requisamiento del 35% de las cosechas que generó una hambruna con millares de víctimas. Ni siquiera el Partido Comunista Chino se salvó de una purga interna porque 20.000 militantes fueron arrestados y ejecutados y casi toda la oficialidad del II Ejército Rojo eliminada. A raíz de esta oleada de violencia sin precedentes, la República Soviética de China dejó un trágico saldo de 186.000 muertos.

Al estallar la Guerra Chino-Japonesa en 1937, tanto el Kuomintang como el Partido Comunista Chino formalizaron la paz en el II Frente Unido para combatir al Japón. A pesar de esta alianza, ambos bandos incumplirían en ocasiones el pacto, como por ejemplo hicieron los guerrilleros maoístas en 1940 a la hora de fusilar 3.600 civiles simpatizantes de los nacionalistas. Afortunadamente este último fue una excepción porque la mayor parte de los crímenes cometidos por los comunistas fueron contra los soldados capturados del Ejército Imperial Japonés, a los que siempre se solía ejecutar sobre el terreno, tal y como ocurrió tras la Batalla de Pingxingguan. Similar destino sufrían los colaboracionistas, quienes antes de morir eran humillados y torturados públicamente, ya fuesen los simpatizantes fascistas de la China Nacional Reorganizada o los independentistas del Manchukuo.

Con la Segunda Guerra Mundial en marcha desde 1941, el “Gran Timonel”, término con el que empezaba a ser conocido Mao Tse-Tung, extendió su terror al propio Partido Comunista Chino que por aquel entonces se refugiaba en el Yenan sobre la provincia de Shaanxi. Por ejemplo en el verano de 1942, varios rivales pro-soviéticos fueron enterrados vivos, con excepción de su líder Liu Zhidan que fue enviado al frente para redimirse luchando contra los japoneses (aunque se aseguró de colocarlo en un lugar de riesgo para que finalmente cayese abatido por el fuego nipón). Al año siguiente, en Julio de 1943, uno de los comisarios maoístas más leales, Kang Sheng, torturó y asesinó a 60 comunistas de tendencias más moderadas (de estos sólo el 10% se ajustaba a las acusaciones realizadas).

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial el 2 de Septiembre de 1945, el Partido Comunista Chino se erigió como uno de los vencedores de la contienda junto a la China del Kuomintang y los Aliados. Lamentablemente, su historial de sangre hasta ese momento, iba a ser sólo un presagio de lo que ocurriría a partir de 1949 tras la fundación de la República Popular de China.

 

Bibliografía:

-Jean-Louis Margolin, El Libro Negro del Comunismo. “Una revolución inseparable del terror (1927-1946)”, Ediciones B (2010), p.610-617