Cuando el Ejército Alemán ocupó Roma durante la Segunda Guerra Mundial, los ataques de la Resistencia Italiana no fueron muy habituales en la capital hasta que en Marzo de 1944 un grupo partisano acabó con la vida de 33 soldados germanos durante el Atentado de Vía Rasella. El triste episodio provocó una reacción inesperada por parte de las autoridades de ocupación y las SS, ya que a modo de represalia los alemanes arrestaron y ejecutaron a 335 inocentes en un episodio que sería conocido como la Masacre de las Fosas Ardeatinas.
A inicios de 1944 los miembros de la Junta Militar del Comité de Liberación de Roma, por ese entonces el principal órgano de la Resistencia Italiana, apenas habían efectuado acciones armadas contra los ocupantes en la «Ciudad Eterna». Aquel período de aparente calma e inactividad no tardaría en verse sacudido por una facción mucho más radical, concretamente la del Grupo de Acción Partisana (GAP) liderado por Carlo Salineri, quién hastiado de esperar decidió mover ficha y atacar por su cuenta al Ejército Alemán. Así fue como se formó un equipo compuesto por el artificiero Giulio Cortini, las expertas en explosivos Rosario Bentivegna y Carla Capponi, y una serie de ayudantes entre los que estuvieron Franco Calamandrei, Fraco Ferri, Mario Fiorinenti, Raul Falcioni, Francesco Curreli, Silvio Serra, Fernando Vitaliano, Pasquale Balsamo y Guiglielmo Blasi. Los trece partisanos se pasaron varios días observando y anotando los movimientos del enemigo por las avenidas de la capital hasta que finalmente llegaron a la conclusión de que el mejor lugar para tender una emboscada sería una calle que a diario recorría un contingente de tropas germanas, en este caso la Vía Rasella.
A las 15:30 horas del 23 de Marzo de 1944 una columna del Batallón Auxiliar «Bozen», por ese entonces una unidad compuesta por 152 soldados alemanes «volksdeutsches» del Alto Adigio, accedió a Vía Rasella y comenzó a subir la calle cuesta arriba, exactamente hacia el punto de unión que conectaba la Vía Tritone y la Vía Quattro Fontane con los Jardines del Quirinal, en cuya esquina los partisanos acababan de colocar un carrito de limpieza municipal que contenía un artefacto con 18 kilogramos de trilita. De repente la bomba explosionó al paso del contingente enemigo, desgarrando carne humana y haciendo saltar por los aires a varios cuerpos, al mismo tiempo en que la onda fragmentaba los cristales de las viviendas de la zona y cubría el entorno de humareda. Una vez se disipó el polvo tras la potente detonación, los vecinos y viandantes de la zona descubrieron los cadáveres mutilados de 33 militares germanos y 110 heridos gritando de dolor en una escena tristemente dantesca, sin obviar con 5 civiles romanos fallecieron (incluyendo un niño llamado Piero Zucceretti) y otros 50 sufrieron heridas.
Mientras tanto en el Hotel Excelsior, situado a escasa distancia del atentado en Vía Rasella, el general Kurt Mältzer que era el responsable de las fuerzas ocupantes en Roma, se dirigió al lugar del siniestro para comprobar horrorizado las incontables bajas sufridas por el Batallón Auxiliar «Bozen». Fue entonces cuando en un arrebato de ira ordenó a los guardias de las SS y a los fascistas italianos de la Guardia Nacional Republicana y la Xª Flotilla MAS, irrumpir en todas las viviendas de la manzana y sacar a sus habitantes al exterior, incluido a un niño de 15 años que en esos momentos estaba haciendo los deberes en casa de un amigo. Después de que el propio Mältzer ordenase alinear a todos los presentes junto a los muros y rejas del Palacio Barberini, según él con la intención de fusilar a unos pocos a modo de ejemplo, entonces apareció el coronel Eugen Dollmann de las SS que calmó a su compañero y le impidió que tomase algún tipo de represalia, por lo menos hasta que se esclareciese lo sucedido y se informara a los altos mandos en Berlín.

Soldados alemanes de las SS y guardias italianos de la República de Saló detienen a civiles en Vía Rasella que posteriormente serán ejecutados en las Fosas Ardeatinas.
Hacia media tarde de aquel 23 de Marzo, Adolf Hitler se enteró de la noticia acerca del Atentado en Vía Rasella mientras se encontraba gestionando las operaciones del Frente Ruso en la «Guarida del Lobo» de Rastenburg en Prusia Oriental. La rabia que sintió por lo ocurrido fue de tal magnitud que no dudó en ordenar la ejecución de 50 civiles italianos por cada alemán muerto, el equivalente a un total de 1.650 personas. Al conocerse la directriz del Führer en Roma, el mariscal Albrecht Kesselring protestó por parecerle un castigo desmedido, exactamente igual que Benito Mussolini que desde su capital en Saló intentó por todos los medios que no se matase a ningún inocente y se reservaran las represalias para los verdaderos culpables, en este caso los miembros de la Resistencia Italiana. Al mismo tiempo el Vaticano también intercedió cuando el Papa Pío XII propuso celebrar una misa para los 33 alemanes muertos y evitar que otros pagaran con su sangre el crimen cometido por los partisanos, algo que si bien no evitó la matanza, al final consiguió que Hitler rebajase el número de 1.650 personas a ejecutar a tan sólo 330.
Según el perfil de los candidatos a ser fusilados por las SS, los primeros fueron doce transeúntes que pasaban por la zona de la explosión junto a la Vía Rasella, así como el chico de 15 años que había estado haciendo los deberes, dos jóvenes de 17 años y un viejo de 74 años llamado Mosé di Consiglio. También se detuvo a 57 judíos italianos elegidos al azar entre la comunidad hebrea de Roma, además de algunos presos políticos de la Cárcel de la Vía Tasso y 50 personas recluidas por las escuadras fascistas en el Cuartel de la Guardia Nacional Republicana. De hecho en el caso de los escuadristas, el comisario Angelo Caruso intentó evitar el fusilamiento telefoneando al Ministro del Interior de la República Social Italiana, Buffarini Guidi, quién temiendo represalias de las SS le contestó: «Tú dáselos, dáselos… Si no, cualquiera sabe lo que harán».
A las 14:00 horas del 24 de Marzo de 1944, un total de 335 presos políticos de la Cárcel de Vía Tasso (por error se añadieron cinco más a la lista de 330) partieron a bordo de camiones de transporte para productos cárnicos, a los que muy pronto se unieron otros vehículos procedentes de diversas partes de Roma, estando a la cabeza del convoy un coche conducido por el colaboracionista italiano Massimo Parris que llevaba en la parte trasera al comandante Herbert Kappler del Servicio de Seguridad (SD). El destino de esta triste comitiva que salió de la «Ciudad Eterna» fueron las Fosas Ardeatinas, unas cuevas situadas a las afueras en las que según la tradición cristiana la imagen de Jesucristo se había aparecido al apóstol San Pedro.
Alrededor de las 14:30 horas, las 335 personas custodiadas por las SS bajaron de los camiones justo en frente de la entrada de las Fosas Ardeatinas, en cuya explanada se organizó el primer grupo de cinco prisioneros, quienes con las manos atadas a la espalda fueron escoltados los accesos (mientras los conductores de los vehículos pisaban gas a fondo para reducir el sonido de los futuros disparos). Así fue como a las 15:30 horas los cautivos fueron conducidos por las grutas hacia el fondo de la cueva, en donde un piquete conformado por varios soldados alemanes y un colaboracionista polaco, arrodillaron a las víctimas y les propinaron un tiro en la nuca. El proceso se efectuó con el resto de los condenados que poco a poco fueron adentrándose en la oscuridad después de haber estado esperado muy nerviosos su turno, incluyendo los presos de las cárceles condenados con anterioridad, los civiles secuestrados, el puñado de judíos y en especial los militares, entre ellos el mariscal de carabineros Pepicelli Francesco, los doce generales Artale Vito, Ayroldi Antonio, Fenulli Dardano, Grani Umberto, Lordi Roberto, Lusena Umberto, Magri Mario, Martelli Castaldi Sabato, Rizzo Otorino, Simoni Simone, De Carolis Ugo y Sergi Gerardo, un coronel, siete tenientes coroneles, cinco capitanes, un teniente, cuatro subtenientes, un suboficial, un oficial de marina, un soldado, un carabinero y un coracero, además del sacerdote católico Pietro Pappagallo, el cual a título póstumo sería nombrado «Justo de las Naciones».
Concluida la Masacre de las Fosas Ardeatinas, esa misma tarde del 24 de Marzo las SS dinamitaron parte de las cuevas y provocaron una voladura con dinamita para borrar las pruebas, algo imposible debido a que todos los cuerpos fueron encontrados e identificados por las autoridades italianas tras el final de la Segunda Guerra Mundial. De hecho al acabar la contienda los tribunales italianos juzgaron al mariscal Albrecht Kesselring en 1946, al general Kurt Mältzer en 1947 y al comandante Herbert Kappler en 1948, aunque tan sólo éste último fue condenado a cadena perpetua, por lo menos hasta que se fugó de la cárcel el 15 de Agosto de 1977.
El Atentado de Vía Rasella y la posterior Masacre de las Fosas Ardeatinas constituyeron uno de los sucesos más controvertidos de la ocupación alemana de Italia y del papel de los partisanos, ya que lo ocurrido fue una acción violenta que acabó en una represalia contundente y desproporcionada, en un claro ejemplo de «ojo por ojo, diente por diente». Respecto al lugar del crimen las cuevas se habilitaron y fueron convertidas en un memorial, en cuyo interior se construyó un cementerio con las tumbas de las 335 víctimas, en donde se trató de rendir homenaje y rememorar una las matanzas más polémicas cometidas en suelo italiano durante la Segunda Guerra Mundial.
Bibliografía:
-Editores de S.A.R.P.E., Crónica Política y Militar de la Segunda Guerra Mundial, «Represalia en Roma», S.A.R.P.E. (1978), p.1421-1428
-http://en.wikipedia.org/wiki/Ardeatine_massacre