Depuración de Bélgica, Holanda y Luxemburgo

Con el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa Occidental, los vencedores perpetraron una serie de crímenes y represalias contra los colaboracionistas del Eje que adoptaron el término de «Depuración». Este tipo de atrocidades que incluyeron fusilamientos, matanzas, encarcelamientos y pérdida de derechos civiles, se prolongaron entre el año 1944 e inicios de la década de 1950 sobre el denominado «Benelux» que abarcaba los tres países de Bélgica, Holanda y Luxemburgo.

Bélgica

Al producirse la «Liberación» de Bélgica a finales de 1944, los Aliados volvieron a unificar la nación después de que el Tercer Reich hubiese promovido un fuerte nacionalismo francófono en la región de Valonia y de la misma forma un arraigado independentismo neerlandés en la zona de Flandes. De este modo en cuanto las funcionarios que se autodenominaron «antifascistas» retomaron el control del país bajo la Corona del Rey Leopoldo III, los secesionistas de ambas etnias, representados por el Partido Rexista y la Unión Nacional Flamenca, serían fuertemente represaliados por las nuevas autoridades de Bruselas.

Los obreros belgas que habían marchado a trabajar a Alemania como parte de la «Organización Todt» fueron los que más sufrieron la persecución en forma de arrestos y ejecuciones por parte de las nuevas autoridades del Gobierno de Bruselas. El ejemplo más sangriento tuvo lugar a finales de Mayo de 1945, cuando después de amarrar un barco cargado con 3.000 trabajadores en el puerto de Ostende, acto seguido una multitud de ciudadanos furiosos que previamente habían sido azuzados por el Partido Comunista Belga, irrumpieron en el navío y sacaron a golpes a los pasajeros a los muelles, a quienes lincharon en la orilla y en muchos cosas ahogaron vivos.

Paralelamente a los juicios populares organizados por la Resistencia Belga, casi siempre bajo el control del Partido Comunista Belga que desde la sombra seguía los dictados de la Unión Soviética, los «juicios legales» que llevaron a cabo los conservadores y monárquicos del Gobierno de Bruselas tuvieron una cara más amable, aunque no por ello estuvieron menos manipulados o los acusados gozaron de más garantías. De hecho de las 4.140 sentencias dictadas por los diferentes tribunales constituidos en diversos puntos del país, un total de 236 ciudadanos belgas fueron fusilados tan sólo en la primera mitad de 1945.

Muchos de los veteranos belgas del Frente Oriental en la Unión Soviética, ya fuesen los miembros de la 27ª División SS de Granaderos Flamenca «Langemark» o los de la 28ª División SS de Granaderos Valona «Wallonie», tuvieron un destino mucho más complejo porque salvo por la excepción de los soldados rasos, la mayoría de los mandos y la oficialidad fueron fusilados como por ejemplo le ocurrió al veterano flamenco Gustke Claes. No obstante el caso más polémico fue el juicio en ausencia contra el general León Degrelle (también líder del Partido Rexista) que en aquellos instantes se hallaba exiliado en España, a quién como fue imposible represaliar por no estar presente, la justicia se ensañó con sus familiares a los que culpó del «delito de progenitores», siendo en su lugar encarcelados tanto sus padres como sus hermanas, su esposa e hija de nueve años, incluso su hermano que acabó injustamente asesinado.

El mundo del arte y la intelectualidad sufrieron un golpe tremendo a manos de los vencedores porque los periodistas Paul Colin, Joseph Streel, Jules Lhost y Victor Meulenyzer fueron ejecutados ante un pelotón. Al mismo tiempo se encarceló a los dos novelistas Robert Poulet y Georges Simenon, así como al ensayista Félicien Marceau; mientras que Georges Hergé, autor del cómic de Tintín, fue suspendido de empleo por dos años (aunque posteriormente sería rehabilitado). De igual manera también padecieron algunas penas menores artistas como Albert Servaes, Feliz Timmermans o Prosper de Troyer, literatos como Cyriel Verschave, Ernest Van del Hallen, Filip de Pillecyn y Wies Moens, o científicos como Frans Daels. A esta liquidación cultural hubo que añadir que las autoridades dinamitaron la Cruz del Yser, un símbolo del nacionalismo flamenco por ser el enclave donde los patriotas autóctonos habían frenado el avance del Ejército Alemán en la Batalla del Yser de 1914 durante la Primera Guerra Mundial.

Cuando el Gobierno de Bruselas se moderó en lo referente a aplicar las penas de muerte a todo aquel acusado de colaboracionismo con el Tercer Reich, no lo hizo en otros aspectos porque las libertades se restringieron a límites inimaginables. Por ejemplo un total de 28.000 empresarios (alrededor del 80% de la patronal) fueron detenidos con la consiguiente repercusión económica en términos negativos para la nación. También se decretó la Ley 123 Sexies que calificó a 231.000 ciudadanos de «incivilizados» y los prohibió de por vida acceder a empleos de alto nivel como ser funcionarios, abogados, profesores, periodistas, mayoristas, conferenciantes, cineastas, directores de teatro, tramoyistas o apuntadores; además de abrirse 75.391 expedientes a menores de edad.

La «Depuración Belga» dejó alrededor de un total de 15.000 personas asesinadas y otras 70.000 sometidas a diversas sentencias punitivas dictadas por los jueces, entre las que hubo 1.000 cadenas perpetuas, 18.000 penas de prisión de los 3 a los 20 años de cárcel, y 51.000 pérdidas de derechos civiles. Ante tales cifras de represaliados entre 1944 y la década de 1950, Bélgica se convirtió en el segundo país de Europa Occidental que más víctimas dejó a la hora de castigar a los vencidos nada más acabar la Segunda Guerra Mundial, siendo tan sólo las víctimas superadas por Francia durante la llamada «Depuración Francesa».

Holanda

A diferencia de la «Depuración Belga», la «Depuración Holandesa» fue bastante más comedida porque los muertos y encarcelados resultaron ser bastante menos en comparación con Bélgica o Francia. La razón fue el pacto alcanzado entre la Reina Guillermina de Orange y el Gobierno Holandés en el exilio de Londres, ya que ambas instituciones acordaron únicamente eliminar a los responsables más activos de colaborar con el Tercer Reich durante los cinco años de ocupación a los Países Bajos.

Holanda tenía la particularidad de haber sido el primer país en abolir la pena de muerte, lo que supuso un enorme problema jurídico a la hora de aplicar el máximo castigo a los colaboracionistas de la Segunda Guerra Mundial. La única solución que los juristas pudieron encontrar para subsanar este dilema fue llevar a cabo una treta de dudosa legalidad consistente en modificar el Código Penal y añadir una cláusula denominada «Crímenes de Guerra», en la cual se especificaba que debía aplicarse una excepción en lo referente a la pena capital siempre que un individuo fuese declarado culpable de este delito. Sin embargo esto último tampoco se ajustaba a la realidad de la misma norma, pues la mayor parte de los acusados no eran criminales de guerra, ya que la mayoría eran funcionarios o militares voluntarios que habían luchado contra la Unión Soviética y no contra Holanda (y encima no se conocían casos de abusos sobre la población rusa). A pesar de todo los juicios no dejaron de ser más que un circo mediático amañado en los que se condenó a muerte a 200 personas, aunque al final tras varias deliberaciones y dudas tan sólo 38 serían ejecutadas, entre estas Anton Mussert que había liderado el Partido Nacional Socialista Holandés (NSB).

Mujer sometida a escarnio público por la Resistencia Holandesa después de ser rapada y apalizada tras ser acusada de haber colaborado con el Tercer Reich.

Los detenidos por colaboración fueron también muchos porque inicialmente se arrestó a 150.000 ciudadanos, aunque un buen puñado serían liberados sin cargos debido a que al finalizar la Segunda Guerra Mundial la cifra se redujo a sólo 96.044. La mayoría de estos encausados pertenecían a la Policía Verde y a las 24ª y 34ª Divisiones SS de Granaderos «Nederland» y «Landstorm Nederland», además de numerosos funcionarios que pasarían largos años en prisión. De igual manera fueron detenidas 24.000 mujeres, aunque antes se las desnudó públicamente y se las rapó el pelo a modo de escarnio, para acto seguido ser encarceladas por el simple delito de haberse enamorado de un alemán o haber bailado con un soldado germano en una fiesta (20.000 niños tuvieron que ser llevados a orfanatos ante la ausencia de sus madres).

Otros de los castigos del Gobierno Holandés fue el destierro a la colonia de la Guayana Holandesa en América del Sur, donde 46.615 personas fueron deportadas a vivir en las mucho más difíciles condiciones de la selva ecuatorial. Curiosamente los motivos para que un acusado acabase siendo enviado al Caribe fueron los siguientes: poseer amistad con alemanes, expresar ideas de unión al pueblo germano, realizar el saludo fascista romano, tener retratos en casa de Adolf Hitler o denominar «asesinos» a los pilotos de la Fuerza Aérea Estadounidense por haber bombardeado los Países Bajos (esto último fue grotesco porque el bombardeo estaba tipificado como un delito por las propias Naciones Unidas que supuestamente los mismos juristas que dictaminaban tales sentencias defendían).

Luxemburgo

El Gran Ducado de Luxemburgo era una nación pequeña que había sido invadida por el Tercer Reich el 10 de Mayo de 1940, justo al mismo tiempo en que el Ejército Alemán había desatado su gran ofensiva simultánea contra Francia, Bélgica y Holanda. A pesar de que la Segunda Guerra Mundial apenas afectó a este país de habla alemana hasta su liberación por los Aliados en 1944, el término del conflico implicó una represión de carácter muy moderada conocida como la «Depuración Luxemburguesa».

Al ser reinstaurada la Corona de Luxemburgo al frente de la Gran Duquesa Carlota en 1945, las nuevas autoridades se encontraron con que casi toda la población joven del país había formado parte del Ejército Alemán, por lo que iba a ser imposible juzgar y castigar a tal cantidad de personas debido a que la nación se quedaría sin mano de obra ni futuro intelectual. Ante este dilema, la única opción viable para congraciarse con los Aliados fue penar algunos delitos de opinión en lo referente a la anexión con Alemania, por lo que únicamente sólo 4 personas fueron ejecutadas y otras 15.000 encarceladas, entre estas el famoso político Damien Kratzenberg.

 

Bibliografía:

-Joaquín Bochaca, Los Crímenes de los Buenos, «La Liberación de Europa», Ediciones Siegheil (2009), p.368-372
-Carlos Caballero Jurado, Cruces de Abedul. Voluntarios Flamencos en la Campaña de Rusia 1941-1945, «La Persecución: Represalias y Solidaridad», García Hispán Editor (2018), p.77-82