Genocidio de los alemanes de Checoslovaquia

El genocidio cometido por Checoslovaquia contra las minorías alemanas de Bohemia, Moravia y los Sudetes fue el más brutal que se vivió en Europa durante la última fase de la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra hasta 1947. Aquel episodio que pasaría a ser conocido como el «Infierno Checo» a causa de la violencia popular y las crueles torturas que acompañaron a una bestial limpieza étnica, culminó en la expulsión de más de 3 millones de alemanes y el asesinato de otros 425.000 en lo que claramente constituyó según el Derecho Internacional un evidente caso de Crimen contra la Humanidad.

Origen

Los Sudetes fueron una de las principales causas de inestabilidad en Europa durante la década de 1930 debido a unas fronteras mal definidas al término de la Primera Guerra Mundial y a las posteriores cláusulas del Tratado de Versalles, ya que tanto Alemania como Austria tuvieron que desprenderse de una región que históricamente se encontraba habitada por una amplia mayoría alemana, la cual no tuvieron más remedio que ceder en contra de su voluntad a la ficticia Checoslovaquia. Como cabía esperar esto acabó desembocando en la Crisis de los Sudetes de 1938 cuando el Partido Nacionalsocialista Alemán ganó las elecciones regionales y solicitó su adhesión al Tercer Reich, algo que fue respondido por el Gobierno de Praga con una serie de medidas que llevaron a la supresión de los derechos de la minoría alemana, a la represión de manifestaciones y al asesinato de 11 ciudadanos a manos del Ejército Checo.

A raíz de la tensión desatada en Checoslovaquia que estuvo a punto de conducir a una guerra en Europa, los diversos mandatarios de Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia firmaron el Pacto de Munich a través del cual se acabó autorizando la anexión de los Sudetes al Tercer Reich. Este acontecimiento fue el detonante de otros conflictos fronterizos con los vecinos debido a que Hungría aprovechó la debilidad checa para anexionarse Ruthenia, Ungvar y Münacks; mientras que el Gobierno de Bratislava se separó de los checos y declaró la independencia de Eslovaquia. A causa del caos desatado en Centroeuropa, el Ejército Alemán decidió intervenir militarmente en Chequia y entrar en la capital de Praga en Marzo de 1939, instaurando a continuación el Protectorado de Bohemia-Moravia.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial en 1939 las regiones de Chequia no sufrieron una ocupación demasiado dura a diferencia de otras naciones invadidas por el Tercer Reich como por ejemplo Polonia o los territorios del «espacio vital» o «Lebensraum» en la Unión Soviética. De hecho salvo por la Masacre de Lídice en que la que se asesinó a varios centenares de personas como represalia por la muerte de Reinhard Heydrich, por ese entonces el jefe de la Oficina de Seguridad del Reich (RSHA), los castigos a la población autóctona fueron muy escasos e incluso la resistencia contra los ocupantes no agrupó a demasiados miembros (por lo menos hasta que la contienda ya estaba sentenciada para Alemania en 1944). A raíz de este trato positivamente diferencial de otros países bajo la órbita de Alemania, nadie podría imaginar que los checos fuesen a cometer un genocidio contra las minorías germanas nada más producirse el final del conflicto en Europa.

Leyes Raciales

Terminada la Segunda Guerra Mundial con la victoria de los Aliados y la derrota del Tercer Reich en Mayo de 1945, existía un censo de 3.500.000 alemanes en Checoslovaquia, la inmensa mayoría en los Sudetes, los cuales de repente quedaron a merced tanto de los partisanos checos como de las tropas del Ejército Rojo que acababan de hacerse con el control de Chequia. Como cabía esperar el Gobierno de Praga decidió aprovecharse del favorable contexto y de que la comunidad internacional no intervendría, para deshacerse de una vez por todas de las minorías germanas, ya fuese mediante expulsiones forzosas o incluso mediante la aniquilación física, tal y como manifestó de forma categórica el Presidente Edvard Benes con la siguiente frase: «Los alemanes y los magiares no son seguros».

Civiles alemanes obligados a desescombrar Praga por las autoridades de Checoslovaquia (a modo de humillación, debían llevar una esvástica pintada en la espalda).

A inicios de Mayo de 1945 el Gobierno de Praga redactó las primeras leyes racistas contra los alemanes y los húngaros que consistieron en la obligación de llevar un distintivo sobre la ropa para diferenciarse del resto de los ciudadanos y al mismo tiempo en la prohibición de abandonar sus casas a determinadas horas del día, el veto de andar sobre las aceras y la supresión de sus respectivos servicios religiosos o médicos (a imitación de las Leyes de Nuremberg en 1935). A estas medidas siguieron la abolición de los derechos civiles y la confiscación de propiedades, incluyendo granjas y espacios agrícolas, así como grandes fincas y castillos, algunos de épocas tan antiguas como la Edad Media.

Junto con las leyes raciales los miembros de la Resistencia Checa, la Policía de Praga y ciudadanos exacerbados por el odio, no dudaron en protagonizar las primeras agresiones y palizas contra los ciudadanos alemanes, a quienes convertían en sus víctimas de forma aleatoria mientras patrullaban las calles. A pesar de que los representantes de la minoría germana expresaron su disconformidad ante las autoridades checas, el Gobierno del Presidente Edvard Benes no tardó en responderles con la aprobación de una directiva, la cual prohibía a los alemanes protestar (aunque fuera por verse agredidos) bajo la pena de diez latigazos en caso de ser falta leve y la pena muerte por fusilamiento en caso de ser falta grave.

«Infierno Checo»

El «Infierno Checo» fue la denominación con que se bautizó a los brutales pogromos que tuvieron lugar en Praga y en otros lugares de Checoslovaquia al poco de materializarse la capitulación del Tercer Reich. Los crímenes comenzaron cuando varios ex-combatientes alemanes fueron atados a postes y quemados vivos ante los aplausos de la ciudadanía; al mismo tiempo en que otros 5.000 prisioneros de las SS resultaron ametrallados en el Estadio Municipal de Praga. Acto seguido se escogió a niños alemanes de unos diez años, a los que se colgó boca abajo de las farolas y se les incineró con carburante mientras el populacho bailaba alrededor de la carne chamuscada y los gritos de horror. A este tipo de violencia ni siquiera se salvaron los bebés o recién nacidos, a quienes después de arrebatarlos de los brazos de sus madres, se les introdujo en sus carritos y se les empujó por cuestas para acabar cayendo y muriendo ahogados en el Río Morava.

Los métodos más macabros empleados por el Estado Checo fueron las quemas públicas de ciudadanos alemanes a imitación de la Inquisición en la Edad Media, tal y como ocurrió en la Plaza de Wenceslao, donde el Presidente Edvard Benes organizó una ceremonia en la que docenas de ciudadanos alemanes fueron paseados con carteles humillantes y a continuación rociados con gasolina para morir abrasados por las llamas. De hecho en las «hogueras humanas» a veces se cometieron errores como ocurrió con la cremación de 500 soldados estonios pertenecientes a la 20ª División SS de Granaderos Estonia, cuyos integrantes a pesar de identificarse como extranjeros, fueron prendidos fuego por las autoridades y los partisanos de la Resistencia Checa.

Miembros de la minoría alemana asesinados en una carretera de los Sudetes.

Otras zonas de Checoslovaquia también fueron objeto de grandes matanzas como por ejemplo el Pogromo de Saaz que comenzó con el arresto de 3.000 vecinos germanos, los cuales fueron conducidos a las afueras de la localidad y ametrallados por el Ejército Checo. Simultáneamente tuvo lugar el Pogromo de Bokowitz, donde cientos de ciudadanos alemanes fueron linchados públicamente por soldados y civiles checos, quienes acto seguido asesinaron a los niños de diez años delante de sus padres y después a éstos últimos (curiosamente los que no murieron por las palizas, se les roció con ácido clorhídrico sobre las heridas y huesos rotos para provocarles una muerte más agónica). El mismo nivel de violencia se aplicó en el Pogromo de Brno que costó la vida a 800 miembros de la minoría germana y llevó al suicidio a más de 250 mujeres alemanas que optaron por quitarse la vida tras comprobar el cruel destino de los varones.

El Pogromo de Iglau constituyó uno de los más brutales del «Infierno Checo» porque después de hacer caminar desnudos a 350 civiles alemanes durante un trayecto de 33 kilómetros en plena noche, uno a uno fueron cayendo por el cansancio o el frío, mientras que aquellos que todavía se mantenían en pie, se los remató a culatazos de fusil hasta que no quedó un sólo superviviente. Respecto al antiguo alcalde de la ciudad de Iglau, fue condenado a muerte por parte de un tribunal del Ejército Checo, al que mataron en la misma sala del juicio cuando se le ató a una mesa y se le abrió el cuerpo en canal con bisturí hasta que murió desangrado (las cuerdas vocales se le desgarraron por los alaridos de dolor). Ante esta trato tan inhumano y macabro dispensando a los habitantes de Iglau, no fue extraño que 1.200 ciudadanos prefiriesen suicidarse que arriesgarse a este tipo de torturas por parte de las autoridades checoslovacas.

Los linchamientos y masacres del Ejército Checo se fueron sucediendo a lo largo y ancho de Bohemia-Moravia, especialmente en las zonas rurales, donde miles de campesinos fueron asesinados de las más diversas formas, en ocasiones por métodos inenarrables consistentes en sentar a las víctimas con las piernas extendidas al borde de la cuneta y a continuación ir fracturando sus huesos mediante el rodamiento de un camión sobre el asfalto. Mientras tanto la limpieza étnica se fue extendiendo a otras poblaciones de Checoslovaquia como por ejemplo sucedió con los 763 alemanes ejecutados en Postelberg, los 100 fusilados en Ústí o un grupo de 265 personas (71 hombres, 120 mujeres y 74 niños) que después de ser sacados de sus casas en Dobsiná, fueron conducidos al Monte Svédeské Sance, obligados a cavar una fosa común y finalmente matados en su interior de un tiro en la cabeza.

Los campos de concentración fueron otro de los grandes métodos del Estado Checo para reprimir a los alemanes de Checoslovaquia y los Sudetes, siendo uno de los más crueles el de Kladnow, en cuyo recinto los guardias recubrían las espaldas de los presos con alquitrán hirviendo mientras les golpeaban con porras (e incluso en una ocasión se rendió en un llano a varios ex-combatientes heridos a los que se los arrojó granadas de mano hasta que murieron a causa de las explosiones y la metralla). También hubo otros lugares igual de terribles como el campo de Habigor con 1.200 prisioneros, donde las mujeres eran sometidas a 45 violaciones por noche; o el campo de Freudenthal en que se apaleaba a los reos hasta la muerte. De la misma forma el campo de Moraska-Ostrava se haría famoso por un terrible suceso cuando sus funcionarios se cebaron a golpes sobre el vientre de una chica embarazada hasta que perdió el bebé, antes de que estos mismos individuos le cortaran los senos y la dejaran morir desangrada a la intemperie. Curiosamente el viejo campo de concentración de Theresienstadt que había pertenecido a las SS se reabrió para hacinar a incontables ciudadanos germanos, aunque también se inauguraron 846 centros penitenciarios de trabajos forzados y 215 prisiones que albergaron a más de 350.000 esclavos, de los cuales 175.000 perderían la vida.

Víctimas alemanas de la Matanza de Postelberg en donde fueron asesinadas 763 personas.

La violencia organizada por el Gobierno Checo se centró en las mujeres (que eran mayoría entre la población germana debido a que como consecuencia de la guerra, los varones se hallaban diseminados por toda la geografía de Europa). Normalmente los partisanos de la Resistencia Checa humillaban a las chicas en público gritando «¡de rodillas putas alemanas», para acto seguido cortar sus cabellos con bayonetas y echarlas cubos de agua fría encima si se resistían o desmayaban. Entre las torturas favoritas estaban romperlas las costillas, amputarlas trozos de los pies u obligarlas a comer excrementos infectados de disentería, sin obviar con que a las embarazadas eran linchadas por turbas de mujeres checas y judías hasta hacerlas abortar a base de golpes sobre el vientre.

Expulsión de los «volksdeutsche»

A inicios de 1946 las matanzas contra los habitantes alemanes en Checoslovaquia cesaron ante la presión de los Aliados Occidentales y la Unión Soviética, en especial por parte de esta última potencia que tenía planes para invadir el país dentro del contexto de la Guerra Fría. Como a partir entonces resultó imposible continuar masacrando «volksdeutsches», el Presidente Edvard Benes apostó por la expulsión total de la minoría germana hacia Alemania y Austria, incluyendo los millones de habitantes de los Sudetes, pero también de los húngaros de parte de Ruthenia y el sur de Eslovaquia.

El destierro de los alemanes de los Sudetes y otras zonas de Checoslovaquia implicó la marcha forzosa de casi dos millones de ciudadanos que tras verse privados de sus hogares, emprendieron un viaje a pie arrastrando sus escasas pertenencias hacia el corazón de Europa. A lo largo de este tortuoso camino los germanos y en menor medida los húngaros sufrieron las inclemencias del invierno y del verano, así como las lluvias y el calor estival, aunque durante el recorrido también fueron víctimas de pillajes, robos y asaltos por parte de bandas organizadas de los checos, sin obviar con que muchas mujeres fueron secuestradas para ser violadas e incontables varones asesinados. Aquel calvario se prolongaría hasta 1947 con un saldo de 250.000 muertos por hambre, enfermedad, cansancio y otras causas, incluyendo 16.000 ciudadanos que fallecieron por los ataques de la población checa y 6.667 que optaron por suicidarse.

La violencia contra la minoría de los «volksdeutsche» en Chequia continuó de manera más tímida hasta que todos los germanos fueron expulsados a mediados de 1947 y acto seguido la Unión Soviética invadió el país en 1948 para incluirla dentro del Telón de Acero. Hasta entonces de los más de 3 millones y medio de alemanes que había antes de la Segunda Guerra Mundial, tan sólo 244.000 permanecieron en el país, la mayoría de ellos por haber luchado junto a los partisanos checos contra el Tercer Reich, o bien porque poseían conocimientos industriales o científicos que eran claves para el futuro desarrollo de Checoslovaquia.

Aproximadamente el «Infierno Checo» dejó un saldo de 425.000 ciudadanos alemanes asesinados durante la limpieza étnica perpetrada por el Estado Checoslovaco, además de ser otros 3 millones de «volksdeutsche» expulsados del país y los Sudetes para ser reubicados en Alemania y Austria, sin obviar con que otros 90.000 húngaros experimentaron el mismo destino tras ser sacados de Ruthenia y el sur de Eslovaquia. La extrema violencia y crueldad con que los checos trataron a los germanos, mucho más brutal que la dispensada por los ocupantes entre 1939 y 1945, demostró que la germanofobia llevaba latente en la nación desde mucho antes de la existencia del Tercer Reich y que por tanto el Gobierno de Praga cometió un evidente caso de genocidio según el Derecho Internacional.

 

Bibliografía:

-Joaquín Bochaca, Los Crímenes de los Buenos, «Los Ausslandeutsche», Ediciones Sieghels (2009), p.346-348
-https://en.wikipedia.org/wiki/Expulsion_of_Germans_from_Czechoslovakia