Rendición del Eje

La Segunda Guerra Mundial constituyó el conflicto más destructivo y sangriento de la Historia de la Humanidad porque decenas de millones de personas habían muerto, sobretodo en Europa y Asia, entre el oscuro período que abarcó de 1939 a 1945. La caída de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki pondría fin a la pesadilla cuando el Emperador Hiro-Hito se vio obligado a anunciar la capitulación de Japón y a formalizar la paz de manera definitiva con los Aliados.

Antecedentes

El año 1945 fue el más negro para las potencias del Eje porque había supuesto la caída de Alemania con el suicidio de Adolf Hiter, la destrucción del corazón del Tercer Reich tras la Batalla de Berlín y la firma del Armisticio de Reims el 8 de Mayo de 1945. Al mismo tiempo se había materializado la caída del fascismo con el asesinato de Benito Mussolini y la disolución de la Italia Fascista (República de Saló), además de producirse la derrota de otras naciones filofascistas afines como Hungría, Eslovaquia y Croacia, pese a que esta última resistiría hasta una fecha tan tardía como mediados de Junio cuando fue absorbida por Yugoslavia.

Con el final de la contienda en Europa, los vencedores celebraron la Conferencia de Postdam a la que entre Junio y Julio de 1945 asistieron el mandatario Iósif Stalin representando a la Unión Soviética, el Presidente Harry Truman a Estados Unidos y los Primeros Ministros Winston Churchill y Clement Atlee al Reino Unido (este último se sumó después tras perder su rival las elecciones). Según acordaron estos líderes, solo aceptarían una rendición incondicional de Japón en la Guerra del Pacífico, descartando cualquier otra posibilidad que el Gobierno de Tokyo, al frente del Primer Ministro Kantarô Suzuki, estaba intentando negociar desde la neutral Suiza.

La situación de Japón era crítica en 1945 después de cuatro años de haberse prolongado la Segunda Guerra Mundial en Asia y Oceanía. Hasta entonces habían muerto 2 millones y medio de japoneses contando a militares y civiles, 2.100.000 edificios habían sido arrasados en las ciudades durante los bombardeos de la Fuerza Aérea Estadounidense y encima la capacidad industrial se había visto reducida en un 30%, exactamente igual que la producción eléctrica a un 30% y la obtención de petróleo un a 58%, sin obviar que el 80% de la marina mercante había sido hundida sobre las aguas del Océano Pacífico.

Vista desoladora de Hiroshima días después de la explosión de la bomba atómica “Little Boy”.

Coincidiendo con la segunda bomba atómica en Nagasaki y la agresión de la URSS, el 9 de Agosto fue convocada una reunión de urgencia en Tokyo con el objetivo de evaluar la triste situación que estaba viviendo el país. El propio Emperador Hiro-Hito dirigió la mesa, estando presentes el jefe del Consejo Privado Kiichiro Hinamura, el Primer Ministro Kantarô Suzuki, el Ministro de Asuntos Exteriores Mamoru Shigemitsu, el Ministro de la Guerra Koreichika Anami, el jefe del Estado Mayor del Ejército Yoshiyiro Umezu y el Ministro de Marina Mitsumasa Yonai, entre otros representantes importantes del Gobierno Imperial. Durante la cita los debates fueron tensos y acalorados, echando cada uno la culpa en el contrario y viceversa, por lo menos hasta que una formación de aviones norteamericanos B-29 bombardearon la capital al atardecer, algo que obligó a interrumpir la discusión unos minutos para reanudarse poco después con dos grupos confrontados, unos en favor de la paz y otros partidarios de esperar un milagro de última hora que derrotase a los Aliados. Mientras tanto el Emperador Hiro-Hito que había permanecido callado y siempre se había mostrado contrario a la contienda, en un acto de valentía ordenó a sus súbditos guardar silencio y sentarse en la silla para a las 2:00 horas de la madrugada del día 10 decir: La terminación de la guerra es el único camino para restaurar la paz mundial y evitarle a la nación el terrible dolor que la aflige. Me siento triste cuando pienso en el pueblo que me ha servido tan fielmente, en los soldados y marinos que han muerto o que están heridos en lugares lejanos, en las familias que han perdido sus bienes materiales y, a menudo, también sus vidas (…). No es preciso que recalque que me resulta lacerante ver desarmados a los bravos y leales soldados japoneses. Igualmente, me resulta doloroso que otros muchos, que me han servido con toda lealtad, sean ahora castigados como promotores de la guerra. Pero es el momento de soportar lo insufrible…. En cuanto acabó el discurso, el silencio en la sala fue sepulcral durante un rato que se hizo bastante incómodo a todos los presentes, antes después de mucho meditar, los políticos y militares reunidos no tuviesen más remedio que aceptar la cruda realidad y sin pestañear acatar las palabras de su Jefe de Estado.

Negociaciones

Al amanecer del 10 de Agosto de 1945, el Primer Ministro Kantarô Suzuki comunicó a todos los miembros del Gobierno Imperial su intención de proceder a la rendición y aceptar las cláusulas que los Aliados habían suscrito en la Conferencia de Postdam con términos que incluían la retirada de los territorios invadidos en Asia y el Océano Pacífico, la ocupación estadounidense de determinados puntos del archipiélago, la entrega de criminales de guerra, etcétera. Curiosamente a lo único que no aceptaron los japoneses fue a que el Emperador Hiro-Hito tuviese que renunciar al trono de la nación, tal y como a las 7:00 horas de la mañana se especificó en las notificaciones de capitulación entregadas a los embajadores nipones de las neutrales Suecia y Suiza, desde donde a continuación fueron entregadas a los representantes de Estados Unidos, Gran Bretaña, China y la Unión Soviética.

Tanques soviéticos T-34 invadiendo una calle de Harbin en Manchuria.

La cuestión de la inviolabilidad del Emperador Hiro-Hito fue motivo de tensas discusiones entre los propios Aliados. Por ejemplo en Estados Unidos el Presidente Harry Truman era uno de los más firmes partidarios de ver sentado en el banquillo de un tribunal al Jefe del Estado del Imperio Japonés, aunque al final prevaleció la idea del general George Marshall, jefe del Estado Mayor de Washington, para que se le mantuviese en el trono por miedo a una revolución social contra las futuras fuerzas de ocupación del Ejército Estadounidense. A la propuesta de no juzgar a Hiro-Hito se sumaron el Reino Unido y China, pero no la Unión Soviética, ya que el Ministro de Asuntos Exteriores Vyacheslav Molotov puso todas las trabas posibles con la finalidad de alargar las negociaciones (debido a que los soviéticos esperaban conquistar el máximo de territorio enemigo posible en el Lejano Oriente). De hecho los obstáculos planteados por el Kremlin llevaron al embajador norteamericano en Moscú, Averrell Harriman, a amenazar a los rusos de descolgarse del diálogo e indicarles que buscaran una paz por separado, lo que obligó a Iósif Stalin a recular y aceptar la propuesta de sus socios. Así pues, una vez resueltos todos los obstáculos diplomáticos, en la medianoche del 11 al 12 de Agosto, Japón recibió la respuesta positiva de los Aliados.

En la mañana del 12 de Agosto, el Primer Ministro Kantarô Suzuki dio a conocer a todos los altos mandos de las Fuerzas Armadas del Japón la paz que estaba a punto de firmarse con los Aliados. Lo que sucedió durante las horas siguientes fue un desorden de absoluto desconcierto y confusión, ya que muchos militares se amotinaron negándose a acatar la capitulación, otros optaron por el suicidio masivo y los que menos se convirtieron en kamikazes a título personal que intentaron sin éxito estrellar sus contra los barcos de la Flota Estadounidense. De hecho unos oficiales comenzaron a organizar en secreto un ataque kamikaze de enormes proporciones empleando a más de 5.000 voluntarios suicidas que afortunadamente no se llevó a cabo por falta de medios y ante la negativa de otros mandos de la Fuerza Aérea Imperial Japonesa.

Como la tardanza de respuesta por parte de Japón impacientó a los Aliados, a modo de represalia los aviones de la Fuerza Aérea Estadounidense continuaron bombardeando el territorio metropolitano del archipiélago. Simultáneamente, otros aparatos arrojaron alrededor de 16 millones de octavillas sobre 47 ciudades diferentes, advirtiendo acerca de la posibilidad de que fuese utilizada contra la población civil una tercera bomba atómica. Existió incluso la propuesta de que 1.100 bombarderos cuatrimotores B-29 cargados con 7.000 toneladas de fósforo y napalm arrasasen el centro de Tokyo, algo a lo que por suerte el jefe de Estado Mayor de la Armada, Ernst King, se negó en rotundo al parecerle un acto innecesario y cruel. No obstante y pesar de todo, el 13 de Agosto, una última formación de “superfortalezas volantes” B-29 liberaron de sus bodegas millares de bombas sobre Tokyo, destruyendo varias manzanas y matando a numerosos civiles con la pretensión de acelerar cuanto antes la capitulación de Japón.

Aviones norteamericanos B-29 “Superfortress” sobre Japón.

Como el Emperador Hiro-Hito quería evitar la muerte de más compatriotas, convocó al Consejo Imperial a las 11:00 horas de la mañana del 14 de Agosto con la intención de presionar a los gobernantes para que agilizasen los trámites de la paz. De hecho y contra todo lo imaginado, asombró a todos los presentes porque invadido por la tristeza de ver a su patria en aquella terrible situación lloró en público. Sus palabras fueron: No puedo soportar que mi pueblo sufra todavía más. Deseo que acepten de inmediato el documento aliado. Ordeno que dispongan ya de un Edicto Imperial que yo mismo leeré por radio. Incluso, si los Ministros de Defensa y Marina me lo pidieran, me trasladaré a dónde sea necesario y hablaré directamente a las tropas… No me importa lo que me pueda ocurrir, pero sí me preocupa cómo podré justificarme ante los espíritus de mis antepasados si, tras un derroche de vidas humanas, la nación queda reducida a cenizas (…). Para terminar, les pido a todos y a cada uno de ustedes que se esfuercen para que podamos enfrentarnos a los difíciles días que se avecinan. Sorprendentemente y sin manifestar ninguna opinión contraria, la reunión se cerró y todos los generales y almirantes se marcharon con vergüenza y humillación, antes de que esa misma noche Hiro-Hito grabara en secreto su discurso radiado, cuyo disco fue entregado a la Emperatriz Kuni Nagako (que lo ocultó en sus aposentos por si algún militar rebelde intentaba robarlo).

Golpe de Estado

Muchos en Japón no quisieron asumir la derrota de Japón y optaron por ignorar las órdenes del capitulación del Emperador Hiro-Hito. Así fue como se gestó un golpe de Estado entre los que estuvieron implicados el teniente coronel Masahiko Takeshita, más los generales Kenyi Hatanake y Hidemasa Koga, así como algunos oficiales de la Guardia Imperial y milicianos jóvenes radicalizados de la Facción de Control “Tôseiha”, quienes acordaron asaltar el Palacio Imperial y robar la cinta con la que se anunciaría el acuerdo con los Aliados.

Kenji Hatanaka, autor del golpe de Estado en Tokyo el 14 de Agosto de 1945.

La noche del 14 al 15 de Agosto de 1945, una guarnición del Ejército Japonés en Tokyo se sublevó y cientos de soldados irrumpieron violentamente en el Palacio Imperial, asesinando a unos pocos guardias y cortando los teléfonos con el exterior. El anciano general Takeshi Mori, jefe de la 1ª División de Guardias Imperiales “Konoye”, intentó detenerlos sin éxito porque el golpista Shigetaro Uehara forcejeó con él rajándole con una katana en el pecho mientras su compañero Kenji Hatanaka se ponía nervioso y disparaba en todas las direcciones, para acto seguido concluir el enfrentamiento con un espadazo que rebanó la cabeza del general, salpicando de sangre toda la estancia. Después de aquel macabro episodio, los rebeldes buscaron el disco desesperados destrozando las instalaciones y amenazando a los empleados. Sin embargo no solo no encontraron la cinta, sino que tampoco al Emperador Hiro-Hito que se había ocultado en el refugio antiaéreo blindado del castillo acompañado por dos ayudantes de cámara y algunos miembros del Estado Mayor. De hecho y aunque los amotinados se aproximaron al búnker, en seguida se marcharon cuando recibieron la amenaza de los Guardias Imperiales.

Como los rebeldes fueron incapaces de encontrar el disco en el Palacio Imperial, apenas tardaron en ocupar en la sede de la Radio Nacional Japonesa, la NHK, la cual fue puesta bajo control de los amotinados, pero sin estar operativamente (porque previamente los técnicos fueron advertidos y por tanto la boicotearon). Después de aquel nuevo revés para los sublevados, a las 5:00 horas de la madrugada del 15 de Agosto, el Emperador Hiro-Hito lideró a la Guardia Imperial para nuevamente retomar el Palacio Imperial y anunciar a sus allegados acerca del fracaso del Golpe de Estado.

Desarticulada la rebelión en Tokyo y el Palacio Imperial, el teniente coronel Masahiko Takeshita corrió a ocultarse en casa de su cuñado, el Ministro de la Guerra Koreichika Anami, quién tras beber un vaso de sake se ofreció a matarlo, una promesa que cumplió cortándole la cabeza mediante el ritual del “harakari”. Respecto a los otros dos principales implicados en el golpe de Estado, el general Kenyi Hatanake se pegó un tiro en la sien y el general Hidemasa Koga se rajó el vientre hasta morir desangrado siguiendo el ritual del “seppuku”.

La desobediencia hacia el Emperador Hiro-Hito no solo se dio dentro del Ejército Imperial Japonés, sino también entre los mandos de la Fuerza Aérea Imperial Japonesa. Aquel fue el caso del capitán de vuelo Takeo Tagaro, uno de los fundadores de las tácticas kamikazes, quién al amanecer del 15 ordenó a 22 alumnos subir a sus aviones y estrellarse contra los buques de la Fuerza Aérea Estadounidense con la finalidad de que se rompiese el diálogo con el Gobierno de Washington. Lamentablemente para él, los mecánicos boicotearon sus aparatos para evitar aquel ataque, por lo que al final Takeo Tagaro arrepentido se suicidó.

Mensaje del 15 de Agosto

A las 16:00 horas de la tarde del 15 de Agosto de 1945, la Radio Nacional Japonesa, la NHK, transmitió a toda la nación el mensaje del Emperador Hiro-Hito. Los ciudadanos emocionados de oír por primera vez la voz de su Jefe del Estado y al mismo tiempo de su “kami viviente” (“dios viviente”) según la religión shintoísta, se colocaron en posición firmes o de rodillas para escuchar el siguiente discurso:

Emperador Hiro-Hito.

Yo, el Emperador, después de reflexionar profundamente sobre la situación mundial y el estado actual del Imperio Japonés, he decidido adoptar como solución a la presente situación el recurso a una medida extraordinaria. Con la intención de comunicároslo me dirijo a vosotros, mis buenos y leales súbditos.
He ordenado al Gobierno del Imperio que comunique a los países de EEUU, Gran Bretaña, China y Rusia la aceptación de su Declaración Conjunta.
Ahora bien, conseguir la paz y el bienestar de los súbditos japoneses y disfrutar de la mutua prosperidad y felicidad con todas las naciones ha sido la solemne obligación que me legaron, como modelo a seguir, los antepasados imperiales y de la cual no he pretendido apartarme, llevándola siempre presente en mi corazón.
Por consiguiente, aunque en un principio se declarase la guerra a los dos países de EE.UU. y Gran Bretaña, la verdadera razón fue el sincero deseo de asegurar la autoconservación del Imperio y la seguridad de Asia Oriental, no siendo en ningún caso mi intención, el interferir en la soberanía de otras naciones ni la invasión expansiva de otros territorios.
Sin embargo, la guerra tiene ya cuatro años de duración. Y a pesar de que los generales y soldados del ejército de tierra y marina han luchado en cada lugar valientemente, los funcionarios han trabajado en sus puestos realizando todos los esfuerzos posibles y todos los habitantes han servido con devota dedicación, poniendo cuanto estaba en sus manos; la trayectoria de la guerra no ha evolucionado necesariamente en beneficio de Japón y la situación internacional tampoco nos ha sido ventajosa. Además, el enemigo ha comenzado a utilizar una nueva y terrorífica arma, cuyo poder destructor es incalculable, y que causa sus víctimas entre la población inocente. Si continuásemos luchando, el resultado no sólo consistiría en la destrucción y aniquilación del pueblo japonés, sino que también conduciría a la extinción de la civilización humana (…).Y si esto fuese así, cómo podría proteger a mis súbditos, mis hijos, y cómo podría solicitar el perdón ante los sagrados espíritus de mis antepasados imperiales. Esta es la razón por la que he obligado al Gobierno del Imperio aceptar la Declaración Conjunta de las Potencias.
Me siento obligado a manifestar mi más profundo sentimiento de pesar con las naciones aliadas que han colaborado permanentemente junto con el Imperio Japonés para la emancipación de Asia Oriental. Asimismo, pensar en aquellos de mis súbditos que han muerto en el campo de batalla, así como en aquellos que dieron su vida ocupando sus puestos de trabajo, cumpliendo con su deber, o aquellos que fueron víctimas de una muerte desafortunada y en sus familias destrozadas es un sufrimiento presente en mi corazón noche y día. Del mismo modo, el bienestar de los heridos y de las víctimas de la guerra, de aquellos que han perdido sus hogares y sus medios de vida constituye el objeto de mi más honda preocupación.
Soy consciente de que los sacrificios y sufrimientos que tendrá que soportar el Imperio a partir de ahora son, sin duda, de una magnitud indescriptible. Y comprendo bien el sentimiento de mortificación de todos vosotros, mis súbditos. Sin embargo, en consonancia con los dictados del tiempo y el destino quiero, aún soportando lo insoportable y padeciendo lo insufrible, abrir un camino hacia la paz duradera para todas las generaciones futuras.
Confirmo vuestra lealtad al defender la estructura del Imperio y me siento unido a vosotros, mis buenos y leales súbditos. Por eso, os exijo que evitéis cualquier explosión de emociones que pueda desencadenar complicaciones innecesarias, o enfrentamientos que pudieran desuniros, causando desorden y conduciéndoos por un camino equivocado que haría al mundo perder la confianza en vosotros.
Continuad adelante como una sola familia, de generación en generación, confiando firmemente en la inmortalidad del Japón divino, conscientes del peso de las responsabilidades y del largo camino que os queda por delante. Dedicad todos vuestros esfuerzos para la construcción del futuro. Manteneos fieles a una firme moral, seguros de vuestro propósito, y trabajad duro aprovechando al máximo vuestras virtudes sin retrasaros de la línea de progreso del mundo.
Poned en práctica, según lo he dicho, mi voluntad.

Suicidios y Kamikakes

Nunca Japón había perdido un conflicto armado en 2.000 años de Historia (salvo por la Guerra Imjin de 1592 a 1598 contra China y Corea), por lo que nada más escucharse el mensaje de Hiro-Hito, millones de personas fueron las que se echaron a llorar, se sintieron destrozadas y psicológicamente abatidas. De hecho apenas concluyó la emisión ya se produjeron incontables suicidios con decenas de oficiales que se pegaron un tiro en la cabeza u otros tantos que se hicieron el “seppuku”, como por ejemplo el almirante Takihiro Onishi. También un grupo de militares heridos fanatizados se presentaron ante las puertas del Palacio Imperial para inmolarse con granadas ante los muros; e incluso algunos pilotos subieron a bordo de sus aviones para volar hasta la Isla de Okinawa y lanzar los últimos ataques kamikaze contra los barcos de la Flota Estadounidense (aunque todos erraron en los blancos porque fueron abatidos).

El suceso más trágico de todos los suicidios colectivos ocurridos del 15 de Agosto tuvo lugar cuando 10 estudiantes emprendieron una marcha militarista por las calles de Tokyo, a quienes muy pronto se unieron otros jóvenes y luego miles de personas. La multitud vagó por las calles entonando canciones patrióticas hasta que tras saber que se acababa de movilizar las fuerzas de la Policía Metropolitana para disolver la manifestación, rápidamente se dirigieron al parque central y ascendieron el Monte Atago, donde tras cantar el himno nacional del Kimigayo y expresar tres gritos de “¡Banzai, banzai, banzai!” en honor al Emperador, sacaron unas granadas, tiraron de las anillas y se inmolaron en un espectáculo macabro.

Muchos ciudadanos de Japón todavía tardaron más tiempo en saber que se había firmado la capitulación con los Aliados, por lo que durante varios días los aviones de la Fuerza Aérea Estadounidenses lanzaron millones de octavillas impresas sobre las diversas ciudades del territorio metropolitano. De hecho en una ocasión se produjo un triste incidente en la Isla de Hokkaido después de que la dotación de un cañón antiaéreo (desconociendo que se había materializado la paz) disparó contra una formación de aparatos y derribó un cuatrimotor B-29, muriendo toda la tripulación. Curiosamente también en el caso de la Fuerza Aérea Estadounidense algunos tampoco algunas escuadrillas se enteraron del final de la contienda, como por ejemplo el 315º Escuadrón de Bombarderos basado en la Isla de Guam que con una formación de 143 “superfortalezas volantes” B-29 atacaron Japón y destruyeron la refinería de petróleo de Tsuchizaki.

A las 21:10 horas del 15 al 16 de Agosto de 1945, se registró el último combate áreo de la Guerra del Pacífico cuando un caza nocturno P-61 Black Widow apodado “Lady Dark” a los mandos del piloto Solie Salomón, el operador de radio John Scheerer y el artillero de cola James Skiles, localizó volando a 1.400 metros de altitud sobre la Isla de Shima a un interceptor japonés Nakajima Ki 44 Shoki. Así fue como sin dudarlo un instante, el P-61 Black Widow se situó a tan solo 250 metros de la cola del aparato enemigo, por lo que éste para despistar al radar liberó bandas de aluminio que desviaron al norteamericano del rumbo (en parte también porque se rompió el sistema de cierre de la ventana de Solie Salomón que tuvo que cerrarla hasta cuatro veces). Sin embargo aquello no evitó un fatal desenlace para el japonés porque en una complicada maniobra, fruto de los nervios del piloto nipón, el caza Nakajima Ki 44 Shoki se terminó estrellando contra una montaña, convirtiéndose en el último avión destruido de la Segunda Guerra Mundial.

Guarniciones de Asia-Pacífico

A lo largo de todo el Asia Oriental y el Océano Pacífico todavía existían centenares de guarniciones militares sobre la vastedad del Imperio Japonés. Lógicamente como el Emperador Hiro-Hito imaginó que muchos generales y altos mandos no se creerían la capitulación o simplemente se negarían a entregar las armas hasta que no tuviesen una notificación oficial, se tuvo que enviar a tres delegados de la Casa Real representados por los Príncipes Tsuneyoshi Takeda, Yasuhiko Asaka y Kotohito Kanin.

China que desde 1937 luchaba contra Japón dentro del contexto de la Segunda Guerra Sino-Japonesa con casi la mitad del país invadido por las potencias del Eje, fue el primer lugar en tramitar el proceso capitulador después de que el Presinte Chiang Kai-Shek al frente del Kuomintang comunicase emocionado a su pueblo la paz a través de la emisora de Radio XGOY desde la capital de Chongqing. Inmediatamente a este anuncio, el general Yasuji Okamura que lideraba a las tropas de ocupación en el continente, se acogió a la Orden General Número 1 mediante la cual miles de sus guarniciones sobre las líneas del frente en las provincias de Hubei, Hunan, Jiangsu, Jiangxi, Zhejiang, Shaanxi y Cantón comenzaron a entregarse a las unidades nacionalistas del Ejército Chino y en solo en casos extremos a los partisanos del Ejército Rojo Chino liderado por Mao Tse-Tung.

Indonesia (antes Indias Orientales Holandesas tras haber arrebatado Japón el archipiélago a Holanda en 1942), fue el primer territorio en tomar una postura muy poco corriente porque en lugar de negociar con los Aliados, el general japonés Maeda Tadashi relegó toda su responsabilidad en las autoridades nativas, reconociendo el 17 de Agosto de 1945 durante una manifestación popular en Jakarta la Declaración de Independencia de Indonesia que otorgó a la República de Indonesia su independencia como último miembro legal del Eje al frente del Presidente Ahmed Sukarno. Gracias a esta iniciativa las fuerzas militares japonesas se rindieron sin más ante las tropas del Ejército Holandés y la Commonwealth, al mismo tiempo en que se desataba una guerra entre holandeses e indonesios que concluiría en 1949 con el reconocimiento de Indonesia como “estado soberano” por la Organización de Naciones Unidas.

Minisubmarinos japoneses “Kaiten” parcialmente destruidos en una base antes de ser entregados a los norteamericanos. Al fondo pueden verse sobresalir las torres de los acorazados, ya inservibles aquel Agosto de 1945.

Filipinas inició los trámites de capitulación el 19 de Agosto después de que dieciséis delegados al frente general Toshiro Kawabe se presentaran ante los mandos del Ejército Estadounidense en Manila dirigidos por el general Richard Sutherland. Aunque los nipones fueron tratados muy cordialmente y alojados en un hotel de lujo, en el momento que entregaron el documento a Kawabe éste exclamo furioso: “¡basta!”. La inesperada reacción del nipón fue que en el texto alguien había redactado “Yo Hiro-Hito, Emperador de Japón…”, lo que suponía un insulto hacia el Jefe del Estado. Afortunadamente el general Sutherland calmó a Kawabe y se disculpó, por lo que a continuación se modificó el contenido con el encabezamiento “Yo, Toshiro Kawabe” y por tanto se formalizó la rendición en las Islas de Luzón, Mindanao, Minodoro, etcétera.

Bajo el nombre de “Operación Zipper”, el 28 de Agosto una escuadra la Marina Real Británica (Royal Navy) conformada por 7 navíos entre el acorazado HMS Nelson, los dos portaaviones HMS Attacker y HMS Hunter, el crucero HMS Ceylan y tres destructores, desembarcaron en Malasia a la 25ª División de Infantería Británica, cuyas tropas rápidamente se apoderaron de los puertos militares de Penang y Selangor. El trauma para los japoneses en la Península de Malaya fue tan grande (allí habían provocado al Imperio Británico la mayor derrota militar de su Historia en 1942) que 300 oficiales se suicidaron en Singapur, antes de ser esta última cedida a fuerzas conjuntas del Reino Unido, Australia y la Francia Libre durante la “Operación Tiderece”.

El 28 de Agosto de 1945 comenzó la ocupación del propio Japón cuando 400 bombarderos B-29 aterrizaron en el Aeropuerto de Atsugi, situado en la prefactura de Kanagawa, en donde se depositó a nada menos que 20.000 soldados de la 11ª División Aerotransportada. A estas fuerzas las acompañó el general Douglas MacAthur que descendió de un B-29 bautizado como “Bataan” (en honor al territorio filipino abandonado en 1942), para acto seguido dirigirse a la capital a bordo de un jeep mientras 30.000 soldados del Ejército Imperial Japonés salieron a recibirle durante todo el trayecto de varios kilómetros formando en hilera y con el fusil en alto, algo que dejó perplejos a los mandos del Ejército Estadounidense. Una vez que las tropas se apoderaron de Tokyo y establecieron el Estado Mayor cerca del Palacio Imperial, los norteamericanos se expandieron sobre la Isla de Honshû fijando su centro logístico en el puerto de Yokohama y una segunda gran guarnición en la ciudad de Osaka.

Respecto a las otras naciones del Eje en Asia, también se produjo su colapso definitivo como por ejemplo Manchukuo que fue invadido enteramente por la Unión Soviética con la consiguiente captura del Emperador Pu-Yi y la cesión de toda Manchuria a la China Comunista de Mao Tse-Tung, la cual se convertiría desde ese instante en el principal motivo que reactivaría la Guerra Civil China contra el Kuomintang. También la Mongolia Interior fue ocupada a partes iguales por el Ejército Rojo y el Ejército Nacionalista Chino, siendo derrocado el Príncipe Demchugdongrob y el territorio reincorporado a China. En el caso de Thailandia, las tropas del Ejército Real Thailandés se retiraron del Yunnan y los Estados Shan en Birmania, antes de desembarcar el Cuerpo de Marines Estadounidense en la capital Bangkok y disolverse el régimen fascista para acceder al poder el Movimiento Libre Tailandés. Ni tan siquiera la India Libre (que se había separado de la India Británica) sobrevivió a su independencia porque la Commonwealth recuperó las Islas Andamán y Nicobar, al mismo tiempo en que su líder fugado, el “Netaji” Chandra Bose, moría en un accidente aéreo sobre la Isla de Formosa.

La jornada del 30 de Agosto, una escuadra de 73 buques de la Marina Real Británica al mando del almirante Cecil Harcourt con los seis portaaviones HMS Illustrious, HMS Venerable, HMS Vengeance, HMS Chaser, HMS Striker y HMS Vindex, los dos acorazados HMS Duke of York y HMS Anson, tres cruceros, seis destructores, cuatro fragatas, una corbeta, ocho submarinos, y treinta y tres dragaminas, desembarcó en Hong Kong a 2.000 soldados británicos sobre la ciudad de Victoria y el puerto de Kowloon en Nuevos Territorios. Durante aquella misión bautizada como “Operación Ethelred” tuvo lugar el último enfrentamiento naval de la contienda porque las naves ingleses tuvieron que abrir fuego y destruir dos lanchas suicidas Kaiten que intentaron embestirlas en la Bahía Picnic.

Soldados y oficiales japoneses depositan sus sables y katanas en el suelo como gesto de rendición y humillación ante los Aliados.

A comienzos de Septiembre de 1939, más de 170.000 soldados del Ejército Imperial Japonés capitularon en la Isla de Formosa (colonia nipona desde 1895) ante las fuerzas enviadas por el Kuomintang desde China. Similares episodios de claudicación se repitieron ante las fuerzas de Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda en Nueva Guinea, la Isla de Borneo, Timor Oriental o en remotos archipiélagos de la Micronesia, las Islas Carolinas, las Islas Palau o las Islas Salomón. De hecho hubo algunos soldados japoneses que tardaron décadas en enterarse de que la contienda había finalizado, haciéndolo el último en el año 2005 después de una larga espera de 70 años. Incluso aquel mes en Europa, por fin se entregó la última guarnición del Ejército Alemán en Europa, concretamente un contingente del disuelto Tercer Reich al norte de Noruega, cuyo capitán Ludwig Albersen contactó con los Aliados para rendir el Islote de Nordaustlandet y la Estación Meteorológica de Haudegen a un destacamento de la Marina Noruega.

El 1 de Septiembre de 1945 apenas ya se producían combates en Asia y el Océano Pacífico, ni tan siquiera en China porque siguiendo órdenes del general Yasuji Okamura un total de 1.283.140 soldados del Ejército Imperial Japonés capitularon ante el Ejército Chino según lo acordado con el general nacionalista He Yinquin. No obstante, en cuanto las tropas del Kuomintang se presentaron en la capital de Nankíng, tuvo lugar un tiroteo cuando un grupo de cadetes fanáticos chinos del “estado tírete” de la China Nacional Reorganizada (que había colaborado con Japón), se atrincheraron en la Escuela Militar y resistieron los asaltos de sus compatriotas hasta que todos los filofascistas fueron eliminados en el interior del edificio u obligados a rendirse, dándose por concluido este episodio que constituyó el último enfrentamiento armado de la Segunda Guerra Mundial.

Paz de la Bahía de Tokyo

A las 9:30 horas de la mañana del 2 de Septiembre de 1945, ancló frente a la Bahía de Tokyo el grueso de la Flota Estadounidense y otras escuadras menores de las diferentes naciones victoriosas de los Aliados. De entre toda aquella inmensa concentración de portaaviones, cruceros, destructores y embarcaciones de todos los tipos que amenazantes apuntaban sus cañones dirigidos a la costa de la Isla de Honshû, el buque elegido para el trámite oficial de la capitulación de Japón fue el acorazado norteamericano USS Missouri.

Rendición del Eje a bordo del acorazado USS Missouri. A la izquierda la delegación japonesa subiendo al barco y a la derecha los marineros contemplando a los vencidos el 2 De Septiembre de 1945.

La ceremonia de rendición estuvo encabezada por el general Douglas MacArthur y en segundo término por el almirante William Halsey como máximos representantes de los Aliados, mientras que el equipo de Japón estuvo conformado por el Ministro de Asuntos Exteriores Mamoru Shigemitsu, el general Yoshijirô Umezu y el almirante Sadatoshi Tomioka. Respecto a los demás delegados de cada país con los que se iba a capitular, de izquierda a derecha según su posición en la cubierta del acorazado USS Missouri estuvieron el almirante Chester Nimitz por Estados Unidos, el general Xu Yongchang por China, el almirante Sir Bruce Fraser por Gran Bretaña, el general Kozma Derevyanko por la Unión Soviética, el general Sir Thomas Blamey por Australia, el general Moore Cosgrave por Canadá, el general Jacques Leclerc por Francia, el almirante Conrad Helfrich por Holanda y el vicemariscal del aire Leonard Isitt por Nueva Zelanda.

Bajo los seis cañones de 406 milímetros de proa del acorazado USS Missouri, la delegación de Japón liderada por el Ministro de Exteriores Mamoru Shigemitsu caminó lentamente y humillada ante la mirada de tantos altos mandos de naciones distintas y de los marineros agolpados en barandillas, el puente y los cables del mástil. De repente y para su sorpresa empezó a sonar el himno estadounidense The Star-Spangled Banner por los altavoces del buque, momento en que el general Douglas MacArthur se acercó a los amedrentados nipones, para una vez finalizada la música, plantarse ante el micrófono y leer el siguiente discurso: Estamos reunidos aquí los representantes de las principales potencias para concluir un solemne acuerdo encaminado al restablecimiento de la paz. Los problemas y contenidos de este acuerdo, que proceden de ideales o ideologías divergentes, ya han sido solucionados en los campos de batalla del mundo entero, por lo que nos toca a nosotros discutirlo aquí ahora. No nos hemos reunido aquí como representantes de la mayoría de los pueblos de la tierra, animados por un espíritu de desconfianza, odio o malicia. Por el contrario, todos, vencedores y vencidos, debemos esforzarnos por alcanzar aquella elevada dignidad que es imprescindible para conseguir los sagrados fines que nos esperan, comprometiéndonos todos, sin reservas, a cumplir fielmente los compromisos que vamos a asumir. Mi más fervorosa esperanza y la esperanza de toda la Humanidad, es que de este solemne acto, sobre la sangre y matanzas del pasado, surja un mundo mejor fundado sobre la fe y la comprensión; un mundo consagrado a la dignidad del hombre y al cumplimiento de sus más profundos anhelos: la libertad, la tolerancia y la justicia. Aquellas palabras dejaron atónitos a los tres delegados japoneses, ya que en lugar de sufrir largos reproches e improperios como habían esperado, escucharon expresiones que hacían referencia a la paz y a la reconciliación. Acto seguido, se procedió a revisar las actas de rendición, en donde los representantes de cada país sellaron la firma sobre sus respectivos documentos que también rubricaron los enviados nipones, antes de que MacArthur regresara al micrófono para expresar: Oremos todos para que se restaure la paz en el mundo y para que Dios la conserve para siempre. Se levanta la sesión.

Última fotografía de la Segunda Guerra Mundial con la exhibición aérea sobre el acorazado USS Missouri a las afueras de la Bahía de Tokyo el 2 de Septiembre de 1945.

La ceremonia de paz del acorazado USS Missouri se alargó unos 20 minutos, justo cuando los representantes de la delegación de Japón inclinaron la cabeza a modo de reverencia y se dispusieron a abandonar la nave para regresar a Tokyo. Sin embargo, justo en ese momento, el general Douglas MacArthur les suplicó que esperasen para volver la mirada al almirante William Halsey y decir: ¡Por Dios, Bill! ¿A dónde han ido a parar los malditos aviones?. De repente en ese instante, un sonido atronador hizo volver la vista de todos los presentes hacia el cielo para contemplar una inmensa formación de miles de aviones entre bombarderos B-29, cazas Corsair y Hellcat, torpederos Helldriver, etcétera, que sobrevolaron la Bahía de Tokyo al mismo tiempo en que los cañones de los buques efectuaban varias salvas para conmemorar a los caídos, las cuales constituyeron los últimos disparos de la Segunda Guerra Mundial.

Oficialmente a las 10:00 horas de la mañana del 2 de Septiembre de 1945, la Segunda Guerra Mundial finalizó para siempre después de haber durado nada menos que seis años y dos días de interminables combates. Este conflicto que costó la gigantesca cifra de 80 millones de muertos y la devastación total o parcial de cinco continentes, fue sin duda la mayor tragedia vivida en el siglo XX y en general la más grande jamás experimentada por la Humanidad.

 

Bibliografía:

-David Solar, Japón se rinde. El virrey y el Emperador, Revista La Aventura de la Historia Nº83 (2005), p.18-29
-Jesús Hernández, El último bombardeo de la guerra, Revista Muy Historia Nº22 (2009), p.65
-http://en.wikipedia.org/wiki/Surrender_of_Japan
-http://www.taiwandocuments.org/japansurrender.htm
-http://www.retoricas.com/2010/06/discurso-hirohito-rendicion-japon.html