Traición de Rumanía

La traición de Rumanía a las potencias del Eje fue uno de los hechos más insólitos de la Segunda Guerra Mundial cuando el Rey Miguel I, temeroso de perder la Corona ante la proximidad del Ejército Rojo, decidió perpetrar un golpe de Estado en Bucarest para derrocar al Gobierno proclive al Tercer Reich. El resultado de estas intrigas no sólo aceleró la derrota del Tercer Reich en la contienda, sino que además facilitó que la Unión Soviética se expandiese masivamente sobre todos los países de Europa Oriental y los Balcanes.

Conspiración

Al comenzar el año 1944, la situación de Rumanía era crítica porque después de una serie de reveses militares en el Frente del Este, las tropas del Ejército Rojo se hallaban en la misma frontera con Besarabia y Bukovina. No fue extraño entonces que ante el miedo psicológico de tener a los soldados soviéticos tan cerca de la demarcación con Moldavia, el Rey Miguel I iniciase una serie de contactos con los Aliados Occidentales. Se trató de una delegación diplomática enviada a Egipto que se entrevistó en El Cairo con representantes de Estados Unidos y Gran Bretaña, aunque sin sacar nada en claro debido a que estos últimos despacharon a los rumanos debido a que les exigieron también tener el visto bueno de la Unión Soviética (según los acuerdos de la Conferencia de Teherán suscritos con Iósif Stalin).

Rey Miguel I de Rumanía.

El Gobierno de Bucarest que entonces lideraba el “Conducator” Ion Antonescu bajo un régimen de tendencia fascista, también entabló contactos de manera paralela a la monarquía, como por ejemplo la mantenida en Suecia con diplomáticos norteamericanos y británicos en Estocolmo, durante la cual obtuvo el mismo resulto porque también reclamaron la presencia soviética en las negociaciones, algo que los rumanos no podían aceptar. A raíz de estos desencuentros, a Ion Antonescu no le quedó más remedio que apoyarse en el Tercer Reich para garantizar que el Ejército Alemán (Wehrmacht) se comprometiese a defender con sus divisiones acorazadas las fronteras de Moldavia.

Contra todo pronóstico, las 1ª y 2ª Batallas de Târgu Frumos en la primavera de 1944 acabaron con una victoria del Ejército Rumano sobre el Ejército Rojo, lo que por el momento alejó el peligro de una invasión por parte de la Unión Soviética. No obstante y a pesar de que estos triunfos estabilizaron el frente rumano-soviético, las intrigas políticas y palaciegas tanto del Rey Miguel I como del Primer Ministro Iuliu Maniu que lideraba el Partido Campesino, ya conducido a la decisión de propinar una puñalada por la espalda a las potencias del Eje.

Otro de los agentes en la traición fue el Partido Comunista Rumano que pese a su reducido tamaño y escaso apoyo entre la población, se asoció con el Partido Socialista Rumano en el llamado Frente Patriótico Antihitleriano siguiendo las directrices de la Internacional Comunista (Komintern) con sede Moscú. A esta unificación, pronto se sumaron todos los partidos de derechas y conservadores para fomar el Bloque Nacional Democrático, cuya intención era la de aglutinar al mayor número de ideologías políticas posibles para negociar con mayor peso en cuanto las tropas soviéticas entrasen en Rumanía. Lamentablemente el Kremlin ya tenía su propio plan oculto porque en el seno del Ejército Rojo combatía una unidad conformada por comunistas rumanos, la 1ª División de Infantería Rumana de Voluntarios “Tudor Vladimirescu”, cuyos soldados tenían la función de actuar como una fuerza de ocupación y disuasión para ir imponiendo un sistema de corte soviético en la nación.

Desde Berlín el Estado Mayor Alemán (OKW) había comenzado a sospechar acerca de una sublevación por parte de ciertos miembros del Gobierno de Bucarest e incluso del propio Rey Miguel I, aunque tal cosa no impidió que el Ejército Alemán (Wehrmacht) continuase enviando ayuda militar a Rumanía como el traslado de la 13ª División Panzer y la 10ª División Panzergrenadier a la línea del frente de Moldavia que curiosamente fueron puestas bajo mando del general rumano Korne. Dentro de este contexto de desconfianza, tuvo lugar la última entrevista entre Ion Antonescu y Adolf Hitler el 6 de Agosto de 1944 cuando el Führer advirtió al Conducator de una posible traición del monarca con las siguientes palabras: “Conducator, no vaya a Palacio”.

La idea del Rey Miguel I con la traición al Eje simplemente era la de salvar la Corona y de paso convertirse en una especie de monarca absoluto, como su padre el Rey Carol II en la década de 1930, contando para ello con la ayuda de los Aliados Occidentales. Sin embargo la manera de llevar a cabo esta evidente “puñalada por la espalda” fue del modo más inmoral y cobarde posible porque se anunciaría una rendición invocando un armisticio inexistente con la URSS (justo en el momento en que el Ejército Rojo lanzase la ofensiva), lo que convertiría a sus propios hombres, las tropas del Ejército Rumano, en cautivos sin ningún estatus legal de prisioneros y a merced de los vencedores. De la misma forma, castigaría a la población a quedar sometida a la ocupación militar de la URSS, algo que sin duda a largo plazo condenaría a la monarquía porque la intención de los invasores era desplazar a la Corona y terminar instaurando un régimen comunista.

Al amanecer del 19 de Agosto de 1944, el Ejército Rojo inició la ofensiva de Iasi-Chisinâu sobre Rumanía mediante un devastador fuego de artillería y la aviación sobre Moldavia, que fue seguido por la arremetida de las columnas acorazadas contra las posiciones del Eje. La contundencia del ataque fue de tal magnitud, que la línea del Frente Oriental apenas tardó en colapsarse y las tropas germano-rumanas a evacuar las trincheras de vanguardia sumidas en un caos absoluto. Mientras tanto en la retaguardia, el Rey Miguel I no dudó en aprovecharse de la confusión y la crisis nacional para decretar la orden más polémica de su vida: poner en marcha el golpe de Estado del 23 de Agosto.

La Traición

El 23 de Agosto de 1944, el Conducator Ion Antonescu acudió al Palacio Real del Rey Miguel I para mantener una supuesta entrevista con el Jefe del Estado. Inesperadamente, en cuanto el mariscal concluyó su reunión con el monarca, sin que ambos se pusieran de acuerdo acerca de poner a la guerra, el mariscal fue inesperadamente detenido por un grupo de soldados armados de la Gendarmería Rumana que lo encerró en la Prisión de Jilava. Al cabo de unas horas de transcurrido este incidente, Miguel I anunció por radio a toda la nación que se había alcanzado un acuerdo de alto el fuego con los Aliados (algo falso) y que se autorizaba un acceso de paso al Ejército Rojo.

Al mediodía de aquel fatídico 23 de Agosto, los oficiales del Ejército Rumano que todavía estaban en el Frente Oriental de Moldavia, recibieron la orden de contactar con los mandos soviéticos y rendirse incondicionalmente. Confiando en la palabra del Rey Miguel I, los soldados rumanos izaron banderas blancas y se entregaron a los rusos, para descubrir a continuación, bajo la más absoluta sorpresa y perplejidad, de que todo se trataba de un engaño por parte de su propio Jefe del Estado, pues las tropas soviéticas en lugar de hacerles cautivos siguiendo los protocolos de la Convención de Ginebra, los trataron como botín de guerra al efectivamente no haberse suscrito ningún armisticio con Rumanía.

Prisioneros del Ejército Rumano en Moldavia marchan a los gulags de Siberia.

Aproximadamente, un total de 130.000 soldados del Ejército Rumano fueron capturados por el Ejército Rojo gracias a la traición del Gobierno de Bucarest. A la jornada siguiente de estos hechos, el 24, otros 175.000 militares se rindieron siguiendo las confusas órdenes del monarca, siendo muchos de los oficiales fusilados por los comisarios de la Policía Estatal Soviética (NKVD) tras ser acusados de contrarrevolucionarios. De hecho, bastaron 48 horas para que el 25 de Agosto, la cifra de prisioneros sumase 305.000, la mayoría de los cuales serían deportados a diversos campos de concentración, donde morirían o sobrevivirían realizando trabajo esclavo en los gulags de Siberia.

Las consecuencias para el Tercer Reich y las potencias del Eje fueron igual de trágicas porque las tropas del Ejército Rumano que no habían caído en manos del Ejército Rojo, de repente se vieron combatiendo con los soldados del Ejército Alemán, con quienes desde hacía más de cuatro años habían compartido rancho y trinchera. A pesar de que muchas unidades rumanas permitieron a los alemanes replegarse hacía Hungría sin ser molestados, otras muchas los atacaron con la esperanza inútil de congraciarse con los soviéticos. Lamentablemente Adolf Hitler, furioso con el Rey Miguel I y el Gobierno de Rumanía a los que había vendido armamento y les había financiado generosamente para ahora tener que soportar una traición de dicha magnitud, ordenó a la Fuerza Aérea Alemana (Luftwaffe) bombardear la capital como represalia, provocando daños en el Palacio Real, el Teatro Nacional, el Ateneo Rumano y el Palacio Victoria. Como consecuencia de esta acción, el Reino de Rumanía se unió a los Aliados (aunque jamás la concederían ni siquiera el rango de cobeligerante) y declaró la guerra a Alemania y Hungría.

Consecuencias

A lo largo de finales de Agosto de 1944, el Ejército Rojo ocupó toda Moldavia y conquistó el resto de Rumanía, saqueando aldeas y violando mujeres, hasta entrar en la capital de Bucarest junto a los colaboradores de la 1ª División de Infantería Rumana de Voluntarios “Tudor Vladimirescu” que fueron recibidos jubilosamente por los simpatizantes del Partido Comunista Rumano. A sabiendas de los crímenes que las tropas soviéticas estaban cometiendo en su patria, un indignado Rey Miguel I envió embajadores al Moscú para solicitar a Iósif Stalin de que pusiese fin la violencia y de que liberase inmediatamente a todos los prisioneros del Ejército Rumano. Sorprendentemente la respuesta del Kremlin a los diplomáticos, a los que humilló haciéndoles esperar dos semanas cruciales, fue que ellos eran los dueños absolutos de la situación porque se había producido una “capitulación” y no un “armisticio” (fruto de la irresponsabilidad del monarca al confundir los dos términos). A partir de ese instante, el Rey Miguel I entendió que había dejado de ser el traidor para ser el traicionado, pues pese a que finalmente la URSS y los Aliados firmaron el Armisticio de Paz de Rumanía el 12 de Septiembre de 1944, el país quedó bajo la órbita de Moscú.

Solados de la 1ª División de Voluntarios Rumana “Tudor Vladimirescu” entrando en Bucarest.

Las consecuencias del Golpe de Estado del 23 de Agosto de 1944 fueron terribles para la mitad de Europa porque al perderse Rumanía, el Eje dejó de recibir la gasolina de los campos petrolíferos de Ploiesti y encima el Grupo de Ejércitos Sur quedó virtualmente destruido, algo que sin duda aceleró la derrota del Tercer Reich y un final de la Segunda Guerra Mundial mucho más trágico para Europa Oriental. De hecho, gracias a la irresponsabilidad del Rey Miguel I, el pueblo rumano no fue el único en sufrir la represión soviética porque todo el dispositivo del Frente del Este se derrumbó en los Cárpatos y los Balcanes, lo que facilitó al Ejército Rojo invadir Bulgaria, Hungría, Albania, Yugoslavia y Checoslovaquia, imponiendo el comunismo y sentando las bases de la futura Guerra Fría.

Respecto al destino posterior del Reino de Rumanía, los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial acabaron muy mal porque el Conducator Ion Antonescu fue ejecutado y el Rey Miguel I, responsable del drama de su pueblo, fue derrocado en 1947 por un golpe de Estado del Partido Comunista Rumano y forzado a exiliarse en Inglaterra. A partir de esa fecha en que fue proclamada la República Socialista de Rumanía, el comunismo se impondría en el país bajo un férreo tutelaje dirigido desde la Unión Soviética. Desde entonces, se tendrían que esperar casi cuarenta años para que con la caída del Presidente Nicolae Ceacescu en 1989 y el fin de la Guerra Fría, de nuevo Rumanía obtuviese su completa independencia dentro de Europa.

 

Bibliografía:

-David Fraser, La Caída de los Dioses. “VII El visita Palacio”, la Esfera de los Libros (2005), p.258-262
-Carlos Caballero Jurado, Ejército Nacional Rumano. “Una traición previsible”, García Hispán Editor (1997), p.95-118
-Jaques Pirenne, Historia Universal. “Rumanía y Bulgaria piden el Armisticio”, Éxito (1961), p.397-398