La Revolución Legionaria

 

No hacía mucho que el Conducator Ion Antonescu se había reunido con Adolf Hitler en Salzburgo, Austria, el 15 de Enero 1941. El motivo de la entrevista era lo urgente que el Eje necesitaba a Rumanía para poner en práctica la “Operación Barbarroja”, es decir, la invasión de la Unión Soviética para deponer el comunismo en el mundo. Pero el inconveniente que tenían los países del Eje, era que Rumanía estaba sumida en una constante revolución y no había un Gobierno claro, pues estaba dirigido por ideologías opuestas: la fascista Guardia de Hierro de Horia Sima y el Gabinete de Antonescu, ambas en el llamado Estado Nacional Legionario que probablemente se acabaría dividiendo y sus miembros enfrentando. Si tenía lugar una revolución fascista como en el caso de Italia, el Eje no podría usar los campos petrolíferos de Ploiesti y menos aún emplear Rumanía de portaaviones para dar el salto sobre la URSS. Por esa razón, Hitler dió el apoyo a Antonescu a pesar de tener ideologías confontadas y rechazó a la Guardia de Hierro que curiosamente era la hermana ideológica del nacionalsocialismo.

En Rumanía la situación estaba muy tensa. La Guardia de Hierro se tomaba la justicia por su mano y asesinaba en atentados y actos violentos callejeros a todos aquellos que habían apoyado a la depuesta oligarquía militar de Carol II. Antonescu, el Rey Mihail I y el Ejército se hacían cada vez más fuertes y la Guardia de Hierro estaba pasando a un segundo plano en la política del Estado Nacional Legionario. El día 19 Antonescu decretó la dimisión forzosa del Ministro del Interior, Constantin Petrovicescu, un militar prolegionario que tenía gran afección hacia Sima. Eso molestó a los legionarios, pero todavía Antonescu llegó más lejos cuando prohibió que la Guardia de Hierro estuviera en administraciones policiales.

Con estos hechos Horia Sima comprendió que Antonescu estaba intentando hacerse con el poder y destruir a la Guardia de Hierro como anteriormente había hecho Carol II. A los legionarios no les quedaba más remedio que probar suerte e iniciar la revolución. La ventaja que tenía la Legión es que poseía más de 500.000 afiliados y el apoyo de casi la mitad de la población, sus inconvenientes en cambio se basaban en que las fuerzas armadas estaban en manos de Antonescu. Sin embargo la esperanza que tenía Sima, era que en cuanto estallara en Rumanía una revolución hermana de la fascista y la nacionalsocialista, los alemanes entrarían en el país a socorrer a sus camaradas ideológicos y depondrían a Antonescu. No podía estar más equivocado, pues Hitler ya había dado su apoyo al Conducator Antonescu.

Antonescu recibiendo la noticia de la sublevación legionaria.

Era 20 de Enero de 1941, cuando comenzó la Revolución Legionaria. Miles de legionarios seguidos por millares de simpatizantes se echaron a las calles de Bucarest proclamando la revolución. Las estaciones de gas fueron tomadas, así como algunos edificios de la administración del Estado. En seguida las fuerzas de seguridad del Ejército y la Guardia Real del Palacio Real respondieron contra la Guardia de Hierro. Sin embargo los legionarios estaban bien armados, pues se atrincheraron en sus sedes y edificios públicos disparando contra policías y gendarmes. Horia Sima se fue haciendo con el control de la situación en Bucarest al final del día, siendo los legionarios dueños de las calles, sedes y gran parte de la capital.

Con la llegada del día 21 la oleada de violencia por parte de la Guardia de Hierro se extendió a otras aldeas circundantes a Bucarest. Los legionarios acusando a Antonescu y al Rey Mihail I de una conspiración masónica y probritánica, se enfrascaron en una sangrienta lucha callejera. Comercios fueron destruidos, vehículos incendiados, inmobiliario urbano dañado y hubo combates entre legionarios y la policía que se cobraron la vida de varios civiles. Exaltados bajo el descontrol de la propia Guardia de Hierro, asesinaron a miembros de la antigua oligarquía de Carol II sin sumario alguno, además, aprovechando el clima antisemita, unos individuos ejecutaron a 15 judíos dentro de un camión que desafortunadamente se habían cruzado en su camino durante los combates, aunque fue un hecho aislado perpetrado por la histeria del momento.

Antonescu, harto de la situación, decidió poner fin a la revolución de Sima. El día 22 el Ejército Rumano se movilizó por todo el país y entró con más de 100 tanques en Bucarest. Con los blindados en la ciudad la situación se convirtió en una lucha a muerte. Soldados y legionarios se tiroteaban entre los edificios mientras los tanques demolían todo a su paso. La población civil aterrorizada huía de los disparos y los cañonazos dejando decenas de muertos a sus espaldas. Peor fue la violencia gratuita de rumanos contra los judíos, tanto del lado de la Guardia de Hierro como del Ejército, ya que aprovechando el caos se saldaron cuentas pendientes de carácter xenófobo matando a 125 judíos, muchos de ellos ahorcados por las calles de ganchos, además de destruirse 1.274 negocios y establecimientos hebreos, más la quema de la Sinagoga de Bucarest.

Sima comprendió que aquel era el momento para que Alemania ayudase con su Ejército (Wehrmacht), pero lo cierto fue que al comenzar a cruzar la frontra rumana, las divisiones Panzer al llegar hasta las zonas de lucha en Bucarest, tendrían una actitud muy diferente a la pensada cuando los legionarios vieron estupefactos hacia quién apuntaban sus armas. En efecto, los alemanes, ante la sorpresa de todos los movimientos fascistas en el mundo, dispararon contra los legionarios de la Guardia de Hierro y no contra el Ejército Real Rumano.

Heinrich Himmler, Reichsführer de las SS desde Alemania, protestó enérgicamente la decisión de Hitler de ayudar a Antonescu. Contrariamente a la directriz de Hitler, las SS dieron su total apoyo a la Guardia de Hierro. Dentro de la propia Alemania tuvieron lugar una serie de discusiones en los cuarteles generales, ordenando Hitler hacer callar a toda la oposición de la SS, pero estos se negaron. Por si fuera poco las SS también entraron en Rumanía sin permiso del Führer para ayudar a los legionarios. Parecía algo increíble, la Wehrmacht y las SS estaban teniendo un enfrentamiento político por culpa de una situación ajena en otro país. Una y otra vez las SS se negaron a obedecer a Antonescu dentro de Rumanía, por lo que a Hitler no le quedó otro remedio que llegar a un acuerdo. La solución fue que todos los legionarios que pidieran socorro a las SS podrían ser llevados a Alemania e instalados en campos de concentración como prisioneros de guerra y con algunos lujos, mientras que los que cayeran en manos de la Wehrmacht serían entregados a las autoridades rumanas. A Himmler no le pareció buena la idea, pero al final tuvo que rendirse ante la amenza que le había hecho Hitler de degradarle el rango de Reichsführer.

Con la entrada del Ejército Real Rumano en la lucha apoyado por la Wehrmacht alemana, los legionarios en Bucarest poco a poco empezaron a ser reducidos. Era imposible que unos pocos hombres mal armados en edificios y sedes hicieran frente a los tanques. Además los legionarios no deseaban enfrentarse a los alemanes a los que aún consideraban sus camaradas, así que fueron entregándose. Finalmente, el 24 de Enero de 1941, Horia Sima en un comunicado ordenó deponer las armas. La Revolución Legionaria había fracasado.

Después de 130 días el Estado Nacional Legionario se venía abajo por el Gobierno encabezado por el Conducator Ion Antonescu. La Revolución Legionaria había costado a la Guardia de Hierro 200 muertos y 4.000 detenidos. Por otro lado las fuerzas de seguridad y el Ejército Real Rumano tuvieron 30 muertos y 100 heridos, ningún soldado alemán causó baja. Lo peor de la herencia que habían dejado los enfrentamientos entre los dos bandos fueron los 274 civiles muertos (125 de ellos judíos) y 380 heridos.

Una vez más, como tantas otras antes, la Guardia de Hierro era perseguida en una represión salvaje. A los 4.000 detenidos inicialmente, a las pocas horas se sumaron 10.000 legionarios más en cárceles. Como las instalaciones rumanas no fueron suficientes, el propio Gobierno rumano tuvo que ceder cientos de legionarios a los alemanes para que los deportaran a campos de concentración en el Reich como Buchenwald donde fueron encerrados 400, la mayoría en Dachau o Schasenhausen.

Horia Sima junto a 300 legionarios, logró ser rescatado por las SS antes de caer en manos del Ejército Real Rumano y la Wehrmacht. Himmler intentó hacer una representación de la Guardia de Hierro en el exilio con Sima a la cabeza, pero Hitler se lo prohibió. Lo único que pudo hacer el Reichsführer fue encerrar a los legionarios y a Sima en el campo de Schasenhausen, aunque dando órdenes a los guardianes para que no los mataran, pues podían ser útiles para las SS en el futuro.

Alemanes entrando en Bucarest tras unirse a Antonescu y traicionar a la Guardia de Hierro.

El comportamiento salvaje y descontrolado de la Guardia de Hierro durante la Revolución Legionaria, no era propio de sus miembros. La Guardia de Hierro siempre había sido una fuerza solidaria que se echaba a caminos y bosques para ayudar a los desfavorecidos, pero aquellos cuatro días del 20 al 24 de Enero de 1941, la euforia y ansias de venganza en un momento tan crítico había desencadenado la locura en unos legionarios que llevaban brutalmente siendo torturados y asesinados durante dos negras décadas para ellos. Eso no justificó los crímenes en los cuatro días de Revolución Legionaria, aunque en la gran mayoría de casos fueron perpetrados por violentos jóvenes exaltados que actuaron por cuenta propia independientemente del núcleo central del movimiento, debido a sus ansias sanguinarias de venganza por veinte años de indecible sufrimiento. Puede decirse que los legionarios no siguieron al pie de la letra lo que les había dicho Corneliu Codreanu cuando vivía: “no debemos convertir Rumanía en una nueva España”. Gracias a la labor de Sima en el exilio y durante los años posteriores en los cuales la Guardia de Hierro fue otra vez perseguida, los legionarios recobraron su imagen de siempre con lo que mejor sabían hacer: ayudar a los demás.

Rumanía se había convertido de nuevo en un país dirigido por una clase conservadora, anticomunista y militarista, centrado el Estado en la figura de dos hombres: el Rey Mihail I y el Conducator Ion Antonescu. A pesar de todo el nuevo Gobierno era igual de frágil y utópico que el Estado Nacional Leginario, pues Antonescu no estaría indefinidamente al mando, sólo sería provisional durante unos años hasta que finalizase la Segunda Guerra Mundial y Rumanía triunfase en la campaña de Rusia. La nueva política sólo era una: concentrar a cientos de miles de soldados rumanos en la frontera con Besarabia y Bukovina para lanzarse junto a millones de europeos contra la Unión Soviética.

 

Bibliografía:

Carlos Caballero Jurado, Ejército Nacional Rumano. “La Dictadura de Antonescu”, García Hispán Editor (1997), p.67-70
Jaques Pirenne, Historia Universal. “Rumanía, desmembrada en provecho de Hungría y Bulgaria”, Éxito (1961), p.288-289