Fascistización del Deporte

El deporte y el denominado “culto al cuerpo” fue uno de los pilares de la Italia Fascista para la búsqueda del tan ansiado “Hombre Nuevo”, ya que desde sus máximos inicios se orientó a la población de casi todas las edades, desde niños hasta individuos de más de cincuenta años, incluso a las mujeres, a realizar un riguroso programa de educación física. La finalidad del régimen a la hora de poner en marcha este programa de ejercicios en todos los ámbitos y sectores fue hacer ciudadanos más resistentes y eficientes, así como eventuales guerreros en caso de tener que defender o incluso expandir las fronteras del Imperio Italiano.

Benito Mussolini practicando deporte con todo el Gobierno de Roma.

Benito Mussolini predicó con el ejemplo nada más ostentar al Jefatura del Gobierno porque como fanático deportista que era desde siempre quería que el pueblo italiano lo imitase y por ello salía a hacer deporte delante de la prensa y la radio. Básicamente se levantaba a las 7:00 de la mañana, se bañaba en agua fría, bebía un vaso de leche y hacía una hora de equitación, antes de practicar otras actividades como la natación, la esgrima, montar a caballo, pilotar aeroplanos o conducir sobre las carreteras que él mismo inauguraba a bordo de coches de carreras o motocicletas. Obviamente las diversas publicaciones lo mostraban siempre como el “primer deportista de Italia” mientras él hacía gala de su torso desnudo y sus músculos conseguidos a base de ejercicio físico que lucía en las portadas de la prestigiosa revista Lo Sport Fascista.

Mundial de fútbol de Brasil en 1934 en el que se enfrentaron Checoslovaquia e Italia.

Los eventos deportivos de la Italia Fascista pronto se convirtieron en un instrumento de cohesión social debido a las constantes actividades y eventos que atraían el interés de la gente, no sólo de los adultos, sino también de los más pequeños a los que se instruía en los campamentos infantiles de la Obra Nacional Balilla o los estudiantes de los Grupos Fascistas Universitarios que se agruparon en los Lictorales del Deporte, cuyos miembros llevaban a cabo una preparación física muy minuciosa y hacían gala de su virilidad. Entre los ejercicios más valorados estaban el salto al potro y los aros de gimnasia, aunque también las numerosas carreras a pie en las que se veían obligados a participar públicamente los propios ministros y miembros del Gobierno del Duce.

Propaganda fascista del extinguido deporte del Calcio.

Indudablemente la “Era Fascista” fue una especie de “Edad Dorada” para el deporte porque todo el mundo quería destacar y convertirse en un auténtico atleta, como por ejemplo en el fútbol por el cual Benito Mussolini sentía una gran afición, ya que era un fanático del equipo del Lazzio e incluso llegó a inaugurar un monumental estadio en la ciudad de Florencia, como también hizo levantando centros deportivos en circos romanos o complejos arquitectónicos que imitaron en estilo a la Antigua Roma. De hecho se resucitaron deportes extinguidos como el “volata”, el “rigore” o el “calcio”, este último un antecedente del fútbol de la época de los Medici que consistía en un juego de 27 jugadores de equipo sobre una plaza pública, en donde 22 jugadores y 5 porteros tenían la misión de meter goles con una pelota en la portería contraria del tamaño de una inmensa pared.

Gino Bartali, ganador del Tour de Francia en 1940.

La inversión de la Italia Fascista en el deporte pronto obtuvo sus frutos porque la Selección Italiana venció en los dos Mundiales de Fútbol de 1934 y 1938, en parte gracias a un adiestramiento que seguía los cánones paramilitares del régimen y que impartió a sus jugadores el entrenador Vottorio Pozzo. Respecto a los pesos pesados ganó el latino Primo Carnera el Campeonato Mundial de Boxeo de 1933; mientras que el ciclista Gino Bartali fue el primero en cruzar la meta del Tour de Francia de 1940. No obstante donde más destacaron los italianos fue en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932, donde el país transalpino quedó en segundo puesto con 36 medallas, entre estas 12 de oro, 12 de plata y 12 de bronce; así como también en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 que quedó tercero por detrás de Alemania y Norteamérica con 22 medallas, entre estas 8 de oro, 9 de plata y 5 bronce.

 

Bibliografía:

-Francesca Tacchi, Atlas Ilustrado del Fascismo, “El Deporte y el culto a la Fuerza Física”, Susaeta, (2003), p.106-108
-Xavier Valls Torner, El culto al Duce, Revista Historia y Vida Nº528 (2012), p.74-75