Colaboracionismo en Letonia

Letonia fue una de las pocas naciones ocupadas por el Tercer Reich que pese a no obtener ningún gesto de autodeterminación por parte de los germanos, más entusiásticamente colaboró en la Segunda Guerra Mundial. Aunque el movimiento fascista en el país siempre fue minoritario debido a la fuerte competencia de los sucesivos regímenes autocráticos de carácter ultranacionalista durante la “Era de Entreguerras”, la invasión de la Unión Soviética en 1939 y la posterior expulsión del Ejército Rojo por la Alemania Nacionalsocialista en 1941, propició una amistad casi incondicional a la causa del Eje.

Históricamente Letonia había sido poblada por un conjunto de pueblos a orillas del Mar Báltico como los propios bálticos y también los kurshis, zemgales o los seles, así como latgales de origen ruso o las minorías de procedencia germánica. Esta mezcla de ramas étnicas locales que configuraron la cultura letona, lucharon durante la Edad Media y la Edad Moderna por desprenderse de múltiples dominadores como la Orden Teutónica, la Mancomunidad de Polonia-Lituania, el Reino de Suecia y sobretodo el Imperio Ruso. Fue precisamente la Rusia Zarista la que se apropió del país en el siglo XIX, aunque de forma compartida con la nobleza alemana de los conocidos “Baltenritter”.

Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, el pueblo letón se encontró luchando del lado de Rusia contra Alemania, un enfrentamiento por el cual la población no se sintió identificada debido a que ambos bandos representaban a sus dos amos, el Zar Nicolás II y los nobles germanos “Baltenritter”. Solamente al caer la capital de Riga en manos del Ejército Alemán y materializarse la Revolución Bolchevique que supuso el colapso del Imperio Ruso en 1917, la República de Letonia proclamó su independencia en 1918, aunque ésta en seguida se sumergió en una serie de conflictos bélicos contra sus vecinos que no iban a permitir a la nación tomar las riendas de su propio destino.

La Guerra de Independencia Letona se libró fundamentalmente contra la Rusia Soviética de Vladimir Lenin que pretendía imponer el comunismo en el país y que fue responsable de grandes matanzas cuando el Ejército Rojo penetró sobre suelo letón y tomó Riga. Sin embargo los letones pronto se asociaron provisionalmente con la recién derrotada Alemania en la Primera Guerra Mundial, cuyos nobles “Baltenritter” organizaron la División de Hierro y obtuvieron el apoyo de la Milicia Báltica y los Freikorps venidos de la República de Weimar para derrotar y expulsar a los bolcheviques de la capital. Lamentablemente pronto los alemanes decidieron llevar a cabo una política expansionista en el país, por lo que estalló un conflicto bélico entre ambos que concluyó con la debacle germana en la Batalla de Cêsis. Incluso posteriormente los letones mantuvieron choques contra el Ejército Blanco que pretendía reunificar las tierras letonas a la República de Rusia, además de vencer una segunda vez al Ejército Soviético, obteniendo entonces los letones una impresionante victoria contra todos sus rivales en 1920.

Obtenida la I República Letona su independencia de la Rusia Soviética en 1920, la joven democracia entró en período de paz, pero al mismo tiempo de tensiones internas porque el sistema liberal adoptado no se ajustaba a las tradiciones conservadoras de la mayor parte de la población letona, por lo que la inestabilidad fue constante porque el Gobierno de Riga cambió hasta 18 veces de gabinete y sólo en las elecciones de 1931 la polarización fue insostenible porque 27 partidos lograron representación, sin contar con los desórdenes generados por las escuadras comunistas del movimiento Unión Deportiva y de Defensa Obrera (Stradnieku Spors un Gars) y el descontento del 25% de la ciudadanía por ser minorías étnicas que se agruparon en sus propias formaciones, como los alemanes étnicos en la Hermandad Báltica (Bruderschaft) que financiaba desde el exterior la Alemania Nacionalsocialista. Fue entonces como a raíz de esta ingobernabilidad en 1934, el Ejército Letón propinó un golpe de Estado que abolió el sistema democrático e ilegalizando a la mayor parte de partidos y sindicatos para imponer un régimen autoritario de derechas al frente del Presidente Kârlis Ulmanis.

Presidente Kârlis Ulmanis tras el golpe de Estado de 1934.

Con la instauración del régimen autoritario del Presidente Kârlis Ulmanis, el nuevo gabinete organizó su propia formación paramilitar en los llamados “Guardianes” o “Aizsargi”. Esta milicia inspirada en los Camisas Negras de la Italia Fascista, que en realidad ya existía desde la Guerra de Independencia Letona en 1919, se convirtió en pilar del nuevo sistema gubernamental de 1934 con un total de 32.000 miembros armados, dos tercios de estos de origen campesino y con edades comprendidas entre los 18 y 60 años, al mando del carismático líder Kârlis Prauls que distribuyó a sus hombres en destacamentos de fusileros, unidades navales, trenes blindados y hasta en una modesta aviación, sin obviar las Juventudes Patrióticas “Jaunsargi” y el Cuerpo Auxiliar Femenino “Aizsardzes”.

Paralelamente a los “Aizsargi” el verdadero movimiento fascista y revolucionario más famoso de Letonia fue la Unión del Trueno o “Pêrkonkrusts”. Bajo el eslogan de “Letonia para los Letones”, su jefe Gustavs Celmins proponía un régimen corporativista y agrario, un sistema de “sindicato vertical” con 50 miembros elegidos en comicios por un período de cinco a siete años, una política exterior encaminada a forjar una alianza defensiva con Estonia y Letonia, y leyes raciales contra los rusos, alemanes y judíos que vivían en el país. De igual manera sus miembros se encuadraban en las milicias de los Camisas Grises, los cuales eran adiestrados en campamentos e instruidos en el militarismo haciendo el saludo romano, vistiendo uniformes (consistentes en camisa de color gris, pantalón oscuro, bota y boina negra) y en una obediencia ciega al líder al que ovacionaban al grito de “Cînai Sveiks” o “¡Preparados para luchar!”. Curiosamente la mayoría de militantes eran campesinos, pero también estudiantes que editaron su propio periódico, el Lativs, y su revista Universitats.

Otro movimiento en este caso inspirado en Adolf Hitler y el Tercer Reich fue el Partido Nacionalsocialista Unido Letón. Al mando del líder y orador Jânis Stelmahers, desde 1935 insistió en la necesidad de copiar el nacionalsocialismo alemán como receta para Letonia y forjar una coalición defensiva con Alemania para protegerse de la Unión Soviética, algo que no tuvo mucho éxito porque en el aspecto exterior lo mismo proponían el resto de partidos. De hecho únicamente atrajeron al movimiento a un buen puñado de estudiantes y universitarios que fundaron el periódico Dzintarzeme o Tierra del Ámbar, además de crear una milicia armada conocida como las Águilas Azules o “Zilais Êrglis”.

La Unión del Trueno fue repentinamente ilegalizada por el régimen del Presidente Kârlis Ulmanis en 1934 que no deseaba tener competencia en la dirección del país, por lo que su líder Gustavs Celmins se exilió primero en Italia, luego en Rumanía donde militó en el movimiento fascista de la Guardia de Hierro de Corneliu Codreanu y finalmente en Alemania, estableciendo en Berlín lazos de amistad que serían muy fructíferos para el futuro entendimiento germano-letón de cara a la Segunda Guerra Mundial. Respecto al resto de militantes calculados en unos 15.000, en 1935 se les permitió volver a hacer política de manera muy limitada, siendo desde ese instante la organización dirigida provisionalmente por Ernests Plâkis.

Milicia de los “Guardianes” o “Aizsargi” en Letonia durante la década de 1930.

El régimen autoritario del Presidente Kârlis Ulmanis comenzó a declinar con la firma del Pacto de No Agresión-Germano-Soviético “Ribbentrop-Molotov” mediante el cual Adolf Hitler y Iósif Stalin se repartieron en áreas de influencia toda Europa Oriental, quedando Letonia dentro de la órbita del Moscú. Así fue como poco después de iniciarse la Segunda Guerra Mundial con la invasión del Tercer Reich a Polonia, el 5 de Octubre de 1939 la Unión Soviética envió un ultimátum al Ministro de Asuntos Exteriores Vilhelms Munters, exigiendo el libre tránsito del Ejército Rojo por su patria y el establecimiento de una serie de bases en el Mar Báltico. Incapaces los letones de negarse a tal amenaza, a los pocos días aceptaron el acuerdo y dejaron entrar a 25.000 soviéticos que fijaron cuarteles en los puertos de Liepâja, Ventpils y Pitrag, aunque por el momento el Kremlin no se inmiscuyó en el Gobierno Letón que continuó administrando el país de la mano del Presidente Kârlis Ulmanis, e incluso cuatro letones salieron de su patria para enrolarse en el Ejército Finlandés durante la Guerra de Invierno que libraron Finlandia y la URSS.

Con la derrota de Francia y el Reino Unido en el Frente Occidental a manos del Tercer Reich, el 15 de Junio la Unión Soviética lanzó un nuevo ultimátum al régimen del Presidente Kârlis Ulmanis exigiéndole el sometimiento total de su patria. Al día siguiente, el 16, las tropas del Ejército Rojo invadieron el resto de Letonia, sosteniendo un breve tiroteo que dejó 37 muertos entre los letones sobre localidad de Maslenki. Una vez los soldados soviéticos entraron en la capital de Riga y arrestaron a todo el Gobierno Letón, los rusos nombraron provisionalmente a un socialdemócrata, el Presidente Augusts Kirhensteins, quién presionado por el Kremlin solicitó formalmente incorporar el país a la URSS, algo que se materializó el 21 de Julio de 1940 con el nacimiento de la República Socialista Soviética de Letonia al frente de un régimen comunista liderado por el Primer Ministro Vilis Lâcis. Sorprendentemente ningún país occidental reconoció la anexión e incluso la condenaron como fue el caso de Estados Unidos con la llamada Declaración Welles que impulsaron el Secretario de Estado Summer Welles y el diplomático exiliado letón Alfred Bilmanis.

La invasión de la Unión Soviética a Letonia y la inmediata proclamación de la República Socialista Soviética de Letonia en 1940, no sólo supuso el final del régimen del Presidente Kârlis Ulmanis que perecería en un gulag, sino que también aquel mismo Junio la milicia de los “Aizsargi” fue disuelta y muchos de sus miembros ejecutados, entre ellos su líder Kârlis Prauls. Lo mismo le sucedió a los militantes de la Cruz del Trueno o el Partido Nacionalsocialista Unido Letón, cuyo jefe Jânis Stelmahers fue arrestado y fusilado en 1941 a manos de la Policía Estatal Soviética (NKVD).

Consolidado el régimen comunista en Letonia en seguida comenzó un período conocido como los “Años del Terror” o “Baigais Gads” debido a que se persiguió a miles de personas e incluso se asesinó a centenares, como por ejemplo los 400 disidentes ejecutados en la fosa común de Vainode. A estos métodos despiadados hubo que añadir los 34.250 deportados a los gulags de Siberia, concretamente 23.016 hombres, 7.218 mujeres y 4.016 niños, así como añadir las colectivizaciones de tierra entre el campesinado que propiciaron la ruina económica por culpa del sistema de “koljozs”.

Ocupada enteramente Letonia por la Unión Soviética, en seguida surgió una resistencia clandestina organizada en los Hermanos del Bosque Letones, quienes aprovechándose de la masa forestal de la nación y la tupida vegetación en los bosques, provocaron bastantes problemas en la retaguardia al Ejército Rojo, especialmente la célula partisana dirigida por teniente coronel Kârlis Aperâts. Fuera del país también 200 exiliados al mando de Gustavs Celmins, antiguo líder fascista de la Unión del Trueno, se integraron en la Liga Nacional de Soldados Letones que colaboraron con el Tercer Reich proporcionando datos muy valiosos al Servicio de Inteligencia del Ejército Alemán (Abwehr).

El 22 de Junio de 1941 las potencias del Eje invadieron la Unión Soviética en la “Operación Barbarroja”, por lo que en seguida la guerrilla que había surgido a la retaguardia, los Hermanos del Bosque Letones, comenzaron a hostigar a las tropas del Ejército Rojo sobre determinados puntos en las comarcas de Mezâparks y el Río Daugava, e incluso los partisanos liberaron algunas ciudades como Sigulda, Limbazi, Olaine, Smiltene y Alûksune. Así fue como el 1 de Julio de 1941, las tropas del Ejército Alemán entraron triunfales en la capital de Riga, siendo recibidas por mujeres que les galardonaron con flores y una jubilosa multitud que se congregó en torno al Monumento de la Libertad “Brîvîbas Pieminelkis” ondeando las banderas de Letonia.

El Ejército Alemán entrando en Riga y recibido con banderas de Letonia.

Liberada Letonia por las potencias del Eje pronto el nacionalismo letón se desilusionó con la Alemania Nacionalsocialista cuando Adolf Hitler decidió no conceder la independencia total a la nación y el 28 de Julio de 1941 la incorporó junto a Estonia y Lituania en el Comisariado de las Tierras del Este (Reichkommissariat Ostland) al mando del general Otto-Heinrich Drechsler. A pesar de esta jugada que sentó como un jarro de agua fría para la población de Letonia, al menos se permitió una administración satélite y autónoma articulada en el Directorio Letón dirigido por el Presidente Oskar Dankers, así como cierta representación con ministerios en el Centro de Organización Letón liderado por el general Bernhards Einbergs y el coronel Ernests Kreismanis.

Lamentablemente para Letonia el país fue víctima de un proceso de “germanización” a lo largo de 1941 porque el Tercer Reich declaró al alemán una lengua oficial, cambió los nombres de calles y plazas por el de héroes teutónicos, censuraron el periódico Tierra Libre y cerraron museos, bibliotecas y el Instituto de Historia Letona. A estas medidas siguieron otras mucho peores como el traslado de 16.000 obreros para trabajar en Alemania y el expolio agrícola e industrial en productos como la mantequilla, harina, huevos, pan, madera contrachapada y lino, además de que a los pocos meses los alemanes se apropiaron del superfosfato de la Planta Mìlgrâvis y los componentes eléctricos de la Fábrica Valsts. Como reacción a este comportamiento, algunos fascistas letones como los miembros de la Unión del Trueno protestaron, por lo que inmediatamente las SS disolvieron la organización, cerraron su periódico Letonia Libre y deportaron a su jefe Gustavs Celmins al campo de concentración de Flossenbürg.

Cuando la Segunda Guerra Mundial se torció para el Eje después de la Batalla de El-Alamein y la Batalla de Stalingrado entre finales de 1942 y principios de 1943, el Directorio Letón presentó varios memorándums a Alemania proponiéndole de nuevo la independencia de Letonia a cambio de su total vinculación a la causa del Eje y del levantamiento de un Ejército Letón con más de 100.000 hombres que pelearían contra el Ejército Rojo. Lamentablemente Alfred Rosenberg que estaba encargado de la supervisión de la colonización germana en el Este de Europa se negó, aunque por lo menos la iniciativa sirvió para generar divisiones dentro del Tercer Reich porque las SS y su jefe Heinrich Himmler apoyaron la propuesta de más autogobierno para Letonia.

El colaboracionismo militar de Letonia con Alemania fue enorme en comparación con otros países ocupados en Europa porque entre 148.000 y 200.000 letones cooperaron de algún modo u otro y dependiendo de la fecha con el Tercer Reich. Por ejemplo entre las unidades más importantes estuvieron los 54.504 efectivos que conformaron la Policía Auxiliar Letona, los 40.000 el VI Cuerpo SS Letón conformado por las 15ª y 19ª Divisiones SS de Granaderos Letonas “Lettische I” y “Lettische II”, los 7.000 en el 43º Regimiento Antiaéreo Letón de la Fuerza Aérea Alemana (Luftwaffe) y los 672 en el Batallón de Zapadores Letón, así como los 240 cadetes la Academia Militar de Arnhem, más los 628 técnicos de la Legión Aérea Letona “Lettland” que contaron con algunos aviadores a manos de biplanos de reconocimiento Arado Ar 66 y los 10 pilotos del 54º Escuadrón de Caza Letón “Grünherz” que dispusieron de cazas Focke Wulf Fw 190. A tales fuerzas hubo que añadir el personal que se militarizó para trabajar en defensas u obras como los 25.000 auxiliares letones “hiwis”, los 10.585 obreros de la “Organización Todt” y los 2.596 trabajadores de los Batallones de Construcción Letones “Lettische Bau Bataillon”.

Soldado del VI Cuerpo SS Letón.

Las fuerzas militares de Letonia que sirvieron en el Eje solamente pelearon contra la Unión Soviética en el Frente Oriental, ya fuese en primera línea como en el asedio a Leningrado, en acciones sobre el Lago Ilmen o en la Batalla de Velikiye Luki, así como en operaciones antipartisanas sobre el oeste de Rusia, Bielorrusia, Lituania y Ucrania. También los voluntarios fueron decisivos en la defensa de la propia Letonia en 1944 que comenzó con una nueva invasión del Ejército Rojo durante la denominada ofensiva de Riga y en la conquista de la capital del país la jornada del 13 de Octubre, obligando a todas las fuerzas germano-letonas a escapar hacia la Península de Curlandia, donde se atrincherarían en una cabeza conocida como la “Bolsa de Curlandia” hasta el mismo final de la Segunda Guerra Mundial.

El 20 de Febrero de 1945 finalmente Alemania reconoció la independencia de Letonia, por aquel entonces solamente reducida a la Península de Curlandia porque el resto del país se hallaba ocupado por la Unión Soviética. Inmediatamente a este gesto por parte de Berlín, se constituyó el Comité Nacional Letón como gobierno provisional en el Tercer Reich encabezado por el Presudente Rûdolfs Bangerskis, un antiguo general del Ejército Letón, aunque como la contienda estaba irremediablemente perdida el gabinete simplemente se limitó a labores de propaganda y atender a los más de 100.000 letones, ya fuesen refugiados civiles o combatientes, que se hallaban dispersos por Europa.

Oficialmente el 9 de Mayo de 1945, el último territorio libre de Letonia que quedaba sobre la “Bolsa de Curlandia” fue ocupado por el Ejército Rojo después de que el general alemán Carl Hilpert que lideraba a las fuerzas del Grupo de Ejércitos Norte sobre el lugar acatase los términos de la capitulación con los Aliados y cediese aquel espacio a la Unión Soviética. Así fue como de nuevo se reconstituyó la República Socialista Soviética de Letonia al frente del Primer Ministro Vilis Lâcis, volviendo la nación a convertirse en un “estado títere” de Moscú.

Acabada la Segunda Guerra Mundial en Mayo de 1945, el Comité Nacional Letón fue disuelto por el Ejército Británico y el Presidente Rûdolfs Bangerskis encarcelado, aunque en seguida se le liberó de prisión a raíz de su amistad personal con el mariscal inglés Harold Alexander con el que había combatido en la Guerra Civil Rusa. Gracias a que los Aliados Occidentales no reconocían como legal la anexión por parte de la Unión Soviética a Letonia y así lo habían condenado oficialmente en 1940, los 100.000 refugiados letones no fueron considerados ciudadanos soviéticos y por tanto se impidió su repatriación tras ser catalogados como “desplazados”, siendo desde ese instante enviados como tal a Estados Unidos, Canadá y Australia.

El futuro inmediato a la Segunda Guerra Mundial se perfiló oscuro para Letonia porque se produjeron miles de deportaciones a los gulags de Siberia, mientras que la guerrilla de los Hermanos del Bosque que en su momento álgido alcanzó los 40.000 efectivos, fue siendo poco a poco eliminada hasta desaparecer en la década de 1950. Así fue como los ciudadanos que permanecieron en el país, como también los exiliados del Comité Nacional Letón, tendrían que esperar cuatro décadas hasta 1991 para ver libre de una vez por todas su patria del comunismo cuando nuevamente Letonia obtuvo su independencia junto a los demás “Países Bálticos”.

 

Bibliografía:

-Antonio García Palacios, Cruces en la Nieve. La Resistencia Alemana y Letona en Curlandia 1944-45, HRM Ediciones (2020), p.11-114
-Carlos Caballero Jurado, David contra Goliat. Voluntarios Letones en la Campaña de Rusia 1941-45, García Hispán Editor (1989), p.6-91
-Donny Gluckstein, La otra Historia de la Segunda Guerra Mundial. Resistencia contra Imperio, “Letonia, Poniendo la Historia Patas Arriba”, Ariel (2012), p.85-97