Deportación de los Cosacos

Los cosacos habían sido la élite de la caballería en Rusia hasta el siglo XX. Lamentablemente, no toda su historia se redujo a grandes gestas y campañas, pues al término de la Segunda Guerra Mundial en 1945, un considerable sector de la población cosaca que había huido hacia Occidente para escapar del comunismo, fue traicionada por los Aliados y deportada cruelmente a la Unión Soviética.

Al celebrarse la Conferencia de Yalta de 1944 entre el Presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, el Primer Ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill, y el líder de la Unión Soviética, Iósif Stalin, las tres potencias acordaron por unanimidad la entrega de todos aquellos ciudadanos que hubiesen abandonado la URSS antes 1938. Eso mismo afectaba a una gran parte de los cosacos, quienes a comienzos de la “Operación Barbarroja” en 1941, habían apostado por colaborar militarmente junto a las fuerzas armadas de Alemania o Italia, como por ejemplo los voluntarios del XV Cuerpo SS de Caballería Cosaco o los jinetes del VIII Ejército Italiano.

Durante toda la Segunda Guerra Mundial, los cosacos combatieron del lado del Eje hasta la expulsión del Ejército Alemán (Wehrmacht) de la URSS en 1944, cuando una considerable porción de su población fue realojada en la República de Saló, creando en los Alpes un “Estado Cosaco” que fue bautizado como Tierra de los Cosacos de Italia del Norte. La existencia de este “micro-país” que muchos denominaron “Cossackia”, se prolongó hacia la primavera de 1945, después de que todos sus habitantes se exiliasen a Austria para rendirse oficialmente al Ejército Británico el 8 de Mayo, donde un total de 35.000 personas, entre las que 20.000 eran soldados y 15.000 civiles entre mujeres, niños y ancianos (muchos nacidos en Occidente), fueron recluidos en los campos de refugiados de Lienz, Oberdrauburg y Peggetz.

Gran Bretaña y el pueblo cosaco habían mantenido muy buenas relaciones desde hacía décadas porque en la Primera Guerra Mundial los jinetes de las estepas habían colaborado con el Ejército Británico en campañas como la del Cáucaso o Persia, además de ser socios en la Guerra Civil Rusa contra el Ejército Rojo. Precisamente durante este último conflicto en que tuvo lugar el “Genocidio Cosaco” por parte de la Rusia Soviética del Presidente Vladimir Lenin que dejó casi medio millón de muertos, tanto el Imperio Británico, como Francia y Estados Unidos, acogieron en sus países un gran número de refugiados que en muchos casos obtuvieron la nacionalidad. Por desgracia no ocurriría lo mismo en la Segunda Guerra Mundial porque tras la firma de los Acuerdos de Yalta, los Aliados Occidentales traicionarían de manera vil y cruel al pueblo cosaco.

Los primeros síntomas de una eventual deportación comenzaron a manifestarse el 24 de Mayo de 1945 cuando soldados del Ejército Británico requisaron los caballos y camellos de los jinetes cosacos, pese a las quejas de sus propietarios. Tan sólo dos días más tarde, el 26 de Mayo, también se procedió a la confiscación de todo el Banco de Campaña, incluyendo la caja fuerte que contenía los ahorros de los familias cosacas valoradas en 6 millones de marcos alemanes y liras italianas, lo que evidentemente causó fuertes protestas entre los refugiados, quienes muy pronto empezaron a temerse lo peor.

Oficialmente las deportaciones se iniciaron el 27 de Mayo de 1945 con la detención del Atamán Andre I Grigorovich Shkuro (algo completamente ilegal porque este personaje se había marchado de Rusia en la década de 1920 y no después de 1938 tal y como estipulaban los Acuerdos de Yalta). Al día siguiente de este suceso, el 28, un total de 2.000 oficiales cosacos, a quienes se les engañó diciendo que iban a entrevistarse con el mariscal británico Harold Alexander (y a los que se dijo previamente que no hicieran el equipaje porque sólo estarían ausentes tres o cuatro horas), fueron transportados en camiones y escoltados fuertemente por tanques hasta el campo de prisioneros de Spithal. Una vez encerrados tras las alambradas, la mayoría supo en seguida cuál iba a ser su triste destino porque aquella misma noche se suicidaron un general y cuatro oficiales. De este modo, en cuanto transcurrieron las veinticuatro horas de arresto en Spithal, la jornada del 29, los cosacos volvieron a ser subidos en camiones y conducidos hasta la frontera con Judemburg, donde fueron entregados al otro lado de la demarcación a las tropas del Ejército Rojo. Lo que sucedió a continuación fue un episodio completamente bochornoso porque cumplidas las formalidades entre los funcionarios aduaneros de las dos grandes potencias, muchos de los oficiales cosacos fueron separados del resto por los soviéticos y fusilados ante los pelotones de la Policía Estatal (NKVD), a veces delante de los mismos soldados del Ejército Británico.

Pintura de la trágica matanza de los cosacos en los campos de refugiados de Austria. En la ilustración puede verse la brutalidad de los soldados británicos contra unos civiles cosacos que suplican clemencia mientras son golpeados con fusiles y embestidos por tanques.

Con la entrega de los oficiales cosacos al Ejército Rojo, el resto de civiles y militares de rango menor que continuaban en los campos de refugiados de Lienz, Oberdrauburg y Peggetz, desconocieron en todo momento cuál había sido el destino de sus compañeros. Al mando provisional del Atamán Kusma Polunin (que había ascendido desde el rango de sargento en ausencia de sus superiores), los cosacos intentaron por todo los medios negociar con las autoridades del Reino Unido sin éxito alguna. Lamentablemente, los sospechas se confirmaron los últimos días de Mayo de 1945, después de que los británicos comunicasen a todos los presentes que iban a ser repatriados a la Unión Soviética, algo que desató una oleada de quejas e histeria que desembocaron en una protesta multitudinaria y en una huelga de hambre que de nada sirvió porque el Gobierno de Londres ya lo tenía todo pactado con el Ejército Rojo.

El 1 de Junio de 1945, soldados del VIII Ejército Británico y miembros de la Brigada Judía rodearon el campamento de Peggetz, donde en aquellos instantes todos los cosacos se habían congregado en la plaza para oficiar su última misa antes de morir. Como las mujeres y los niños se encontraban situados el centro, rodeados de todos los varones a modo de cordón para protegerlos, los ingleses intentaron disuadirles desde altavoces para que voluntariamente acudieran hasta los camiones. La estrategia no resultó porque los internos, en lugar de amedrentarse, se cogieron de las manos unos con otros con la firme voluntad de resistir. Fue entonces cuando repentinamente, las tropas británicas irrumpieron con violencia en el campamento, cargando contra los civiles desarmados mediante el empleo tanto de infantería como de tanques. Acto seguido se produjo una terrible matanza porque los soldados ingleses y judíos golpearon con palos y bayonetas a los refugiados, pasando con sus botas por encima de los niños y disparando a familias enteras sin estupor. El resultado de aquella acción dejó decenas de mujeres, ancianos y menores de edad muertos sobre el terreno, así como múltiples suicidios en las aguas del cercano Ría Drava. Únicamente unos pocos afortunados consiguieron escapar gracias a la ayuda de campesinos austríacos de la zona, quienes indignados por lo sucedido, escondieron a los cosacos en sus granjas o les facilitaron la fuga a través de los bosques de los Alpes.

Los días 1 y 7 de Junio de 1945, los 35.000 cosacos de los campos de refugiados de Lienz y Oberdrauburg fueron deportados por el Ejército Británico y entregados a la Unión Soviética. Una vez vacíos los recintos, la hambrienta población austríaca accedió a las instalaciones y saqueó todo aquello que habían dejado atrás los refugiados. Afortunadamente un grupo de sesenta cosacos que habían escondidos granadas de mano en sus ropas, se enfrentaron a los soldados británicos y escaparon hacia los bosques de los Alpes y posteriormente a Suiza, entre ellos el famoso Atamán Vyachislav Naumenko.

Fuera de los campos de Linz y Oberdrauburg, también se produjeron más deportaciones en Austria como 11.000 mujeres y niños en Graz. Ni siquiera se salvaron los cosacos de otros países como por ejemplo Italia, donde un millar de cosacos ofrecieron resistencia al Ejército Británico en Rímini y Bologna, con un resultado de 100 muertos durante la matanza posterior tras el asalto de las tropas inglesas. Incluso en Estados Unidos, concretamente en el campo de prisioneros de Fort Dix en Nueva Jersey, 150 cosacos fueron arrestados y extraditados forzosamente a la Unión Soviética, registrándose tres suicidios y siete heridos después de una carga del Ejército Estadounidense.

Francia que era no país no signatario de los Acuerdos de Yalta por iniciativa del Presidente Charles De Gaulle que había liderado las Fuerzas Francesas Libres y además sentía simpatía por los cosacos tras haber sido un veterano de la Misión Militar Francesa durante la Guerra Civil Rusa, ordenó no participar en las deportaciones e incluso ayudar al mayor número de refugiados posible. Gracias a estas medidas del Gobierno de París, las tropas del Ejército Francés desplegadas en Austria y los Alpes acogieron a decenas de cosacos que huían del Ejército Británico y les concedieron visados, como por ejemplo hicieron al socorrer a un grupo de cuarenta jinetes a las afueras de la ciudad de Insbrück.

Aproximadamente fueron repatriados forzosamente más de 50.000 cosacos en toda Europa. La suerte de esta población entregada al Ejército Rojo fue muy triste porque muchos miembros de la etnia fueron fusilados o encerrados en un barco que fue hundido en medio del mar, aunque la mayoría acabaron deportados a los gulags y campos de concentración de Siberia para morir por frío, hambre, trabajos forzados o epidemias. Respecto a los generales capturados, todos fueron enviados a la Prisión de la Lubyanka de Moscú, donde fueron juzgados por tribunales amañados y condenados a muerte. Entre los ejecutados, el 16 de Enero de 1947 fueron ahorcados los Atamanes Timofey Domanow y Piotr Krassnoff, junto al oficial alemán Helmuth Von Pannwitz, así como otros muchos líderes de menor rango del pueblo cosaco (solamente se salvó el general Mikail Solamakin que subrevivió al juicio y al estalinismo).

Hacia 1953 la represión contra los cosacos se prolongó, hasta que finalmente con la muerte de Iósif Stalin y el ascenso al poder de Nikita Jruschov como Secretario General del Partido Comunista Soviético (PCUS), la escasa población cosaca superviviente de la Segunda Guerra Mundial, fueron amnistiados y repatriados a sus tierras del Don, Kubán, Terek, Volga, etcétera. Respecto a Gran Bretaña, el Gobierno de Londres admitió que no existía ninguna justificación moral para lo ocurrido en 1945, por lo que finalmente en la década de 1980 pidió perdón de manera oficial al pueblo cosaco.

 

Bibliografía:

-Eduardo de Mesa Gallego, Cosacos en Italia 1944-1945: El trágico final, Revista Serga Nº9 (2001), p.53-54
-http://www.cossackweb.narod.ru/cosacos/s_lienz.htm