Masacre de Lídice

 

Lídice fue uno de los intentos raros en la Historia de borrar un pueblo de la existencia. Pese al trágico esfuerzo por conseguirlo que se saldó en una tragedia humana, el objetivo no se logró.

Atentado a Heydrich

Todo empezó meses antes cuando el Primer Ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill, comprendió la necesidad de potenciar la resistencia en Checoslovquia, uno de los pocos países que se mostraba muy pacífico respecto al Tercer Reich a diferencia de Polonia, Grecia o Rusia. Por aquel entonces gobernaba Chequia, llamada Protectorado de Bohemia-Moravia, el SS-Obergruppenführer Reinhard Heydrich, el segundo cargo más alto en las SS después del Reichsführer Heinrich Himmler, que se había ganado las simpatías de la población checa gracias al aumento de los salarios y alimentos a los obreros. Por esa razón el Ejecutivo de Operaciones Especiales (SOE) en Inglaterra aprobó la “Operación Anthropoid” cuyo objetivo era asesinar a Heydrich.

Durante finales de 1941 se llevaron a cabo los preparativos para la eliminación de Heydrich, siendo todos sus miembros soldados de la Checoslovaquia Libre en el Exilio. Josef Gabcik, Josef Valcik y Karel Svoboda fueron los elegidos para la misión, aunque este último debido a una lesión tras el entrenamiento de salto en paracaídas fue sustituido por .Jan Kubis.

Sobre las 22:00 horas del 28 de Diciembre de 1941 un avión bombardero Halifax de la Real Fuerza Aérea Británica (Royal Air Force o RAF) despegó del aeródromo inglés de Tangmere. Sobrevoló Francia por Le Crotoy y Alemania por Dramstadt. A punto estuvo de ser derribado por dos cazas alemanes que le interceptaron, aunque el piloto logró despistarlos. Cuando sobrevolaba Chequia sorprendió al avión una tormenta de nieve y hubo de adelantarse el salto, aterrizando los comandos en paracaídas sobre la aldea de Nehvizdy. Gracias a miembros de la Resistencia Checa se ocutaron durante semanas en Pilsen, desde donde estudiaron los movimientos de Heydrich. Hubo un intento de asesinato con un cordón de acero en un bosque por el que su objetivo circulaba a veces, pero fracasó al no aparecer Heydrich.

A las 10:00 de la mañana del 27 de Mayo de 1942, a 25 kilómetros de Praga, capital de Chequoslovaquia, sobre un prado por el que pasaba la carretera nacional por la Calle Kirchmayerova, se apostaron los tres comandos Jan Kubis, Josef Gabcik y Josef Valcik. Heydrich solía tomar esa ruta desde Praga al Castillo de Hradcany, normalmente con la capota bajada del coche modelo Merceden Benz y reduciendo la velocidad al tomar una de las curvas. Precisamente en aquella curva se aguardaba Gabcik con una ametralladora Sten, Kubis con una granada de mano y Valcik se ubicaba más lejos al otro lado de la calle para hacerles señales cuando se acercara el coche.

Aspecto del coche de Reinhard Heydrich tras el atentado. A la derecha su fotografía.

La operación se desarrolló según lo previsto, ya que al tomar la curva el coche de Heydrich, Gabcik salió de su escondite e intentó disparar con el subfusil Sten, pero justo en ese instante el arma se le encasquilló. Entonces, reaccionando con velocidad, Kubis lanzó una granada que explosionó cerca de la rueda trasera del coche junto al guardabarros. A ninguno les pareció haber herido a su objetivo, ya que tanto Heydrich como el conductor Johannes Klein, bajaron confiados del vehículo armados con pistolas y dispararon contra los paracaidistas. Asustados huyeron, Kubis en bicicleta y Gabcik corriendo a través de la vegetación, poco después de herir levemente a Klein con la Sten.

Aparentemente Heydrich creyó salir ileso del atentado, pero sintió un fuerte dolor en la espalda, descubriendo para su desgracia que una esquirla de la granada se había incrustado en la columna vertebral. Rápidamente fue trasladado al Hospital Bulovka de Praga donde por Rayos X descubrieron que su situación era muy grave. Su pulmón izquierdo estaba saturado, la punta de la úndemica costilla estaba rota y en el bazo tenía restos de la metralla y tapicería del coche. Fue ingresado de urgencia con septicemia y en seguida las SS tomaron el hospital para que los cientos de curiosos no se acercasen. Equivocadamente Heydrich se negó a ser atendido por médicos checos, por lo que hubieron de trasladarse médicos alemanes, incluído el doctor personal de Himmler. Durante los días siguientes pareció tener mejoría, ya que se sentó en la cama e ingerió alimentos, sin embargo poco después entró en coma. Los médicos no pudieron hacer nada por su vida y ocho días después, a las 4:30 horas del 4 de Junio, moría víctima de sus heridas.

Búsqueda de culpables

Desde el mismo día del atentado de Heydrich, Adolf Hitler quiso encontrar a los culpables para darles su merecido. Tanto las SS, como la Gestapo y la Policía Checa que colaboraba con los alemanes movilizaron hasta 5.000 efectivos en Praga. Se declaró el toque de queda y los registros a domicilios se autorizaron sin necesidad de permiso de jueces. Además se ofrecieron en carteles 10.000 coronas como recompensa a quién aportara alguna información sobre los asesinos.

Los tres comandos, Kubis, Gabcik y Valcik se habían ocultado en la cripta de la Iglesia de San Cirilio y San Metodio ubicada en la Calle Resslova de Praga. Junto a ellos se escondían otros tres paracaidistas checos lanzados desde Inglaterra que se llamaban Adolf Opálka, Jan Hrubý y Jaroslav Svarc.

Un miembro de la Resistencia Checa, Karel Curda, que también procedía de Inglaterra, se sintió atraído por la recompensa y acudió a la Gestapo, dando los nombres de los implicados, desvelando las personas que les habían ayudado y proporcionando direcciones sobre domicilios de otros resistentes. Tras las detenciones pertinentes y los crueles interrogatorios, la Gestapo supo del paradero de todos los comandos.

Sin esperárselo los comandos chechos, repentinamente un contingente de 800 hombres de las SS al mando del capitán Karl Von Trenenfeldt levantaron un cordón policial en torno a la Iglesia de San Cirilio y San Metodio, arrestando al sacerdote responsable Vladimir Petrek. Los checos para la defensa se repartieron en dos partes: en la galería superior sobre el coro se apostaron Kubis, Bublik y Opálka; mientras que en la cripta bajo el suelo Gabcik, Valcik, Hrubý y Svarc. En cuanto los alemanes volaron la cerradura de la verja que daba a la escalera de caracol, los checos respondieron disparando y haciendo rebotar una granada, entablándose a continuación un tiroteo que duraría dos horas hasta que se acabaron las municiones, muriendo en el enfrentamiento los tres de los resistentes: Opálka se suicidó ingiriendo veneno, mientras que Bublik y Kubis fallecieron a causa de sus heridas. Los alemanes desconocían de la existencia de los que estaban en la cripta, pero una prenda de vestir olvidada les delató. Como sacarlos de la cripta fue imposible debido a que sus armas automáticas cubrieron la escalera de bajada cuando los policías irrumpieron; los alemanes les ofrecieron un trato para ser considerados prisioneros de guerra, oferta que por supuesto los checos rechazaron. Con la intención de obligarles a rendirse los alemanes llamaron a los bomberos de Praga para que con sus mangueras la inundaran al mismo tiempo que las SS lanzaban granadas de gases lacrimógenos para asfixiarlos, pero de nada sirvió porque los checos dispararon a través del único respiradero. Hubo incluso una explosión que abrió un acceso, pero una vez más los checos también aguantaron. Cuando después de varias horas la iglesia se quedó en silencio, las fuerzas de seguridad entraron en la cripta y encontraron a Gabcik, Valcik, Hrubý y Svarc muertos, todos se habían suicidado de un tiro en la cabeza.

Excusas para más represalias

Muertos los culpables, los jerarcas de las SS no quedaron satisfechas porque juraron castigar a todos los que hubiesen colaborado con ellos.

Indagando en los objetos de uno de los paracaidistas llamado Josef Horak encontrado en los registros, dieron con una carta en la que enviaba un saludo a su familia residente en un pueblecito de nombre Lídice. La carta no tenía nada de sospechoso, ya que el paracaidista sólo mandaba saludos y afecto a los suyos, sin embargo las SS quisieron encontrar culpables donde no los había. La respuesta de la Gestapo fue realizar una detención preventiva a la familia de Horak, pero en el interrogatorio nada se pudo aclarar y se dejó a todos sus miembros en paz.

Frantisek Pàla, un checo dueño de un taller que actuaba de informador para el Eje, encontró en una de sus operarias, Andulska Marusczakova, un escrito que podía relacionarse con los asesinos de Heydrich. Pàla entregó la misiva a dos policías checos, que a la vez informaron al funcionario de la Gestapo en Praga, Oskar Felk. Tras estudiar el caso, Felk se lo transmitió al coronel Otto Geschke, el cual planteó la teoría de que en los papeles encontrados a Marusczakova, la frase de “los saludos de Pepik”, significaba un apoyo a los paracaidistas. Pero lo cierto era que aquellas palabras hacían referencia al obrero Vaclav Riha de la región de Kladno, persona que también fue detenida. A partir de ahí la Gestapo montó una conspiración inexistente buscando culpables imaginarios y encajando hechos insostenibles. El resultado fue la deportación y asesinato injustificado de Marusczakova y Riha. Pero lo peor de todo, fue que como los dos condenados eran del pueblo de Lídice, la Gestapo interpretó también que la localidad entera era culpable.

A oídos de Hitler llegó la existencia de aquellos escritos tanto de la familia Horak como Marusczakova, más la posterior investigación que no había quedado en papel mojado, lógicamente porque no había nada. Sin embargo, en uno de sus clásicos arrebatos, al Führer se le metió en la cabeza que aquella carta revelaba una clara conspiración de todo el pueblo de Lídice para asesinar a Heydrich y volverse contra el Tercer Reich. Aquello era algo totalmente absurdo y así se lo intentaron hacer ver los investigadores, pues Lídice era un pueblecito campesino, pacífico, tradicional y muy alejado del lugar del asesinato, que nada tenía que ver con eso. Pero Hitler siguió en sus trece alegando que había que dar un escarmiento a Chequia aprovechando la tonta excusa de la carta. Karl Hermann Franck, sucesor de Heydrich como jefe del Protectorado de Bohemia-Moravia, compartía la misma opinión que el Führer. Decidido, Hitler cursó órdenes para arrasar Lídice y exterminar a todos sus habitantes sin excepción.

El martirio de Lídice

Lídice era un pueblo a 16 kilómetros al noroeste de Praga, en el distrito minero de Kladno, con una población de 483 habitantes. A pesar de ser un pueblecito pequeño, destacaba por su variedad de edificios como la Iglesia de San Martino, un club deportivo, una escuela con dos clases, una filial del Banco Kampeliska, un molino, un taller, un círculo de lectores, un cuerpo de bomberos, tres alquerías y cien viviendas. De los 483 habitantes 192 eran hombres, 196 mujeres y 95 niños. Laboralmente 47 hombres trabajaban en los complejos metalúrgicos y mineros, 28 eran artesanos, 20 propietarios de renta, 19 agricultores, 12 jubilados, 10 negociantes, 5 aprendices, 2 taxistas, 2 guardias municipales, 2 sastres, el alcalde, el párroco, el sacristán y un profesor; mientras tanto las mujeres se ocupaban de las alquerías, aunque 110 eran amas de casa, 4 merceras, 2 estudiantes y una cartera.

A las 21:00 horas de la noche del 9 de Junio de 1942, 300 hombres repartidos en 200 soldados alemanes de las SS pertenecientes a la guarnición de Slany y 100 checos colaboracionistas de la Policía Checa, rodearon el pueblo de Lídice y se dividieron en varios destacamentos. Todos se quedaron en las afueras sin intervenir, incluyendo en la vecina localidad de Càbarna, aunque un pequeño grupo entró en la escuela que en ese momento estaba vacía a la espera de que se llenase a la mañana siguiente. El puesto de mando fue instalado cerca de un henil. Sobre las 00:00 de la noche se impartieron las últimas órdenes que decían: “Orden del Führer. Lídice será arrasado hasta el suelo y la población masculina fusilada (Führerbefehl: Lidz wird mit derm Erdboden gleichgemacht und die Bevölkerung erchossen)”.

Cuando estaba a punto de amanecer el miércoles 10 de Junio de 1942, los soldados alemanes en grupos de cinco entraron en el pueblo llamando a las puertas y ventanas en la planta baja de todas las casas mientras armaban un ruidoso escándalo. Los vecinos les preguntaron qué sucedía, pero sólo les dijeron que se vistieran y salieran llevando mantas y objetos de valor. Mientras eso sucedía un grupo de soldados entraron en la alcaldía y obligaron al alcalde a que les comunicase donde estaba el dinero de la caja municipal y el banco porque quedaban confiscados. Las protestas del alcalde de poco sirvieron.

Todos los habitantes obedecieron las órdenes de abandonar los hogares sin rechistar y salieron a la calle. A empujones muchos fueron arrastrados a la plaza principal. Durante el trayecto algunos perros y mascotas seguieron a sus amos correteando alrededor sin tener ni idea de lo que sucedía, los alemanes molestos, no dudaron en disparar sobre algunos para trauma de los niños al ver morir a sus animales. Una vez en la plaza se extendió el asombro cuando los alemanes ordenaron que todos los varones mayores de 16 años marcharan con ellos hasta la granja de la familia Horak para proceder a la identidad de cada uno. Por otra parte a los niños y a las mujeres, cuatro de ellas embarazadas, se las condujo a la escuela donde ya había soldados preparados desde la noche anterior. En el interior de aquella escuela cerraron las puertas y ventanas para que las mujeres no vieran lo que iba a sucederles a sus maridos fuera.

Sobre las 8:00 de la mañana se escucharon disparos. Habían comenzado los fusilamientos de los varones. De cinco en cinco se los colocaba en un muro protegido por colchones para que las balas no rebotasen mientras las tropas abrían fuego, pero como las SS querían ir rápido ascendieron la cifra a fusilar de diez en diez ampliando al mismo tiempo el pelotón. Ninguno suplicó clemencia ni pidió trato de favor, hasta el final mantuvieron la cabeza bien alta, de hecho como se iban acumulando cadáveres con cada turno, los condenados se colocaban cada vez más cerca de sus verdugos, obligando a estos a retroceder varios metros. Un total de 171 varones fueron ejecutados. Sin embargo según el empadronamiento municipal había 192 varones, por lo que faltaban 21. La cierto era que 8 estaban en la prisión de Kladno por sospechosos, así que fueron trasladados a Praga y ejecutados. Los otros 13 se encontraban fuera de Lídice ese día por cuestiones laborales, siendo 11 de ellos localizados y asesinados; mientras que los dos últimos, un molinero y operario metalúrgico, prefirieron suicidarse antes que caer en manos alemanas, el primero se ahorcó en su molinillo y el segundo se cortó las venas.

Checos varones fusilados por los alemanes. Al fondo de la pared pueden verse colchones para evitar que las balas rebotasen.

Un gran expolio sufrió todo el pueblo. Los alemanes incautaron 716.934 coronas y 85 céntimos de la caja municipal y el banco. Robaron además 28 relojes (2 de oro, 10 de plata y 16 de níquel), 45 anillos (40 de oro y 5 de plata), 9 cadenitas de oro (8 de oro y una de plata), 4 collares (3 de oro y una de plata), 6 brazaletes (3 de oro y 3 de níquel), 13 pares de pendientes, 2 medallones de plata y una dentadura de oro. A la iglesia católica del pueblo se le extrajo el oro y todas las obras religiosas artísticas fueron desvalijadas.

Las mujeres y niños que todavía conmocionados habían escuchado los dispararos con los que habían muerto sus maridos o padres, fueron cargadas en camiones con sus hijos y sacadas de Lídice. A las 11:30 de la mañana se prendió fuego a todo el pueblo de Lídice, edificio por edificio y vivienda tras vivienda. Hasta la pequeña Iglesia de San Martino fue quemada. También se ocultaron los cadáveres de los hombres, enterrándolos en una fosa común, labor que hicieron unos esclavos judíos desplazados a la zona desde el campo de concentración de Theresienstadt, los cuales echaron grandes porciones de hierba sobre los enterramientos para borrar la huella. Cuando el pueblo acabó de ser destruido, los alemanes lo celebraron comiendo con alimentos que habían extraído del pueblo.

Las 196 mujeres de Lídice con sus niños fueron albergadas en la ciudad de Kladno bajo vigilancia, concretamente en el liceo. Sin previo aviso el 12 de Junio se condujo a las familias a la estación de ferrocarril de Kladno, donde las SS intervinieron separando a los hijos de sus madres. La tragedia se amplió al vivirse escenas dramáticas en las cuales los guardias se llevaban a los niños llorando mientras golpeaban a las madres para que no entorpecieran. En un tren se deportó a las mujeres al campo de concentración de Ravensbrück para ser convertidas en esclavas, muriendo 53 de ellas antes de que finalizase la guerra. Los 83 niños en otro tren se los deportó al campo de exterminio de Chelmno, ninguno sobreviviría porque fueron enviados a la parte trasera de camiones de gas nada más llegar. No todos los niños fueron deportados, algunos tras pasar un control de raza fueron dados en adopción ilegal; otros tres, entre los que había un niño y una niña se los adiestró como guerreros SS, aquellos mismos que defendieron el Reich en los últimos días de la guerra, famosos por el nombre de “niños soldado”.

El pueblo después…

Cometido el crimen, los alemanes regresaron a Lídice para derribar las ruinas. Se tiró hasta tierra sobre las baldosas de la ciudad y a continuación se pasó un arado para cultivar sobre la superfície. Todo un pueblo yacía bajo la vegetación. Se pensó construir una villa allí para la viuda de Heydrich, pero al final se desestimó la idea. El deseo de Hitler fue borrar Lídice del mapa mundial, de la geografía y del recuerdo, pero no lo consiguió.

Varios checos de pueblos cercanos a Lídice fueron testigos de los hechos y en seguida se pusieron en contacto con los Aliados para comentar lo ocurrido. El diario Daily-Telegraph fue el primero en hacerse eco de la matanza y en seguida lo supo todo el Imperio Británico, noticia que se contagió a Estados Unidos, Iberoamérica y la Commonwealth. El principal titular rezaba: “Una cosa tan horrenda no había ocurrido desde la Edad Media”.

Paisaje aparentemente yermo, no obstante bajo la tierra húmeda pocos días antes estaba el pueblo de Lídice. Los alemanes meticulosamente hicieron desaparecer casa por casa, echando tierra de labranza encima, como si Lídice nunca hubiese existido. Curiosamente en la fotografía todavía puede verse alguna infraestructura que evidencia la prueba de un asentamiento humano previo.

Terminada la Segunda Guerra Mundial el Ejército Rojo de la Unión Soviética descubrió la fosa común de los varones que fueron fusilados durante la masacre. En Checoslovaquia se inició la reconstrucción del pueblo y algunos de los antiguos habitantes volvieron, aunque la inmensa mayoría fueron nuevas familias, pues hubo pocos supervivientes, todas mujeres. Todos los países del mundo donaron dinero para reconstruir Lídice. Finalmente en 1967 Lídice de nuevo alcanzó los 454 habitantes, número del censo antes de la tragedia. Caído el régimen comunista de Checoslovaquia en 1991 que silenció demasiado lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial, se construyó un parque-monumento en honor a las víctimas, en el cual se erigieron las estatuas de unos niños en honor a los pequeños que deportaron. En el año 2011 se estrenó en Chequia Lídice, la primera película checa sobre la matanza.

Sobretodo Iberomérica y Estados Unidos se solidarizaron con las víctimas de Lídice. La ciudad de Vila en Brasil, de San Jerónimo en México, de Esperanza Valparaíso en Chile y de Stern Park en Estados Unidos cambiaron su nombre al de Lídice. Venezuela y Panamá les imitaron. También Lídice se convirtió en nombre propio de niña, de hecho muchas niñas fueron bautizadas así. Varios monumentos se levantaron en La Habana de Cuba, Montevideo en Uruguay y también en Estados Unidos, exactamente en Dakota del Sur, Tabor y Price. Incluso aunque no hubiera víctimas judías en la masacre, Israel dedicó el nombre de Kfar-Lídice a uno de sus asentamientos en Palestina. Khojali, localidad de Azerbayán, tomó como ciudad hermana a Lídice en el año 2010. Hitler quiso que el nombre de Lidice dejara de existir, pero únicamente logró multiplicarlo de manera que nunca hubiese imaginado.

 

Bibliografía:

Jesús Hernández, Las 50 Grandes Masacres de la Historia. Lídice, la gran venganza de Hitler, Tempus (2011), p.203-211

Editores de S.A.R.P.E., Crónica Política y Militar de la Segunda Guerra Mundial. Historia de un pueblo llamado Lídice, S.A.R.P.E. (1978), p.820-827

Redacción Serga, Operación “Anthropoid”. Objetivo: eliminar a Heydrich, Revista Serga Nº78 (2012), p.8-17
http://en.wikipedia.org/wiki/Lidice
http://www.zchor.org/lidice1.htm