Genocidio en China

 

China fue una de los potencias que más sufrió durante la Segunda Guerra Mundial. Sometida no únicamente a las inclemencias de las acciones bélicas, Japón perpetró uno de los mayores crímenes de Historia que llevaron a la muerte a más de 10 millones de personas en lo que se conoció como el “Genocidio Chino”.

Crímenes (1937-1941)

Cuando se produjo el Incidente del Puente Marco Polo el 7 de Julio de 1937 que desencadenó la Segunda Guerra Sino-Japonesa entre China y Japón, los primeros síntomas de brutalidad contra la población empezaron a tomar forma. Un ejemplo claro de ello fue la Matanza de Nankíng, capital de la China del Kuomintang, donde los japoneses mataron de la manera más cruel y sanguinaria a 300.000 militares y civiles chinos que se rindieron. Ejemplos similares durante aquella primera etapa de la invasión japonesa tuvieron lugar en la ocupación de Shangai y en la expansión nipona por las costas y el centro-sur de China. Consolidadas sus posiciones a partir de 1938 y sobretodo estancado el frente para ambos bandos a partir de 1939, fecha que coincidió cronológicamente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa, la pesadilla en China llegaría a extremos jamás inimaginables.

Fosa común en la ciudad de Hschow. Un japonés contempla los cadáveres de los chinos fusilados.

Normalmente lo primero que hacían los japoneses nada más ocupar una ciudad o pueblo, era ejecutar a todos los soldados del Ejército Chino que se hubiesen rendido, luego matar a los civiles organizando tiroteos por las calles y por último secuestrar mujeres a las que violar y asesinar. Como era de prever, estos métodos tan brutales incrementaron de forma exponencial la guerrilla interior contra los japoneses, lo que provocó una psicosis en estos que todavía les volvió más violentos. Aquella tensión latente derivó en que las matanzas aisladas se convirtieran en una persecución generalizada a gran escala. Rápidamente por toda China se abrieron zanjas y fosas comunes para fusilar a los cautivos, públicamente se ahorcaba a la gente tirando de sogas, se torturaba a los prisioneros rajándoles con la bayoneta hasta la muerte, se cortaba la cabeza de los disidentes con katanas, se ametrallaban a colectivos de gente y se enterraba con vida a los prisioneros para dar ejemplo. Miles de personas fueron convertidas en esclavos para trabajar hasta la extenuación en condiciones infrahumanas, mientras que las mujeres bellas fueron obligadas a la prostitución forzosa. Los toques de queda se multiplicaron y la radicalización aumentó a límites extremos, como por ejemplo la normativa aprobada mediante la cual se autorizaba a disparar sobre alguien por el mero hecho de resultar sospechoso o pinchar con bayonetas los carros y vehículos de carga que pudiesen albergar partisanos ocultos.

Infinidad de aldeas y pueblos fueron también destruidos por las tropas japonesas. Una de las principales orgías de sangre le ocurrió a la ciudad de Chingjiao después de que toda su población compuesta por 30.000 habitantes fuese exterminada al completo. Destino similar ocurrió con los 1.230 aldeanos aniquilados en Panjiayu por orden del Yasuji Okamura el 25 de Enero de 1941.

Las mujeres chinas más que nadie fueron otras de las principales víctimas del Ejército Imperial Japonés como consecuencia de las salvajes violaciones y de la conversión forzosa en “damas de consuelo” para burdeles. Precisamente la acción de violar a mujeres era considerado como un rito de iniciación para muchos veteranos del Ejército Imperial Japonés, a quienes se aceptaba como miembros elitistas de un colectivo si agredían sexualmente a una chica. No obstante, muchos de estos soldados se vieron obligados a ello, ya que en caso de negarse podían traerles graves consecuencias. Por suerte y a pesar de la mal fama adquirida por los nipones, normalmente los que cometían este tipo de acciones solían ser grupos aislados y al mismo tiempo numerosos, los cuales incidían o imponían su terror sobre la soldadesca para incitarles a tales prácticas. Por culpa de estos abusos, varios millones de mujeres chinas serían violadas durante la Segunda Guerra Mundial.

Enterramientos de prisioneros chinos con vida mientras un grupo de soldados japoneses observan silenciosos.

Simultáneamente a la violencia del Ejército Imperial Japonés, la Kempei-Tai (Policía Secreta Japonesa) se sumó a una serie de torturas más abominables para hacer hablar a los sospechosos, normalmente chinos, aunque también occidentales residentes en China, a los cuales era más fácil extraerles información. De forma usual los interrogatorios empezaban con puñetazos, patadas y golpes de bastón; para luego incrementar el dolor con barras de hierro candentes a fuego o atando a la víctima a una piedra muy pesada en una parte del cuerpo de manera que le causase mucho sufrimiento en una incómoda posición. No obstante, una de las torturas más efectivas era introducir un trapo mojado en la boca del preso, mientras atado boca arriba sobre un banco iba tragando líquido hasta llenar el estómago, instante en que los verdugos golpeaban el vientre haciendo que el reo vomitara toda el agua.

Ni siquiera para adiestrarse el Ejército Imperial Japonés se olvidaba de los prisioneros, ya que los oficiales nipones procuraron que los cursos impartidos a la tropa fueran de lo más realista. Por ejemplo para practicar una carga cuerpo a cuerpo se ataba a los árboles a un grupo de prisioneros chinos junto a una zanja, donde eran cargados a bayoneta por soldados japoneses que los mataban a cortes hasta que caían sin vida sobre la tierra removida. Otra práctica para entrenarse en el tiro era atar a los chinos a una serie de postes y dispararles hasta vaciar los cargadores.

Campos de Concentración

Originalmente los campos de concentración japoneses fueron pensados para el trabajo esclavo y la explotación económica para beneficio material del Imperio Japonés. De hecho solían ser recintos rodeados de alambradas y torres de vigilancia, en cuyo interior se albergaban barracones para los presos, instalaciones militares y centros de trabajo en forma de canteras para la explotación de mineral.

Desgraciadamente la mayoría de campos de concentración pasaron a convertirse en auténticos “campos de muerte” porque los reos fallecían hasta la extenuación, morían ejecutados por los soldados o perdían la vida como cobayas humanas sometidos cruelmente a terribles experimentos médicos y bacteriológicos. También eran frecuentes las torturas y palizas de los guardias, aunque mucho peor era el trato de los colaboracionistas manchús, coreanos o taiwaneses que trabajaban como auxiliares, cuyo trato superaba a veces con creces al de los nipones.

Campo de concentración de la Unidad 731 en Manchuria.

Sin duda alguna, el campo de concentración más famoso de Asia Oriental fue el de Pingfand, ubicado en el país satélite de Manchukuo donde operaba la Unidad 731. Sin embargo no fue el único porque hubo otros igual de temibles en mortandad como los campos de Changchun, Songo, Hailar, Guangzhou, Permai y Yen, incluso se inauguró uno a escasos kilómetros de la capital china de Nankíng.

Guerra Química-Bacteriológica

Japón había prohibido el empleo de gases venenosos en un decreto firmado por el mismo Emperador Hiro-Hito el 28 de Julio de 1937. No obstante y a pesar de esta restricción, como el Ejército Imperial Japonés tenía el control absoluto en China sin interferencias de la Familia Imperial ni de la presión internacional, utilizó ampliamente armas químicas y bacteriológicas a una escala solamente comparable a la de la Primera Guerra Mundial.

Todo un masivo arsenal de armamento bacteriológico desplegó Japón en China, especialmente en lo referente a enfermedades transmitidas por seres vivos. Precisamente uno de los métodos más comunes fue el bombardeo desde el aire de ratas sobre población civil, cuyos roedores infectados de toxinas negativas y peste, generaban una terrible mortandad por contagio al entrar en contacto con la gente, lo que costó la vida a decenas de miles de chinos (incluso una vez se bombardearon ratas por error sobre soldados japoneses con la consiguiente cifra 1.600 muertos). Otros animales como la pulga fueron igualmente arrojados para provocar el caos, aunque muchas veces también se abandonaba ropa o comida infectada de dichos insectos para contagiar a los curiosos que se aproximasen.

Mientras tanto los aviones continuaron lanzando sus incursiones sobre la población civil y los distintos sectores del frente, liberando todo tipo de enfermedades contagiosas como el ántrax, cólera, tuberculosis, botulismo, tuleremia, viruela, tifoidea, disentería y peste bubónica. Incluso se llegó a límites tan extremos como regalar en las calles golosinas rellenas de ántrax a grupos de niños para estudiar la evolución de su salud desde la ingestión hasta la muerte. Tal impresionante colección de bacterias mortales fueron las diseminadas por el país que finalmente terminaron acabando con la vida de 400.000 chinos.

Hubo varias formaciones militares dedicadas a la guerra química ilegal. La más conocida fue la Unidad 731, aunque existieron otras implantadas en China y Manchukuo como la Unidad 100, Unidad 200, Unidad 516, Unidad 543, Unidad 773, Unidad 1644, Unidad 1855, Unidad 2646, Unidad 8604 o la Unidad 9420.

Experimentos Médicos

Sorprendentemente los experimentos médicos con personas fueron algo muy practicado dentro del Ejército Imperial Japonés. El más famoso doctor fue Ishii Shiro de la Unidad 731, aunque hubo otros médicos en diversos campos de concentración dedicados a la investigación científica a través de cobayas humanas.

Tortuoso sufrimiento era a lo que estaba condenado a padecer cualquier prisionero elegido para los experimentos médicos, ya que aunque en numerosas ocasiones se empleaban analgésicos, muchas veces la anestesia era inexistente y por tanto la víctima profería terroríficos alaridos de dolor hasta morir. Usualmente las operaciones quirúrgicas practicadas por los japoneses consistían en empezar extirpando apéndices, para luego extraer los intestinos, amputar brazos o piernas y por último efectuar pequeñas punzadas en el corazón hasta que el paciente fallecía (aunque en caso de sobrevivir al calvario se le inyectaba una sustancia mortal que acababa con su vida instantáneamente). Tales visecciones tenían como fin la investigación del cuerpo humano y sobretodo el que los doctores recién salidos de las universidades practicasen de la forma más realista posible con personas de verdad y por tanto adquirir unos conocimientos mayores en la docencia. Sin embargo para los médicos y sanitarios militares las prácticas eran bien distintas porque se centraban en disparar a los prisioneros sobre el vientre o en otros miembros donde tuvieran posibilidades de sobrevivir, para que de ese modo y simulando ser un soldados japoneses heridos en el frente, el médico novato de turno tuviera ocasión de curtirse lo más fielmente posible a la realidad, ya que el paciente se movería retorciéndose de dolor como en un escenario bélico.

Médicos japoneses realizan experimentos científicos con un prisionero chino vivo y sin anestesia.

En nombre de la ciencia Japón cometió autenticas barbaridades contra personas para intentar dar un salto adelante en la medicina. Algunas de sus investigaciones más macabras que causaron la muerte a miles de reos fueron las siguientes: exposiciones prolongadas con rayos X; confinamientos en cámaras de presión; empleo de cámaras de gas con sustancias tóxicas para los pulmones; sometimiento de la piel a temperaturas extremas o congelaciones en habitáculos especializados; ahorcamientos para comprobar con cronómetro el tiempo asfixia; desintegraciones de carne mediante lanzallamas; trasplantes de intestino por esófago y viceversa; inserción de sangre de animales en venas humanas; inyección de orina de caballo en riñones; introducción de agua salada en el cuerpo como sustituto vital de la sal; o envenenamientos con diversas sustancias como cianuro, arsénico, heroína, veneno de reptiles, etcétera. Aproximadamente 200.000 prisioneros chinos perdieron la vida en este tipo de experimentación científica.

Gracias a todos los experimentos médicos practicados sobre miles de seres humanos, Japón incrementó enormemente su capacidad para la guerra bacteriológica. No obstante y antes de eso fue necesario transmitir infinidad de patologías a los prisioneros chinos para ver sus efectos. Las siguientes enfermedades fueron contraídas: tifus, viruela, cólera, tétanos, disentería, tuberculosis, neumonía, turalemia, difteria, ictericia infecciosa, fiebre tifoidea, fiebre paratifoidea A, fiebre paratifoidea B, fiebre escarlatina, fiebre ondulante, fiebre hemorrágica epidémica, encefalitis por garrapatas, gangrena gaseosa, tos ferina, erisipelas, meningitis cerebro epidémica, salmonella, congelación y enfermedades venéreas.

Crímenes (1941-1945)

Al producirse la invasión de Hong Kong y de las Delegaciones Internacionales de Shangai después del estallido de la Guerra del Pacífico, el objetivo de los japoneses con estas dos ciudades radicó en eliminar y arrebatar sendas bases logísticas y militares a Gran Bretaña y Estados Unidos. No obstante y a pesar de que la lucha se dirigía contra los occidentales, los habitantes chinos, que eran la mayoría, sufrieron más que ningún otro colectivo la brutalidad japonesa. Por ejemplo en el caso de Hong Kong, la antigua colonia británica que antaño fue la flor del comercio mundial, padeció una terrible hambruna causada por los propios japoneses con la intención de disminuir su población y evitar el surgimiento de fuerzas partisanas que pudiesen apoyar en el futuro un eventual desembarco aliado, lo que generó una reducción drástica de su censo que disminuyó de los 1.600.000 hongkoneses a los 750.000, viéndose forzados los restantes 850.000 a emigrar o fallecer de inanición. Simultáneamente en Shangai no se produjo hambruna alguna, aunque sí una larga represión por parte de las tropas japonesas como consecuencia de la guerrilla interna que se prolongó muchos años y que dejó un saldo de 100.000 shangaianos muertos.

Oficial japonés sonríe a la cámara tras haber decapitado a montones de prisioneros chinos. En la mano sujeta una cabeza.

Sanko fue otra de las zonas de China sometidas a la violencia japonesa, con la diferencia de que en esta ocasión la provincia había pertenecido al Partido Comunista Chino de Mao Tse-Tung, enemigo ideológico natural de los japoneses y por tanto donde su venganza como consecuencia de la guerrilla sería infinitamente mayor. De hecho la legislación vigente durante la ocupación fue mucho más dura que en otras regiones, ya que según la Orden 575 decretada primero por el general Reykichi Tanaka y luego por el general Yasuji Okamura en Mayo de 1942 dictaminó: “matar, quemar y saquearlo todo”. Y precisamente la orden se cumplió al pie de la letra porque en las diferentes comarcas las tropas japonesas procedieron de igual manera entrando en las casas y robando todo lo que fuese de valor, luego mataban a los inquilinos y por último incendiaban todas las viviendas. Como siempre las violaciones contra las mujeres siguieron a la orden del día, aunque a veces los verdugos superaron su propia brutalidad como hicieron con una joven chica a la que rociaron con gasolina y prendieron fuego. Incluso existió otro caso todavía peor de otra mujer a la que violaron delante de su hijo, luego la forzaron a caminar desnuda a través de las montañas acompañada de su pequeño y por último la obligaron a presenciar como a la boca de un barranco uno de los soldados agarraba al niño y lo lanzaba por la pendiente hasta morir de la caída. Estos y otros muchos ejemplos como la destrucción de aldeas y los fusilamientos masivos de miles personas fueron una constante en la campaña anticomunista de aniquilamiento perpetrada en Sanko. Así fue como aproximadamente dos millones de habitantes chinos resultaron asesinados en Sanko entre los años 1942 y 1943.

Muchos chinos de los que trabajaban forzosamente como esclavos por toda China sufrieron el martirio de los japoneses de diferente manera porque se los deportó a países extranjeros como mano de obra gratuita. Por ejemplo un buen número de presos chinos fue destinado a la construcción del “Ferrocarril de la Muerte”, cuyo extendido ferroviario se extendía de Birmania a Thailandia y donde decenas de miles morirían por las malas condiciones, las palizas, enfermedades o incluso devorados por cocodrilos en los ríos del Sudeste Asiático. Otros con peor suerte todavía fueron deportados mucho más lejos, normalmente a islas recónditas en Indonesia, Nueva Guinea o diminutos archipiélagos del Océano Pacífico para levantar aeródromos o instalaciones militares hasta desfallecer por el trabajo o perecer como escudos humanos cuando se producían las batallas contra los Aliados Occidentales.

Un chino capturado en Shangai es atravesado por una bayoneta para ahorrar balas.

Sin ni siquiera amedrentarse en todo lo referente a la violencia a pesar de que a partir de 1943 la Segunda Guerra Mundial se volvió en contra de Japón, las tropas de ocupación continuaron con su habitual brutalidad. Un ejemplo de ello ocurrió cuando el Cuerpo Expedicionario Japonés masacró en un breve período de cuatro días a 30.000 civiles chinos en Changjiao, una localidad de la provincia de Hunan. De hecho, durante la lenta retirada en todos los escenarios bélicos de China ante el avance de los Aliados entre 1944 y 1945, los japoneses se vengaron contra la población civil practicando tierra quemada mediante la destrucción de pueblos, aldeas, infraestructuras y por supuesto fusilando a miles de ciudadanos. Este tipo de comportamientos se mantuvieron hasta los últimos días de la contienda en China.

Conclusión

Finalizada la Segunda Guerra Mundial el 2 de Septiembre de 1945, los Aliados se erigieron como los vencedores y Japón como el gran derrotado. Las cosas que se descubrirían en China durante los meses y años siguientes fueron espeluznantes: fosas comunes, asesinatos, secuestros, desapariciones, violaciones, torturas, exterminios de población, deportaciones masivas, campos de concentración, experimentos médicos con humanos, guerra química y bacteriológica contra personas, etcétera. Todo aquello y mucho más fueron una serie de ejemplos que nada tenían que envidiar al Holocausto cometido por Alemania contra los judíos o a los crímenes de la Unión Soviética contra sus diversos enemigos.

Aproximadamente 10 millones de chinos fueron asesinados por el Imperio Japonés durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Bibliografía:

Lawrence Rees, El Holocausto Asiático, Crítica (2009), p.49-64

Xavier Casals, La guerra más salvaje. La invasión japonesa de China, Revista Clio Historia Nº101 (2009), p.32-41

Daniel Gomà, La vergüenza de Hirohito, Revista Historia y Vida Nº520 (2011), p.70-73

Guillermo Partiente, El Escuadrón 731 del Ejército Imperial Japonés, Revista WW2GP Magazine Nº6 (2015), p.14
http://en.wikipedia.org/wiki/Japanese_war_crimes